Con el tiempo, todo puesto jerárquico tiende a ser ocupado por un empleado incompetente para el desempeño de sus obligaciones

Corolario de Peter

 

Quien esto escribe no es sociólogo ni ha cursado estudios de dirección de empresa o de administración pública. Las únicas credenciales que posee para escribir cuanto sigue son dos vidas paralelas en la función pública, como catedrático y como cirujano. Y no son vidas cortas: 45 años (1975-2020) de dedicación intensa, pagada con impuestos de mis conciudadanos para cumplir con mis deberes entre quirófanos, consultas, clases, estudio e investigación. ¿Son credenciales suficientes? Quizás no lo sean en términos de implicación en tareas administrativas (que traté de esquivar mientras pude) pero sí lo son, creo yo, para justificar el presente relato.

Vaya por delante que no tengo animadversión alguna por los funcionarios; representan la parte más visible del estado y son garantes de servicios de gran valía sobre los que se sustenta el estado del bienestar. He conocido cientos de trabajadores honrados, casi siempre de los estamentos más básicos, que le hacen a uno sentirse orgulloso de dedicarse a la función pública. Me ceñiré, pues, a teorizar sobre mis vivencias en el ámbito de la universidad y de los hospitales públicos, instituciones demasiado a menudo gobernadas por la mediocracia y el partidismo. Por supuesto, mi caso no es el único, pero es el que conozco mejor.

 

Los clanes

Mi carrera universitaria tuvo algo de atípica pues mi formación como médico y cirujano provenía de sectores ajenos a los clanes que, a finales de los años 70 gestionaban las oposiciones universitarias en el campo de la Cirugía. Con la inocencia de un profesor vocacional en ciernes, me sorprendió el sistema de reparto de titularidades y cátedras que regía por aquel entonces y que persistió aún durante un par de décadas, aunque, todo sea dicho, el sistema obligaba a los candidatos a unos mínimos curriculares y a una capacidad de oratoria que con tres votos de alguna de las familias de turno aseguraban el acceso a funcionario del estado.

La ANECA remedió el predominio de los mejores, y bajó tanto las exigencias curriculares que las acreditaciones se dispararon.

Ante el abuso de prácticas mafiosas –de las que fui víctima en el 92– la izquierda decidió bajar el rasero académico, de tal modo que, gracias a las «idoneidades», entrar en el funcionariado de las facultades de medicina se convirtió en una comedia que, de todos modos, seguía siendo dirigida por los de siempre. Más tarde, la derecha, implementó el sistema de habilitación, probablemente el más justo de cuantos he conocido, copiando a medias el modelo alemán. Las oposiciones a habilitación se jugaban ante tribunales escogidos por sorteo, de modo que la meritocracia tuvo su oportunidad. Pero…

 

Los celos

… los resultados iniciales de las habilitaciones, de los cuales me beneficié gracias a la ley de la gravedad, pusieron de manifiesto que los mejores curricula se hacían con las primeras posiciones porque los tribunales, forzosamente imparciales, debían ceñirse a los méritos de los candidatos y a sus aptitudes en el mundo de la investigación. Aquí empezaron los problemas porque la procedencia de los mejores candidatos ponía en evidencia la superioridad académica de algunas autonomías y de algunas universidades (pocas, cabe decir). Además, los titulares o catedráticos habilitados debían esperar a que las facultades por las que se interesaban convocaran una plaza ad hoc cuando los jefes de departamento lo creyeran oportuno, lo cual, en según qué casos, era impredecible. Ya me entienden.

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Bajar el rasero

Dado que el sistema de habilitación premió a quienes presentaron mejores curricula, presumo que izquierda y derecha llegaron al acuerdo de que debía de ser sustituido por el de acreditación y, a tal efecto, en 2001 se constituyó la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), un organismo cuya función era la de valorar los curricula de los candidatos y ratificarlos para presentarse a plazas universitarias, casi siempre mediante un mero trámite.

