Carmelo de Barcelona, inspirado por Francisco de Asís
Enric Castells i Mas nace en Barcelona en julio de 1938, dos años después del estallido de la guerra y la revolución. Su padre es médico del Clínico. Familia católica, nueve hermanos. Su nombre de capuchino es Carmelo de Barcelona. Dentro de la orden, su maestro es Jordi Llimona. Estudia filosofía, teología, liturgia y biblioteconomía. De entre los muchos cargos que ha ejercido dentro de la provincia capuchina de Cataluña y Baleares, ahora que se acerca a los noventa años, conserva el de bibliotecario provincial. Empieza a ser antifascista jovencísimo, durante la huelga de los tranvías de 1951. El acontecimiento que más marca su vida es el Concilio Vaticano II. Participa en la Assemblea de Catalunya, en la Marxa de la Llibertat, en el Congrés de Cultura Catalana, en el Concili Provincial Terraconense… y en todas las conmemoraciones de la Capuchinada. En la última, recibió un gran aplauso de todos los estudiantes —ahora ya jubilados— reunidos en la misma sala de actos de los Capuchinos de Sarrià donde se creó el Sindicat Democràtic d’Estudiants de la Universitat de Barcelona.
La materia prima del periodismo es la actualidad, ¿no? Y los hechos históricos son de actualidad cuando se conmemoran con motivo de un aniversario redondo. Es el caso de la Capuchinada, recordada y celebrada cada diez años: 1976, 1986, 1996, 2006, 2016 y también este año. De los frailes que vivieron esos tres días de marzo del año 1966 en el convento de los capuchinos de Sarrià, el único superviviente con buena salud es Enric Castells. Entre los capuchinos, sois la memoria viva de la Capuchinada.
Mi protagonismo durante la Capuchinada fue limitado, pero sí, después me ha tocado hacer muchas veces de cronista de esos días, sobre todo entre los chicos y chicas de las nuevas generaciones.
Pero una cosa que debemos decir desde el principio es que la crónica más completa de este evento es el libro La Caputxinada de Joan Creixell (Edicions 62). Y también hay que decir que la mejor crónica de cómo lo vivimos los capuchinos es el libro La Caputxinada: frares compromesos amb el país i la llibertat de Clara Fons (Editorial Mediterrània).
Sesenta años después, podríamos llegar a la conclusión –¿no? – de que la Capuchinada fue obra de tres cosas a la vez: la audacia de los estudiantes, la acogida de los capuchinos y la incompetencia de la policía.
Sí, es un buen resumen.
Centrémonos en la acogida. Aquí destaca —mucho— la figura de Joan Botam (nombre de capuchino de Salvador de les Borges).
Hombre, ¡pues claro! Sin su serenidad, inteligencia y firmeza, las cosas no habrían ido así. Era nuestro provincial, o sea, la máxima autoridad capuchina aquí.
Vamos por partes. Un mes antes de la asamblea constituyente del Sindicat Democràtic d’Estudiants de la Universitat de Barcelona (SDEUB), todo el mundo conocía el día y la hora. El secreto era el lugar.
Sí, solo lo sabían unas pocas personas. La policía pensaba que sería en Montserrat y montó un despliegue inútil en la montaña y en el monasterio. A primera hora de la mañana del miércoles 9 de marzo, fray Ferran Aguiló y las dos chicas que habían hecho la solicitud legal para usar la sala de actos de los Capuchinos de Sarrià, Mariona Petit y Margarida Obiols, prepararon la sala para realizar el encuentro. Se llevaban a cabo tantos actos, en esa sala, que de entrada este hecho no llamó la atención a nadie.
«Los estudiantes demostraron tener mucho juicio; hicieron una cadena de información impecable que los dirigió a todos hacia el convento de forma discreta, caminando, de uno en uno.»
Los estudiantes demostraron tener mucho juicio (más que algunos famosos). Hicieron una cadena de información impecable que los dirigió a todos hacia el convento de forma discreta, caminando, de uno en uno. A las cuatro de la tarde del que sería el primer día de la Capuchinada —en aquel momento nadie la llamaba así— comparecen en el convento centenares de universitarios, chicos y chicas de buena familia; ellos con corbata, ellas con faldas largas. Poco después llegan los intelectuales y los artistas antifascistas invitados al encuentro, así como los profesores más comprometidos con los estudiantes.
Pero la policía acaba descubriendo el lugar…
Sí, pero cuando ya estaban dentro todos los participantes y la asamblea acababa de aprobar los estatutos del sindicato. La policía, aunque fuera tarde, se entera de la localización a causa del descuido de dos de los nuestros. Uno, Agustín García Calvo, hombre conocido y vigilado, viene de Madrid y cuando llega al aeropuerto coge un taxi y dice: «a los Capuchinos de Sarrià». El otro, Antoni Tàpies, decide acompañar con el coche a Salvador Espriu y Jordi Rubió; el problema es que su coche es un Mercedes espectacular y encima lo deja aparcado delante del convento. Pero cuando llega la policía, el SDEUB, en realidad, ya se ha constituido.
