En su etapa moderna el F.C. Barcelona  ha vivido varias elecciones presidenciales decisivas. Pero desde la transición ninguna reunió elementos tan complejos como los de ahora, para la cita del 24 de enero del 2021. La urna llega junto a una espectacular crisis total interna que coincide con tres circunstancias generales extraordinarias de todo el ámbito. La primera, el fútbol en sí mismo –organización y tácticas dentro y fuera del césped– atraviesa un momento extremadamente cambiante buscando mejorar su atractivo, pensando nuevas competiciones,  ingresos adicionales  y limitaciones para determinados gastos. Es un escenario con todo en el aire.

La segunda, la sumisión total a los intereses del negocio internacional del espectáculo televisado de masas de lo que fue inicialmente un deporte popular administrado por los seguidores y los clubs que ellos formaban. Se trata de una desnaturalización. Pero la más importante es la tercera cuestión: el pulso que genera políticamente la adicción mundial sobre el juego. Unos participantes en calzón corto reunidos en selecciones nacionales son ejércitos simbólicos para intentar imponer y exhibir su superioridad ganando como sea trofeos para sus países. Los empleados de los grandes clubs son multinacionales que preservan el color de sus banderas personales para animar las imponentes luchas económicas que mantienen entre sí los nuevos inversores y propietarios de otras nacionalidades. Los occidentales hemos perdido influencia en la toma de decisiones por el desplazamiento hacia Oriente del poder económico emergente; Oriente Medio y China posee ya una franja de los clubs más importantes europeos, unas veces a través de multimillonarios y empresas (el ejemplo claro es la Premier británica) y otras con estructuras paraestatales (el caso del París Saint Germain).

Consecuencia: el próximo Mundial del 2022 se disputará en Qatar, en otoño, desorganizando los calendarios habituales de las competiciones europeas y americanas, tras acreditarse sospechas de que en su elección hubo mucho soborno. En paralelo, a muchos efectos de los saberes populares Argentina es ante todo la patria de Leo Messi, su icono, allí se añora más a Maradona que a Perón y la gente considera principal indicativo de su declive socioeconómico el tiempo que lleva sin ganar un Mundial.

Presumiendo de ser todavía propiedad de sus socios, una supervivencia heroica, el Barça  tiene que administrar la mala herencia que ha dejado Josep Maria Bartomeu rodeado por todo lo anterior. Le pesan muchos lastres. El enfado y la anunciada salida de Messi, sostén deportivo que le impulsó a ser el club más importante del mundo. Tiene un primer equipo envejecido y poco ganador pese a la floración de brotes verdes valiosos en su descompensada plantilla. Las arcas están  vacías y se deben alrededor de mil millones de euros según cálculos solventes. Su proyecto de remozamiento del Camp Nou se ha diluido. Vive con un nivel de gasto ordinario extravagante –la plantilla mejor pagada del mundo rodeada de muchos empleos y sueldos  complementarios– que es insostenible. Aún así, lo peor es la profundidad del mal humor de su propio entorno, que no acepta la mala realidad disgustada por la dimensión de los errores deportivos y financieros de los últimos años que se escondían bajo la aureola de las grandes victorias. De cara al futuro de este pobrecito Barça las candidaturas que aspiran a regirlo llevan además en la mochila, naturalmente, el componente político de si la entidad debe sumarse explícitamente o no a los animadores del Procés independentista, en sintonía propagandística similar a la que adoptaron los electores de la Cambra de Comerç, o mantener el alto grado de catalanidad sin dar ese paso.

