Un contrato es una distribución de riesgos pactada por quienes lo celebran sobre cuáles asumirá cada uno de ellos. No hay contrato sin riesgo. No lo hay por definición, pues todos contratamos sobre aquello que puede ocurrir o no ocurrir -sobre lo contingente-. Nadie contrata sobre aquello que con total seguridad va a suceder o que no puede acontecer de ningún modo -sobre lo necesario o lo imposible-. Un contrato en virtud del cual alguien prometa que hará que salir el sol salga o que lo impedirá es nulo.

Siempre hay riesgos, pues hasta en los trueques más sencillos aquello que te dan puede estar averiado. En todo caso, la mayor parte de los contratos son promesas, compromisos de futuro, por tanto, con los riesgos asociados a que el futuro no sea como creímos: que los precios bajen en lugar de seguir subiendo, por ejemplo, o que una pandemia como la covid-19 mate a un millón de personas y zarandee toda la red de contratos que nos asegura la vida.

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Las personas y las organizaciones que contratan saben que pueden aceptar las promesas de futuro de otras personas porque si estas no cumplen, el derecho de contratos permitirá al cumplidor reclamar al incumplidor el cumplimiento forzoso o una indemnización por haber faltado a su palabra. Los contratos forman así una red que nos protege a todos.

No solemos fijarnos en la red de contratos, la damos por segura, hasta el punto de que llegamos a creer que nunca nos hará falta, que todo funciona hoy y seguirá haciéndolo mañana como lo hizo ayer. De hecho, siempre hay incumplimientos, pero son puntuales, poco frecuentes o fáciles de soslayar. Buscamos alternativas y, desde luego, antes de contratar a un abogado y a un procurador para pedirles que preparen y presenten una demanda judicial en nuestro nombre, negociamos, renegociamos, esperamos, o advertimos a incumplidor que, si insiste en incumplir, buscaremos a otro más serio y que perderá a un cliente y, a la larga, todos, pues su reputación resultará arruinada.

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Si hay competencia, no hay mucho problema, pues, por hipótesis, las contrapartes de las docenas de contratos que celebramos cada día son intercambiables, sustituibles. Igualmente, si las cosas se nos tuercen un día y no podemos cumplir todas las promesas que formulamos y que siguen en vigor, solemos priorizar unos pagos sobre otros e intentamos que aquellos a quienes no podemos pagar nos den un poco de tiempo, nos concedan una moratoria de pago, nos fíen, confíen en nosotros. Aunque a veces, la reclamación llega. A veces, pues a ningún contratante le gusta reclamar judicialmente el pago de una obligación, el pleito judicial es el último remedio. Y es un remedio caro, muy caro.

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