Quizás por los frecuentados aires del extranjero, quizás por un don natural, quizás por inconsciencia insobornable, Eduardo Mendoza no se dejó contagiar de la trepidación del miedo cuando todo el mundo sufría por los descosidos saliendo de una dictadura y entrando en un laberinto completamente ignoto. Muchos siguen viviendo de la fantasía de que hubo una pizarra con un sabelotodo que se llamaba Alfonso Guerra y que escribió con buena letra y una tiza nueva de trinca la ruta imparable hacia el triunfo socialista del 1982, allá por 1974 o incluso 1972, cuando todavía solo se habían sublevado contra la vieja guardia del socialismo exiliado para ir preparando la ruta del contrapoder.
En aquellos años las preocupaciones de Mendoza eran mucho más serias, cerca de sus treinta años, y no exactamente entusiasmado por el oficio de abogado en varias empresas en Barcelona y fuera de Barcelona, pero sí poderosamente imantado por la fantasía de escribir, y particularmente de escribir novelas. Había pasado muchas de sus horas leyendo a Cervantes y leyendo a Baroja, leyendo a Tolstói y leyendo a Dickens, y también leyendo historia bien escrita y bien fundamentada, la que hacían entonces unos pocos británicos como Gerald Brenan o Hugh Thomas.
Él mismo explicó en el libro de Llàtzer Moix Mundo Mendoza que el primer testimonio de un microrrelato suyo debía ser de los seis años, y tanto si es verdad como si no lo es, no hay ningún tipo de duda de la certeza nativa del talento narrativo de Mendoza, a pesar de que costara mucho de cuajar en una novela propiamente dicha, acabada en 1973, aceptada para publicar en Seix Barral aquel mismo septiembre, pero no impresa y difundida hasta abril de 1975, cuando faltaban seis meses para que Franco la diñase en noviembre, con Mendoza fuera de España, instalado en Nueva York como empleado de Naciones Unidas, después de haber viajado en varias etapas y durante meses por muchos países de Europa (y haber pasado 1966 entero, con veintipocos, en un Londres explosivo y adictivo).
Es un caso heroico de escritor que desde el primer libro no ha perdido ni el aprecio masivo del público ni de la crítica.
La peripecia es completamente anormal en aquellos años, como completamente anormal fue La verdad sobre el caso Savolta. Parece escrita como si Mendoza oliera ya el tufo a fiambre sin embalsamar o embalsamado de Franco, tanto da, porque me parece que no estaba exactamente pendiente de nada de esto o solo muy, muy a distancia, mientras se sumergía en la historia del primer cuarto del siglo en Barcelona y fabulaba entre la crónica judicial y la crónica negra y rosa y semi-semi un pasado incendiario y contraépico, de pistoleros y sacudidas sociales y con anarquistas hiperactivos con poco que ver (¿o quizás sí?) con la Barcelona de finales de los sesenta y hasta el año 1973, que es cuando acaba la novela y se va a vivir a Nueva York, a pesar de que antes le ha dejado el manuscrito a Pere Gimferrer, amigo de hacía años y editor en Seix Barral, también responsable de cambiar el título que llevaba originariamente el manuscrito, Los soldados de Cataluña.
Contraportada de Gimferrer
Saltaos la pereza que da leer una larga citación como la que pondré ahora, en el original castellano, porque es una impecable e impactante definición de lo que es la novela, copiada de la contraportada de la primera edición, con gran retrato de Mendoza (americana, corbata y bigote oscuro con una retirada a El Lute), y sin ninguna duda de la mano de Gimferrer:
Con todos los alicientes de la novela policíaca –intriga, acción, sorpresa permanente–, esta novela de Eduardo Mendoza recrea la tensión revolucionaría de Barcelona en el período 1917-1919, cuando la capital catalana fue el escenario de choques violentos entre obreros y patronos, al socaire de la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias. La ciudad, verdadera protagonista de la obra, rememorada nostálgicamente por Mendoza, se nos presenta como un conglomerado, aparentemente absurdo, de fiestas sociales, vida nocturna y ambientes tabernarios, de bombas y flores, asesinatos y amoríos, locura y aceptación, poblada por individuos que reúnen la más compleja humanidad y el aire de muñecos y caricaturas: un periodista entregado al ideal, un francés aventurero, una gitana desconcertante, un guardaespaldas misógino, un comisario testarudo, un mendigo visionario, y capitanes de empresas, trepadores, confidentes, gentes de circo, mujeres liberadas, cabareteras, etcétera. El humor, la ironía, la riqueza de los matices y las experiencias, la parodia y la sátira, el pastiche de la subtliteratura popular, la recuperación de la tradición narrativa desde la novela bizantina, la picaresca y los libros de caballería hasta el moderno relato detectivesco, convierten esta novela en una tragicomedia inteligente y divertida, que habrá de reclamar, gracias a sus múltiples niveles, tanto la atención de los especialistas como de quienes reivindican la emoción y los sucesos.
