Era el verano de 1989 y en coche le llevaban a él y a su mujer, Bartina, por la ciudad. Acababan de aterrizar, querían ver algunos pisos y casas. Él, pelo muy rubio y pecas en la cara, parecía recién salido del colegio. Ronald Koeman, nuevo futbolista del FC Barcelona, tenía 26 años. Ella, igual de rubia, era dos años mayor, y embarazada de su primer hijo. Durante el paseo, algo les llamaba mucho la atención: no había esquinas en Barcelona, se decían, no veían cantos rectos en las cruces, todo parecía redondo, de alguna manera. Seguramente era cuando recorrían el Eixample, el gran invento del ingeniero Ildefons Cerdà, con sus chaflanes y cruces espaciosos.

Es el primer recuerdo que tiene el matrimonio holandés de Barcelona, aún preolímpica, desconocida para muchos extranjeros, con menos de diez millones de pasajeros al año en el aeropuerto de El Prat. Fue el día en que Ronald Koeman, recibido por una multitud en la vieja terminal, empezó a enamorarse de una ciudad que nunca más desaparecería de su corazón, tampoco en el largo intervalo del tiempo entre 1995, cuando dejó el club tras contribuir de manera importante e inolvidable a los años gloriosos del dream team, con aquel gol histórico de Wembley, la primera Copa de Europa en la historia del Barça, y su regreso como entrenador veinticinco años después, a un solar ruinoso, un club deportiva y económicamente despojado de su esplendor.

El amor a la ciudad va parejo con el apego al club, por supuesto. «Quiero tanto a este club que haré todo lo posible para que todo salga bien», dijo a finales del año pasado, cuando una cadena holandesa grababa un documental sobre sus primeros meses convulsos en un club sin presidente, sin dinero y sin confianza. Pero aun así son diferentes, esos amores. Era consciente, ya antes de firmar un contrato por dos temporadas con el defenestrado y desesperado presidente Josep Maria Bartomeu, de que nunca sería inquilino del banquillo del Barça para la eternidad; ya acaba de descubrir esta misma primavera cómo ese vuelo aventurado puede estrellarse en cualquier instante. Pero sí puede ser para siempre habitante de Barcelona – y lo será. Él y Bartina han decidido vivir el resto de sus años al borde del Mediterráneo, como ya les pasó a Johan y Danny Cruyff. Su casa en Holanda está en venta, y aquí, en el barrio alto de Pedralbes, están construyéndose una casa nueva, ya que el piso donde viven ahora –que de pequeño no tiene nada– no da para acoger de vez en cuando una familia cada vez más numerosa, tres hijos y otros tantos nietos, de visita desde Holanda.

 

En Barcelona a los 26 años

Aquel chaval rubio con pecas, nacido en 1963 en Zaandam, cerca de Amsterdam, aunque criado y formado en la norteña Groningen, ciudad universitaria y divertida, y que a los 26 años aterrizó por primera vez en Barcelona, ha resultado ser un hombre del mundo. Uno de los exfutbolistas y entrenadores más queridos en Holanda, donde tanto como jugador que como técnico ha estado en los tres grandes clubs del país: Ajax, PSV y Feyenoord. Un currículum poco habitual, porque la rivalidad entre los tres es muy grande; como si un técnico de aquí entrenase tanto el Barça como el Madrid y el Atlético. Como entrenador, Koeman también trabajó en Lisboa, Valencia, Southampton y Liverpool. «Prefiero trabajar en países donde domino el idioma, porque la comunicación con los jugadores es fundamental», dice.

Pero siempre, en todos estos años, permanecía un club, una ciudad en su mente, su corazón, en su lista de deseos. No fue en vano que, cuando en 2018 le contrataron como seleccionador de Holanda, exigió incluir una cláusula en su contrato que le permitiese marcharse al FC Barcelona si este club se presentara algún día. Y ocurrió, dos veces. La primera, en enero de 2020, cuando Ernesto Valverde fue despedido de malas maneras, rechazó la oferta blaugrana. A la segunda, ocho meses más tarde, con el mundo atrapado por la pandemia del covid y la Eurocopa de naciones aplazada, ya no quiso decir que no. Veía que podría ser su última oportunidad, a sus 57 años. Cuando un día caluroso de agosto del año pasado, a mediodía, Josep Maria Bartomeu abandonaba el piso de los Koeman, también en Pedralbes, Ronald y Bartina se miraban, se sonreían, y ella le decía: «Esta vez no vas a decir que no». Claro que no.

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Como entrenador tuvo que aceptar que él ya no podía meter los goles o frenar a un delantero.

Barcelona era, es también el sueño de ella. La mujer que durante casi cuarenta años le siguió a donde él quisiese, ahí donde le llevaba su ambición enorme, sus ganas de mejorarse y descubrir. Ella aceptaba, casi a ciegas, aunque Southampton no es lo mismo que Lisboa, por ejemplo. Pero un cáncer de mama que le diagnosticaron en el 2010 a Bartina, y unos durísimos meses de quimioterapia, le abrieron los ojos también a Ronald: en la vida había más que solo el fútbol, de no intentar siempre coger el siguiente tren a otra estación tan llamativa como lejana. Sin su mujer, dice Koeman ahora, él no podría haber alcanzado en el fútbol todo lo que ha logrado. Tocaba ahora también pensar en ella.