Entonces, la última en llegar a la fiesta es la policía. Llamarle fiesta no es una frivolidad —¿no? — porque, pese a que estar rodeados por los grises no es ninguna broma, los quinientos chicos y chicas presentes lo viven con la alegría propia de una fiesta. Una de las participantes, Montserrat Roig, en un artículo de 1976, recuerda: «Esos tres días de marzo fueron una isla de felicidad, de libertad y de democracia. Una isla pacífica y ordenada.»
La policía, de entrada, lo tiene fácil. Los grises son muchos: a pie, a caballo, en furgoneta, y los dirige Vicente Juan Creix, conocido por su brutalidad, que en un momento determinado llega a decir: «Ojalá este convento ardiera con todos dentro». La policía rodea el convento, pero no puede entrar porque el Concordato lo impide. Tampoco al vecino Liceo Francés, porque es territorio francés.
El Liceo Francés, por cierto, donde algunos frailes imparten clase, nos da apoyo decidido: tabaco, bocadillos, y sobre todo ánimos, con pintadas, diciéndonos cosas como «Aguantad. ¡Viva Cataluña! ¡Viva la libertad! ¡Viva el Barça!».
La Capuchinada propiamente dicha empieza con unas palabras de Joan Botam, ¿verdad?
Exactamente. Después de una breve reunión con Creix, que no da ningún fruto, el decano del Colegio de Arquitectos, Antoni de Moragas, en nombre de los reunidos, le dice a Joan Botam: «Padre, no hay nada a hacer; con las condiciones que la autoridad gubernativa nos impone no es justo ni honroso abandonar la sala».
El provincial mira a los frailes presentes y serenamente dice: «Desde este momento, ustedes, estudiantes e invitados, son huéspedes de esta casa».
¿Y qué viene después?
Entonces empieza un asedio medieval. Nos cortan el teléfono. Impiden la entrada de alimentos y de médicos. Intentan cortar el agua, pero tenemos un pozo. También tenemos huerto y despensa, pero tenemos que racionar los víveres, porque de repente hemos multiplicado por diez la gente a la que hay que alimentar. A la hora de dormir, los estudiantes se tumban en el suelo con papeles de periódico y una manta. Las comidas en el comedor, por facultades. Pero hay que ver lo bien organizado que funciona todo.
«La policía rodea el convento, pero no puede entrar porque el Concordato lo impide. Tampoco al vecino Liceo Francés, porque es territorio francés.»
El error —uno más— que comete la policía es que a los frailes nos dejan entrar y salir del convento y, en las capuchas del hábito escondemos todo tipo de mensajes, incluso en una ocasión se colaron los carretes para el fotógrafo que hizo posible que ahora tengamos una notable memoria gráfica de la Capuchinada.
¿Pero cuándo empieza vuestra Capuchinada personal?
A las nueve de la noche del miércoles, vuelvo al convento sin saber nada de lo que ocurría, me lo encuentro rodeado por la policía y, cuando iba a entrar, un policía me para y me dice: «¿Dónde va?». Y yo le contesto: «A casa». Pues claro: vestido con el hábito de los capuchinos, en la puerta del convento, a las nueve de la noche, ¿dónde quería que fuera? Así que entro al patio, oigo las voces de un montón de chicos y chicas cantando canciones del escultismo, acto seguido entro en el convento y los compañeros me cuentan lo que está pasando. Para mí es una sorpresa, pero es que la sorpresa continua es una constante a lo largo de toda la Capuchinada, que es un acontecimiento que nadie ha planificado.
El jueves 10 de marzo es el único día en el que todos os despertáis por la mañana y os vais a dormir por la noche dentro del convento. Capuchinada a jornada completa.
Sí. No sabemos que, al día siguiente, día 11 de marzo, al mediodía, entrará la policía en el convento de forma violenta, reventando las puertas y a golpes de porra.
Con la ausencia repentina de los participantes de la Capuchinada, entre los frailes, impera en el convento una sensación muy clara de vacío, que yo personalmente no viví, porque enseguida me activé como bibliotecario y tuve que recorrer todos los rincones del convento recogiendo todos los papeles y papelitos abandonados de forma precipitada con la entrada de la policía.
Una de las cosas más curiosas de la convivencia de aquellos tres días de marzo entre los frailes, de un lado, y los estudiantes, intelectuales y artistas, del otro, es aquello que podríamos llamar un descubrimiento mutuo. Yo diría que muchos de los participantes de la Capuchinada, hablando con nosotros, se quedaron más bien sorprendidos al encontrarse con hombres cultos con quienes podían mantener conversaciones interesantes.
