Retratista de una época

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) perdió a su madre en 2018. Y entonces se activó la memoria. El resultado, Ropa de casa, su último libro, donde revisa el niño que fue, la muerte del padre, el joven lector, su llegada a Barcelona, sus primeros pasos como escritor. Sin embargo, Ropa de casa es también el retrato de una época, una pieza más del universo literario de Martínez de Pisón, obstinado en testimoniar la realidad. Ya lo hizo así en otras obras, como Castillos de fuego, mejor novela de 2023, en la que el escritor aragonés abordó la posguerra española, o La buena reputación, que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa de 2015, un retrato del mundo judeo-español en Melilla en la época del Protectorado. En la redacción de política&prosa, alrededor de una mesa circular y resguardados de un día caluroso, Martínez de Pisón responde a la primera pregunta con la afabilidad de siempre.

 

Sí. Me pareció que tenía que ordenar no solo mi pasado, sino también el de mis padres. De hecho, nunca se me había ocurrido mirar en qué había consistido la carrera militar de mi padre, de si había hecho algo de lo que yo no pudiera sentirme orgulloso. En fin, cuando muere alguien importante en tu vida, algo se desata: el recuerdo, la historia familiar…

 

Sin embargo, en Ropa de Casa, la mirada al pasado no solo se limita al ámbito familiar, sino que incorpora el retrato de una época y de una generación, la suya, aquella instalada en el marco de la Transición.

A diferencia de la generación anterior, más politizada, la mía no lo estaba tanto; quizá, se politizó un poco a raíz del 23-F, pero lo que queríamos era impugnar aquella generación que había antepuesto la política a todo lo demás. Al fin y al cabo, cuando Franco murió, nosotros rondábamos los 15 años, y en el referéndum de la Constitución, yo estaba ya a punto de cumplir los 18 años. Entonces, en el 77, hubo una desmovilización muy rápida, justo cuando se concedió la amnistía. Lo curioso es que habíamos crecido en una época donde la política era muy importante, y eso, en cierta manera, no termina de perderse. Por ejemplo, aunque disfrutaba escuchando Radio Futura y La Movida ya enterraba a los cantautores, a mí me seguía gustando Paco Ibáñez.

 

¿Y, luego, a medida que el país avanzaba?

Luego, parecía que la política funcionaba en piloto automático, como si el mundo rodara más estructurado; una etapa en la que iba a gobernar el PSOE durante unos cuantos años para modernizar el país y, después, dar paso una alternancia bastante razonable del PP y el PSOE. Ya hemos visto, más tarde, que la cosa ha sido mucho más complicada, sí, pero, en aquellos años de juventud, el futuro se contemplaba como algo bastante estructurado, y la política como algo que ya no merecía tanta dedicación. Sin embargo, años después, me politicé un poco a causa del procés, que me dejó fuera de lugar. Jamás había imaginado que, en Cataluña, donde todos los catalanes tienen un abuelo andaluz o extremeño o aragonés, de repente, se nos obligara a elegir qué identidad ser, como si debiéramos tener una identidad unívoca. ¿Antes del año 2010 era tan importante la identidad? No, no lo era. Pero, cuando, al fin, Cataluña se tranquiliza, España y el mundo se vuelven histéricos.

 

«En aquellos años de juventud, el futuro se contemplaba como algo bastante estructurado, y la política como algo que ya no merecía tanta dedicación.»

 

¿Esa nueva etapa que abría la Transición pedía una nueva generación de escritores?  ¿Cómo fue ese momento?

De un día para otro, el lector español deja de interesarse por el pensamiento político y regresa a la narrativa. Jorge Herralde lo olisqueó a tiempo y puso en marcha una colección de narrativa extranjera traducida que empezó a funcionar muy bien, adaptando ese modelo a la literatura española y a la latinoamericana. Y entonces llegamos algunos y llenamos ese hueco muy grande que debía ocuparse; y se nos acogió con alborozo, porque el nuevo tiempo pedía escritores que representaran esa nueva sociedad que emergía. Y como yo, llegaron tantos otros: Enrique Vila-Matas, Muñoz Molina, Julio Llamazares, Cristina Fernández Cubas…

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Escritores que empezaron alrededor de los años 80 y 85.

