La actual basílica de la Sagrada Familia ha sido analizada desde infinitos puntos de vista, tanto positivos como negativos. Progresivamente, se ha transformado en un icono de la ciudad de Barcelona y, al haber estado en construcción durante un largo periodo de tiempo, las opiniones son muy diversas. Desde aquellos que la infravaloraron y aquellos que cuestionaron la fidelidad a la obra del maestro, hasta los que la han transformado en un objeto de devoción, hay para todos los gustos. Existen muchos libros, pero también infinitos souvenirs que tienen mucho éxito a pesar del mal gusto de quienes pretenden imitar una obra tan excepcional.
Para mí la Sagrada Familia, desde el primer día en el que intervino Gaudí, creo que ha sido permanentemente un centro de investigación. Tal y como nos enseñó Gaudí, el proyecto contaba con una maqueta y muchas otras probaturas, siguiendo el método de prueba y error, corrigiendo y enmendando todas las soluciones para hallar las que eran necesarias para construir el edificio que él tenía en mente. Lamentablemente, todos esos yesos de su obrador que fueron destrozados en la guerra de 1936, nos revelan cuáles eran sus objetivos y sus mejores soluciones finales. Pero ya solo los trozos que se pudieron salvar, los planos y las fotografías de la maqueta original que sobrevivieron a ese incendio, nos explican que Gaudí era un auténtico científico.
Inicialmente se inspiró en la estructura y la geometría del gótico, que era el estilo del primer arquitecto, pero finalmente las transcendió. Todo en Gaudí tiene una geometría propia que no descuida la vertiente estética. Ya como estudiante de la Universidad de Barcelona demostró sus facultades en cálculo y geometría. Nada era improvisado, todo procedía de una reflexión previa que no olvidaba ningún detalle.
El edificio de la Sagrada Familia es una obra única entre todas las construcciones de Gaudí. Esta monumental basílica tuvo unos precedentes en tres dimensiones: la iglesia de la Colonia Güell (1898-1916), que le permitió calcular cómo funcionaban las columnas, las cargas del techo y, sobre todo, nos permite descubrir, con la maqueta de los saquitos suspendidos, cuál era su premonición estructural del templo.