La conmemoración de este año de la Capuchinada la ha organizado la asociación de rectores y rectoras de las universidades catalanas. El 9 de marzo, la sala de actos del convento rebosaba de los antiguos estudiantes de la Capuchinada, ahora con sesenta años más, que se dice pronto, acompañados de algunas personas más jóvenes, como por ejemplo el actual guardián (superior) de los Capuchinos de Sarrià, fray Eduard Rey, quien quiso subrayar que la acogida de 1966 no fue solo una obra de los capuchinos, sino también de la Iglesia.
Sí, ¡por supuesto! De hecho, durante esos tres días de marzo y, también, durante las largas secuelas—sobre todo judicial— de la Capuchinada, hubo una confrontación entre el poder político de la dictadura de Franco y el sector eclesiástico.
Por un lado, si vamos de abajo arriba, estaba el comisario Creix, que según él solo cumplía órdenes, y quizá fuera así, pero las cumplía añadiendo un plus de brutalidad de cosecha propia; después, el gobernador civil, Ibáñez Freire, muy beligerante, que de Joam Botam decía: «A ese provincialillo yo me lo cargo» y, pese a que en el último momento no lo consiguió, lo que quería era mandar al padre Botam al exilio; por encima de él, Camilo Alonso Vega, ministro de Gobernación, que por su personalidad áspera era conocido como Don Camulo; finalmente, el propio Franco, que en un consejo de ministros, muy cabreado, ordenó al ministro que acabara de manera urgente «con el problema de los capuchinos de Barcelona».
«Tuvimos el apoyo de la Iglesia catalana y la de Roma. Aún se respiraba el aire del Concilio Vaticano II, Pablo VI era un papa antifascista.»
El ministro ordenó enseguida el desalojo del convento y huelga decir que el comisario Creix cumplió la orden de buen grado. Pero claro: quienes habían infringido el Concordato eran ellos, no nosotros, de manera que fuimos nosotros los que denunciamos al Gobierno a los tribunales españoles, con los mejores abogados de Barcelona y de Madrid. El proceso duró años, fue complicado, sudamos la gota gorda, pero logramos dejar las cosas claras y Joan Botam no solo no tuvo que marcharse al exilio, sino que fue reelegido como provincial.

Enric Castells fotografiado en el convento de los Capuchinos de Sarrià. Fotografía de Jose A. Santos.
¿Y por parte de la Iglesia?
Pues sí. Tuvimos el apoyo de la Iglesia catalana y la de Roma. Aún se respiraba el aire del Concilio Vaticano II, Pablo VI era un papa antifascista. El procurador general de los capuchinos cerca del Vaticano, Gian Battista Farnese, apoyó a Joan Botam y a los capuchinos de Sarrià y vio claro que la Capuchinada había sido un acto antifascista como los que él recordaba contra Mussolini. En Cataluña, muchas parroquias y movimientos cristianos, pero también las demás órdenes religiosas y los monasterios nos dieron claramente su apoyo.
¿Y el obispado de Barcelona?
Los capuchinos no somos curas diocesanos, pero la posición del arzobispo de Barcelona, Gregorio Modrego, en plena dictadura de Franco, en la época del nacionalcatolicismo, pesaba mucho. La verdad es que no se volvió en contra nosotros, más bien nos dio su apoyo. Él era un hombre del régimen de Franco, había sido coronel castrense y procurador de las Cortes del régimen. Pero se negó claramente, ante el gobernador civil, a avalar la entrada de la policía en el convento, y no desautorizó en ningún momento la actuación de Joam Botam.
«Aquí, después de la Capuchinada, a los frailes capuchinos, hasta nos aplaudían por la calle.»
¿Por qué lo hizo? Por la suma de diferentes razones. Una, es que quería respetar la legalidad vigente, que era el Concordato, que nos favorecía. Otra, es que defendía la autonomía de la Iglesia. Y una más, es que, aunque era de origen aragonés, llevaba tantos años en Cataluña que había hecho suyo el país, hasta el punto de que a veces decía: «En Madrid no nos entienden». Pero, sobre todo, porque, a ver, dejar la sala de actos anexa al convento a un grupo de chicos y chicas bien educados para que hagan una reunión tranquila para aprobar los estatutos de una entidad pacífica, como es un sindicato de estudiantes, ¡no es ningún crimen!
También sufristeis reacciones hostiles…
¡Por supuesto! Pero sobre todo procedentes de fuera de Cataluña; aquí después de la Capuchinada, a los frailes capuchinos, hasta nos aplaudían por la calle. Pero la prensa y la radio más falangistas de Madrid nos dijeron de todo. Por ejemplo, por el hecho de que en la Capuchinada participaran una setentena de chicas estudiantes, llegaron a escribir y a decir barbaridades, como por ejemplo presentar la Capuchinada como una especie de orgía sexual. «Un prostíbulo» dijo un periódico de Madrid. Pero, a la larga, pesan más los apoyos que las críticas.