La sed de replanteamientos ha movilizado muchos pretendientes, pero en el momento de redactar estos párrafos, todavía noviembre, el duelo parece centrarse entre las posibilidades del empresario  Víctor Font, que ha preparado minuciosamente su campaña durante varios años atrincherándose tras la popularidad del añorado jugador muy ganador Xavi, y el regreso del politizado independentista Jan Laporta, hombre polémico pero que ya fue un potente revulsivo positivo tras la ñoñez institucional que supuso el paso del populista José Luis Núñez, un franquista que hasta catalanizó su nombre de pila y sus actuaciones para intentar ser más querido. Ambos tienen la bendición de ERC y Junts per Catalunya, con lo que ello significa en la situación actual. La posibilidad de una alternativa más continuista para mantener el statu quo ideológico actual y no abrir recelos y fisuras con el universo no separatista –catalán, español e internacional– que rodea  al club parece que será asumida finalmente por Juan Rosell, antiguo presidente de los empresarios españoles, que ofrece más solidez y contactos para la búsqueda de soluciones solventes para los enconados problemas económicos. Pero hay calendario para muchas combinaciones posibles de alianzas o protagonismos emergentes. Del tronco de Sandro Rosell y Bartomeu están en liza el abogado Toni Freixa,  el ingeniero y exjugador Xavier Vilajoana, así como el vacilante Emili Roussad, inicialmente predestinado para ser ideal mirando a los sociológicamente centristas. Pero se han movido también hacia la gran silla Jordi Farré, el promotor de la moción de censura contra Bartomeu, el ya derrotado en anteriores lances Agustí Benedito, el exfutbolista y apóstol de los valores de la cantera Pere Riera, y el empresario democristiano Lluis Fernández. Se autodescartó quien parecía ser otro de los grandes favoritos, Jordi Roche, por la exigencia de que la junta vencedora tendrá que avalar personalmente el 15% del presupuesto pendiente, quizás más de 120 millones; los demás no explican aún con suficiente detalle como lo afrontarán en los casos de no ir económicamente sobrados.

Cuando los franquistas aflojaron su cerco el club y fue llegando la normalidad democrática el Barça hizo sucesivas refundaciones internas hasta llegar a ser lo que es. Dos  empresarios, Llaudet y Fusel en 1961, protagonizaron las primeras elecciones a la americana proponiendo un reforzamiento exponencial pero en un contexto deportivo malo. En 1968 ganó Narcís de Carreras para devolver al club la catalanidad esencial inequívoca que había tenido antes de la guerra civil. Pero la penuria de triunfos trajo al constructor José Luis Núñez, con raíces de Alianza Popular, atrayendo en 1978 el voto mayoritario de quienes querían menos simbolismos y más victorias deportivas al precio que fuera. El españolista Núñez posteriormente obtuvo una larga  supervivencia adaptándose camaleónicamente a la evolución catalana. Él fue asimismo quien acabó con la hegemonía existente hasta entonces de directivos procedentes del textil.  Jan Laporta, catalanista real, supuso la ruptura y el regreso a la gran ambición dando el gran paso social e internacional del Barça que luego acabó potenciado por la elección de Sandro Rosell en 2910, quien puso en valor la apoteósica superioridad que le daba Messi  tanto al equipo y como a las cuentas de la entidad.

Lo de ahora en su conjunto parece mucho más complejo y dentro de un viento internacional del fútbol poco coincidente con lo que siempre fue el espíritu tradicional del Barça desde la Segunda  República, la bandera  Esport i Ciutadania por encima de la comercialización a destajo. Y con un recelo psicológico tremendo: el Real Madrid, también propiedad de sus socios pese al nuevo imperio de las entidades ya gobernadas por empresas aunque dominado autoritariamente por un presidente electo millonario español  del mundo de los negocios internacionales, a pesar de la crisis está a punto de reestrenar un deslumbrante estadio remozado y conserva una economía menos castigada  -o tal vez más ayudada desde las proximidades del Estado-, aunque con la energía de saber pagar peajes como el de suprimir el gasto de continuar con Cristiano Ronaldo cuando, empezando su declive, suponía una mala referencia para fijar sueldos a los demás jugadores.

Antes me refería al pobrecito Barça de la crisis. Ahora será el pobrecito y presionado elector culé quien tendrá que poner bien su pieza salvadora en el puzle de estas nuevas coordenadas reales, organizativas y sentimentales. El club está en juego.