En noviembre se cumplirán ciento cincuenta años del nacimiento de Manuel de Falla y ochenta de su muerte en el exilio argentino. Siendo como era uno de los más grandes compositores que ha dado España, incorporado plenamente a las corrientes europeas más avanzadas de principios del siglo XX, y con una vinculación muy estrecha con Cataluña desde el Modernisme hasta al momento más fértil de la creación musical como fue el periodo anterior a la Guerra Civil, parecería, que se le debería honrar desde las grandes instituciones musicales del país. Como acostumbra a suceder, no acaba siendo del todo así.

Quien madrugó e hizo los deberes para explicar esta vinculación del autor de El retablo de Maese Pedro ha sido la Orquestra Simfònica Julià Carbonell de las Terres de Lleida que dirige Xavier Pagès-Corella presentando el pasado mes de marzo, primero en Barcelona, en el Palau de la Música, y después en su sede, en el Auditori Enric Granados de la capital del Segrià, un programa con obras de Robert Gerhard, Isaac Albéniz y el propio director, para terminar con El amor brujo en su versión original para cantaora que Falla escribió para Pastora Imperio, interpretado en esta ocasión por Mayte Martín.

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Un hilo conductor biográfico directo que ligaba a Gerhard, Albéniz y Falla. Los tres fueron discípulos del tortosino Felip Pedrell, el padre de la musicología española moderna y estudioso de la música tradicional. Y a partir de aquí había otro hilo conductor, en este caso temático, que ligaba todas las obras del concierto, y es que bebían de melodías del folklore y, en particular, del flamenco. Eran la Suite del ballet ‘Alegrías’ del compositor vallense; el Concierto para piano y orquestra, ‘Concierto fantástico’, del de Camprodon, que interpretó magníficamente Albert Guinovart; la Danza flamenca (bulerías) de la Suite Juan Latino del director de orquestra, y la célebre obra del compositor gaditano ya mencionada.

«Falla y Cataluña tienen una relación de adopción bidireccional, en el sentido vital y conceptual de un músico andaluz y a la vez europeo», decía Jorge de Persia, primer director del Archivo Manuel de Falla de Granada, musicólogo y crítico, en su discurso de ingreso en la Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi en 2024.

 

‘Pèl & Ploma’, en Cádiz

La madre del músico, María Jesús Matheu, procedía de una familia de comerciantes de Mataró instalada en Cádiz. A su casa llegaban libros y revistas de una Barcelona moderna que, en 1888, con la Exposición Universal, había mostrado al mundo su poder industrial y cultural. Lector de Pèl & Ploma, la revista más representativa del Modernisme catalán creada a finales de siglo por Ramon Casas y Miquel Utrillo, Falla encontraría en sus páginas una figura que fue fundamental en la creación del músico, el polifacético Santiago Rusiñol.

La sociedad catalana hizo suyo al músico andaluz porque le era afín su lenguaje musical, dice el musicólogo y crítico Jorge de Persia.

Falla estuvo lejos del meollo del Modernisme, dice el musicólogo Jorge de Persia, «pero el contacto con aquellas ideas y los referentes propios de esta corriente artística y de la sociedad catalana tuvieron un gran impacto», cosa que ayudó a perfilar una personalidad artística y humana que aquella sociedad supo apreciar y valorar «porque era afín a su lenguaje musical. Esta ha sido la clave para que lo ‘adoptase’ e hiciera suyo a este músico andaluz».

Con poco más de veinte años, Falla se fue de Cádiz a Madrid y vivió en la misma escalera que Amadeu Vives, con quien más tarde colaboraría. Allí conoció a Felip Pedrell y fue su alumno entre 1902 y 1904. Pese a ello, la ciudad no le satisfacía y, aconsejado por el maestro, se fue a París. Allí, el pianista ilerdense Ricard Viñes le puso en contacto con lo mejor del mundo musical francés. Conoció a Paul Dukas, Claude Debussy, Maurice Ravel y a un buen puñado de catalanes que vivían allí, Isaac Albéniz, Enric Granados, Miquel Llobet, Josep Maria Sert y Pablo Picasso. La Primera Guerra Mundial hizo que abandonara Francia y, en 1915, visitó Barcelona por primera vez. Volvería a la ciudad muchas más veces.