Sí, y que nos vimos convertidos en portavoces de una nueva sensibilidad que tenía que responder a un tiempo nuevo. Ahí se produjo cierta injusticia, porque se borró de un plumazo todo lo bueno que se había hecho antes. En cierta manera, se pretendía cancelar el pasado y mostrar una imagen de una España moderna, cuando, en realidad, recién entrábamos en Europa y andábamos los primeros pasos de la democracia. En fin, hubo un gran cambio sociológico que produjo una masa de lectores que permitió profesionalizarnos. Y así empezamos a abrir un territorio nuevo, a pesar de tener ya precedentes bien claros, como Mendoza, que ya había abierto una puerta que cruzamos tantos de nosotros.

 

Habla de Mendoza que, frente al experimentalismo de aquellos años, devuelve la novela al cauce del realismo. Pero, querría preguntarle si, hoy día, en la era digital, cuando la realidad está tan devaluada, el realismo sigue siendo vigente. 

Creo que sí. La literatura explora la época que nos toca vivir y lo triste sería pensar que vivimos en una sociedad que no merece ser contada. La España de la Transición y la posterior me parecen lo bastante interesantes como para que podamos inspirarnos en ellas y contar nuestras vidas. Hay una tradición de escritores que no nos limitamos a la introspección, sino que recogemos una tradición decimonónica para contar la vida de los demás. Galdós nunca escribió sobre sí mismo, por ejemplo.

 

Ni Delibes ni Josep Pla.

Ni Almudena Grandes, otra escritora de tradición realista. De hecho, yo, de joven, no me consideraba realista, pero, descubrí que sí, que me gustaba el realismo. Leía con entusiasmo a Raymond Carver, que me contaba cómo era la sociedad norteamericana, o John Cheever, y tantos otros. Y si lo piensas, el realismo, tantas veces dado por muerto, está más vivo que nunca. No hago apostolado, no, pero me parece necesario un tipo de novela que da testimonio de una época y de una sociedad.

 

Por lo tanto, ¿la novela no ha muerto?

No sólo no ha muerto, sino que además como género sigue teniendo mucho más éxito que cualquier otro. El cine, por ejemplo, podría haber sido poesía, ensayo o cualquier otra cosa, y, sin embargo, en un momento dado, el cine decide adoptar las estructuras de la vieja novela decimonónica.

 

Quizá, porque nuestra cabeza funciona narrativamente, con inicio, nudo y desenlace.

Sí, es la manera de interpretar la realidad, de poner en orden la vida y de buscarle un sentido, y eso sigue latiendo en la novela.

 

Aunque el género formalmente haya cambiado tanto desde sus inicios.

Sí, por supuesto, porque todavía mantiene los rasgos comunes básicos, como el entretenimiento, el hacerte pensar, la búsqueda de la complejidad del alma humana, la identificación del lector… Muchas veces el lector lee no para saber lo que les pasa a los personajes, sino para saber qué le pasa a él mismo. Nos reconocemos en los libros, en las historias de los demás, y, entonces, te das cuenta de que formas parte de algo más grande que se llama la humanidad.

 

Volviendo a la Transición, ¿cree que se ha hablado lo suficiente a las nuevas generaciones de aquel momento?

No mucho. Mi familia era de derechas y en casa hablábamos poco de la guerra civil. Luego, en otras casas de familias republicanas, también se hablaba poco, aunque fuera por otros motivos. Al fin y al cabo, evitamos recordar los malos momentos. De la Transición tampoco se hablaba mucho hasta que Podemos llegó y abrió la discusión sobre si se había hecho bien o no. La Transición debe ser discutida, como todo, y ahora que ya han pasado años suficientes para adquirir una perspectiva debe ser juzgada en términos históricos. Yo me siento más orgulloso de la generación que supo solucionar los problemas negociando en una mesa que aquella del 36 que se mató a tiros. ¿Que la Constitución es mejorable? Claro que lo es. ¿Que se hizo todo con lentitud y torpeza? Sí, y también con un precio en sangre y violencia que tendemos a olvidar; pero también sabemos que no ha habido un periodo tan prolongado de paz, de libertad y de convivencia pacífica. Y con la suerte de estar en Europa.

 

De hecho, comenta que la entrada en Europa fue uno de los grandes acontecimientos de su vida.

Sí, lo fue. En pocos años, avanzó la condición de la mujer, la extensión de derechos, la generalización de la educación gratuita, de la sanidad… De repente, nos convertimos en un país europeo homologable a todos los demás. En fin, que un español de mi generación no supo lo que era el estado del bienestar hasta que ya tenía 30 años. Uno se da cuenta de lo que ha costado llegar hasta aquí, sí.

 

«Se llegó al absurdo de tener un presidente legitimista en el exilio, aunque ya nadie sabe qué hacer con él. Espero que regrese y lleve una vida normal.»

