Confieso que en este momento me gustaría tener una bola de cristal para saber si Donald Trump ganará la reelección pues hay que reconocer que las cosas han cambiado a velocidad de vértigo a lo largo de este año. Hace apenas seis meses, antes de la pandemia del covid-19, tras el fracaso del proceso de destitución (Impeachment) que los Demócratas intentaron contra él, con una economía que iba viento en popa y el desempleo en mínimos históricos, parecía que Trump tendría fácil la reelección, que la conseguiría sin despeinarse. Pero eso era hace seis meses.

Ahora, con la pandemia haciendo estragos, con el desempleo disparándose a cifras que recuerdan las de 1929, con la gente perdiendo el seguro médico al mismo tiempo que el puesto de trabajo, y con el estallido de graves disturbios raciales que se han extendido con rapidez por todo el país tras una nueva muerte de un hombre de color detenido por la Policía, el emperador ha quedado desnudo.

Trump no ha sabido gestionar ninguno de estos problemas, no ha ofrecido liderazgo ni doméstico ni internacional, no ha estado al nivel que se espera de un presidente de los Estados Unidos y por eso su popularidad, que nunca ha sido grande (recuérdese que perdió el voto popular en las elecciones que le llevaron a la Casa Blanca) hoy está en el 39% y ningún presidente desde Truman ha ganado con un respaldo popular por debajo del 40%.

Y lo peor es que cuando le preguntan cuál va a ser su política durante los próximos cuatro años para enfrentar estos graves problemas, Trump es incapaz de contestar nada coherente que anime a votarle, mientras sus últimos discursos se limitan a polarizar aún más al electorado y a levantar fantasmas de conspiraciones de «fascistas de extrema izquierda» que según él desearían destruir la democracia norteamericana, o recurrir a la llamada Southern strategy que consiste en tratar de atraer a los votantes blancos a base de enfocar el discurso en cuestiones raciales, una estrategia que inventó Nixon, le sirvió a Reagan y a Bush pero que hoy ya no parece tan eficaz, probablemente porque el país ha cambiado.

Su comportamiento da la razón a las críticas de ineptitud que con muy poca elegancia le ha lanzado John Bolton en su reciente libro, una ineptitud que muchos sospechábamos pero que ahora ha quedado expuesta a la luz del día.

Su rival electoral es Joseph Robinette Biden, un abogado de 77 años que no anda sobrado de carisma aunque afortunadamente tampoco suscita el rechazo de Hillary Clinton, y que actualmente lleva más de diez puntos de ventaja (ABC le da quince) sobre el presidente según la mayoría de las encuestas de opinión. Lo más grave es que Trump pierde en estados que fueron determinantes en su elección hace cuatro años como Michigan, Wisconsin o Pennsylvania, y pierde también por goleada en Arizona, un feudo donde los Republicanos han vencido en once de las doce últimas elecciones.

Biden lo hace bien con las minorías, las mujeres y los hombres blancos con mayor educación. La sorpresa es que al parecer también gana apoyos entre los blancos con menos estudios que hace 4 años dieron la victoria a Trump. Y, además, mientras el número de los votantes blancos está prácticamente estancado, Biden lo está haciendo muy bien con las minorías pues su respaldo crece entre los negros que votaron a Clinton en una aplastante proporción de 9 de cada 10 y, sobre todo, entre los hispanos, dos tercios de los cuales también votaron ya por Clinton. Y son precisamente esas minorías las que más crecen en términos demográficos.

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Es importante empezar a conocer a Joe Biden por si finalmente gana el próximo 3 de noviembre. De entrada, se podría pensar que cuenta con amplia experiencia tras haber sido vicepresidente con Barack Obama, pero ese es un puesto de relumbrón y de

escaso contenido. Creo que fue el presidente Coolidge que decía que tenía dos amigos: uno se embarcó en un viaje a un país lejano y el otro fue nombrado vicepresidente de los Estados Unidos. Y añadía que nunca volvió a tener noticias de ninguno de ellos.

Más experiencia le ha dado ser senador durante nada menos que treinta y seis años, que se dice pronto, por el estado de Delaware, lo que garantiza un buen conocimiento del funcionamiento de las cámaras legislativas, pues tiempo ha tenido para ello. Pero no es un hombre de verbo inflamado o que entusiasme a las masas, su carisma nunca ha sido grande y ahora que con la edad se ha sometido a operaciones de cirugía estética rejuvenecedora, su cara ha perdido expresividad.

La esperanza es que su llegada a la Casa Blanca traiga cambios importantes: en política interna podría continuar con el legado de Obama y trabajar a favor de un seguro médico universal, algo que Trump ha intentado sin éxito revertir, y también tratar de rebajar la fuerte polarización de la sociedad norteamericana con políticas menos divisivas y que busquen el apoyo bipartisano en el Congreso, sobre todo en asuntos como la forma de combatir la pandemia y los daños económicos aparejados a ella.

