Cuando se vuelven a mirar las fotografías de Sebastião Salgado, tras su reciente fallecimiento, uno se percata de la enorme relación que existe entre el cielo y la tierra. Sus poderosas imágenes tienen el poder de evocar la grandiosidad de la naturaleza que no estamos en condiciones de ver por el miedo que tenemos ante su inmensidad. Contemplamos tierra y cielo en perfecta tensión y armonía al ver el diálogo entre la selva de la Amazonía y un cielo dominado por las nubes que anuncian una tempestad. Las formas aéreas de las nubes contrastan con la frondosidad de la Amazonia. Parece que las nubes están a punto de caer sobre la tierra ocultando a nuestra vista la vegetación.

A diferencia de las nubes rosas y blanquecinas de Tiepolo en las que danzan los dioses las de Salgado son negras y anunciadoras de un mundo material que se pierde por culpa de la explotación humana. Si bien las nubes de Giambattista Tiepolo son ligeras y ascendentes, las de Salgado son plomizas y descendentes. Los dioses mitológicos, los santos, las criaturas celestiales de Tiepolo habitan los cielos y nos indican el camino hacia lo invisible en el sentido contrario a las de Salgado, que se nos muestran como imágenes proféticas descendentes que nos anuncian una tierra amenazada.

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La utilización de las nubes en el arte del siglo XX y XXI nada tiene que ver con la utilización que se ha hecho de ellas desde el Renacimiento. Sin embargo, la obra de Giorgione La tempestad, fechada en 1508, anticipa la forma en que los artistas contemporáneos utilizan las nubes para señalar una amenaza que está a punto de concretarse en un desastre humano. La obra de Giorgione muestra al hombre frente a una tempestad que se cierne y que pronto va a alcanzarlo.

Las nubes oscilantes de Munch, las circulares de Vicent van Gogh, las vaporosas de John Constable, el mar de nubes Caspar David Friedrich, las surrealistas de René Magritte, las esponjosas de Ian Fisher o las fantasmagóricas de Berndnaut Smilde revelan las nubes físicas e interiores que envuelven la vida de los seres humanos. El artista Gonzalo Goytisolo también tiene una serie de obras donde Barcelona se ve amenazada por una nube que parece desprender una luz que irradia peligro; en la exposición Flucht de Espe Pons, que se puede ver en el centro Blanquerna de Madrid, destaca una fotografía de nubes que persiguen un destino trágico. Las nubes evocan lo trágico, la nostalgia del mundo perdido, la tensión y el grito interior.

‘La tempestad’ de Giorgione, de 1508, anticipa la forma en que los artistas contemporáneos utilizan las nubes para señalar una amenaza que está a punto de concretarse en un desastre humano.

Gracias a la visión de los artistas, la composición de las nubes, que son gotas de agua líquida o cristales de hielo suspendidos en el aire, se convierte en formas amenazantes, en pesadas estructuras que nos aplastan y se ciernen sobre nuestros espacios urbanos como fantasmas que revelan que ya no pertenecen a la naturaleza sino al miedo humano. Las nubes que realiza el artista de Países Bajos Berndnaut Smilde flotando en las habitaciones son reales pues la crea mediante una reacción química. Son naturalezas efímeras, más breves que las nubes reales, pero que se pueden disfrutar en lugares insólitos. Son creaciones que impactan porque, aunque seamos capaces de crear nubes artificialmente, no dejamos de mirar al cielo esperando que las que son reales traigan copiosas lluvias para acabar con las sequías.

El colectivo estadounidense SWAMP propone que nos aproximemos a una maleta misteriosa de cuyo interior, al abrirse, sale una nube que se eleva creando un momento de asombro y perplejidad. Los autores buscan el activismo para detener el impacto ecológico de las actividades industriales creando instalaciones que convierten las nubes en protagonistas de una historia que anuncia una suerte de acabamiento de la vida en la Tierra.

 

Una Tierra que se agota

Las nubes evocadoras se convierten en señales de una perturbación planetaria, de la descolocación humana. Las nubes de Chernóbil desplazan a las nubes avistadas a mar abierto. La capacidad de la nubes de construir volúmenes imposibles e inabarcables es ahora domesticada por la ciencia y el arte contemporáneo. Ahora las nubes contemporáneas están enfermas, son débiles y efímeras. Las estrellas, el firmamento, la luz del sol o luz de la luna y las nubes que tanto han inspirado a los seres humanos son anunciadoras de nuevas realidades; han perdido su carácter espiritual. Se mira el cielo para ver si lloverá, no para conocer nuestro destino.

El baile a las nubes de las antiguas tribus para propiciar la lluvia es ahora sustituido por el trabajo de los centros de investigación que experimentan con la creación de nubes artificiales para provocar que llueva. Las fotografías de Sebastião Salgado muestran una belleza vencida por la evidencia de una Tierra que se agota; esta evidencia anunciada en las fotografías de Salgado se nos muestra más real cuando la vemos a partir de la mirada del artista, sin advertir, sin percatarnos de que esa realidad captada por su mirada y su cámara es la misma realidad que pisamos día a día.