Javier Cercas construye El loco de Dios en el fin del mundo a partir de una pregunta que repite obsesivamente a sus entrevistados: “Mi madre, que es creyente, ¿se encontrará con mi padre cuando ella muera?”. No busca tanto una respuesta —que nunca llega del todo— como la reacción que provoca en quien la escucha.
En las últimas semanas, yo también he ido repitiendo una pregunta —mucho menos metafísica, pero igual de persistente a las personas con las que me he entrevistado y que tienen en común ser referentes políticos, económicos, sociales y culturales de la ciudad: ¿existe hoy el sabadellismo? Una pregunta que vuelve una y otra vez, como un eco que atraviesa conversaciones y debates, y es a la vez el síntoma de una ciudad que creció al ritmo del traqueteo de los telares y que, desde que se desmontó el monocultivo industrial que la sostenía, continúa buscando un relato capaz de explicar un presente más heterogéneo, desigual y difícil de ordenar.
Lo que sigue es una síntesis —necesariamente urgente y condensada— de las respuestas obtenidas.
De un relato único a un paisaje identitario plural
Durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad larga del XX, Sabadell fue una ciudad con un relato compacto. La burguesía industrial y un proyecto de modernización compartido construyeron una identidad sólida, fácil de transmitir y de reconocer. El sabadellismo era el producto de un ecosistema estable: el de una ciudad-fábrica con una estructura social definida y un imaginario que se reproducía de generación en generación.
La narrativa del trabajo, del progreso, del obrerisme y de la burguesía emprendedora articulaba la vida colectiva. Los vapores Turull, Pissit, Buxeda Vell o Llonch eran símbolos visibles de esa realidad, y las entidades económicas, sociales, deportivas y culturales respiraban todas ellas un aire industrial que todo lo impregnaba.
La crisis del textil de los años setenta del siglo pasado rompió este equilibrio. Pero lo que emergió después no fue un desierto, sino una proliferación de relatos que ya no cabían dentro de una sola etiqueta. Sabadell dejaba de ser una ciudad de relato único para convertirse en un espacio donde convivían miradas diversas que, no obstante, a menudo no dialogaban entre ellas.
Este proceso no fue exclusivo de Sabadell. Manchester, Lille o Turín —antiguos motores industriales— han vivido transformaciones parecidas y han descubierto que lo que cambia no es solo la economía, sino la manera como la ciudadanía se explica a sí misma. Y todas han tenido que afrontar el mismo reto: ¿cómo construir un relato compartido cuando el monocultivo que vertebraba la ciudad ha desaparecido?
La ciudad que no sale en las postales
La Sabadell contemporánea es un mapa de realidades que conviven sin acabar de encajar. Los barrios históricos mantienen viva la memoria política, económica e industrial, pero también la sensación de haber perdido centralidad en una ciudad que se expandió repentinamente con las anexiones de 1904 (parroquias de San Julià d’Altura y de San Vicenç de Jonqueres, hasta entonces pertenecientes al desaparecido municipio de Sant Pere de Terrassa) y de 1959 (La Creu de Barberà, hasta entonces perteneciente al municipio oficialmente llamado Santa Maria de Barberà). El resultado fue un crecimiento desordenado durante las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta, y la formación de identidades más vinculadas a trayectorias migratorias que al relato clásico de la ciudad.
A este Sabadell de crecimiento periférico, de diversificación y de terciarización económica, el sabadellismo tradicional evidentemente no llegaba. Mientras tanto, las nuevas migraciones aportaban imaginarios culturales que ampliaban el mapa físico y emocional de la ciudad, pero también hacían evidentes unas desigualdades persistentes. Hoy, en Sabadell conviven personas de más de un centenar de nacionalidades.
La ciudad generaba nuevas dinámicas económicas y comerciales, pero también nuevos códigos culturales que no siempre encontraban espacio en las instituciones, a la vez que emergían nuevos nodos de significado: el Parc Catalunya como escenario de convivencia, el Eix Macià como escaparate de modernidad, el Centro como espacio de memoria, los equipamientos culturales como laboratorios identitarios juveniles.
Pero este mosaico no acaba de conformar un relato coherente. Es aquí donde el concepto de sabadellismo muestra sus límites. A esta fragmentación se han añadido factores que han dificultado la emergencia de un relato integrador. La ciudad ha vivido décadas de discontinuidad política e institucional, sin un liderazgo social y cultural capaz de articular una visión compartida. Al mismo tiempo, la fuerza de atracción simbólica de Barcelona y la carencia de espacios de encuentro realmente interclasistas e intergeneracionales han debilitado la capacidad de construir imaginarios comunes.
Un tejido asociativo denso, pero desigual
El tejido asociativo es, sin duda, una de las grandes fortalezas de Sabadell, pero su densidad no esconde las desigualdades internas. Las entidades históricas (Gremi de Fabricants, Cambra de Comerç, Centre Metal.lúrgic, Acadèmia de Belles Arts, Fundació Bosch i Cardellach, Unió Excursionista de Sabadell…) mantienen su peso. No obstante, a menudo responden a perfiles sociales concretos, formas de poder, rituales y códigos simbólicos que no acaban de conectar con las nuevas generaciones.
Mientras tanto, colectivos feministas, culturales, deportivos, comunitarios o vinculados a las migraciones operan con maneras de hacer más horizontales, transversales, flexibles y digitales. Entre unos y otros hay colaboraciones puntuales, pero también desconocimiento y, a veces, competencia por espacios, recursos y visibilidad.
