En 2013, después de que Obama derrotara a Mitt Romney en las elecciones presidenciales del año anterior, el Partido Republicano publicó un informe detallado y devastador sobre las causas de la derrota que sería conocido como «la autopsia». Las razones del fracaso, decía, eran en parte ideológicas: «El Partido Republicano tiene que dejar de hablar para sí mismo. Nos hemos vuelto expertos en reforzar ideológicamente a personas que ya piensan de la misma manera, pero hemos perdido catastróficamente la capacidad de persuadir y dar la bienvenida a quienes no están de acuerdo con nosotros en todas las cuestiones». El conservadurismo, decía, tenía que modernizarse y dejar de repetir las consignas de Ronald Reagan como si nada hubiera cambiado desde mediados de los años 80. El Partido Republicano, decía, debía transmitir que se preocupaba por la gente.

Un aspecto fundamental del informe, y el que entonces llamó más la atención de los medios, fue su apartado demográfico. «América está cambiando demográficamente y, a menos que los republicanos seamos capaces de aumentar nuestro atractivo —decía—, esos cambios inclinan la balanza aún más en favor de los demócratas». El partido debía «centrar sus esfuerzos en ganar nuevos partidarios y votantes en las siguientes comunidades demográficas: hispanos, originarios de las islas de Asia y el Pacífico, afroamericanos, indioamericanos, nativos americanos, mujeres y jóvenes». A menos que los directivos del partido «se dispongan en serio a abordar este problema, perderemos las futuras elecciones: los datos lo demuestran».

El Partido Republicano ya se había transformado en numerosas ocasiones —del abolicionismo de Abraham Lincoln a cuando, en los años 60, los blancos resentidos por la consecución de los derechos civiles de los negros llevaron al poder a Richard Nixon— y ahora debía volver a hacerlo para, en resumen, ser un partido menos blanco. Eso pasaba por una profunda reforma aperturista de las políticas de inmigración que permitiera que las minorías consideraran a los republicanos conservadores abiertos, compasivos y ajenos a toda forma racismo. Porque, fuera como fuese, decían las proyecciones del informe, en 2050 Estados Unidos sería lo que en la jerga política estadounidense se conoce como un país de mayoría/minoría: los blancos serían minoría, y la suma de las demás minorías conformaría una mayoría. Si el Partido Republicano quería volver al poder, una parte relevante de estas minorías no blancas debían votarlo.

Pronto surgieron, dentro del propio partido, críticas al informe. Una de ellas decía que la derrota de Romney se había debido más bien a su incapacidad para seducir a la clase trabajadora blanca, los llamados «blancos ausentes», que no habían acudido a votar. Kellyanne Conway, una encuestadora afín al partido, fue más allá y afirmó que para atraer a esos trabajadores blancos el Partido Republicano debía endurecer las políticas migratorias. Muchos blancos de las viejas clases trabajadoras, a quienes la externalización de la industria a China y México les había dejado sin empleo, sentían que competían en inferioridad de condiciones con los inmigrantes, que no solo estaban dispuestos a trabajar por menos dinero, sino que, según creían, recibían de manera desproporcionada los subsidios del Gobierno.

La mayoría de los republicanos aceptaron una parte de la «autopsia»: había que renovar el conservadurismo reaganiano y abandonar algunas de las creencias centrales del partido, sobre todo la de que el mercado libre —en el plano interno y en el internacional— era el medio más efectivo para que las clases trabajadoras siguieran siendo prósperas. Sin embargo, rechazaron el mensaje que alertaba del cambio demográfico y proponía un acercamiento a las minorías. En parte, lo hicieron por razones electorales: parecía que las cifras de Conway y otros encuestadores indicaban que el Partido Republicano podía seguir ganando elecciones federales sin abandonar su identidad esencialmente blanca.

Pero también las había profundamente culturales: la creencia muy arraigada de que, si Estados Unidos dejaba de ser una nación dirigida por un establishment blanco, y dominada por la cultura blanca, de raíces europeas y protestantes, dejaría de ser la nación proyectada y pasaría a ser otra cosa en la que esa cultura blanca, de manera inevitable, estaría amenazada, si es que no lo estaba ya. Donald Trump asumió primero, y luego encarnó y lideró, ese nuevo posicionamiento del partido. Así es como se creó su mayoría democrática.

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En las próximas elecciones, la estrategia principal de Trump será reforzar esa coalición, por lo que es de esperar que el presidente retome algunos de sus viejos temas: acelere la construcción del célebre muro en la frontera entre Estados Unidos y México, restrinja aún más la llegada de inmigrantes, siga justificando la guerra comercial y tecnológica con China como una defensa de los intereses de sus votantes y continúe dificultando el voto de potenciales votantes demócratas, una vieja tradición del Sur del país, donde durante décadas para los votantes negros fue casi imposible ejercer el derecho al voto.

Es posible que Trump no sea un conservador reflexivo, atento a los debates morales y de policies que se abordan en las revistas republicanas, muy activas y sofisticadas, pero ha tenido una enorme capacidad, puramente instintiva, de entroncar al mismo tiempo con ciertas tradiciones de la derecha estadounidense, poniéndolas al día con sus obsesiones personales y, en última instancia, apoderarse del partido: en la convención republicana que lanzó la campaña, a finales de agosto, seis de los doce oradores llevaban el apellido Trump.

