Hace unos días en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona se reunió un grupo muy diverso de personas para homenajear a Jordi Borja, a quien el Plenario del Ayuntamiento de Barcelona (con la abstención del PP y el voto en contra de VOX) había decidido otorgar la Medalla de Oro al Mérito Cívico. Un repaso a los diferentes perfiles de los asistentes nos podría servir para resumir la trayectoria política, académica y civil del personaje. Viejos militantes comunistas de la época de Miguel Núñez, compañeros de Bandera Roja, trabajadores de la Pegaso de Sant Andreu, urbanistas y geógrafos apasionados por la evolución de las ciudades, luchadores vecinales de muchos barrios de la ciudad, testimonios de muchos rincones de América Latina en donde Borja ha dejado huella, profesores universitarios y compañeros, algunos de los cuales mantienen el Máster de Urbanismo ideado por el homenajeado en la UOC. Y así podríamos seguir.
A menudo se ha dicho que Jordi Borja es el urbanista que ayudó a repensar Barcelona. Pero esta etiqueta, pertinente a la par que insuficiente, no logra capturar la densa trayectoria vital de un hombre que ha sido, sucesiva y simultáneamente militante antifranquista, arquitecto de las instituciones democráticas, teórico del urbanismo, asesor de gobiernos, educador de generaciones y, sobre todo, un ciudadano apasionado por la política y la ciudad en sus sentidos más auténticos.
Para comprender la importancia de Borja debemos situarlo en el contexto de finales del franquismo. A mediados de los años 70, España se acercaba con incertidumbre hacia la transición democrática, y las ciudades eran espacios físicos y sociales deteriorados. Barcelona, con su tejido industrial obsoleto y sus barrios marginados, necesitaba más que meras reparaciones: necesitaba un nuevo imaginario urbano. Y aquí emergió Borja, con la fuerza de su recorrido político e intelectual, su combinación de pensamiento y acción y la firme convicción de que la ciudad democrática no se hacía solo con un cambio de gobernantes.
Cofundador de Bandera Roja
La trayectoria política de Borja empieza en la universidad. En primero de carrera tuvo de profesor a Jordi Solé Tura, con quien acabaría compartiendo tantos episodios de lucha, compromiso y represión franquista. Se afilió al PSUC y en 1962 ya era un exiliado en París, donde pudo aprovechar para formarse en la Sorbona en Sociología y Estudios Urbanos con gente como Bourdieu. En 1968 vuelve a Barcelona y funda Bandera Roja con Solé Tura. Una organización pequeña pero que acabaría reuniendo y formando a personas con significativos recorridos posteriores. Entonces empieza a dedicarse a tejer las relaciones entre el movimiento vecinal, el movimiento obrero y las luchas urbanas. La mezcla de la política, el activismo y el pensamiento le lleva a crear el Centre d’Estudis Urbans Municipals i Territorials (CEUMT) que entre 1972 y 1986 constituyó un laboratorio de políticas urbanas y preparó el terreno de lo que sería, a partir de las primeras elecciones municipales democráticas de 1979, el auténtico think tank del municipalismo de izquierdas en Cataluña.
Crea el Centre d’Estudis Urbans Municipals i Territorials que entre 1972 y 1986 constituyó un laboratorio de políticas urbanas.
Todavía recuerdo su audacia al plantear las elecciones a concejales «por el tercio familiar» en el «Distrito IX» del Ayuntamiento de Barcelona en el año 1973, en pleno final del franquismo, como una experiencia para aprovechar la oportunidad que ese paripé representativo ofrecía como plataforma de movilización y sensibilización democrática en pleno corazón del actual distrito de Nou Barris. La candidatura de Rodríguez Ocaña permitió experiencias insólitas de debate y movilización que ya se habían puesto a prueba en las elecciones sindicales con Comisiones Obreras, pero que por primera vez se trasladaban al ámbito urbano.
Influencia en América Latina
Su incorporación como regidor en nombre del PSUC en el Ayuntamiento de Barcelona, junto a otro apasionado de los temas locales como era Pasqual Maragall, le dio la oportunidad de llevar a cabo muchas de sus ideas, convicciones e intuiciones. Borja no se limitó a gestionar el día a día. Intervino en la elaboración y la implementación del Plan General Metropolitano, la herramienta que permitió ordenar el crecimiento caótico de la gran Barcelona y recuperar espacios para la ciudadanía, de tal manera que hizo realidad la idea según de que el urbanismo era y es una herramienta clave en la recuperación del tejido social de la ciudad.
Bogotá, Medellín, Buenos Aires, Quito, Ciudad de México o Montevideo son espacios donde sus ideas han hallado un terreno fértil.
