La palestina Mariam Barghouti echa por tierra todos los estereotipos del periodista de guerra. Tras el chaleco antibalas, un cuerpo flaco y menudo; bajo el casco, una mirada despierta. Se toma un tiempo para pensar antes de responder a una pregunta difícil. Y entonces lanza un torrente de verdades sin tapujos. Es una luchadora, y su arma es la palabra.
A sus treinta y pocos, Barghouti se ha convertido en un referente del periodismo internacional por su trabajo sobre el terreno en la Cisjordania ocupada. Un trabajo en el que, como tantos colegas palestinos, se juega la vida a diario. Se la juegan protegiendo —literalmente con sus cuerpos— los testimonios, las historias, los sonidos y las imágenes de los crímenes perpetrados por Israel, así como de la resistencia palestina. Israel es el lugar más peligroso del mundo para ejercer el periodismo: un lugar en el que los periodistas son asesinados, perseguidos, detenidos, apaleados y criminalizados. Todo vale para controlar el relato. Y, sin embargo, los periodistas palestinos nunca han dejado de informar.
Nacida en Atlanta (Estados Unidos), Barghouti pertenece a la tercera generación de supervivientes de la Nakba: su abuelo Ibrahim fue expulsado de Yaffa en 1947, después de que las milicias sionistas asesinaran a su bisabuelo, Abderrahman, en un bombardeo en la plaza del reloj.
Sus padres no querían que perdiera sus raíces y la llevaron a Palestina cuando tenía 3 años. Ha utilizado el privilegio de su pasaporte estadounidense para vivir en varios países, pero nunca se ha desconectado de su tierra. Después de unos años dedicada a la investigación, Barghouti decidió volver al periodismo tras el asesinato en mayo de 2022 de su mentora, Shireen Abu Akleh, corresponsal de Al-Jazeera en Cisjordania, cuando cubría una incursión del ejército israelí en el campo de refugiados de Yenín. El asesinato de Abu Akleh dio la vuelta al mundo pero quedó impune. Fue un precedente. Entonces nadie imaginaba que el ejército israelí asesinaría a más de trescientos periodistas palestinos —también libaneses, yemeníes e iraníes— tantos que ya no podríamos siquiera recordar todos sus nombres.
Ser palestina y estadounidense ha convertido a Mariam Barghouti en un puente entre dos mundos: desde esa posición se ha dedicado a desnudar los estereotipos y a desarmar la mirada colonial utilizando su mismo lenguaje. Escribe para The New York Times, The Guardian, la BBC, o Drop Site News («los contribuyentes estadounidenses deben saber que sus impuestos pagan y sostienen los crímenes contra la humanidad israelíes y la agresiva colonización de los palestinos», asevera) y también para medios regionales como The New Arab, Middle East Eye o Mondoweiss. Si es necesario discute en directo: Sky News le cortó el micrófono después de que corrigiera a su presentador Mark Austin, que hablaba de «decenas» de palestinos asesinados en Gaza cuando ya se contaban por millares. Y si los medios no le dan espacio, sigue hablando en las redes, a sus 275.000 seguidores en Instagram y 190.000 en X.
Tesis sobre racismo entre judíos
Licenciada en Lengua y Literatura inglesa por la Universidad de Birzeit en Cisjordania, Barghouti se interesó por la sociolingüística y completó sus estudios con un máster en sociología y cambio global por la Universidad de Edimburgo, con una tesis sobre el racismo entre judíos en la sociedad israelí. Siempre le gustó escribir, y el periodismo llegó después, cuando ya era consciente del valor de las palabras. Ha escrito I found myself in Palestine (Interlink Publishing, 2020) y Gaza: the Story of The Genocide (Verso Books, 2025).
Las palabras denotan un sistema de poder. Los israelíes «son asesinados» por «terroristas», los palestinos simplemente «mueren».
Sobre Barghouti recae también la presión de ambos mundos: la que sufren todos los periodistas palestinos sobre el terreno —muy distinta a la que vivimos corresponsales y enviados especiales europeos o estadounidenses— y la de los editores de medios occidentales. No es fácil soportar que por la mañana te apunten los láseres verdes de los soldados israelíes y por la tarde tu editor, desde Londres, te pida que acabes tu crónica con una nota de alegría para no deprimir a la audiencia.
Sus artículos contribuyen a cerrar la brecha entre la realidad que viven los palestinos y la forma en que esa realidad es percibida, filtrada, distorsionada o borrada en el discurso público dominante en Europa y Estados Unidos. Con el genocidio israelí en Gaza también se ha dedicado a editar y conectar a colegas gazatíes con medios de todo el mundo.