¿Cómo piensa el Partido Demócrata construir una mayoría alternativa? La respuesta a esta pregunta ha ido transformándose enormemente en los últimos cuatro años. La versión última y definitiva empezó a cobrar forma este febrero, cuando de manera inesperada Joe Biden regresó del cementerio de las viejas glorias políticas al ganar las primarias de Carolina del Sur. La carrera iniciada entonces, en la que Biden ganó unas primarias estatales tras otras, puso fin a la osada propuesta de una parte del Partido Demócrata, la más izquierdista.

Según esta, los demócratas podían crear una coalición liderada por Bernie Sanders y los «socialistas» y «progresistas» del partido, y formada por estudiantes universitarios, trabajadores industriales desengañados con Trump, defensores de un amplio sistema sanitario financiado por el Estado, además de minorías, incluida la hispana, cuyos integrantes son por lo general conservadores en cuestiones morales y no votan a los demócratas en masa, como sí suelen hacer los afroamericanos.

A pesar del vigor de los «socialistas millenials» y el entusiasmo y la osadía de algunas figuras de la izquierda del partido como Elizabeth Warren y Alexandria Ocasio-Cortez, además del propio Bernie Sanders, la construcción de una coalición cuyo corazón ideológico estuviera tan a la izquierda era algo imposible. Y, como si los votantes demócratas de las primarias hubieran decidido conjuntamente evitar una nueva derrota, escogieron candidato presidencial al veterano Joe Biden, un político poco atractivo, proclive a las meteduras de pata verbales y muy centrista, detestado por el ala izquierda de su partido pero capaz, aparentemente, de formar una coalición ganadora.

Una coalición basada en dos cuestiones que, en los tiempos actuales, parecen absurdamente clásicas, de política de toda la vida: la búsqueda del voto moderado (el radical de izquierdas no tiene otra opción que los demócratas porque su prioridad es echar a Trump sea como sea) y la crítica a la ineptitud de Trump como gestor, especialmente tras sus reiterados errores en la planificación de la respuesta a la pandemia del covid-19. Se trata de mensajes que pueden parecer anodinos en medio del clima generado por Trump en estos últimos cuatro años y el estridente pesimismo de los medios progresistas, convencidos de que el actual presidente es una amenaza seria para la supervivencia de la democracia estadounidense. Pero probablemente es la estrategia más plausible: quien está convencido de que Trump es racista y machista ya pensaba votar a los demócratas; como lo hará quien crea que la prioridad es, como dijo Ocasio-Cortez con cierta grandilocuencia, «detener al fascismo».

Lo que necesita el Partido Demócrata, parece plantear Biden, es recuperar a los conservadores desengañados con Trump, o a los que nunca toleraron la idea de que liderara el Partido Republicano un hombre con sus valores, o la falta de estos (históricos como Colin Powell, antiguos miembros del Gobierno de George Bush y el propio Bush, Cindy McCain, la viuda de John McCain, o Mitt Romney han señalado explícita o tácitamente que no votarán a Trump, y algunos han reconocido que lo harán por Biden). Y parece que la mejor manera de conseguirlo, según el equipo de Biden, es señalar la extraordinaria ineptitud de Trump como planificador, su volatilidad como principal decisor, el fracaso de sus promesas de reindustrialización en las zonas deprimidas o la falta de coherencia de sus políticas económicas. El Partido Demócrata quiere volver a ser el partido de los viejos valores americanos, de la cordialidad a la eficiencia, cualidades que faltan en el Partido Republicano cooptado por Trump.

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La era de la polarización no terminará con estas elecciones. De hecho, la probabilidad de que Trump las gane son elevadas. Pero Biden parece haber resucitado no solo su figura política, sino una vieja teoría que dominó el bipartidismo estadounidense durante décadas. De acuerdo con el teorema del votante mediano, elaborado en 1957 por Anthony Downs en un artículo titulado «Una teoría económica de la acción política en democracia», en un sistema bipartidista los dos partidos tienen incentivos para acercarse cada vez más hacia al centro y satisfacer así los deseos del «votante mediano», con lo que resulta casi inevitable que ambos huyan de radicalismos y que, en última instancia, sus ofertas políticas acaben siendo bastante parecidas y solo se distingan en aspectos concretos.

La teoría de Downs tiene innumerables problemas, pero ha servido para describir razonablemente bien la política estadounidense de los últimos sesenta años. Trump no acabó con esa regla cuando en 2016 se creó una mayoría democrática a la que el radicalismo en ciertos aspectos, como el racial, no le parecía intolerable: fue una reedición de la llamada «estrategia sureña» de Richard Nixon, que recogió en 1968 el voto blanco iracundo con los demócratas por su apoyo a la causa negra. Pero sí es cierto que con la polarización actual, y con el sistema electoral estadounidense, donde cada estado escoge a sus representantes en el colegio electoral, es posible que ni siquiera exista esa abstracción llamada «votante mediano nacional».

Es una posibilidad, y tal vez Biden y su apuesta por la moderación fracasen. Pero su intento de crear una mayoría democrática apelando al centro, haciendo campaña sobre cuestiones de decencia y eficacia gestora, parece una milagrosa vuelta a la política clásica. Quizá el regreso no sea inmediato, o quizá el populismo sea, por decirlo con el término en boga, una duradera nueva normalidad. Pero si resulta ser un camino transitable, podría ser el que nos saque de la tentación iliberal por la que la política estadounidense y europea llevan paseándose un lustro.