Más allá de su faceta política, Borja ha sido también capaz de desarrollar un importante corpus teórico que ha influido a muchas generaciones de urbanistas y a gobiernos de todo el mundo, especialmente en América Latina. Pero nunca ha querido ser un espectador ilustrado. Su obra se aleja de las abstracciones académicas y constituye un manual de instrucciones para la acción, mezclando constantemente reflexiones teóricas, valores de progreso e ideas concretas que poner en marcha. Como diría él: «se trata de aprender a medida que se va haciendo». Para entender más su trayectoria conviene leer el libro que ha escrito recientemente, Un puente. Ciudades, Universidades y Amistades, donde va mucho más allá de lo que sería una autobiografía: transita entre personas, lugares y peripecias personales, y está plagado de referencias, aportaciones teóricas y experiencias prácticas.
Sus muchos libros, como La ciudad conquistada, Luces y sombras del urbanismo de Barcelona o su tesis doctoral dirigida por Horacio Capel y convertida en libro, Revolución urbana y derechos ciudadanos, son piezas fundamentales para entender el pensamiento urbano contemporáneo. En ellos Borja argumenta con pasión que el espacio público es el escenario en el que se construye la ciudadanía, el lugar en el que la diversidad se vuelve visible y donde se negocia el conflicto. La ciudad, sus plazas y sus calles como parte de la infraestructura básica de la democracia.
Sus clases siempre son una mezcla constante de referencias teóricas, experiencias vividas y propuestas de acción. No pretende ser admirado como teórico.
Su convicción según la cual la ciudad debe ser un lugar habitable, bello y justo, ha transcendido a muchos otros rincones, llevando el espíritu de Barcelona a Latinoamérica. Bogotá, Medellín, Buenos Aires, Quito, Ciudad de México o Montevideo son lugares donde sus ideas han hallado un terreno fértil. Su capacidad para dialogar con realidades urbanas muy diversas, entender sus especificidades y adaptar los principios básicos del buen urbanismo le han convertido en una voz enormemente respetada en el continente.
Pasión cívica por la ciudad
Otra faceta especial de Borja es la de educador. Como profesor de la Universidad de Barcelona y de la UAB primero, y en los últimos años en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), ha tenido la capacidad de transmitir no solo conocimientos técnicos, sino una auténtica pasión cívica por la ciudad. Sus clases siempre son una mezcla constante de referencias teóricas, experiencias vividas y propuestas de acción. No pretende ser admirado como teórico. Pretende constantemente invitar a la reflexión crítica y a la acción informada. Y, por lo tanto, es polémico. A menudo lo hemos visto implicándose en los debates que Barcelona acostumbra a tener sobre su identidad, fisonomía, estructura y perspectiva de futuro. Por lo tanto, no es raro que, en los últimos años, desde la presidencia del Observatorio DESC, diera apoyo a la lucha contra la deriva turística, la especulación inmobiliaria y los desahucios que acabó llevando a Ada Colau y a Barcelona en Comú a la alcaldía de la ciudad. Pero sus críticas nunca han sido las de un nostálgico, sino las de un hombre que sigue creyendo que otra ciudad, más justa y más habitable, es posible.
Representa la figura del intelectual comprometido, la persona que ha sido capaz de traducir sus ideas en realidad tangible.
Creo que el legado de Jordi Borja no se puede medir solo en homenajes o premios, sino en la Barcelona por la que hoy caminamos y en su influencia en el urbanismo contemporáneo, sirviendo a la idea de que una ciudad debe servir a quienes la habitan. En un momento en el que las ciudades se enfrentan a retos formidables —la crisis de la vivienda, el cambio climático, la fractura social—, el pensamiento de Borja continúa siendo de una vigencia absoluta. Su defensa del espacio público como ámbito de sociabilidad, su apuesta por la democracia local y la participación ciudadana, y su visión del urbanismo como herramienta al servicio de la justicia social son brújulas más necesarias que nunca. La ciudad como «aventura de la libertad».
Síntesis entre ‘ville’ y ‘cité’
En el libro de Richard Sennett Construir i Habitar (Arcàdia), se plantea la tensión entre la ciudad construida (la ville) y la ciudad vivida (la cité). Por un lado, el conjunto de edificios, calles y plazas; por el otro, cómo vive, transita y hace suya la gente esta realidad física. Esta dicotomía no siempre está en concordia y equilibrio. La ciudad vive constantemente la tensión entre quienes la piensan desde la capacidad técnica, desde su saber racional, y quienes sienten y viven la ciudad desde su experiencia cotidiana. La síntesis la hallaríamos en la posibilidad de desplegar un urbanismo sensible. La habilidad de hacer ville sin limitar o complicar que siga funcionando esta cité ambigua, amoldable, cambiante. Desde mi punto de vista, la trayectoria de Jordi Borja ha buscado esta síntesis, este difícil pero imprescindible equilibrio.
En definitiva, Jordi Borja representa la figura del intelectual que ha sido capaz de traducir sus ideas en realidad tangible. Su vida es un recordatorio de que las ciudades no se construyen solo con ladrillos y hormigón, sino con visión, con coraje y, sobre todo, con una fe indestructible en la capacidad de los ciudadanos de decidir su futuro.