Falla ya era un compositor conocido en aquella primera visita, habiendo estrenado obras importantes como la ópera La vida breve, Siete canciones populares españolas para voz y piano, numerosas composiciones para este instrumento y una primera versión de El amor brujo. En una carta a un amigo suyo de Madrid le confesaba: «Estoy estupefacto de ver cómo me conocen aquí sin haber venido yo hasta ahora. Toda la gente que tiene relación con el teatro, música, etc. está amabilísima conmigo. No sé aún cuándo me iré».

 

Retrato del compositor Manuel de Falla realizado en Barcelona en 1929 por Amadeu Mariné Vadalaco. Arxiu Fotogràfic de Barcelona

Retrato del compositor Manuel de Falla realizado en Barcelona en 1929 por Amadeu Mariné Vadalaco. Arxiu Fotogràfic de Barcelona

 

Sitges y Rusiñol

Se quedó seis meses. Rusiñol lo invitó a trabajar y disfrutar del silencio de Sitges, y allí revisó nuevamente El amor brujo, pero, sobre todo, se centró en la orquestación de los Nocturnos, una obra que habría empezado en 1909 y que se convertiría en Noches en los Jardines de España. Falla se inspiró en las pinturas de jardines de Rusiñol recopiladas en el volumen Jardins d’Espanya, pero no eran solo los cuadros la fuente de su obra musical. Eran las ideas. De Persia dice: «Rusiñol había explicado de manera concisa su ideal del jardín: “era el paisaje hecho poesía”, una definición que transitaba desde el ámbito de la descripción (el paisaje) al de la evocación (el jardín)». Era una estética que también adoptarían Albéniz y Debussy. No es casualidad, pues, que en 1920 Falla compusiera Homenaje a Debussy y lo hiciera para su amigo, el guitarrista Miquel Llobet.

El autor de ‘Noches en los jardines de España’ adoptó una estética basada en la idea de la evocación que Rusiñol tenía del jardín.

En 1925 Falla estrena Psyche en el Palau, y en 1926, el Concierto per a clave y cinco instrumentos. La Orquestra Pau Casals interpretaba sus obras. También lo hacía la Banda Municipal que dirigía Joan Lamote de Grignon, adaptándolas a su formación. Ese año descubrió una obra a la que le dedicaría veinte años de su vida sin llegar a acabarla. Se trata del poema épico L’Atlàntida, de Jacint Verdaguer.

En 1927, Barcelona le rindió diversos homenajes y él organizó otros para honrar a Albéniz y Verdaguer en el cementerio de Montjuïc. Y también a Granados, compositor a quien, once años antes, Falla había acompañado cuando embarcaba para Estados Unidos, viaje del cual el autor de Goyescas no regresaría.

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Con la convulsión de la Guerra Civil y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, un grupo de amigos catalanes e instituciones de Argentina colaboraron en el viaje de Falla hacia el exilio. El 2 de octubre de 1939, el compositor embarcaba en el Neptunia, en el puerto de Barcelona. Al llegar a Buenos Aires, se reencontraría con amigos que también habían emigrado forzosamente, como el compositor Jaume Pahissa y la soprano Conxita Badia.

 

Antifranquistas y franquistas

La figura de Falla, su música, pero también su compromiso ético, fueron tan importantes en Cataluña que, en 1947, en una posguerra plagada de miseria cultural ─y de la otra─, un grupo de compositores con inquietudes fuera del canon impuesto por el franquismo creó el Círculo Manuel de Falla bajo el cobijo del Institut Français de Barcelona. Formaban parte de él Josep Casanovas, Josep Cercós, Juan Eduardo Cirlot, Joan Comellas, Josep-Maria Mestres Quadreny, Anna Ricci, Manuel Valls y Albert Blancafort, entre otros. El Círculo duró diez años y mantuvo vivo el lazo entre la música y el ideario del compositor gaditano y Cataluña.

En paralelo a aquella voluntad de apertura, el régimen quiso hacer suya la figura y el prestigio del compositor. Encargó a Ernesto Halffter que acabara la cantata escénica L’Atlántida, que se estrenó en 1962 en el Liceu. Y durante los años setenta, la cara de Falla acabó siendo la imagen de los billetes de cien pesetas, mientras que la de Verdaguer lo era del de quinientas pesetas.