La ciudad de Venecia sigue determinada a escorarse cada vez más en el pasado y, a la vez, trata de mantenerse en el presente celebrando manifestaciones artísticas como la Biennale, que le permitan atalayar el futuro. La 59 edición de la Bienal de Venecia de Arte Contemporáneo, comisariada por Cecilia Alemani, parte el lema La leche de los sueños que en su momento formuló la artista surrealista Leonora Carrington para dar forma y título a su libro de cuentos, sueños y creaciones íntimas de historias que explicaba a sus hijos.

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La muestra, como indicó Alemani, estimula al visitante a plantear una serie de preguntas: ¿Cómo está cambiando la definición del humano? ¿Cómo se define la vida y cuáles son las diferencias que separan lo animal, lo vegetal, lo humano y lo no-humano? ¿Cuáles son nuestras responsabilidades con nuestros semejantes, con otras formas de vida y con el planeta que habitamos? ¿Y cómo sería la vida sin nosotros? Las obras expuestas muestran una cultura en fase de crisálida en la que se empiezan a distinguir los rasgos de la nueva criatura humana antes de que despliegue sus alas y eche a volar.

Presenciamos obras que bucean en lo híbrido, que muestran órganos en descomposición, robots y autómatas. Los artistas que participan en esta edición se inclinan por representar bosques quemados, territorios asolados; utilizan materia viva como la arcilla, la tela, el papel, la madera, la arena, la tierra y el hierro. La muestra es una apoteosis de la imagen que nos convoca a contemplar una metamorfosis, la eclosión de lo «trans», un repensar la identidad/entidades desde el arte. Una metamorfosis ante la cual el hombre intenta resistirse o colaborar, más que llegar a comprender, al notar que su cuerpo está siendo colonizado por artefactos y mutaciones.

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