Dicen que el cine español está de moda. También que atraviesa uno de sus mejores momentos. Los premios en festivales internacionales obtenidos por Carla Simón, la nominación al óscar de Oliver Laxe o el creciente prestigio de Albert Serra –que le ha llevado a encabezar, con Tardes de soledad (2024), la lista de mejores films del año elaborada por la prestigiosa revista Cahiers du cinéma— serían tres síntomas más que significativos de esa plenitud.
De hecho, tal cumbre la habría coronado el festival de Cannes de este año seleccionando tres películas españolas para su sección oficial, más que de ninguna otra cinematografía del resto del mundo si se excluye –claro está— la francesa. Y eso sin hablar del mercado interno, donde una película como Torrente (2026) encabezó hace unos meses la lista de las más taquilleras por delante incluso de algunos blockbusters hollywoodienses. En todos los frentes, pues, las cosas parecen ir bien, muy bien.
Detrás de los oropeles, sin embargo, siempre hay una trastienda oculta, un lugar en el que se cuecen alternativas a ese estado de cosas quizá en exceso triunfalista. En el cine de estas latitudes se suele dar una cierta propensión a la exageración, a la hipérbole, a la irracionalidad del orgullo patrio, que a veces olvida injustamente propuestas más humildes pero también portadoras de semillas de futuro. No es mi intención proporcionar aquí un relato sobre este «otro» cine español; siempre lo hay, por mucho que aquel que anteayer ocupaba ese lugar se haya convertido ahora en el cine oficial e institucional y así sucesivamente. Prefiero, por el contrario, hablar de un caso concreto.
Hace un par de años tuve la ocasión de ver, por motivos que no vienen al caso, un largometraje titulado Las tierras del cielo (2023). Su responsable, el escritor y director Pablo García Canga, no era un desconocido: había irrumpido en 2004 con Para Julia, un mediometraje que era también una declaración de intenciones, y a partir de ahí exploró otros formatos en metraje corto que incluyen pequeñas joyas filmadas entre España y Francia como De l’amitié (2018), La nuit d’avant (2019) o Por la pista vacía (2022), este último con una interpretación memorable de Bruna Cusí.
Apuntes sutiles
Como sus trabajos anteriores, Las tierras del cielo es cine del rostro y la palabra, hecho de piel y texto, como si el texto dicho fuera la piel no solo de los actores y actrices, sino también de la propia película. Unos cuantos hombres y mujeres hablan con otros u otras, en la misma habitación o por teléfono, durante una noche cualquiera. No se trata de un film de episodios, porque los personajes de cada secuencia no conocen a los de la anterior o la siguiente. O quizá sí, da lo mismo. En cualquier caso, comparten algo: todos han visto cierta película japonesa ficticia –inventada por García Canga para la ocasión– sobre la que no se cansan de conversar, y a partir de ahí surgen apuntes sutiles sobre sus vidas, sus relaciones, lo que dejan a sus espaldas y lo que les espera… O no, puede que solo se trate de eso: unas cuantas conversaciones intrascendentes. Las tierras del cielo, aunque su estreno fue muy limitado, es una de las mejores películas españolas de los últimos años.

Así llegó la noche (Así chegou a noite, 2025), de Ángel Santos Touza. Amateur Films
Pues bien, veo que ahora reaparece el nombre de Pablo García Canga en otro largometraje que no ha dirigido pero sí coescrito junto con su director, Ángel Santos, el responsable de las extraordinarias Dos fragmentos/Eva (2012) y Las altas presiones (2014). La película se titula Así llegó la noche (2025) y podría ser la continuación, o el complemento, de un corto también dirigido por Santos y coescrito por García Canga, adecuadamente titulado Así vendrá la noche (2022). Ambos films albergan a un hombre y una mujer, Pablo (Denís Gómez) y Andrea (Violeta Gil), que casi nunca logran encontrarse, y cuando lo hacen es para separarse otra vez de una manera más o menos misteriosa e intempestiva.
‘Así llegó la noche’ está muy próxima a cierta tradición del cine español que pasaría por Víctor Erice y terminaría por ahora en la última película de Almodóvar, ‘Amarga Navidad’.
