En 1955, William J. Buckley fundó la revista que articularía, durante buena parte de la Guerra Fría y hasta hoy, el pensamiento conservador estadounidense: National Review. En ella reunió a un puñado de escritores libertarios, católicos, excomunistas y contrarios al New Deal de Franklin Delano Roosevelt —que había llevado a cabo una expansión del Estado sin precedentes— con el fin declarado de unificar las numerosas tendencias conservadoras del país y dar a sus ideas una reputación respetable. En el editorial de presentación del primer número, explicó cuál era su motivación ideológica: «Plantarse frente a la historia y decirle: “¡Párate!”, en un momento en el que nadie más está dispuesto a hacerlo».

Era una declaración engañosa. A finales del siglo XVIII, Edmund Burke, el político británico al que se considera el fundador del conservadurismo moderno, ya había contemplado con naturalidad la idea de que la historia cambia las mentalidades y las sociedades. Pero, a diferencia de lo que creían los revolucionarios contemporáneos de Burke que precipitaron la Revolución Francesa y, más tarde, toda la estirpe hegeliano-marxista, los conservadores pensaban que la historia no tenía una dirección concreta y no estaba escrita en leyes infalibles e imparables. La finalidad del conservadurismo, pues, no era impedir totalmente las transformaciones, sino mantenerse en el poder para modular, controlar y, sobre todo, no precipitar el cambio. Su fin no era frenar definitivamente la historia, sino hacer que cambiara lentamente, de manera paulatina, para no descoyuntar la sociedad.

La idea de parar el tiempo, o más bien de revertirlo, no era cosa de los conservadores, sino de los reaccionarios, también surgidos como reacción (de ahí su nombre) a la Revolución Francesa. «Los reaccionarios no son conservadores», dice Mark Lilla en su libro La mente naufragada. Reacción política y nostalgia moderna. «Son, a su modo, tan radicales como los revolucionarios.» Les guía el miedo a que nos adentremos en una «nueva era oscura», y su relato es siempre el mismo: durante siglos, la tradición cultural y política nacional ha ido aposentándose de manera natural, de tal forma que encaja perfectamente con el carácter y la voluntad de quienes pertenecen a una determinada nación.

Pero, en un momento dado, un pequeño grupo de hombres que pertenecen a la élite y tienen vínculos con el extranjero —en el relato original, los defensores de la Ilustración y la Revolución Francesa; más tarde, desde los fríos tecnócratas a los importadores de ideas de países enemigos, el último gobierno de izquierdas o, con mucha frecuencia, los judíos— destruyó ese equilibrio armónico y justo.

 

Deshacer el tiempo

Gracias al uso artero de falsas promesas de liberación y a su capacidad para seducir a un pueblo crédulo e incapacitado para reconocer la maldad, «pronto una falsa conciencia se posa sobre toda la sociedad mientras ésta voluntaria, incluso alegremente, se encamina hacia la destrucción», dice Lilla. El trabajo del reaccionario es denunciar esa conjura y tratar de deshacer el tiempo hasta el momento previo a ella. Hay que retroceder y congelar la historia en el instante en que esta aún podía garantizar la armonía. Una parte relevante de la derecha autoritaria actual ha asumido plenamente este relato reaccionario.

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La finalidad del conservadurismo no era impedir las transformaciones, sino mantenerse en el poder para modular, controlar y no precipitar el cambio.

De acuerdo con el Fidesz de Viktor Orbán, el partido gobernante en Hungría, George Soros, un miembro de la élite húngara, pretende, ayudado por organismos supranacionales como la ONU o la Unión Europea, acabar con los rasgos básicos del orden social húngaro llenando la nación de inmigrantes y de ideas feministas y multiculturales. Para los ideólogos del Fidesz, «los liberales [como Soros] son indiferentes a la historia y el destino de la nación», dicen Ivan Krastev y Stephen Holmes, autores de La luz que se apaga, un ensayo sobre el auge del nacionalismo en la Europa del Este. «El lenguaje liberal de los derechos humanos, de la sociedad civil o de los procedimientos jurídicos se describe como frío, genérico, ahistórico […]. El recelo cosmopolita hacia los vínculos étnicos hace que los miembros de la amplia mayoría étnica de Hungría se sientan extranjeros en su propio país.»

 

Un marco mental

En su libro sobre la deriva reaccionaria de los antiguos conservadores polacos, El ocaso de la democracia, Anne Applebaum cuenta cómo estos tienen una «predisposición autoritaria», una tendencia a «favorecer la homogeneidad y el orden». El autoritarismo «apela simplemente a gente que no puede tolerar la complejidad […]. Es antipluralista. Muestra suspicacia hacia las personas con ideas distintas. Es alérgico a los debates encendidos […]. Es un marco mental, no una serie de ideas». En el caso del reaccionarismo de Ley y Justicia, el partido que gobierna en Polonia, esas ideas implican que, para frenar la historia, hay que expulsar de ella a quienes impiden que la comunidad sea homogénea: es decir, que esté conformada a imagen de sus líderes.