Pero en ese fútbol de alto nivel, sea donde sea, no juzgan a un entrenador por ser más o menos un buen marido. Le aplauden o critican, le renuevan o despiden por los resultados en el terreno de juego, por el número de títulos en una temporada, por los goles que meten o los fallos que cometen sus jugadores, aunque sobre todo ese último, la dependencia de otros, puede ser muy frustrante para un técnico. Cuando Koeman acababa de empezar como entrenador le era difícil entender que un futbolista no lograba dar un sencillo pase o acabar satisfactoriamente un ejercicio en un entrenamiento. No entendía que la mayoría de los futbolistas a sus órdenes tenían menos calidad que él había atesorado durante dos décadas en sus pies, esos con los que, como defensa, lograba 88 goles en sus seis temporadas en el Barça, la mayoría de lanzamientos de faltas y penaltis.

Como entrenador tuvo que aceptar que él ya no podía meter los goles o frenar a un delantero. Ha madurado desde esos inicios, porque el oficio de entrenador es uno basado también en la experiencia. Ahora, ese trabajo ya no es inventar ejercicios en los entrenamientos –de eso suelen encargarse sus ayudantes–, sino gestionar una plantilla de más de veinte hombres, unos aún chavales, otros curtidos campeones del mundo. De diseñar una táctica con la que se pueda ganar. O buscar herramientas para reconstruir un edificio medio derruido.

 

Alegrías a la afición

Eso último lo hizo a principios de la pasada década en el Feyenoord y lo repitió después en la selección holandesa. Tras dos Mundiales sorprendentemente exitosos (la plata en el de Suráfrica 2010, la final perdida ante España, ante Iniesta, y el bronce en el de Brasil 2014), los hombres de naranja entraron en depresión y ni lograron clasificarse para la Europcopa ni el siguiente Mundial. Pero llegó Koeman, removió los cimientos, despidió a jugadores veteranos y dio paso a talentos jóvenes, y volvió a dar alegrías a la afición, con victorias sonadas ante rivales que creían imbatibles, como Francia y Alemania.

Pero ser seleccionador de un país también es un poco soso, no hay exigencia diaria, y menos aún cuando por el covid se aplaza una Eurocopa donde Koeman y los suyos esperaban brillar. Así que aceptó un nuevo encargo, parecido al anterior: sacar de sus cenizas deportivas –las económicas es cosa de otros– una institución como el Barcelona, arrasado por el 8-2 en la Liga de Campeones de hace un año, ante el Bayern de Múnich.

Para los aficionados mayores de 35 años llegaba como el héroe de Wembley. Pero era consciente, decía, que ese título honorífico poco le serviría si no lo acompañaba de resultados. Sí, por supuesto, para un entrenador es más fácil presentarse ante un grupo de futbolistas cuando éstos saben que ha sido uno de los grandes. No reciben ni miran igual a Ronald Koeman que a Quique Sétien. Pero después ha de convencerles de sus ideas, de sus métodos, de su carácter incluso.

Aceptó sacar de sus cenizas deportivas a una institución como el Barcelona, arrasado por el 8-2 en la Liga de Campeones de hace un año, ante el Bayern de Múnich.

En eso, Ronald Koeman es muy holandés, alberga ese punto en su manera de ser que puede ser tanto una virtud como un defecto: su manera directa de comunicar, sin tapujos, decir lo que piensa, pese a que sus palabras puedan herir sensibilidades. No lo lleva al límite como su compatriota Louis van Gaal, del que aprendió muchas cosas pero del que detestó sus gritos y broncas a un jugador delante de los demás. En eso, Koeman tiene más la mano izquierda de otro de sus maestros, Johan Cruyff. Ha trabajado en varios países, y usa esa experiencia. En Holanda se cansaba de cómo cualquier jugador discutía las decisiones del técnico, mientras que en Inglaterra el entrenador es the boss y en España le llaman mister. O sea, es el que manda, la jerarquía está más establecida.

 

La única cabeza visible

Y durante meses en esta temporada de locos en Can Barça, el entrenador ha mandado como nadie. No estaba incluido en el encargo que le dio Bartomeu que se hiciera cargo casi del club entero, sin presidente cuando éste optó por marcharse antes de ser sometido a una moción de censura. Fueron meses, ante unas elecciones aplazadas, en los que el holandés era, a través de sus ruedas de prensa – dos a la semana– la única cabeza visible y parlante del club. Y cuando fue elegido el nuevo presidente, Joan Laporta, éste optó por mantenerse en silencio mientras inspeccionaba el pozo sin fondo en el que se había convertido la caja del club. Un silencio que desconcertaba e irritaba a Koeman cuando arreciaban las críticas por el defectuoso último tramo de la temporada, que empañaba la alegría por la conquista de la Copa del Rey.

Koeman ha acabado una temporada de locos extenuado, exprimido. Hace poco más de un año sufrió un infarto del que se ha recuperado bien.

En la cara no se le nota, pero Koeman ha acabado una temporada de locos extenuado, exprimido. Hace poco más de un año sufrió un infarto del que se ha recuperado bien. Si no, no hubiese aguantado la presión. Corría Navidad, llevaba apenas cuatro meses, y ya lo decía: «Este es el trabajo con más presión que he tenido en toda mi vida». Pero por nada en la vida quería que se acabase antes de tiempo, sin ver público en las gradas del Camp Nou.