Sí, de hecho, los antiguos estudiantes que intervinieron desde el escenario en el acto del día 9 de marzo, que fueron Andreu Claret, Quim Boix, Joan Colom, Andreu Mas-Colell, Maria Lluïsa Penelas y Carlota Solé, coincidieron todos en expresar el agradecimiento a la comunidad capuchina (aunque uno quiso precisar que, pese a la simpatía hacia los capuchinos, él continuaba siendo ateo).
Y ahora la típica última pregunta de una entrevista periodística: ¿quiere añadir alguna cosa que no haya dicho?
Sí. La Capuchinada es irrepetible. El mundo universitario de aquel entonces estaba a años luz de la actual Universidad. Los tiempos han cambiado. Han cambiado los estudiantes. Han cambiado los profesores. Ha cambiado el clima social. Ha cambiado que antes solo había una Universidad, y ahora hay muchas. El clima social, aparte de ser diferente, ha perdido comba, no tiene el empuje que tenía. Sobre todo, se echa de menos el clima esperanzador de entonces. Y, encima, vivimos esta inclinación hacia la derecha que es verdaderamente preocupante.
Cambiemos de tema, pero sin movernos del patio de entrada a los Capuchinos de Sarrià. Hay dos inscripciones que se miran frente a frente. Una, al lado de la entrada de la sala de actos, conmemora la Capuchinada de hace sesenta años. La otra, al lado de la entrada de la iglesia, recuerda el martirio de una treintena de capuchinos hace ahora noventa años. Es la cara y la cruz de los Capuchinos de Sarrià, ¿no? Hablemos de este otro aniversario.
Nosotros mantenemos viva la memoria de la Capuchinada, pero evidentemente también la memoria de los capuchinos mártires. El anticlericalismo desbocado de los llamados incontrolados, que eran más que nada hombres de la FAI, entre julio del 36 y febrero del 37 mató de forma brutal a una treintena de capuchinos, que no habían hecho daño a nadie, únicamente por su fe cristiana.
Esto no surgió de la nada, claro. Estaba el precedente de la Semana Trágica de 1909. El odio contra los curas, los monjes, los frailes y las monjas hacía años que lo alimentaba cierta prensa y ciertos políticos, como por ejemplo Alejandro Lerroux.
Ya hace años que los compañeros mártires fueron beatificados y también hace años que disponemos de un libro que habla de esto, la obra de fray Eduard Rey con el título Testimonis de sàvia ingenuïtat y subtítulo Els frares caputxins màrtirs a Catalunya en temps de la guerra civil.
Además, en el altar que tenemos en la iglesia entrando a mano izquierda siempre tenemos estampas con la imagen y el resumen de la vida y la muerte de estos compañeros.
A menudo, el problema de las víctimas es la despersonalización. Si hablamos de los treinta capuchinos asesinados se convierten en una mera cifra… De manera que tengo una idea, inspirada en una cosa que hacía Maria Aurèlia Capmany —por cierto, una de las mujeres que participaron en la Capuchinada— en sus conferencias sobre el franquismo. Para enfatizar en lo largo que fue, decía muy lentamente y con su voz clara: «la dictadura de Franco duró todo el año 1939 y el año 1940 y el año 1941…» y así iba diciendo todos los años, uno a uno, hasta acabar «y el año 1974 y el año 1975». Pues podríamos decir, uno a uno y con respeto, los nombres de la treintena de capuchinos mártires (sus nombres de fraile, que es lo que se estilaba entonces).
Venga. Josep Oriol de Barcelona. Frederic de Berga. Modest de Mieres. Zacaries de Llorenç del Penedès. Remigi de Papiol. Anselm d’Olot. Benigne de Canet de Mar. Josep de Calella de la Costa. Martí de Barcelona. Rafael Maria de Mataró. Agustí de Montclar de Donzell. Doroteu de Vilalba dels Arcs. Alexandre de Barcelona. Tarsici de Miralcamp. Vicenç de Besalú. Timoteu de Palafrugell. Miquel de Bianya. Jordi de Santa Pau. Bonaventura de Arroyo Cerezo. Marçal de Vilafranca del Penedès. Eduard d’Igualada. Pacià Maria de Barcelona. Àngel de Ferreries. Cebrià de Terrassa. Eloi de Bianya. Prudenci de Pomar de Cinca. Feliu de Tortosa. Domènec de Sant Pere de Riudebitlles. Benet de Santa Coloma de Gramenet. Carmel de Colomers. Todos mártires. Todos beatificados. Todos recordados.
Si le parece bien, ponemos punto final con el lema franciscano: pax et bonum.
Sí, paz y bien.



