Ya hace tiempo que el conseller ha puesto proa contra la unidad de la lengua catalana. No lo dirá directamente, pero sabe la herida que recibiría el catalán si su cruzada triunfara. Su postura no es sorprendente, ya que son las tesis que mantenía cuando no era cargo institucional y las defendía con más entusiasmo y no tan comedidamente en sus artículos de opinión o a través de «Sa Fundació».
Pons Torres, el actual conseller menorquín de Cultura, no le ha hecho la cruz a la lengua que compartimos, sino en general sobre la cultura catalana que compartimos y que se expresa en una diversidad de campos. Si a esto le añadimos una ideología marcadamente derechista, más próxima a Vox que al PP clásico, con un discurso beligerante y soberbio que suele ser común entre los jóvenes, ya nos hacemos una idea. ¿Cómo puede ser que en una sociedad como la menorquina, el responsable de política cultural y el hombre fuerte en el discurso de política general del PP sea él? En primer lugar, porque las izquierdas —divididas— perdieron la mayoría de representantes en el Consell a pesar de tener la mayoría de votos; en segundo lugar, porque el Partido Popular que conocíamos ha alentado a otro discurso empujado por la presión de Vox.
Yo nací en 1955 y he vivido la escuela franquista de los años sesenta, exclusivamente en castellano y descaradamente franquista. En el instituto, incluso estudiábamos francés antes que catalán. El catalán era una lengua de uso minoritario en espacios no formales, hasta que un día descubrí que el catalán se podía escribir y leer, que no se escribía tal como suena, sino con unas reglas que unificaban y permitían la comunicación. En la década de los setenta, la lucha para normalizar el uso de la lengua catalana formó parte de las luchas para restablecer la democracia y para acabar para siempre con la dictadura, también en Menorca.
La defensa de la lengua, en el contexto histórico que vivimos, tomó un significado político. Los programas políticos de la izquierda estaban impregnados de cultura, lengua y territorio. Aquel impulso por la lengua triunfó sobre todo en la iglesia nueva y entre los universitarios, que eran el cordón umbilical con el mundo. En aquellos años, la relación de Menorca con el exterior estaba vinculada a Barcelona-Cataluña, mucho más que a Palma-Mallorca, con la que había poca afinidad. Nosotros, los jóvenes obreros que no sabíamos escribir en catalán, nos apuntábamos a cursos nocturnos o aprendíamos de oído como los buenos músicos de rock. Lo más importante de aquel movimiento, al menos en Menorca, es que aquella no fue una lucha partidista, ya que, desde la UCD hasta los comunistas, todos compartíamos el mismo objetivo. Incluso, lo compartieron Coalición Popular y el Partido Popular.
Esto no significa que en aquel viaje no se oyeran voces disconformes que reclamaban la existencia de una lengua balear; el gonellisme ha existido siempre, pero era un fenómeno mallorquín. A lo largo de la historia moderna, también han existido expresiones de reivindicación del menorquín (o balear) como lengua distinta y enfrentada al catalán, pero de carácter minoritario y de naturaleza muy diversa y acientífica. En esos años setenta se impuso la ciencia y la sensatez y más adelante se aprobó una Ley de Normalización Lingüística que ponía de manifiesto esta confluencia y la necesidad de un equilibrio consensuado. La unidad de la lengua catalana a través del estándar se fortalecía en las instituciones públicas, que aprobaban sus reglamentos lingüísticos y creaban la red de asesores y voluntarios lingüísticos en la comunicación institucional, en todos los niveles educativos, etc. Sería una historia muy larga, imposible de detallar en un artículo.
Escuelas de catalán
Todo este proceso de normalización del uso del catalán chocaba con dificultades de base. La principal, el desconocimiento de la lengua por parte de la gran mayoría de la población (con un analfabetismo todavía elevado) y la tendencia de los medios de comunicación locales a usar el castellano, una realidad que se combatió con la proliferación de escuelas de catalán abiertas a la gente o con el proceso de asunción de uso del catalán en los medios, primero los escritos y más tarde los radiofónicos.
Pese a esto, la normalización del uso de la lengua no apareció en la administración central establecida en Menorca, en la administración militar, en la policía y los cuerpos de seguridad, en empresas públicas estatales, en la justicia o en la sanidad, en la que, incluso después de ser transferida a la comunidad autónoma, ha habido grandes resistencias al uso de nuestra lengua, tanto si le llamamos catalán como si le llamamos menorquín. En consecuencia, el proceso para normalizar el uso del catalán no se ha completado y se encuentra con grandes resistencias todavía hoy.
Quien me conoce no me habrá oído nunca hablar mal de España ni de las personas con quienes comparto un Estado, que me gustaría que fuera republicano y más federal.
El conseller Pons Torres todavía no había nacido cuando la generación de la transición descubrió esta opresión cultural de décadas, directamente ligada a la idea de unidad irrompible de la patria española: un país, una lengua, una bandera. Quien me conoce no me habrá oído nunca hablar mal de España ni de las personas con quienes comparto un Estado, que me gustaría que fuera republicano y más federal, pero sí he denunciado el uso chapucero de esta idea por parte de los nacionalistas españoles extremados, por ir en contra de las culturas que conviven en un territorio.
Sé que es ley de vida que las culturas mayoritarias tiendan a imponer sus valores (también ideológicos) sobre los demás; ya habéis oído que Donald Trump habla de la «maldita lengua», refiriéndose al castellano, que no aprenderá nunca. La lengua solo es uno de estos valores, importante, pero no único. Naturalmente, si la cultura que se quiere colonizar (por la simple expansión natural de las culturas poderosas) es débil, podrá sufrir un proceso de transculturización (que teorizó el ciutadellenc Ortiz Fernández en relación a Estados Unidos y Cuba), e incluso de substitución cultural. Hoy, los movimientos demográficos de gran alcance, las transformaciones socioeconómicas, la deslocalización de los focos de emisión de valores, etc., sitúan a las culturas minoritarias en una posición de extrema fragilidad. Una de las fortalezas que tenemos nosotros es la de formar parte de una comunidad cultural más grande, en la que la lengua común, con toda su diversidad, es un factor de unión.
