La historia de la Transición pertenece a aquello que llamamos historia del presente: un pasado todavía cercano, atravesado por memorias bibliográficas, familiares y políticas. Por eso es un terreno plagado de riesgos. No se trata solo de la fragilidad de la memoria factual, ante la cual la historia dispone de herramientas críticas, sino de una memoria social más amplia, ligada a las experiencias vividas y a las necesidades del presente. Entre la aceptación acrítica del mito y la impugnación retrospectiva que carga todos los males actuales sobre aquel proceso, la tarea del historiador no es escoger un bando de la memoria, sino hacer inteligible el pasado y su persistencia en el presente.
Este artículo examina la Transición corta: el período que va desde el nombramiento de Adolfo Suárez como presiente del gobierno, en julio de 1976, hasta retorno del presidente Josep Tarradellas como presidente de la Generalitat provisional, el 23 de octubre de 1977, pocos días después de la aprobación de la segunda ley de amnistía. En estos quince meses se concentraron decisiones que hicieron posibles el paso efectivo de la dictadura a una democracia parlamentaria, pero también se fijaron ambigüedades, renuncias y pactos que más tarde serían objeto de disputa.
La Transición española ha funcionado como mito fundacional de la democracia restaurada y, a la vez, como punto de origen para quienes impugnan, desde diversas posiciones, el sistema político que surgió de ella. También ha sido, naturalmente, un objeto de estudio para los historiadores y los científicos sociales. Cada lectura ha ganado presencia pública dependiendo de las circunstancias. Como advertía E. P. Thompson, la historia es una cuestión de contexto, y los contextos cambian. Cada generación reorganiza su memoria de acuerdo con el tiempo que le toca vivir.
No es de extrañar que, durante los años de consolidación democrática y sobre todo después del golpe de Estado fallido del 23-F, se impusiera un relato laudatorio.
Las primeras interpretaciones, a menudo admirativas, provenían en buena parte del hispanismo anglosajón. Muchos de aquellos estudiosos habían pensado España a partir de la Guerra Civil y todavía arrastraban la imagen heredera de The Spanish Labyrinth (1943) de Gerald Brenan, de un país trágico, atrasado y heroico en su resistencia al fascismo. La posibilidad de una transición pacífica, basada en un acuerdo entre sectores reformistas del régimen y la oposición, causó una impresión notable. Para explicar su éxito pronto se destacaron las transformaciones sociales de fondo: el crecimiento económico, la integración en la economía internacional y la aparición de una amplia clase media.





