Cuando pienso en David Hockney se me aparece la figura esbelta de Burt Lancaster en la película El nadador (1968). El argumento no puede ser más surrealista. Un hombre de clase alta decide volver a casa a través de las piscinas de su vecindario. Unos años antes, el pintor británico David Hockney se mudaba a Los Ángeles desde Londres. El contraste entre la capital británica, una burbuja de niebla y llovizna, tradicional y homófoba, y California, un paraíso radiante de libertad, fue impactante. El joven artista quedó fascinado por los cielos azules y la luz dorada, los cuerpos bronceados y aquellos «agujeros azules en el suelo» que había en muchas casas como espejos que todo lo reflejaban.
En dos semanas pintó obsesivamente Bigger Splash, en acrílico, utilizando el rodillo y el pincel. En primer plano, el trampolín de una piscina, después la salpicadura de quien acaba de zambullirse y que no vemos, al fondo una casa racionalista con una silla plegable. La arquitectura del cuadro funciona casi como un Rothko figurativo, es decir, ordenado a través de las líneas horizontales marcadas por espacios de color. A pesar de que es una escena de verano que asociaríamos a la felicidad, hay algo enigmático en el trasfondo. Nos intriga la poética del instante y la dialéctica violenta entre la quietud del entorno y la fuerza de la zambullida. En la manera como está tratada el agua hay una cita directa al expresionismo abstracto, especialmente al action-painting de Jackson Pollock, movimiento ante el cual el arte pop reaccionaba y que estaba a punto de desplazar del centro de la escena artística.
David Hockney nació en la ciudad de Bradford, en el norte de Inglaterra, en 1937, un año de calma antes de la tormenta. Su ciudad pasaba entonces por la Gran Depresión. Las fábricas textiles cerraban y el paro era altísimo. George Orwell pasó por allí para documentar su libro El camino a Wigan Pier, ensayo político de fuerte carga social, antes de irse a luchar al bando republicano durante la guerra civil española. Después de estudiar en Bradford, Hockney va a Londres y se forma en el Royal College donde conoce a Roland B. Kitaj. Cuando la abstracción era el eje que vertebraba la pintura del momento, Hockney y Kitaj, rebeldes por naturaleza, pintaban obras figurativas y enseguida destacaron. La pintura de Hockney era hedonista, escenas de exterior llenas de color y de vida, mientras que la de Kitaj era más intelectual, interiores con sus amigos artistas. Una década después, la crítica los agruparía, junto con Francis Bacon, Lucian Freud y Frank Auerbach, con la etiqueta genérica de School of London.
David Hockney pronto es escogido para formar parte de la muestra «Young Contemporaries» junto a Peter Blake, anunciando la llegada del British Pop Art. Los primeros cuadros de Hockney no son los propios de un artista pop puro, puesto que todavía recogen parte del expresionismo de Bacon. La pintura We Two Boys Together Clinging (1961) fue acabada hacia el final del segundo año de Hockney en el Royal College of Art, en una época en que la homosexualidad todavía era ilegal en Inglaterra. La fuente filológica de la obra deriva de un poema del mismo título del poeta norteamericano Walt Whitman: dos versos del poema están escritos a manera de inscripción para ofrecer un comentario sobre las actividades de los hombres que se abrazan. La pintura también hace referencia a un recorte de diario que detalla un accidente de escalada («Dos chicos se aferran al acantilado toda la noche») que Hockney interpretó como una alusión a su ídolo, Cliff Richard.
Admiración por Andy Warhol
En esta pintura hay la primera semilla del mundo creativo de Jean-Michel Basquiat que hacía un año que había nacido en Nueva York. La historia de la pintura es como un canto rodado que rebota sobre un mar en calma. Aquel mismo año, Hockney viaja por primera vez a Nueva York y conoce a Andy Warhol, que veinte años después sería el mentor del mismo Basquiat. En aquel momento Warhol ya era la estrella del pop art y Hockney lo consideraba el mejor pintor vivo. Admiraba su mirada al mundo, plana y publicitaria, y su capacidad empresarial, el único que había entendido de verdad que «el arte podía ser como la Coca Cola». Desde el momento en que lo conoció, quería parecerse a él, incluso se oxigenaba la cabeza como si fuera la célebre peluca que llevaba el rey del pop.

