Trump está abriendo diversos focos internacionales, el más inquietante de todos el asalto a Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro, pero también Groenlandia, con claras pretensiones anexionistas, Nigeria, con unos bombardeos difíciles de justificar, por el objetivo de atacar células terroristas ausentes. Y Gaza, con meridianas connivencias con el gobierno genocida israelí y con perspectivas de jugosos negocios inmobiliarios; Ucrania, con un patente posicionamiento a favor de las tesis de Putin y el posible reparto del territorio ucraniano, donde las tierras raras no son nada extrañas.

En todos estos frentes hay dos características definitorias. En primer lugar, el desvío de la atención de los problemas internos de los Estados Unidos, agraviados por la política trumpista. El crecimiento económico se ralentiza —a pesar de la fortaleza del último trimestre—, y empieza a haber tensiones en la inflación —por encima del 2% perseguido por la Reserva Federal—, al mismo tiempo que la contratación de empleo se ha debilitado. Hay que añadir, además, que la popularidad de Trump ha caído en picado, hecho destacado por medios como The New York Times y la CNN. Y, a su vez, en ciudades importantes de los Estados Unidos ha ido avanzando una ruidosa protesta contra la administración republicana, con resultados favorables para los demócratas.

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Pero el segundo elemento tiene claves claramente económicas. No se persigue el narcotráfico ni el terrorismo —estas son sendas excusas que suelen funcionar en la opinión pública—: se busca tener mejores accesos a fuentes de energía, materias primas y negocios particulares, familiares, del mismo presidente y de su entorno. En este contexto, algunos analistas han deslizado la posibilidad del estallido de un conflicto mundial, motivado por el enorme grado de incertidumbre y los movimientos espasmódicos de Trump, siempre imprevisibles. El tema se divulga para continuar generando temor en la población; pero resulta difícil aceptar, desde el plano económico, que una guerra de grandes dimensiones pueda estallar, por un motivo central: los beneficios empresariales van ahora mismo como un tiro, hecho que se refleja en los balances de las empresas y en los movimientos bursátiles. Sería poco inteligente generar desorden y destrucción cuando se está ganando tanto dinero en este escenario, si bien siempre puede haber, como decíamos, actitudes imprevistas e impetuosas de algún dirigente enloquecido.

 

Economía volátil en tiempos de incertidumbre

Veamos, a este respeto, unas consideraciones económicas. En primer lugar, Trump lo fía todo a la política arancelaria. En un primer momento, y atendiendo a las desequilibrantes propuestas del republicano, los análisis señalaban previsibles caídas en el crecimiento económico, un repunte de la inflación y el incremento del paro. Sin embargo, los cambios que se han generado en función de las respuestas dadas por los países afectados han hecho que las tasas arancelarias se hayan moderado bastante. Esto ayuda a explicar los resultados macroeconómicos de los últimos meses: un avance del PIB alrededor del 4%, a pesar de que se hacen patentes tensiones en los precios y una caída en la contratación.

En segundo lugar, el ataque constante y represivo a los centros de enseñanza superior y de investigación: recortes que superan los 2.500 millones de dólares y que inferirán la fuga de capital humano. Hay que recordar que a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos consolidaron su poder sobre unas bases fundamentales: la función de la inversión, la política tributaria —con elevados impuestos a los ricos— y el papel decisivo de las universidades y centros de investigación. El impulso de instituciones permitió el trabajo de científicos, intelectuales, economistas y pensadores humanistas, las aportaciones de los cuales apuntalaron el avance de la ciencia, del conocimiento, y se tradujeron con sus ramificaciones y derivadas en un aumento de la productividad al amparo de proyectos innovadores.

Un tercer factor es el enfrentamiento radical con la Reserva Federal, y con la figura de su principal gobernador, Jerome Powell. El dilema de Powell está claro, con los datos de paro e inflación en la mano: calibrar qué valora más en sus decisiones conjuntas con el resto del board de la Fed: mantener, subir o bajar los tipos de interés. En año electoral, Trump vuelve a reclamar bajadas relevantes de tipos: en mayo de 2026 tendrá la ocasión de colocar a un alto dirigente del banco central más afín a sus pretensiones. Todo ello atemoriza los inversores por la previsible pérdida de independencia del principal regulador financiero.

En cuarto lugar, la ausencia de un planteamiento de inversión pública, más allá del gasto militar; y recortes enormes en vivienda, sanidad y lucha contra el cambio climático (más de un 20%). Los anuncios propagandísticos que ha hecho el mandatario sobre inversiones multimillonarias corresponden a proyectos de carácter privado, no a gasto federal directo.

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Hay que destacar un quinto elemento, derivado de los cuatro factores anteriores: la riqueza de Trump prácticamente se ha triplicado desde que asumió la presidencia. Esta riqueza descansa sobre proyectos en criptomonedas con la connivencia de gobiernos extranjeros. A su vez, la confabulación con regímenes que disponen de fuerte liquidez de capitales —como Arabia y Qatar, por ejemplo—, facilita el establecimiento de negocios inmobiliarios entre el republicano y su entorno familiar directo y los proyectos inversores que se puedan materializar en Estados Unidos.

Los cinco aspectos que hemos delineado confluyen y promueven la incertidumbre, la volatilidad, el temor de los mercados y el incremento de la desigualdad, según las investigaciones más recientes de Branko Milanovic, Thomas Piketty y Gabriel Zucman. Esta inestabilidad se prolongará en 2026, espoleada, además, por las tensiones geopolíticas: un arma que Trump utilizará para camuflar la decadencia económica de los Estados Unidos frente a China. Este es, sin duda, el liderazgo emergente.