El éxito del libro aquel mismo Sant Jordi de 1975 fue perfectamente descriptible pero la novela empezó a funcionar de forma invisible y regular entre lectores porque el segundo Sant Jordi de 1976 ya fue toda otra cosa y, según él, con persecuciones policiales de los grises incluidas.
Pocas veces una novela desata una consagración irreversible como sabemos ahora que fue y nadie sabía entonces que seria. Las razones son un enigma pero algunos argumentos son el impulso incontenible de la narración, la experimentación literaria contenida, la variedad de registros verbales del autor, la impregnación histórica de un pasado físico y sensorial que se olfateaba en los escenarios y los espacios múltiples de una ciudad –desde las fiestas de la buena sociedad hasta la indigencia material de los prostíbulos, las comisarías y las mismas viviendas–, todo documentado previamente por un afán entonces insólito de dotar de fundamentación histórica y fiable a una trama narrativa basada en una información periodística (el asesinato real de un empresario en 1918) que se abre y se cierra coherentemente, pese al aparente desbarajuste del mosaico heterogéneo de voces, historias, tramas y documentos.

El escritor Eduardo Mendoza, fotografiado en Madrid, el 18 de octubre de 1979. Archivo EFE
Talento natural
Del intento de definir su humor de entonces (y de ahora) es mejor apearse enseguida porque no es uno sino un abanico de métodos y recursos que confieren el talento natural, la segregación espontánea de bromas, ironías, a veces sarcasmos leves y casi siempre una pátina de absurdo de estirpe surrealista que lo acerca a los hermanos Marx, otras veces a la parodia de los tics lingüísticos de grupos sociales, y otras a la producción cruda de bromas verbales (como tantos de los nombres de sus personajes).
Pocas veces una novela desata una consagración irreversible como sabemos ahora que fue y nadie sabía entonces que seria.
El gamberro profesional que es Mendoza sabotea incluso involuntariamente la solemnidad hipócrita del poder, que puede perder la hipocresía y convertirse directamente en autoritarismo violento, moral y socialmente. El escéptico que sonríe rehúye como si fuera un escudo antimisiles el lodazal del rencor o el resentimiento, como si fuera exactamente la enfermedad contraria al escepticismo irónico y tentado de entender lo absurdo de la existencia como refugio de la luminosa inteligencia compasiva, cervantinamente compasiva.
La mezcla de respetabilidad formal y de socarronería de combustión lenta se da paradójicamente en el sujeto civil, la persona pública, como forma de sociabilidad que encarna también en su estilo más intransferiblemente propio, allá donde suelta las tonterías y parodias con la imperturbabilidad irónica de un estilo sin estridencia, como sencilla transmisión de una incredulidad cósmica en relación con las grandes abstracciones y las apariencias inmaculadas, sin que nada de esto haya hecho nunca un cínico, que es la deriva tóxica de la misma predisposición a rebajar las trascendencias.
Es Mendoza un caso heroico de escritor que desde el primer libro no ha perdido ni el aprecio masivo del público ni de la crítica, y que bien fácilmente hubiera podido subirse a la nube negroide de la prepotencia y pudrirse allá dentro, como a tantos otros les pasa. Ha sido un superdotado del humor atemperador de la pretensión, como diría Vázquez Montalbán, buen amigo suyo, no importa la pretensión de qué. La desgana fingida y medio desvalida podría ser la herramienta definitiva que tanto luce al detectar el lado grotesco de la normalidad convencional –lo vio muy bien Francisco Rico, otro amigo– y hacerlo funcionar narrativamente como si no viera la dimensión grotesca sino solo la normal, completamente anormalizada, claro.
‘Escritores que no saben escribir’
Alérgico a cualquier forma de infatuación, tolerante con los decibelios histéricos de los demás sin contagiarse, risueño como coraza de protección civil y atentísimo desde el punto de vista de la cortesía, Eduardo Mendoza no dejará nunca pasar la oportunidad de una broma disuasoria, un juego de palabras, un giro desdramatizador que desnude de repente, sin remedio y sin sangre, la presunta gravedad del drama, el patetismo y la tragedia inminente.
El pobre censor que leyó el manuscrito de la novela en septiembre de 1973 tenía la razón histórica de su parte: «Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza», además de reunir «todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir». No hay que decir que Mendoza ha repetido muy a menudo que es la única crítica de La verdad sobre el caso Savolta con la que se siente plenamente identificado.



