Un buen amigo, el escritor y periodista Pedro Vega, solía decir que nuestra cultura tiene un exceso de palabros, palabras raras, poco conocidas, neologismos y palabras-acertijo para designar cosas sencillas e incluso irrelevantes y así convertirlas en importantes. Son palabras que están tocadas por una varita mágica y que, una vez han sido encantadas, ejercen una poderosa atracción en ámbitos como la creación artística o la política.
Uno de los términos que mayor fuerza expresiva ha adquirido en la sociedad es la brecha, un vocablo que se utiliza en nuestra cultura para enfatizar la necesidad de actuar contra la brecha digital, social, económica o de género. La utilizamos tanto para designar algo concreto –se ha abierto una brecha de seguridad– como para darle un significado abstracto y simbólico –la brecha entre el norte y el sur, la brecha educativa, la brecha salarial– También se utiliza en el ámbito artístico para señalar rupturas, tensiones y potencias antagónicas que se expresan en una obra, para señalar la relación entre artistas y para establecer la distancia que se ha producido entre un artista, su obra y el público.
Sin embargo, lo que es realmente significativo del uso del término brecha aplicado al arte es que gran parte de los artistas, desde la antigüedad, buscan captar en sus obras la brecha, la fractura, la ruptura del tiempo que les ha tocado vivir. Brechas captadas en las obras dedicadas a la guerra, como en el Guernica de Picasso, pero también a la aflicción interior, como en El grito de Munch. Es la brecha que captaron Van Gogh y Mark Rothko y que fue habitada por Séraphine Louis. Las obras del Bosco, Pieter Brueghel el viejo o Caravaggio están pobladas de brechas, escisiones, separaciones, cortes o interrupciones que, paradójicamente, nos predisponen a cerrarlas para no quedar a merced de ellas, para preservar la continuidad.
Una de las obras que permite contemplar la brecha que se abre ante nosotros es Il cavaliere dello Spirito Occidentale (1917) de la época metafísica de Carlo Carrà donde vemos a un caballero con su armadura montado en un caballo que parece avanzar inmóvil en un espacio-tiempo indeterminado. Se trata de un maniquí ecuestre enigmático que parece suspendido en el silencio. La brecha que muestra se establece porque vemos a un caballero que puede avanzar o quedarse estático, que puede estar en posición de persecución o desplazamiento, que vive para mostrar el espíritu de un tiempo fuera del tiempo y que está en guerra.
Observamos al hombre y al caballo ataviado con su armadura desplazándose en un paisaje de perspectivas desiertas, dirigiéndose a un combate entre las fuerzas del espíritu occidental de Francia, lanzado a dos años de distancia, contra Alemania, como lo define Flavio Fergonzi en su catálogo sobre la Collezione Mattioli. La brecha, fractura, nos alcanza pues nos vemos subidos al caballo-maniquí que debe correr a toda velocidad sin moverse del lugar. Lo que está más allá de lo físico y sensible nos persigue, al vivir una realidad de lo concreto, de certezas, de conocimiento de inteligencia artificial marcada por el cinismo y la ironía, buscamos cerrar la brecha volviendo a preguntarnos si existen cosas más allá de lo material, si somos libres o si todo está determinado, si Dios existe.
Otros términos fetiche que se utilizan para mostrar la realidad que vivimos solo persiguen intensificar la realidad pero no combatirla.
El término brecha define una fractura y, consecuentemente, un desgarro provocado por la impotencia, por la inacción. La utilización del término convoca a llamar a la acción para luchar contra las brechas que se están produciendo en el mundo y, sin embargo, solo consigue designar el problema. Como tantos otros términos fetiche que se utilizan para mostrar la realidad que vivimos solo persiguen intensificar la realidad pero no combatirla. La lucha contra las brechas que moviliza millones de euros para erradicarlas acaba sirviendo para detectar nuevas brechas, para constatar la brecha entre la promesa de una pronta solución y el incumplimiento de la misma. Todos nos agolpamos para señalar una brecha, los espacios en conflicto, que sirven para mantener abierta la herida.
Hoy, la geometría fría y desoladora de Carlo Carrà resulta profética y amenazadora como si aún estuviéramos en guerra; no nos movemos de nuestra estética quietud. La lectura contemporánea de la obra de Carrà demuestra que el enorme potencial del hombre actual para poder actuar contrasta con su enorme capacidad para diagnosticar, indignarse, enfadarse, expresarse a través de las redes sociales, para, de esta forma, crear una supuesta acción contra las injusticias pero sin capacidad para gestionarlas y con una enorme capacidad para olvidar. Si la brecha en sí misma es la condición indispensable para desplegar el pensamiento, la ética y el arte con el fin de establecer la posibilidad de una apertura para impulsar una solución, resulta sobrecogedor observar cómo la hemos convertido en una fisura, una grieta, una ruptura que nadie está dispuesto a reparar, solo a denunciar.


