Seguramente se podría calificar de imprudencia afirmar que L’estepa (1888) reclama el título de mejor relato de Antón Chéjov (1860-1904). Hay muchísimos otros entre su obra que también exigirían el derecho de tal honor, pero mientras vayáis leyendo la imponente crónica del viaje que emprende Yegorushka, un niño de nueve años, su pragmático tío mercader y el jovial sacerdote de una pequeña ciudad desde donde parten hacia la capital, el primero, para quedarse a regañadientes y estudiar en el instituto el próximo curso, los otros dos, para vender la lana cargada en un convoy de carros al hombre de negocios que maneja la actividad económica de la región, seréis pocos los que no lo consideraréis una sentencia indiscutible.

Todo el relato, el más extenso escrito nunca por Chéjov y que bien podría considerarse novela corta, se articula en tercera persona a través de la candorosa y espontánea mirada de Yegorushka, «que no acababa de entender a dónde iba ni para qué», y con él dejaréis atrás las afueras del entorno natal —la cárcel, unas herrerías, el cementerio, la adobería— y, de repente, os encontraréis ante una llanura interminable, atravesada por una cadena de colinas que se empujan, se encabalgan unas con otras y se mezclan «en un resalto que se alargaba por la derecha del camino hasta el horizonte, donde se disipaban en un reborde malva y, por mucho que avanzaras, no había manera de ver dónde empezaba y dónde terminaba...».

De repente, os adentraréis en la aridez de la estepa que se extiende ante vuestros ojos como si fuera un libro abierto, y muy pronto, en la lejanía, avistaréis un molino de viento que parece «un hombrecillo agitando los brazos», y que va creciendo hasta que se pueden distinguir del todo las dos aspas; os extrañará, sin embargo, que a pesar de avanzar todo recto con el carro, el molino quede cada vez más a la izquierda, sin rezagarse ni desaparecer nunca de la vista, moviéndose siempre y mirando en todo momento a Yegorushka, «como un brujo».

Este brujo es Chéjov, que nos encanta de principio a fin con unos sortilegios tan poderosos y sublimes como si poseyera unos dones similares a uno de los carreteros: «Veía tan bien que, para él, aquella estepa marronácea y yerma estaba siempre llena de vida y efervescencia. Solo tenía que observar a lo lejos para descubrir un zorro, una liebre, una avutarda o cualquier otro animal que se escondía de la gente. No cuesta mucho ver una liebre que huye o una avutarda que vuela —esto lo ha visto cualquiera que haya pasado por la estepa—, pero son pocos los que pueden llegar a ver los animales salvajes campando a sus anchas, cuando no corren, no se esconden y no miran aterrorizados a uno y otro lado. Vasia veía zorros que jugaban, liebres que se pasaban las patitas por la cara, avutardas que se ahuecaban las alas, sisones que daban saltitos durante la época de celo. Gracias a esta agudeza visual, Vasia tenía, aparte del mundo que todos veían, un mundo propio, inaccesible a los demás, y seguramente precioso: era difícil no envidiarlo en los momentos cuando lo contemplada embelesado».

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