La ciudad de Venecia sigue determinada a escorarse cada vez más en el pasado y, a la vez, trata de mantenerse en el presente celebrando manifestaciones artísticas como la Biennale, que le permitan atalayar el futuro. La 59 edición de la Bienal de Venecia de Arte Contemporáneo, comisariada por Cecilia Alemani, parte el lema La leche de los sueños que en su momento formuló la artista surrealista Leonora Carrington para dar forma y título a su libro de cuentos, sueños y creaciones íntimas de historias que explicaba a sus hijos.

La muestra, como indicó Alemani, estimula al visitante a plantear una serie de preguntas: ¿Cómo está cambiando la definición del humano? ¿Cómo se define la vida y cuáles son las diferencias que separan lo animal, lo vegetal, lo humano y lo no-humano? ¿Cuáles son nuestras responsabilidades con nuestros semejantes, con otras formas de vida y con el planeta que habitamos? ¿Y cómo sería la vida sin nosotros? Las obras expuestas muestran una cultura en fase de crisálida en la que se empiezan a distinguir los rasgos de la nueva criatura humana antes de que despliegue sus alas y eche a volar.

Presenciamos obras que bucean en lo híbrido, que muestran órganos en descomposición, robots y autómatas. Los artistas que participan en esta edición se inclinan por representar bosques quemados, territorios asolados; utilizan materia viva como la arcilla, la tela, el papel, la madera, la arena, la tierra y el hierro. La muestra es una apoteosis de la imagen que nos convoca a contemplar una metamorfosis, la eclosión de lo «trans», un repensar la identidad/entidades desde el arte. Una metamorfosis ante la cual el hombre intenta resistirse o colaborar, más que llegar a comprender, al notar que su cuerpo está siendo colonizado por artefactos y mutaciones.

Vemos el «torso» desnudo y ambiguo de Chiara Enzo, la mosca (Fly/eternity) de Jana Euler, las esculturas/órganos de Zsofia Keresztes (Afterdreams: I Dare to Defy the Damage) desafiando el dolor, las instalaciones cinéticas de Yunchul Kim que anuncian el mundo-laberinto, la naturaleza aséptica de Paolo Fantani en su obra Lympha, las mujeres-árbol de Rosana Paulino, las vetas de troncos recién cortados de Felipe Baeza, la chica luminiscente de Lu Yang o los robots de Geumhyung Jeong. La propuesta artística despierta perplejidad al comprobar que la crisálida hace más de un siglo que da forma a la nueva criatura humana, como podemos verlo en la obra de la artista médium Josefa Tolrà, cuyos dibujos, hechos en el momento del tránsito, muestran el fluido de una energía que genera una nueva realidad todavía por descubrir. No se trata de un proceso nacido en un arranque repentino, sino de una lenta y pausada migración de cuerpo de hombre a cuerpo de mujer, de mujer a hombre, de robot a planta, de planta a mujer, de bosque a tecnología y de la tecnología fusionada a la mente.

Muchas de las obras expuestas no convocan al ojo para ser contempladas, sino a las cámaras de los móviles para ser viralizadas por los medios.

Las preguntas que plantea Alemani van siendo respondidas por una estética de la mutación y por la denuncia de un mundo cada vez menos humano; un mundo donde el robot persigue el sueño de ser humano y donde los humanos anhelan fundirse con el robot. Muchas de las obras expuestas no convocan al ojo para ser contempladas, sino a las cámaras de los móviles para ser viralizadas en los medios. La realidad que nos presenta es un mundo en el que las habilidades cognitivas se hallan desacopladas, en proceso de colapso. La memoria, la atención, la percepción y el pensamiento están en fase de agitación, de abotargamiento, de excitación, de desconexión, de resistencia.

 

Malos augurios

La obra que mejor responde a las preguntas expuestas por Alemani es la de la artista Claire Tabouret, que se exhibe en el Palazzo Cavanis como acontecimiento colateral de la Bienal de Venecia y que lleva por título The Eclipse. La obra muestra a seis jóvenes que están mirando fijamente el cielo en un espacio indefinido, exterior, de una luminosidad verde y ocre. Las caras no son de sorpresa o impacto, sino de extrañeza y vacío. Están contemplando un eclipse. Sus miradas tristes nos conectan con el eclipse que, a su vez, nos conecta con la oscuridad que está a punto de irrumpir con malos augurios. El eclipse anticipa el final de la humanidad, concediendo un instante de belleza. La profecía es escuchada por seis jóvenes. El eclipse ya no es un espectáculo, una atracción del cielo; nos muestra la fractura de la armonía en el mundo.

Esta obra de Claire Tabouret en el contexto de la Bienal de Venecia adquiere un significado de alerta, del mismo modo que las crisálidas/metamorfosis que pueden verse en los pabellones de la Bienal nos advierten que la condición humana está a punto de cambiar. En la muestra de obras de artistas que participan a favor de Ucrania en el Palacio de la Misericordia, Damien Hirst nos ofrece otra vuelta de tuerca sobre la cultura crisálida. En su obra Butterflies and household gloss on canvas contemplamos una bandera de Ucrania en la que hay centenares de mariposas azules y amarillas que muestran la fragilidad y la fortaleza de estos insectos fascinantes, que simbolizan la transformación, la resurrección y la libertad. Venecia, la ciudad de los canales de aguas negras, de las sublimes y blancas iglesias, del arte, de la música sacra y de los turistas, es un impresionante escenario para tomar conciencia de que la crisálida, en su proceso de mutación, nos está mirando de la misma manera que nosotros contemplamos Venecia: como una cosa del pasado.