El problema que tienen los que destacan en la función pública es que ponen en evidencia a quienes obtienen prebendas académicas o plazas jerárquicas mediante maniobras dudosas

La ANECA, remedió el predominio de los mejores, y bajó tanto las exigencias curriculares que las acreditaciones se dispararon. El autor participó un par de años en las comisiones de Medicina, asombrado por los mínimos exigidos en términos de publicaciones científicas y la ausencia de consideración de los méritos docentes. Más del 90% de los solicitantes quedaba acreditado ipso facto. Lo de la acreditación se convirtió, tal como había sucedido con las idoneidades, en un café para todos.

 

Los mejores lo tienen mal

El problema que tienen los que destacan en la función pública es que ponen en evidencia a quienes obtienen prebendas académicas o plazas jerárquicas mediante maniobras dudosas. No solo en la universidad, por supuesto; en los hospitales las cosas no van mucho mejor. El trabajar con denuedo, ser puntual, obtener reconocimiento en el extranjero, exigir responsabilidad o no transigir con los errores, sitúa al médico en una posición incómoda porque sus pares lo miran con recelo. Ello propicia conductas perversas tales como calumnias, mentiras, abuso de poder, y un largo etcétera de malas prácticas que las gerencias toleran en pro de una paz social que creen amenazada por liderazgos inesperados y molestos. Algunos casos de mobbing  llegan a filtrase en los medios (sin recorrido), otros llegan al Defensor del Pueblo (suele mirar para la empresa), otros –no pocos– llegan a los juzgados (con buena suerte, en general). Son la punta del iceberg.

 

Maniobras en la oscuridad

Y es que un talón de Aquiles de la función pública española es su secuestro político. Por un lado, las diferentes autonomías, Catalunya al frente, se han ido apartando subrepticiamente del sistema funcionarial estatal, en parte por cuanto se estipula en sus estatutos, en parte por haber desarrollado sistemas paralelos de contratación laboral discrecional, tanto en la universidad como en los hospitales. La deriva partitocrática de nuestra democracia ha favorecido los nombramientos de personajes afines al pensamiento dominante, alineados con «los objetivos de la empresa».

Mi primer shock como profesional independiente lo tuve frente a uno de los diez gerentes de hospital con los que he lidiado a lo largo de mi carrera. Durante una de nuestras conversaciones, el Sr. X, en paz descanse, no tuvo pudor alguno en defender a un candidato a jefe de servicio porque este concurría apadrinado por un catedrático contribuyente de CiU que, a su vez, financiaba su carrera en el sector privado mediante un concierto lucrativo con su clínica. Ojiplático, quedé.

Eran los tiempos de la sociovergencia que tantos réditos dio a los afiliados a los dos principales partidos catalanes, a sus amigos y a sus familias. Además, la abundante concertación de servicios sanitarios representaba un entorno perfecto para componendas ajenas a la independencia y competencia profesionales y para la financiación irregular de las formaciones políticas siempre cortas de militancia.

 

El Principio de Peter (PP)

Supongo que el libro de Peter & Hull sigue siendo de lectura obligada en las escuelas de dirección de empresas; si no, debería serlo. Su mejor aval es que fue rechazado por más de diez editoriales antes de convertirse en uno de los mayores bestsellers de la historia y ser traducido a 14 idiomas. Su vigencia (escrito en 1969 y aún ahora en venta en Amazon) es asombrosa. La tesis central del PP es que los cargos jerárquicos suelen estar ocupados por personas que han alcanzado su nivel de incompetencia, con lo cual ni resultan eficientes en su trabajo ni tienen la posibilidad de progresar en su organización; actúan como un tapón, lo cual resulta en una grave perjuicio para el rendimiento y la calidad de la empresa, del partido político, o de cualquiera que sea la institución de la que se trate.

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También según el PP, eso no es bueno para la salud del funcionario porque, más tarde o más temprano, el sujeto acaba desarrollando el Síndrome de colocación final, un conjunto de síntomas orgánicos o psicosomáticos (infartos, piernas inquietas, ansiedad, insomnio) al que se añaden hábitos típicos de incapacidad tales como papirofobia (mesas de oficina limpias), papiromanía (mesas atiborradas de documentos estáticos), suspiros sin causa, discursos vacíos, hipercinesia, etc. Dicho síndrome es una de las causas más frecuentes de absentismo, bajas laborales y burn out.

