La cantidad de libros y artículos publicados sobre la República de Weimar es astronómica, incalculable. A lo largo de más de un siglo y, de momento, su producción ha continuado sin interrupción; y aumenta en épocas de crisis. Más allá de la acumulación de una suma ingente de libros, investigaciones y artículos, la historia trágica de la República alemana de 1918 a 1933 ha sido también motivo de muy encendidas polémicas.
Entre los historiadores se ha llegado a extremos feroces. Uno de los primeros en estudiar detenidamente el apoyo de los magnates de la gran industria alemana a los nazis fue David Abraham, que siendo profesor en Princeton, publicó The Collapse of the Weimar Republic, en 1981. El libro le costó literalmente el cargo y la carrera de historiador: acabó de profesor emérito de Derecho en la Universidad de Miami. Escrito con una precipitación juvenil que el mismo autor admitió, el libro contenía algunos errores factuales. Abraham los corrigió en una segunda edición, de 1986, pero no cambió su tesis central. Decía que el apoyo al nazismo de una fracción importante del capitalismo industrial alemán había sido un factor determinante en la crisis de la República de Weimar y la llegada de Hitler al poder.
Tildado de marxista y acusado de varias tergiversaciones, David Abraham tuvo como principal acusador a un profesor de Yale, Henry A. Turner, que aquel mismo año 1986 publicó también un libro sobre el tema, German Big Business and the Rise of Hitler, donde tendía a minimizar la importancia del apoyo de los grandes capitalistas alemanes al nazismo.
En 1967 General Motors había cobrado 33 millones de dólares en reparaciones y beneficios fiscales federales, porque las fuerzas americanas habían causado daños en las fábricas de Opel en Alemania, Austria, Polonia, Letonia y China.
Que muchos años después, en 2005, Turner publicara el libro General Motors and the Nazis, reavivó la polémica. En la etapa final de la República de Weimar, en 1929, la empresa norteamericana había adquirido el 80 % de la alemana Opel. El año 1999, cuando era objeto de demandas legales por el uso que Opel había hecho de trabajadores forzados durante la guerra, General Motors encargó a Turner un trabajo de investigación de archivos que, como era previsible, concluyó con una absolución, primero del historiador y después de los tribunales. Años antes, en cambio, en 1967, General Motors había cobrado 33 millones de dólares en reparaciones y beneficios fiscales federales, porque las fuerzas americanas habían causado daños en las fábricas y almacenes de Opel en Alemania, Austria, Polonia, Letonia y China. Algunos hicieron notar con sarcasmo que General Motors había comprado Opel casi por la misma cantidad, unos 33,3 millones de dólares.
Los campos magnéticos
Entre la ingenuidad de creérselo todo a la primera y la paranoia de ver motivos ocultos y conspiraciones a diestro y siniestro, hay un razonable y crítico término medio. Los italianos lo denominan, medio con ironía, medio peyorativamente, con un término intraducible, dietrologia, que se podría definir como «el estudio de lo que hay detrás». No se puede entender la saña de aquellas discusiones historiográficas sobre Weimar sin tener en cuenta que se producían bajo la influencia, o la inducción, de dos potentes campos magnéticos: el producido por la Guerra Fría y el generado por los grandes imperios industriales alemanes y americanos, que se querían sacar de encima los sambenitos del pasado y al mismo tiempo exonerarse de toda demanda de reparación en los tribunales.
No hay mejor ilustración del rápido cambio de panorama provocado por el estallido de la Guerra Fría que la peripecia personal del magnate alemán Alfred Krupp (1907-1967). En 1948 fue condenado, en Núremberg, a 12 años de prisión y a la confiscación de todo su gigantesco imperio industrial, bastante averiado en aquel momento. Pero tres años después, en 1951, fue amnistiado, salió de la prisión de Landsberg, y se anuló la confiscación de sus bienes. Krupp había recuperado su imperio.