En España, Vox ha apelado también a las intromisiones de George Soros, la Unión Europea y China en el destino de la nación. Ha denunciado un plan creado por las élites antinacionales para «implantar una república comunista antiespañola» y ha señalado los ataques a ciertas tradiciones arraigadas, como las corridas de toros, o a determinadas interpretaciones de la historia de España como prueba de un intento coordinado desde el interior y el exterior del país para deshacer los lazos que unen a la mayoría de los españoles.

Antes de la llegada al poder de Donald Trump, una parte notable de la derecha estadounidense ya denunciaba las conjuras de una élite de Washington empeñada en regalar la soberanía del país a la ONU, utilizar la inmigración para «descristianizar» la nación y usar una coalición de feministas, minorías sexuales, negros radicales y marxistas para quitarle la dirección de Estados Unidos a quienes constituyen su identidad natural, que es blanca, protestante y de origen europeo. «La idea liberal presupone que no hace falta hacer nada. Que los inmigrantes pueden matar, saquear y violar con impunidad porque hay que proteger sus derechos como inmigrantes», dijo Vladímir Putin en una entrevista con el Financial Times en la que expuso con gran transparencia sus ideas políticas y las de aquellos a los que apoya a través de la propaganda o la financiación del Estado ruso. «Todo crimen debe tener su castigo. La idea liberal se ha vuelto obsoleta.»

Y lo que resulta clave: esa idea liberal «ha entrado en conflicto con la inmensa mayoría de la población». En un artículo clásico de 1964, el sociólogo Richard Hodstadter afirmaba que había «un tipo de mentalidad que no es nueva y que no es necesariamente de extrema derecha. La llamo “estilo paranoico”, porque ninguna otra palabra evoca mejor la calenturienta exageración, la suspicacia y la fantasía conspirativa» de quienes apostaban por esa forma de hacer política. Ese estilo sigue vivo hoy en la derecha autoritaria, aunque no solo en ella.

Las democracias liberales también se basan en una cierta indiferencia hacia las opiniones ajenas.

Sin embargo, lo que desde fuera podemos considerar «calenturienta exageración», para estas nuevas formas de nacionalismo es, simplemente, una cruzada para salvar la identidad cultural —y con ella, la economía y la política— de sus países. Pero también la libertad de sus ciudadanos. De acuerdo con esta visión del mundo, en la que la nación está acosada por enemigos que se coordinan para deshacer lo construido lentamente durante siglos, o hasta milenios, no hay más noción de libertad verdadera que la defensa de la identidad propia. En ese sentido, la libertad no sería la capacidad de escoger individualmente tu camino o de construir tu identidad individual sin interferencias de los demás: eso supondría una desviación liberal del verdadero propósito de la libertad. Esta, en realidad, consiste en ser quien eres, en conservar tu ser heredado.

 

Los enemigos de la armonía

Que distintas formas de modernidad perversa —el poder económico internacional, los inmigrantes o las universidades repletas de profesores de izquierdas; en todo caso, minorías conjuradas— quieran arrebatarte ese derecho es la prueba de que la libertad real consiste en resistir. A diferencia de otros tiempos, quizá no sea necesario exiliar o encarcelar a esas minorías disolventes, pero sí habrá que reducir su visibilidad pública y negarles legitimidad política. «No tenemos ningún problema con las personas LGTB. Por Dios, que vivan como quieran», dijo Vladímir Putin en la citada entrevista. «Pero algunas cosas nos parecen excesivas. Dicen ahora que los niños pueden tener cinco o seis géneros distintos.» En caso de que esta premisa fuera cierta, incluso un moderado o un conservador podrían estimar imperativo defender a sus hijos de esa idea. Solo el reaccionario la considera una prueba de la caída del hombre propiciada por los enemigos de la armonía. Y cree, además, que es trabajo del Estado revertirla y devolver así al hombre, mediante algo muy parecido a una revolución, a un paraíso que hoy se encuentra en ruinas.

Por supuesto, esta noción de libertad entra en conflicto con la que fundamenta las democracias liberales. Estas no solo se basan en la noción de que el Gobierno de la mayoría es legítimo en la medida en que proteja los derechos de las minorías, sino también en una cierta indiferencia hacia las opiniones ajenas. En una democracia liberal, podemos debatir hasta la extenuación las ideas que nos parezcan perniciosas, pero la discusión terminará con un encogimiento de hombros resignado y la aceptación de que el pluralismo también produce malas ideas.

Para la derecha autoritaria, aunque no solo para ella, esas malas ideas son siempre una enrevesada conjura contra la libertad de la mayoría. Para detenerlas, hay que volver a un pasado armónico. Es decirle a la historia «¡Párate!». Es contarle a tus conciudadanos que solo si se parecen a ti y asumen tu poder sin límites serán verdaderamente libres. Es, en los peores casos, convertir el pesimismo cultural, algo legítimo, en una forma de autoritarismo.