 

El cambio de chaqueta

El funcionario receloso, consciente del problema en el que se encuentra, bien se cuida de trabajar a la sombra de un padrino condescendiente que ocupa una posición superior protegiéndole del síndrome de colocación final. El problema surge cuando el padrino pasa a ser subordinado de un cargo más elevado o bien, caído en desgracia, sufre un ascenso lateral con poco contendido (director de procesos, adjunto a la dirección, coordinador de eventos, director de comunicación, vicerrectorado florero, etc.) Entonces, siempre según el PP: «si su padrino no puede trepar más alto, debe usted encontrar otro padrino que pueda (…) Esté, pues, preparado para desplazar su fidelidad a otro padrino de rango superior al primero».

La discrecionalidad en los nombramientos acaba por deteriorar la función pública y perjudicar al ciudadano.

En entornos donde las altas jerarquías sufren recambios frecuentes, ya sea por obligaciones democráticas o por exigencias políticas, los funcionarios más avispados olfatean como nadie las posibilidades de nuevas alianzas para no ser removidos de su posición incompetente. En la práctica, eso se consigue mediante la constitución de lobbies, órganos de conspiración generados ad hoc que fijan posiciones ante supuestas amenazas. He sido testigo privilegiado de conspiraciones de este tipo en elecciones a rector universitario, decanos o jefes de servicios hospitalarios; conspiraciones que tienen como fin último mantener los privilegios de los lobistas. Como muchos directivos van y vienen siguiendo el reclamo de las puertas giratorias (la media de un gerente hospitalario no supera los 4 años), los lobbies opacos dirigen el cotarro desde los pasillos protegiéndose así de los cambios de aire.

 

Deterioro de la función pública

La cuestión, en sí, no es tanto la mayor o menor incompetencia del funcionariado, que por supuesto es relevante, como el hecho de que la discrecionalidad en los nombramientos acaba por deteriorar la función pública y perjudicar al ciudadano. Los estudiantes reciben información pero escasa formación, los profesores ignoran el juicio crítico y las jefaturas de servicio hospitalarias no ejercen con autoridad a cambio de que las jerarquías fingen ignorar los favores que reciben de las multinacionales sanitarias en forma de viajes, honorarios, congresos y cenas de Navidad. Como resultado, la productividad baja, las plantillas crecen y ello amenaza la tesorería de universidades y centros sanitarios eternamente endeudados y permanentemente quejosos por una supuesta falta de financiación.

La plantilla sanitaria en Catalunya ha aumentado un 25% en los últimos cinco años sin que haya habido un aumento significativo de la productividad.

Según datos del propio Departament de Sanitat, la plantilla sanitaria en Catalunya ha aumentado un 25% en los últimos cinco años sin que haya habido un aumento significativo de la productividad. En la enseñanza superior sucede algo similar: los favores y pactos políticos han disparado el número de universidades y de titulaciones (más de 400 solo en Catalunya), muchas de ellas sin estudiantes suficientes para cubrir gastos. Y para qué decirles lo que debe ocurrir en nuestra autonomía en sus 270-290 entidades públicas (IA, Gemini), récord absoluto en España.

 

Sobrevivir en la función pública: ‘tips & tricks’

No es fácil, pero a medida que uno va conociendo los entresijos de las entidades públicas desarrolla habilidades para construirse un nicho ecológico relativamente a salvo de maquinaciones e inquinas. No puedo sustentar estas con evidencias empíricas, pero su éxito viene avalado no tan solo por experiencia propia sino por los modos de comportamiento de cuantos, a mi alrededor, han desarrollado una carrera digna y evitado el burn out, auténtica endemia entre quienes se desempeñan a cuenta del estado.

Ahí van: 1) haz bien, muy bien, tu trabajo; 2) evita en lo posible las reuniones; 3) ten el menor número de jefes posible; 4) mantén un perfil bajo para no despertar envidias; 5) detecta el síndrome de colocación final en cargos jerárquicos; 6) colabora con los mejores de tu entorno; 7) evita colegas tóxicos; 8) defiende en todo lugar la dignidad y la independencia de tu labor; 9) padece con paciencia el maltrato pero defiéndete, y 10) nunca, nunca, nunca, te deprimas.