Heil, Herr Hitler
En cuanto al apoyo de los capitanes de industria a Hitler, las diversas versiones históricas han cambiado en función de las circunstancias. Un ejemplo ilustrativo son las versiones de Dietrich, el jefe de prensa del Führer. En 1934, cuando todo les sonreía a los nazis, escribió: «El verano de 1931, nuestro Führer decidió repentinamente concentrarse sistemáticamente en cultivar los influyentes magnates económicos». Describió con términos entusiásticos el encuentro del 26 de enero de 1933 del futuro dictador con los jefes de industria, en Dusseldorf («Las caras empezaron a congestionarse, todos los ojos estaban fijados en los labios del Führer, se podía sentir cómo les hervía el corazón. Pronto estallaron salvas de aplausos»). En cambio, el 1955, pasado por la prisión y muy aleccionado, escribió que después de que Hitler y Goering abandonaran la sala, se recogió muy poco dinero y que «no se puede hablar de «grandes empresas» o de «industria pesada» que apoyara significativamente, por no hablar de financiación, en la lucha política de Hitler».
Henry Turner y otros historiadores escribieron que era más creíble lo Dietrich de 1955 que lo Dietrich de 1934. De la reunión de Dusseldorf quizás lo único que un notario podría certificar totalmente es que Fritz Thyssen (1873-1951) cerró la sesión con un revelador y educado «Heil, Herr Hitler».
Los grandes imperios industriales alemanes y americanos se querían sacar de encima los sambenitos del pasado y al mismo tiempo exonerarse de toda demanda de reparación en los tribunales.
La trayectoria de Thyssen es tan ilustrativa como la de Alfred Krupp, si bien de sentido contrario. Heredero del gran imperio siderúrgico de su padre, uno de los conglomerados industriales más poderosos de Alemania, fue enemigo declarado de la República de Weimar, apoyó financieramente a Hitler y le facilitó el acceso a los círculos empresariales. En desacuerdo con las políticas de guerra y el totalitarismo creciente, huyó de Alemania en 1939, fue detenido en la Francia ocupada por los alemanes, internado en varios campos de concentración y liberado por los aliados en 1945.
Ahora bien, la discusión sobre si uno u otro magnate asistió o no a uno u otro encuentro tiene una importancia perfectamente relativa. Los protagonistas, como escribe Éric Vuillard en El orden del día «no se llamaban Schnitzler, Witzleben, Schmitt, Finck, Rosterg o Heubel, como nos podrían hacer creer sus certificados de nacimiento. Se llamaban BASF, Bayer, Agfa, Opel, IG Farben, Siemens, Allianz y Telefunken. Los conocemos por estos nombres.»
Un «Weimar global»?
Últimamente la República de Weimar ha adquirido una nueva dimensión. Se habla del «Weimar global», se dice que el mundo vive un «momento Weimar». Creo que quien ha puesto en circulación la analogía histórica entre el estado actual del mundo y Weimar es Robert D. Kaplan, en su libro Waste Land (Tierra baldía, RBA 2025), donde afirma que el mundo interconectado de hoy es «una extraña simulación de la República de Weimar»: cada país está tan ligado a los otros que una crisis en un solo lugar desencadena un efecto dominó en los otros.
Insistir en la analogía histórica entre el panorama del mundo de hoy y el pasado de la República de Weimar no parece una buena idea. Simbólicamente, el periodo de Weimar está irremisiblemente asociado a la fatalidad. Peter Gay, un estudioso de la rica cosecha literaria y artística del periodo, escribió que la República de Weimar «nació en la derrota, vivió en la agitación y murió en el desastre.»
Peter Gay, un estudioso de la rica cosecha literaria y artística del periodo, escribió que la República de Weimar «nació en la derrota, vivió en la agitación y murió en el desastre.»
Las analogías históricas pueden servir para todo. Su atractivo, y también su riesgo, es que pueden llegar a tener una enorme fuerza simbólica. La evocación de los Acuerdos de Múnich de 1938 fue usada con tesón por aquellos que (como Kaplan) alentaron al Trío de las Azores a cometer el insensato y terrible error de invadir Irak, en 2003. Quienes entonces se oponían en la guerra fueron tildados de muniqueses, de apaciguadores, de capituladores bobos ante los dictadores.
Pero las analogías históricas siempre tienen algo que decir. A veces, de rebote, en contra de las intenciones de quienes las proponen. En 1987, Aznar se puso ante las cámaras disfrazado de Cid Campeador, siguiendo una tradición siniestra: Franco fue retratado con coraza y capa blanca en una pintura mural, en el Archivo Histórico Militar de Madrid; y en la colección del Centro de Historia Militar de Washington se conserva Der Bannerträger, una pintura que retrata a Hitler con armadura del siglo XV y a caballo.