Portrait of an Artist (Pool with Two Figures), acrílico de David Hockney del año 1972, subastado en 2018 por 90,3 millones de dólares a un particular anónimo. Archivo de internet
La carrera de Hockney se consolida a finales de la década de los 60 y primeros 70 en Los Ángeles. Cuando en 1964 estaba a punto de aterrizar vio desde el cielo las piscinas y las casas bañadas por el sol californiano como un espejismo o una promesa de felicidad. Enseguida supo que aquel era su lugar, la antítesis de Londres. Quedó fascinado por el glamur de Hollywood, el art déco decadente, las fiestas. Habían pasado cuarenta años desde que F. Scott Fitzgerald escribiera El Gran Gatsby, pero el escenario era el mismo. El sueño americano. Aquel mismo año, el artista pinta su primera obra sobre el tema, y desde entonces las piscinas se volvieron recurrentes en su carrera. A Hockney le interesaba esta iconografía por varios motivos, entre los cuales estaba el reto que supone a nivel formal representar el agua, un desafío para un pintor.
Quedó fascinado por el glamur de Hollywood, el art déco decadente, las fiestas. Habían pasado cuarenta años desde que F. Scott Fitzgerald escribiera ‘El Gran Gatsby’, pero el escenario era el mismo.
En 1972 pinta Piscina con dos figuras, una de sus obras más emblemáticas. Un hombre con americana roja mira cómo otro bucea en la piscina. Hockney opta por crear unas hipnóticas ondulaciones, con reflejos y sombras. El paisaje del fondo es una apología del color verde, un tapiz de fondo que contrasta con el azul del agua y la nota de rojo de la americana.
Noventa millones de dolares
¿Quién es este hombre tan vestido en un día de verano cerca del agua? Se trata de un retrato de Peter Schlesinger, pintor y examante de Hockney. Al parecer los dos habían roto su relación un año antes y hay quien interpreta esta pintura como una metáfora de la nueva vida de Schlesinger, mostrando a otro chico nadando hacia él. Detrás de la aparente celebración de la vida, hay un duelo por el amor perdido bañado de nostalgia. A manera casi de terapia, Hockney trabajó dieciocho horas al día sin cesar durante dos semanas para acabar este cuadro que recibió grandes elogios por parte de la crítica y el público y lo consagró como uno de los grandes maestros del mundo. En 2018 se vendió por más de noventa millones de dólares.
En 1972 pinta ‘Piscina con dos figuras’, una de sus obras más emblemáticas. Un hombre con americana roja mira cómo otro bucea en la piscina.
La década de los 70 está marcada por sus viajes y colaboraciones escenográficas para el teatro y la ópera. Vivió en París entre 1973 y 1975. En los 80 produjo joiners, collages hechos con fotografías que tienen una afinidad con el cubismo. Descubrió esta técnica por casualidad al ver que el gran angular con que trabajaban los fotógrafos tradicionales no se ajustaba al ojo humano. Tomaba compulsivamente fotografías en Polaroid para crear unas nuevas narrativas. Dejó de pintar. Al cabo de unos años, frustrado por las limitaciones de la fotografía y su enfoque unilateral volvió a la pintura.
Esta experiencia le permitiría pintar, en 1998, el cuadro de gran formato A Closer Grand Canyon. Con una cámara de 35 mm tomó centenares de imágenes desde varios puntos de vista que después organizó minuciosamente en su estudio. Consiguió una recreación artística y no una reproducción literal que atrapa la magnificencia de esta naturaleza salvaje que tanto lo intrigó. Hockney también fue un gran retratista y lo dejó patente en pinturas y dibujos de su entorno más próximo. La gran retrospectiva que le dedicó en 2025 la Fundación Louis Vuitton de París condensó su variada carrera y fue visitada por casi un millón de visitantes.