En un momento en que el periodismo atraviesa una profunda crisis —económica, tecnológica y política, pero sobre todo de credibilidad—, los periodistas palestinos han recordado al mundo en qué consiste realmente esta profesión: documentar la realidad, decir la verdad frente al poder, denunciar las injusticias y combatir la impunidad. Lo hacen en condiciones imposibles, aferrándose a la convicción de que contar al mundo el horror al que Israel somete a su pueblo puede servir para frenarlo.
La reportera conoce bien el poder de las palabras. «El lenguaje y el silencio no describen la realidad, sino que la construyen», recordaba en mayo en una conferencia en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), que eligió a Barghouti para su residencia internacional. «El lenguaje define lo que se puede pensar, lo que se puede llorar, lo que puede ser financiado y lo que debe ser castigado: Israel no solo está probando drones y bombas contra los palestinos, está desarrollando una guerra del lenguaje», constataba.
El lenguaje, arma arrojadiza
Las palabras denotan un sistema de poder. Los israelíes «son asesinados» por «terroristas», los palestinos simplemente «mueren». El lenguaje no es neutral: es un arma arrojadiza. Puede revelar una realidad, pero también ocultarla; puede humanizar a las personas o convertirlas en bestias con las que no se pueda empatizar; puede normalizar la violencia, maquillar la opresión y discriminar qué sufrimiento merece ser reconocido. El relato es también un campo de batalla.
«No puedo proteger a mi gente en el mundo real, pero sí puedo protegerla en la página», dice la periodista.
Forma parte del manual de guerra israelí abrumar al mundo con la demostración de fuerza bruta. No la esconde, la exhibe. Por eso vemos a los soldados israelíes mostrándose en las redes mientras cometen crímenes de guerra en Gaza o en el Líbano. ¿Y cuál debe ser entonces el papel del periodismo? ¿Debe limitarse a levantar acta, a certificar? Barghouti aventura otra respuesta: no se trata solo de mostrar el sufrimiento; hay que hacerlo inteligible, absorbible. Sin ello, estamos condenados a chocar con una violencia inasumible, que nos deja en la impotencia. Una impotencia buscada.
Quizás, para poder absorber tanta violencia, deberemos incorporar nuevos vocablos: palabras que no tienen equivalente en el léxico de los colonizadores, palabras creadas para nombrar la experiencia colectiva de una realidad que nunca había sido nombrada. Palabras como Nakba, el término que los intelectuales palestinos acuñaron para describir la desposesión y la limpieza étnica que dieron lugar a la creación del Estado de Israel: suele traducirse como «catástrofe», pero significa a la vez el sufrimiento impuesto, el dolor causado, la miseria provocada. O Sumud, un concepto que remite a la resistencia, pero también a la firmeza, el arraigo, el desafío, la perseverancia. Descolonizar nuestra mirada pasa también por reconocer los límites de nuestro diccionario.
Del mismo modo que el personal sanitario, las maestras o los agricultores, los periodistas palestinos han tenido que adaptarse para seguir trabajando en condiciones imposibles. En Gaza y en Cisjordania, no solo han desarrollado estrategias de supervivencia bajo una amenaza permanente: también han aprendido a trabajar bajo un trauma continuo. Su propio trauma y el de las personas cuyas historias cuentan. Barghouti sabe mirar y escuchar, sabe dar tiempo.
Del mismo modo que el personal sanitario, las maestras o los agricultores, los periodistas palestinos han tenido que adaptarse para seguir trabajando en condiciones imposibles.
Uno puede acercarse a una madre cuyo hijo acaba de ser asesinado, captar imágenes poderosas de dolor, recoger declaraciones potentes. Es probable que incluso sea bienvenido a compartir el desgarro. Pero si regresa después, respetando el tiempo del duelo, si es capaz simplemente de sentarse a su lado, de compartir el silencio, de ir más allá del momento del shock, generará otro espacio, abrirá otras puertas, estará más cerca de comprender. Incluso podrá esperar que su escucha contribuya a paliar el dolor. «No puedo proteger a mi gente en el mundo real, pero sí puedo protegerla en la página», dice la periodista.
Crítica con el periodismo occidental
Barghouti sabe bien que lo que ocurre en Palestina es el espejo de una deriva global, un síntoma. Y forma parte de esta nueva generación que ya no está dispuesta a justificar su existencia ni a negociarla. Una generación que se abre paso sin pedir permiso ni perdón, y que hace añicos la profecía del sionismo: los ancianos morirán y los jóvenes olvidarán.
La periodista palestina lo dejaba muy claro en una de sus conferencias en el CCCB con motivo del Día Orwell. «Vengo de un lugar en el que mi humanidad se pone permanentemente en duda. Y no estoy aquí para discutir con ustedes si somos humanos o no. Estoy aquí para contarles que algo funciona terriblemente mal por cómo actúa el periodismo occidental, no solo sobre los palestinos, sino sobre el conjunto de la humanidad».