 

Ha hablado de Podemos y de la Transición, y al inicio de la conversación, del procés. ¿El Procés fue una impugnación del sistema de 1978?

Se vendió ese relato, pero Cataluña siempre fue una defensora de todos los avances constitucionales. El referéndum aquí tuvo un apoyo gigantesco. Estoy seguro de que Artur Mas votó a favor de la Constitución. En apariencia, Cataluña era una comunidad bastante bien encajada, sí, y rica, sin motivos de queja. Pero, cuando empieza la sala de máquinas del procés, se hincha el inventario de agravios. El catalanismo se había pensado como un espíritu reformador, hasta que vino el procés. A Cataluña se la admiraba, como si los catalanes fueran los más listos de la clase, pero, luego se vio que no lo eran tanto, porque, si montas algo tan chapucero como el procés, igual resulta que no estás capacitado para gestionar muchas cosas, ¿no? Incluso, se llegó al absurdo de tener un presidente legitimista en el exilio, aunque ya nadie sabe qué hacer con él. Espero que regrese y lleve una vida normal. El prestigio de Cataluña se dilapidó con este narcisismo propio del nacionalismo identitario.

 

Algunos lo justificarán argumentando que ya se habla catalán en el Congreso de los Diputados.

Mientras el debate consista en defender la lengua, no habrá debate, porque todos estamos a favor de defenderla. Una de las buenas cosas fue la inmersión, la escolarización en catalán, sí. Luego resulta que si una panadera habla en español alguien se enfada, pues, qué decir. En fin, si lo contemplas en perspectiva, el catalán, nunca había tenido una defensa institucional y política como la actual, con tantos medios de comunicación públicos y privados.

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Barcelona Districte 4.0. Anticipem el què, el com i l'on de la reinvenció

 

Hábleme de aquella Barcelona a la que usted llega desde Zaragoza. La retrata en el libro. Habla de la relación entre escritores, de la sala Zeleste…

Éramos jóvenes, queríamos comernos el mundo, íbamos todos en el mismo barco y se vivía con celebración. Al final, más que en Zeleste, terminábamos la noche en la Sala Bikini. Fueron años de descubrimiento.

 

El escritor Ignacio Martínez de Pisón en Barcelona. Fotografía de José A. Santos Cardosa

El escritor Ignacio Martínez de Pisón en Barcelona. Fotografía de José A. Santos Cardosa

 

¿Cuándo cerraron la Sala Bikini?

Yo todavía no tenía ni 30 años. Me parece que en el 90 o 91. Yo no le echo la culpa a los Juegos Olímpicos, no. Fueron años gloriosos. Desde los Juegos Olímpicos, Barcelona es una ciudad mejor urbanizada y desarrollada, con problemas nuevos que entonces no existían. Al final, lo que echamos de menos no es tanto aquella ciudad como nuestra juventud.

 

Dice que iban en el mismo barco. ¿Suena a que se perdió cierta camaradería?

Es un proceso natural. A partir de los 90, algunos escritores empezamos a vernos menos. Alguna vez, si nos encontramos por la calle, hablamos un ratillo y ya está. Con quien tuve más relación y la mantengo fue con Vila-Matas.

 

¿Dónde sigue residiendo el encanto de Barcelona? Pasó la Barcelona del boom, la del 92, la post-olímpica, la del procés…

Si tanta gente quiere seguir viviendo en Barcelona, será por algo, ¿no? Aquí, la vida es amable y suave, sin demasiado estrés; no es una ciudad exageradamente grande, el entorno es bueno… Yo llegué en el 82 y me sentí a gusto enseguida. Madrid es más frenética, y Zaragoza, más provinciana. Al final, Barcelona fue la ciudad que me gustó. Solamente durante el procés estuve a punto de irme. ¿Cómo era posible que, después de 30 años viviendo aquí, tuviera ganas de marcharme? Pensé, primero, que me convertiría en un ciudadano de segunda; y, luego, que no me hubiera gustado una Cataluña surgida de todo aquel fanatismo y narcisismo.