Lasciate ogni speranza?
En el frontispicio del libro de Kaplan aparece una citación de Roger Scruton. La esperanza, dice en ella el filósofo británico, es «un activo peligroso que amenaza no tan solo a aquellos que lo aceptan, sino a todos los que se encuentran al alcance de sus ilusiones». Con un ejercicio de dietrologia que no parece exagerado, se puede pensar que el libro de Kaplan, un neocon que en su momento apoyó al Trío de las Azores, ha tenido la función de disuadir de cualquier ilusión o esperanza de que se pueda registrar una alternativa de progreso global en el mundo.
Pero el activo peligroso que hoy amenaza al mundo no son quienes mantienen la esperanza de otro mundo mejor, sino quienes tratan de devorar desde dentro de las democracias y engendrar un mundo de autócratas y poderosos sin ley, es decir, un mundo de bandoleros. Oponerse a este destino no es solo un deber democrático imperativo sino un gesto de supervivencia.
«Vuestra sociedad violenta y caótica, incluso cuando quiere la paz, incluso cuando se encuentra en un estado de aparente reposo, lleva en ella la guerra, como la nube dormida lleva la tormenta» (Jean Jaurès).
Se suele citar una frase de Gramsci, «la historia enseña pero no tiene alumnos», pero menos la frase que la precede (es de un artículo en el Ordine Nuovo de marzo de 1921): «La ilusión es la hierba más tenaz de la conciencia colectiva». En este sentido, la historia de la República de Weimar, que enseña a no hacerse ilusiones, no tiene que llevar al fatalismo, sino que advierte de la necesidad de no repetir errores.
Algunas de estas lecciones de Weimar son especialmente claras en los momentos actuales. Una se dirige a las élites económicas y se podría formular así: «no siempre es cierto que quien paga manda». Los servicios de información militares que descubrieron a Hitler, y los industriales que le apoyaron, pretendían una póliza de seguro contra los comunistas, y querían relanzar los negocios por la vía del autoritarismo patriótico, el rearme y la autarquía. En cambio, acabaron sujetos a una dictadura monstruosa, a una guerra catastrófica y a la derrota de su país.
Al otro lado, hay también una amarga lección, porque las discordias entre las izquierdas fueron otro factor clave del desastre de Weimar. En palabras de Luciano Cafagna, la «fractura sangrienta» entre socialdemócratas y comunistas los llevó a un «suicidio asistido». La izquierda, socialmente fortísima (en 1928, los socialistas tenían 937.000 afiliados), se mostró políticamente impotente a causa de sus divisiones.
Los industriales que apoyaron a Hitler acabaron sujetos a una dictadura monstruosa, una guerra catastrófica y la derrota de su país.
Otra lección recuerda hasta qué punto es ilusorio y peligroso identificar capitalismo y democracia. Hay dos frases que hoy hay que recordar, para valorar el trumpismo y los otros nacionalpopulismos. Una es de Jean Jaurés: «Vuestra sociedad violenta y caótica, incluso cuando quiere la paz, incluso cuando se encuentra en un estado de aparente reposo, porta en ella la guerra, como la nube dormida lleva la tormenta.» La otra es de Max Horkheimer: «Quien no quiera hablar del capitalismo, mejor que calle sobre el fascismo».
Weimar también nos dice que no tenemos que confundir el concepto de «crisis» con el de un destino negativo e ineluctable. El historiador Rüdiger Grafo ha contado que entre 1918 y 1933 se publicaron más de 370 libros en Alemania con el término «crisis» en el título. Pero ha señalado, justamente, que una buena parte de aquella literatura usaba el término crisis en su sentido griego, originario, que en las últimas décadas se ha ido perdiendo. Una crisis no se tiene que ver, escribe el historiador, «ni como un desarrollo únicamente negativo, ni como el anuncio de una derrota asegurada, sino como el momento de decisión en que el futuro permanece abierto y los desarrollos alternativos son posibles». La crisis de Weimar habría podido tener otra salida.



























