El artista británico David Hockney (1937-2026) en la inauguración de su exposición ‘Pintura y fotografía’ de la galería Annely Juda Fine Art de Londres, el 14 de mayo de 2015. Fotografía de Andy Rain. EFE
Obsesión por la luz
¿Cómo pintaba Hockney? En la década de los 60 abandona el óleo, lo sustituye por el acrílico que se secaba más deprisa y le permitía conseguir colores planos y brillantes, sin textura. Utiliza rodillos y pinceles grandes y usa cinta de pintor para dejar las esquinas perfectas. Es un pintor pulcro y sus estudios parecían clínicas a diferencia de los de Bacon, auténticas cuevas llenas de acumulaciones de pintura. No utiliza la perspectiva clásica del Renacimiento de un solo punto de fuga porque el ojo humano no ve así, por eso sus cuadros parecen torcidos. Le obsesiona la luz que capta reflejada en sus paisajes. No copia la realidad sino que la reconstruye porque no quiere que su arte sea fotográfico sino que veamos la realidad a través de sus ojos. Siempre le interesó la tecnología como una herramienta más, y si en los 60 utiliza imágenes sacadas con Polaroid, acabará pintando con un iPad pasando por el fax y el iPhone.
Es un pintor pulcro y sus estudios parecían clínicas a diferencia de los de Bacon, auténticas cuevas llenas de acumulaciones de pintura.
A menudo me he preguntado por qué el arte figurativo ha encajado tan bien en la cultura visual británica de posguerra. Hay varias razones que lo justifican. La primera es que la pintura británica no rompió nunca con una narrativa que se afirma en el siglo XVIII con Hogarth. A los ingleses les gusta la pintura que les explique cosas, donde aparece gente de clases sociales diversas, escenas con historias. Son pragmáticos y no les interesa mucho lo conceptual. La segunda es que las vanguardias históricas son un fenómeno europeo que tiene el epicentro en París y no tanta irradiación en Inglaterra, siempre aislada del continente. La tercera es que, después del trauma de la Segunda Guerra Mundial los británicos no se quisieron refugiar en la abstracción sino que miraron el paisaje después de la batalla de cara, pintando la miseria, el miedo: el grito del papa de Bacon, la memoria trágica de la diáspora judía en Kitaj. Y la cuarta está en las escuelas de arte británicas que no rehusaron nunca el arte figurativo, como sí que pasó en otros contextos, como el norteamericano, donde parecía que no cabía ningún otro lenguaje artístico que la abstracción.
Hockney lo explicó muy bien cuando dijo: «Los americanos tenían que ser abstractos para ser modernos. Nosotros, en Inglaterra, podíamos ser modernos pintando gente en una piscina». Y finalmente después de la guerra, el arte tenía que ser «nuevo, americano y libre» y la abstracción era la bandera de la libertad contra la figuración europea y soviética. En cambio, Inglaterra no tenía que construir un arte nacional desde cero y, sin complejos, defendió la figuración como una continuación de su pintura narrativa.
Brillante crítico de arte
Más allá de ser uno de los grandes pintores contemporáneos, Hockney fue un brillante crítico de arte que analizaba a los maestros antiguos desde la pintura y no desde la teoría. Publicó El conocimiento secreto (Secret Knowledge) (Destino, 2001) en que estudia cómo los grandes maestros utilizaban lentes, espejos y la cámara oscura para calcar la realidad a través de proyecciones, elucubraciones que tensionaron la historiografía del arte tradicional. Hockney encaja muy bien en el mundo de hoy porque fue un instagramer avant la lettre.
Después de la guerra, el arte tenía que ser «nuevo, americano y libre» y la abstracción era la bandera de la libertad contra la figuración europea y soviética.
Su pintura es lisa, limpia y brillante como la pantalla de un iPhone. Rompe la perspectiva única para resolver el binomio espacio-tiempo. Y su obra es puro optimismo: luz, sol, la joie de vivre, perfecta para el mundo incierto de hoy. Después de la peste y las guerras, el hombre contemporáneo busca lo trascendente y la felicidad como religiones en las que guarecerse. Bacon dialoga con el miedo, Warhol con el vacío de un capitalismo consumista y Hockney con la parte más hedonista de la vida, a la cual todos aspiramos porque su pintura es cultura y lujo a la vez. Posiblemente, el arte nació en las cuevas prehistóricas como un conjuro contra el miedo y ha evolucionado hasta llegar a Hockney, donde se afirma como un canto feliz a lo mejor que nos puede dar la vida: una zambullida en una piscina un día de verano.