El resultado es un ecosistema rico, pero fragmentado. Muchas voces, muchos liderazgos y poca articulación. Sabadell es hoy una ciudad donde abundan los microliderazgos difusos, silenciosos, donde falta una voz capaz de integrarlos.
Una ciudad que funciona, pero que no sabe explicarse
Sabadell tiene nombre. No obstante, no tiene relato. Y este hecho no es solo un problema de comunicación institucional: es el reflejo de una transformación que avanza más deprisa que la capacidad colectiva de interpretarla, de releerla y de reescribirla.
Algunos ejemplos lo ilustran. El Banc Sabadell, el Club Natació Sabadell, el Centre d’Esports Sabadell, la Joventut Atlètica de Sabadell (JAS) o la Fundació Òpera Catalunya (FOC), nacida de la Associació d’Amics de l’Òpera de Sabadell y de la Orquestra Simfònica del Vallès proyectan el nombre de Sabadell por todas partes, pero no necesariamente lo que es la ciudad real. El Parc Taulí, centro asistencial y motor de investigación de referencia, tampoco ha generado un símbolo, un relato o una iconografía propia dentro de la ciudad. El aeropuerto es un activo singular, que continúa infrautilizado y que es poco reconocido. Y la nueva industria y la tecnología —con un 13 % de las startups del Vallès Occidental— tampoco acaban de generar un relato compartido.
La mirada juvenil, el gran vacío
Cuando se dice que “los jóvenes pasan del sabadellismo, lo que realmente se está poniendo de relieve es que el relato tradicional no les interpela. Las nuevas generaciones construyen la identidad urbana a partir de sus prácticas —emprendimiento, música, cultura urbana, deportes, creatividad digital…— más que de memorias industriales. Su identidad es híbrida, digital, con una mirada metropolitana. El Casal Popular El Talleret, en la Creu Alta,y el Casal Independentista y Popular Can Capablanca, en Gracia, pueden ser buenos ejemplos. No es desinterés: es desconexión con un marco que no les representa, que desconocen o que no perciben como el espacio vital y de socialización más próximo del que disponen. Y esto plantea una pregunta incómoda: ¿puede una ciudad construir un relato compartido sin la mirada de quienes la vivirán y gobernarán en el futuro?
El reto de un relato coral
Llegados a este punto, la cuestión ya no es si el sabadellismo existe sino si es posible construir una identidad compartida en una ciudad tan diversa. Una identidad que asuma la pluralidad urbana, que deje atrás —sin olvidarlo— el protagonismo del relato industrial. Una identidad que piense Sabadell en clave metropolitana y que convierta el capital económico, social y cultural del que dispone en un proyecto vivo, no en inventario.
Para hacerlo, hay que transformar los motores dispersos en ejes estratégicos capaces de vertebrar un discurso de futuro: la salud y la investigación; la formación; la nueva industria y la tecnología; la cultura viva y los espacios creativos; la economía social y las redes comunitarias. Estos ejes pueden convertirse en los pilares de una identidad renovada, siempre que se articulen como proyecto compartido y sean capaces de incorporar las miradas demasiado a menudo excluidas: jóvenes, comunidades migradas, barrios periféricos, colectivos culturales emergentes, plataformas sociales y culturales ciudadanas ya existentes (Federació d’Associacions de Veïns, Sabadell Cercle d’Entitats, Sabadell Cultura, Plataforma del Tercer Sector Vàlua, Associació d’Artistes plàstics i visuals de Sabadell…).
Solo así Sabadell podrá pasar del mosaico fragmentado a un relato coral y estimulante.
Una identidad en obras
Sabadell tiene capital social, cultural y económico para hacer este salto, pero necesita transformarlo en proyecto. El sabadellismo del siglo XXI no es un relato único: es una arquitectura hecha de voces diversas que modelan y explican una ciudad que ya no es monocultivo, sino ecosistema. Una ciudad que puede reconocer su pasado industrial sin quedar atrapada e imaginar un futuro compartido sin renunciar a su complejidad.
Sabadell ha perdido el monocultivo industrial que lo había vertebrado, pero ha ganado en capital social y cultural, lo cual la sitúa en una posición singular dentro del mapa urbano —catalán y español— de las ciudades medias. El reto es convertir esta energía en un relato compartido, capaz de proyectar la ciudad más allá de sí misma. Si lo sabe hacer, recuperará aquel sentimiento de pertenencia que un día la definió.
De aquí que la pregunta inicial continúe más abierta que nunca. No porque a Sabadell le falte identidad, sino porque su identidad es, precisamente, una obra en curso. Al fin y al cabo, la identidad no es un objeto que se descubre, sino un proceso que se construye colectivamente. Quizás por eso, como en el caso de Cercas, la fuerza de la pregunta sobre si hoy existe el sabadellismo no descansa tanto en la respuesta como en aquello que la pregunta misma revela. Es decir, en la persistencia en interrogarnos y en reflexionar sobre el sabadellismo entendido como un proceso continuo que acaba convirtiéndose en el verdadero vínculo entre los ciudadanos. No porque se espere una respuesta única o definitiva —que, de hecho, no puede existir—, sino para mantener vivo el mismo proceso de construirnos.




























