Las redes sociales
En los últimos años, asistimos a unos procesos que ponen en peligro el futuro de la lengua, de muchas lenguas. Por una parte, el entretenimiento a través de plataformas audiovisuales es exclusivamente en castellano; por la otra, la comunicación privada a través de las redes sociales en las que se usan códigos lingüísticos choca con todos los estándares. Podríamos añadirle la aparición de la «cultura» global con redes como Tik Tok o YouTube, con una presencia prácticamente nula del catalán (unitario o dialectal).
Una de las fortalezas que tenemos nosotros es la de formar parte de una comunidad cultural más grande, en la cual la lengua común, con toda su diversidad, es un factor de unión.
Para rematar el panorama, en Menorca, como en todas las Islas Baleares, se está produciendo una entrada de población castellanoparlante a gran escala, que se suma con la magrebí, ya presente. Hoy se dice que un 30 % de la población de Menorca ha nacido fuera de la isla y no conoce el catalán. Y es un proceso en marcha. Así como los andaluces, extremeños, etc., que vinieron durante los sesenta y los setenta siguieron un aprendizaje como el nuestro, no veo en los colombianos, ecuatorianos, peruanos, bolivianos, etc., de ahora, salvo en casos puntuales, la misma actitud.
Si bien hace unos años consideraba exagerado hablar de la desaparición de nuestra lengua (da igual cómo la llamemos) en nuestras calles, ahora ya no pienso lo mismo.
Si a esto le sumamos que desde la comunidad autónoma no hay ningún plan de acogida lingüístico, el panorama es gris. Si bien hace unos años consideraba exagerado hablar de la desaparición de nuestra lengua (da igual cómo la llamemos) en nuestras calles, ahora ya no pienso lo mismo. Ahora creo que estamos en una situación muy frágil, en la que las iniciativas para disgregar el idioma común pueden tener más éxito y hacer más daño que nunca. Sí, por ahora la escuela es prácticamente el único reducto de supervivencia de la lengua. ¿O no? Ya que, en los patios o cuando los jóvenes salen del aula, predomina la comunicación personal en castellano. Aun así, aquí tenemos a Vox con ganas de meter sus zarpas sobre los centros escolares.
Crecimiento de Vox
Estoy a favor de que los pueblos puedan ejercer su soberanía para decidir qué quieren ser, cómo se quieren constituir políticamente. Y estoy convencido de que el proceso iniciado en Cataluña por la independencia, quizá por el carácter que tuvo, quizá por la actuación de los actores implicados, quizá porque en la periferia veíamos las cosas de otra forma, tuvo unas consecuencias que seguramente se perciban más en los territorios vecinos con los que tenemos una lengua en común, con las variantes que queramos, y una cultura en común. En el ámbito general, el procés tuvo como consecuencia indeseada el crecimiento de Vox, que hasta entonces había sido un grupo muy minoritario, y el enconamiento del anticapitalismo que se moviliza en el resto del Estado. Es en este contexto que se produce la ola actual.
Es imposible que el catalán acabe con el menorquín porque supondría un suicidio lingüístico.
Desconozco si a aquellos que dicen que el catalán (el idioma) va en contra del menorquín los mueve la ignorancia o la maledicencia. En todo caso, ellos nos invitan a «salvar» el menorquín del catalán, cuando en realidad el resultado será debilitar el menorquín para que desaparezca bajo la expansión del castellano. Es imposible que el catalán acabe con el menorquín porque supondría un suicidio lingüístico. Una cosa no puede ir en contra de sí misma. Si los afluentes se agotan, se seca el río.
Cuestión partidista
La propuesta de reforma del Reglament d’Usos Lingüístics que ha aprobado el Consell Insular de Menorca, tiene dos objetivos: reintroducir el castellano en la comunicación institucional y separar el catalán dialectal del estándar. No se trata solo de la discusión bizantina sobre el nombre de la lengua, sino de la ofensiva de marcar territorio político aprovechando una cuestión tan banal como el nombre de la lengua, ya que no tiene sustancia lingüística, sino puramente partidista.
Y lo más triste de todo es que, con esta decisión, el Partido Popular haya roto un antiguo consenso político de base científica y se haya situado en contra del Institut Menorquí d’Estudis y de la Universitat de les Illes Balears, que es estatuariamente la máxima autoridad lingüística de la comunidad autónoma. Como dice el escritor, amigo y vecino mío, Ponç Pons: «el amor por el habla propia no pasa por inventar estándares inexistentes, sino por conocer y querer la lengua tal como es.» [DM. 15/02/26].
Ya sabemos que Pons Torres se mantendrá en sus trece y que el Partido Popular actual no lo corregirá. Esta ofensiva contra el catalán ha tenido de rebote el efecto de movilizar a entidades como Plataforma per la Llengua, Fem-ho en Català, y otras. Ahora bien, creo que la mejor manera de zanjar la cuestión es que la izquierda gane las próximas elecciones al Consell Insular de Menorca, que no será una empresa fácil. Si lo consigue, que anule las decisiones que se han tomado en este periodo en la institución respecto a la lengua y que trabaje por un nuevo consenso político y social de base científica (también con la derecha moderada) y que sitúe nuestra lengua catalana en condiciones de vencer los tiempos que llegan.