 

Barcelona, sus equilibrios con el resto del territorio, las tradiciones que la configuran…

Sí, porque ambas lenguas y tradiciones culturales han estado siempre unidas. Lo que pasa es que Barcelona es una cosa y el resto de Cataluña, otra muy distinta. Hay un territorio común entre Josep María de Sagarra e Ignacio Agustí, a pesar de que uno escribía en catalán y el otro, en castellano. De hecho, hay una especie de acuerdo tácito en crear una Barcelona literaria cuyo resultado es algo postizo, como de revista de viajes. Y luego está la otra Barcelona, más real, la de barrio, la de Juan Marsé, donde nadie va al Liceo y la vida pasa por el Guinardó. Y a mí me gustan las dos. La ciudad no es solo lo que dijo Juan Benet de que Barcelona son dos señores saludándose por Las Ramblas, no; sino que hay más horizonte, mucho más, que Marsé y otros escritores ayudaron a ampliar.

 

«Está la otra Barcelona, más real, la de barrio, la de Juan Marsé, donde nadie va al Liceo y la vida pasa por el Guinardó.»

 

Aquí aparece el debate de los escritores en catalán que escriben en castellano.

Sí, hubo aquel debate sobre quiénes eran los escritores catalanes; pero un autor que escribe en castellano, pero es catalán, e incluso, aunque escriba sobre temas catalanes o barceloneses, si lo excluyes, ¿de qué cultura forma parte? ¿de la cultura magrebí o de qué? Es que a mí me gustaría que hiciéramos como los franceses, que todo lo quieren para ellos. Hubo algún escritor que dijo, «no, no, yo quiero considerar catalán a Roberto Bolaño». Y es verdad, tiene razón, porque, la mayor parte de su carrera y de su vida se desarrolló en Cataluña. He ahí un catalán integrador, sí, que no solo no expulsa, sino que integra a quienes tienen rasgos pocos reconocibles.

 

«Barcelona es la puerta de entrada a Europa de lo mejor que ha dado la literatura en español de los últimos 70 años.»

 

Lo que sorprende de Barcelona es la capitalidad editorial: Jorge Herralde, Tusquets, Carmen Balcells… ¿La mantiene todavía?

Sí, quizá un poco menos, pero la sigue teniendo. Cuando empezó el procés, Lara decía, «bueno, es que sería absurdo tener la capitalidad editorial en una lengua, y estar en un país que excluyera el castellano. En ese caso, me tendría que ir». Y habría sido realmente un contrasentido, sin duda. Todavía Barcelona mantiene todo el prestigio de ser la ciudad que ha hecho de puente entre Latinoamérica y España. Es decir, que Barcelona es la puerta de entrada a Europa de lo mejor que ha dado la literatura en español de los últimos 70 años.

 

Háblame de Carlos Barral y de Jorge Herralde. Les dedica algunas páginas en Ropa de casa.

Para mí, Carlos Barral es un personaje mítico. Lo traté unas cuantas veces en La Espineta, en Calafell. Con Jorge Herralde, en cambio, tuve mucha relación, desde el 84, cuando aceptó publicar mis cuentos; incluso, después de irme de Anagrama, en 2005, mantuvimos nuestra amistad. Para mí sigue siendo un referente. Lo que hizo Jorge Herralde… Si él no hubiera existido como editor, nos daríamos cuenta del enorme vacío que habría. Una persona muy sagaz, bien informada, atenta a lo nuevo y a lo que interesaba; y así él iba formando el gusto del público, como si les dijera a los lectores «si queréis ser cultos y estupendos, tenéis que leer Anagrama. Lo vais a hacer, ¿no?» Y Anagrama consiguió convertirse en la bandera del futuro.

 

«Si Herralde no hubiera existido como editor, nos daríamos cuenta del enorme vacío que habría. Anagrama consiguió convertirse en la bandera del futuro.»

 

Para terminar, uno contempla cierto grupo aragonés en el panorama cultural, algunos de ellos muy reconocidos en el paisaje de Barcelona, ¿no? Desde padre Blecua e hijos, José Manuel y Alberto, hasta Irene Vallejo, Gabriel Sopeña, Martínez de Pisón, Javier Tomeo…

Aragón solo es un 3% de España, pero tiene algo curioso, que es muy urbana, porque Zaragoza lo concentra todo. Quizá ayude a explicar lo del grupo aragonés. Es decir, Aragón es una región desierta con un núcleo en el medio que tiene 800.000 habitantes, y varias generaciones de gente han vivido en Zaragoza. En comparación con los pueblos, donde habitan quizá 80 personas, la capital es grande. Hay una universidad muy buena, donde han pasado grandes figuras, como Aurora Egido, entre otros. Yo me sentí un privilegiado de recibir clases de mis profesores, sí, e imagino que Irene Vallejo, Sara Barquinera y otros han pasado por esas aulas. Los Blecua y José-Carlos Mainer ya eran esos sabios de una cultura antigua.