No son ecos pasados, sino parte de nuestro presente. En sus Memorias de ultratumba, Chateaubriand describe la extraña inclinación de los hombres por las ruinas. Al levantar la mirada de la pantalla lisa del móvil, nos damos cuenta de que lo que nos rodea son objetos que se resisten a desaparecer pese a que son ignorados por el presente. En cierto modo, lo que nos rodea son ecos del pasado que continúan activos en el presente y que tratan de advertirnos del cambio que se producirá.

Hace unas semanas, reparé en la coincidencia temática de un centenar de dibujos realizados por niños de entre siete y diez años. Los dibujos mostraban con colores vivos y resueltos los árboles, las flores y los animales; constituían la imagen de la nueva familia, donde la tierra ocupa el lugar de los padres. Los dibujos, colocados en una larga pared blanca, mostraban un mundo donde la infancia había dejado atrás la fantasía para centrarse en dibujos/denuncia, dibujos/elegía, dibujos/conciencia, dibujos/tristeza.

Estos dibujos contrastaban poderosamente con las láminas en blanco y negro que representaban a Hansel y Gretel adentrándose en el bosque. El bosque de los niños de nuestro tiempo insufla una vida sin tensión, aunque se puede apreciar la capacidad de denuncia contra la explotación por parte del hombre de los recursos de la Tierra. No obstante, la lámina que ilustraba un paisaje en el cuento de los Hermanos Grimm, escrito a principios del siglo XIX, mostraba un mundo sometido a las reglas imparables del progreso, donde los dos niños eran abandonados por sus padres en el bosque porque no podían pagar su manutención.

Los ecos del pasado, en forma de imágenes, nos ayudan a darnos cuenta de que, si bien las imágenes de los cuentos antiguos aterrorizaban a los niños, ahora son los niños los que aterrorizan a los adultos con sus dibujos, que trazan el inminente colapso del mundo, tantas veces presagiado. Observo ahora mi pluma estilográfica como un aristócrata, como si fuese Chateaubriand mirando al infinito, sabiendo que muy pronto este objeto sublime dejará de fabricarse o que, en el mejor de los casos, se convertirá en un obsequio desconcertante para la persona que lo reciba.

 

El placer de contemplar

Miramos sorprendidos los manuscritos de Josep Pla, con sus palabras apretadas, sus letras comprimidas y sus frases como alambres. Miles de páginas manuscritas, apiñadas en miles de cuartillas, mostrando un pasado sobre el cual se abalanzan centenares de lectores para descubrir algún rasgo de su carácter. Son textos que remiten a una vida contemplativa después de años de actividad en el frente italiano, francés o alemán. Pla nos llega vigoroso, con sus sentencias y observaciones sobre Homenots, a un mundo en el que continúa cautivando la imaginación de los lectores que, poco a poco, comprueban con sorpresa que la crítica que hace de la sociedad no se debe a la excitación del momento, sino que es fruto del placer de contemplar y no dejar de mirar que la vida está llena de comportamientos desconcertantes.

Las fotografías abandonadas en álbumes familiares o en cajas de zapatos no son instantáneas tópicas, sino que todavía están presentes en todos los hogares. Miramos las fotografías y vemos amigos, familiares; recordamos lugares. Algunas están desenfocadas, pero nos resultan más nítidas que la última fotografía sacada con el móvil. Nos tendríamos que preguntar por qué los ecos del pasado en forma de objetos o lecturas todavía son parte de la realidad y por qué, pese a la presión de la cultura actual que prioriza el instante y la aceleración, continúan mostrando su poder evocador y transformador de la realidad.

Se pide a la gente que recicle, que se desprenda de lo viejo, de lo inútil, de todo aquello que hemos acumulado durante la vida y que ahora ocupa demasiado espacio. Se exige que compartamos el viaje con desconocidos en un coche alquilado, que dejemos de tomar el avión para volver a visitar por enésima vez París, Venecia o Lisboa para evitar el consumo de energía y la contaminación que toda energía provoca. Los días pasan y cada vez es más asfixiante el asedio a nuestras experiencias personales porque todas ellas, sin saberlo, suponen una rebelión contra el mundo que determinan los sensores, los datos y las estadísticas.

Nuestras experiencias singulares son las que dan vida al pasado y conectan momentos únicos e irrepetibles con otros que se han vivido antes. No se trata de nostalgia del pasado, sino de no desprenderse de la vida. Esta es la razón por la cual los ecos del pasado se convierten en una realidad que se niega tan tozudamente a desaparecer de nuestra cultura. A medida que avanzamos hacia un futuro que nadie tiene derecho a evitar por muy peligroso que se nos muestre, advertimos que habitar solo el presente no basta para sentirnos vivos.

 

Un engaño

Los objetos que han perdido el propósito de uso en las sociedades modernas, como las hormas de los zapatos, los relojes analógicos, los marcos de fotografía de plata, los camafeos, las corbatas, los tirantes, los dibujos a mano, los souvenirs de viajes o regalos de amigos que han viajado, los libros consumidos por el paso del tiempo, las reliquias familiares, entre muchos otros, todavía muestran su enorme capacidad para conectarnos con el presente y ayudarnos a emerger, gracias a los recuerdos, de los hundimientos a los que nos somete la vida.

Las ruinas de la vida, cuando son de nuevo descubiertas gracias a la memoria, evocan, no un tiempo perdido, sino un tiempo recobrado. La promesa de un mundo sin enfermedades, ni dolor, ni tristeza, sin nostalgia ni melancolía, es un engaño. Es un mundo inanimado. Cuando acabe de leer este artículo, mire a su alrededor y observará que lo que hace que la casa sea única y suya no es la última nevera o pantalla inteligente que haya comprado, sino un pequeño objeto que hemos guardado, quizá sin saberlo, como un tesoro.