Una de las aportaciones más valiosas del presidente Woodrow Wilson a la Conferencia de París de 1919 al terminar la Gran Guerra fue el concepto de seguridad colectiva. La idea consistía en entender que la paz solo se puede garantizar si todos los estados actúan conjuntamente contra cualquier agresor. En lugar de las alianzas militares rígidas o equilibrios de poder inestables, el presidente Wilson proponía un sistema en el cual una agresión contra un estado fuera considerada un ataque contra todos los estados.

La doctrina quedó fijada, pero pronto fue rota por la aparición de los totalitarismos de matriz europea que se implantaron tomando las formas de fascismo, nazismo y estalinismo. Fueron tiempos en los que se incubaron las ideas de la Segunda Guerra Mundial que acabaron concretándose en alianzas entre los países autoritarios en contra de las democracias que la propaganda populista tildaba de decrépitas y decadentes. Antes de que los Estados Unidos entraran en guerra en diciembre de 1941, Hitler y Stalin firmaron un pacto de no agresión mutua que incluía un protocolo secreto de reparto de Polonia y el establecimiento de zonas de influencia en los países bálticos y Finlandia.

Una de las desazones constantes de Winston Churchill, que libró la guerra contra Hitler solo hasta que Franklin D. Roosevelt entró en combate contra Japón y Alemania, fue buscar aliados para combatir el nazismo. No se entendía bien con el general De Gaulle, pero consideraba que Francia era necesaria para derrotar Hitler. En tiempo de guerra, decía Churchill, debes saber quiénes son tus enemigos, pero tienes que procurar rodearte de aliados que tengan un objetivo común. También decía que se juntaría con el demonio, si hiciera falta, para vencer a Hitler. De hecho, la guerra la ganaron los que serían los aliados occidentales, contando con la ayuda imprescindible de Stalin, que se sublevó contra Hitler cuando el ejército nazi invadió Rusia. La alianza con la Unión Soviética quedó destrozada por el mismo Churchill en el discurso pronunciado en 1946 en Fulton (Misuri) y por el antagonismo entre los Estados Unidos de Truman y la Unión Soviética de Stalin.

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La guerra fría se tejió con un conjunto de alianzas que dividieron el mundo en dos bloques antagónicos que duraron hasta la desmembración de la URSS. Se puede afirmar que las alianzas inspiradas y dirigidas por los Estados Unidos desde la última guerra mundial alcanzaron pràcticament a todos los campos, desde la economía, el comercio, la diplomacia, la cultura y, muy especialmente, la defensa. El siglo XX lo ganaron claramente los Estados Unidos, como afirmó Eric Hobsbawm, el historiador marxista más relevante que murió en Londres el 2012 a la edad de 95 años.

Una de las razones del éxito americano fue compartir con aliados de procedencias diversas el liderazgo de los valores de las democracias liberales. El Plan Marshall fue un claro indicador de que los sucesivos presidentes estadounidenses no estrangularían a la Alemania o al Japón vencidos militarmente sino que harían todo lo que tuvieran al alcance para rehacer una Europa devastada y un Japón humillado por dos bombas atómicas. Los estadounidenses impusieron constituciones y gobiernos democráticos que estarían supervisados por los ejércitos y las flotas americanas que surcarían los mares y océanos del mundo.

 

'Por la libertad del mundo', discurso del presidente Woodrow Wilson pidiendo al Congreso que declare la guerra a Alemania, el 2 de abril de 1917. Fotografía de la Biblioteca del Congreso de los EE. UU.

‘Por la libertad del mundo’, discurso del presidente Woodrow Wilson pidiendo al Congreso que declare la guerra a Alemania, el 2 de abril de 1917. Fotografía de la Biblioteca del Congreso de los EE. UU.

 

Creación de la Alianza Atlántica 

El hecho más relevante fue la creación de la Alianza Atlántica en 1948 para preservar a la Europa Occidental del peligro de una ocupación e inferencia soviética en países considerados aliados. Europa crecía y progresaba creando un modelo social que se apartaba del liberalismo radical que se impuso a comienzos de los años ochenta con la victoria de Thatcher en el Reino Unido y de Reagan en los Estados Unidos.

Esta diferencia de modelo fue compatible con presidencias demócratas y republicanas. Con crisis económicas y con visiones distintas sobre la política exterior de Washington en Oriente Medio. Se amplió la OTAN a países que habían estado bajo el control del Kremlin y que se guarecían bajo el llamado Pacto de Varsovia. Las democracias habían vencido a los sistemas autoritarios y todo parecía indicar que las libertades estarían garantizadas para siempre en buena parte del mundo. Cuando Nueva York y Washington fueron atacadas brutalmente por el terrorismo de procedencia islámica en 2001 la Alianza Atlántica se puso a disposición del presidente George W. Bush.

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La política de Trump en el segundo mandato no solo ningunea a Europa sino que apoya a los partidos de extrema derecha que van en contra de la misma idea de la UE.

El retorno de Donald Trump a la presidencia ha sacudido las relaciones transatlánticas y todos los pactos con los aliados tradicionales. Si durante décadas la cooperación entre Washington y los socios europeos se había basado en el multilateralismo, la confianza mutua y la defensa compartida, el trumpismo ha reintroducido una visión unilateral, transaccional y centrada en el interés nacional estadounidense. Oficialmente no se ha roto ningún pacto, pero el espíritu de las relaciones entre los aliados se ha desvirtuado.

En las directrices de la Estrategia de Seguridad Nacional, la administración Trump acusa a Europa de no ser reconocible a causa de un «borrado de su civilización». No es cuestión de presupuestos de defensa o de cómo ayudar a Ucrania a hacer frente a la invasión de Putin. Son las ideas incubadas desde hace años por grupos que han apoyado al MAGA (Make America Great Again) del cual Trump, un presidente que habla constantemente de dinero, de poder y de fuerza, es la figura más visible y menos acomplejada. Y la más ignorante.

La política de Trump en el segundo mandato no solo ningunea a Europa sino que apoya a los partidos de extrema derecha que van en contra de la misma idea de la UE. Las políticas trumpistas en materia social, ética y política están muy alejadas de los principios fundacionales. Bruselas debería temer a los enemigos exteriores sino a las corrientes internas antieuropeas que están alimentadas por las manipulaciones que vienen del Kremlin y las que ahora llegan directamente y abiertamente de la Casa Blanca.

El equilibrio de las alianzas es frágil y desconfiado. Las ideas imperiales, propias del siglo XIX, forman parte de la retórica y de las acciones de Trump en América Latina y también en Europa que ve con sorpresa la insistencia en comprar, adquirir y anexionar Groenlandia. La aprensión general es que el vínculo atlántico se está rompiendo por la obsesión de Trump y su equipo en convertir a Europa y el resto de socios en súbditos y no en aliados. Es Trump quien ha roto las reglas del juego.