Así llegó la noche empieza con Pablo viviendo en un pequeño pueblo gallego y dedicándose a la cerámica, ocupación que, supuestamente, pronto va a fructificar en una exposición próxima a inaugurarse. Su único contacto humano en ese lugar parece ser el vigilante de un camping, con el que mantiene largas charlas de tintes más o menos existenciales, y por el que siente una extraña atracción pese a tratarse de un tipo arisco y malcarado, o puede que precisamente por eso. De repente, en ese paisaje inmóvil, reaparece Andrea, que fue pareja de Pablo y ahora, recién casada, vive en Estados Unidos, donde da clases de literatura española en la universidad. Un día, Andrea se despierta y Pablo no está…
¿Un ‘western’ moderno?
Pese a ese argumento no es Así llegó la noche una película de suspense e intriga, aunque también depende de lo que entendamos por esas palabras. El punto de partida podría ser cierto cine de Michelangelo Antonioni, de La aventura (1960) a Identificación de una mujer (1982), con su obsesión por las desapariciones y los personajes huidizos. Santos, sin embargo, habla igualmente de John Ford: desde esta perspectiva, Así llegó la noche sería una película crepuscular, puede que sobre un personaje en crisis que acaba fundiéndose con el paisaje circundante, como hace John Wayne en algunos de los films de Ford.
¿Un western moderno? ¿Una investigación sobre la pareja? ¿El retrato melancólico de una transición vital? Todo eso y mucho más, el film de Santos y García Canga es también una película sobre la literatura y el cine, sobre la vida entendida como texto, vivida como ficción, y por lo tanto en los límites de lo real. ¿Es verdad todo lo que vivimos y decidimos o solo el reflejo de lo que pensamos e imaginamos acerca de ello? En este sentido, Así llegó la noche está muy próxima a cierta tradición del cine español que pasaría por Víctor Erice y terminaría por ahora en la última película de Almodóvar, Amarga Navidad, de la que dimos cuenta hace un par de meses en esta misma revista.
El film de Santos conecta con la herencia del gran cine narrativo del clasicismo y la modernidad, tan ignorado y olvidado en los últimos tiempos.
Pero si en algo sustancioso se diferencia el film de Santos del grueso del cine español, incluso del más exigente, es en su conexión con otra herencia, la del gran cine narrativo del clasicismo y la modernidad, por otra parte tan ignorado y olvidado en los últimos tiempos. Ya se ha mencionado a Ford y Antonioni, y podríamos añadir a Hitchcock, pero no se trata tanto de nombres como de una cuestión de estilo: planos largos y reflexivos, que respetan tanto a los personajes como el espacio que los rodea, que respiran y dejan respirar, pero que no se limitan a permanecer ahí en soledad, sino que juntos forman una escritura, otro texto.
Dejar un rastro
De hecho, Así llegó la noche es una confrontación de escrituras y textos: la obra en cerámica de Pablo, los airados discursos del vigilante del camping –pensamos en Roberto Bolaño–, la posibilidad de una salida que trae la voz y el cuerpo de Andrea –a su vez enfrascada en un artículo sobre Carmen Martín Gaite–, el tapiz que forman las imágenes y el que construyen las voces… La desaparición de Pablo, así, sucedería cuando el texto entra en crisis, cuando la posibilidad de una escritura se desvanece, cuando no se puede hacer otra cosa que dejar un rastro, una huella para que otros la sigan. El cuerpo ya no está, pero la «voz» queda flotando: en postales, en mensajes de audio, en emails o mensajes de texto…
Es un film sobre unos cuantos personajes y la desaparición de uno de ellos, pero también sobre la desaparición del propio texto, incluso de la imagen, se supone que para renacer en otro lugar.
Así llegó la noche es un film sobre unos cuantos personajes, muy pocos, y la desaparición de uno de ellos, pero también sobre la desaparición del propio texto, incluso de la imagen, se supone que para renacer en otro lugar. Al fin y al cabo, cuando alguien ama o crea, lo cual viene a ser lo mismo, intenta modificar la vida, hacer habitable lo inhabitable. Y eso es también lo que esperamos que algunas películas hagan con nosotros.