También ha anunciado que aumentaría los impuestos a las rentas más altas y que reforzaría la protección medioambiental con el regreso de los Estados Unidos al Acuerdo de París sobre el Cambio Climático. Pero los cambios que más nos afectan a nosotros se refieren al ámbito de la política exterior, donde es de esperar que Biden trate de recuperar el multilateralismo que Trump ha arrinconado, busque trabajar más con los aliados y las organizaciones internacionales, desde la ONU a la OTAN, trate de resucitar el Partenariado Transpacífico (TPP), ponga fin a las sanciones comerciales contra los amigos europeos, respalde sin dudas a la OTAN, y reintegre a los Estados Unidos en el Acuerdo Nuclear con Irán…

Son cambios importantes que devolverían a los Estados Unidos a la que ha sido su política tradicional desde 1945 y eso sería una buena noticia para el mundo. En cambio, no es probable que cambie mucho la política de Washington con China, que es percibida como un enemigo al que hay que contener por la clase política en general, tanto republicanos como demócratas, y por la misma opinión pública.

Pero una cosa es regresar a lo ya conocido y otra tomar decisiones sobre los problemas nuevos que vayan a llegar y aquí el historial de lo que Biden ha hecho hasta la fecha como vicepresidente de Obama y antes como Senador deja mucho que desear. Puede que lo que le falle sea el instinto.

Bob Gates, que fue secretario de Defensa con Bush y con Obama ha dicho de él con dureza que «se ha equivocado en prácticamente cada asunto importante en materia de política exterior y de seguridad nacional durante las cuatro décadas pasadas». Como ejemplo, Biden se opuso primero a la guerra de liberación de Kuwait y luego apoyó la de Irak, equivocándose en ambos casos. También estuvo entre los que respaldaron la desaparición de Irak y su partición en tres estados para sunnitas, chiítas y kurdos, y se puso de perfil cuando Bachar al-Assad bombardeó a los suyos con armas químicas, pese a la linea roja que al respecto había fijado Barack Obama… que también prefirió mirar hacia otro lado.

Su actual postura sobre Afganistán no se diferencia de la de Trump: retirar las tropas cuanto antes, pero ninguna idea sobre qué hacer el día siguiente. Y como senador, su apoyo al libre comercio ofrece dudas pues a lo largo de los años votó en contra de varios acuerdos comerciales con China, Omán, Singapur y la República Dominicana. Siendo esto así, como ha escrito Kori Schake en The Atlantic, la buena noticia es que es un hombre más flexible que Trump y más proclive a rodearse de buenos asesores y a aceptar luego su consejo. No es que eso sea muy difícil.

Joe Biden ha demostrado acierto y buen criterio al elegir como compañera de ticket electoral a la senadora californiana Kamala Harris, una mujer que se enfrentó a él con dureza en las primarias pues también ella ambicionó la presidencia. Pelillos a la mar. Kamala es símbolo del «sueño americano» en la medida en que es hija de inmigrantes aunque inmigrantes muy especiales pues el padre procede de Jamaica y la madre de la India y ambos eran profesores en la universidad de Berkeley.

Afroamericana y asiáticoamericana a un tiempo, Harris es un guiño a los sectores más progresistas del partido y a las minorías en un país traumatizado por la repetida muerte de ciudadanos de color a manos de una Policía tan brutal como asustada ante la abundancia de armas de fuego. El tema racial será importante en estas elecciones. La edad de Biden (78 años) hace pensar que no se presentará a un segundo mandato y eso la dejaría en inmejorables condiciones para competir por la presidencia en cuatro años e, incluso, para ser la primera mujer que la alcance tras el fracaso de Hillary Clinton.

Es una elección importante porque una de las funciones más importantes del vicepresidente es manejar la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo, y para poder hacer cosas importantes como presidente y que no le ocurra lo mismo que a Obama, Biden necesita asegurar no sólo la Cámara de Representantes sino también el Senado. Y eso exige ganar en algunos estados clave como Montana y Georgia tranquilizando al votante con un ticket moderado. Es decir, huir de los extremismos mientras se siguen lanzando guiños a las minorías, pues siempre se ha dicho que mientras la fase de Primarias fomenta las posturas extremistas (como Bernie Sanders), la victoria en la fase final exige ganar el centro.

The Economist dice en julio de 2020 que su «modelo electoral» sólo le da a Trump un 10% de posibilidades de ganar y eso ciertamente anima a los Demócratas. Pero no conviene vender la piel de oso antes de tiempo, pues igual que la situación ha dado un giro brusco en contra de las expectativas de Donald Trump en los últimos seis meses, las cosas podrían cambiar (aunque cada vez queda menos tiempo) si de repente el virus amaina, la economía se recupera con rapidez y el empleo vuelve a crecer con fuerza, pues la base electoral de Donald Trump se mantiene estable y firme y él es un maestro en la utilización de la televisión y las redes sociales.

Otra cosa que preocupa es que Donald Trump no acepte un resultado electoral que le sea desfavorable –pues es capaz de eso y de mucho más– y de hecho esa es una hipótesis que el Partido Demócrata no descarta y para la que ya estudia hipotéticas medidas. Al fin y al cabo, si hoy su reelección está complicada, hace sólo cinco meses parecía inevitable y ese cambio es muy brusco.

Pero a falta de una bola de cristal no hay más remedio que esperar porque cada día falta menos y la lástima es que nosotros (y me incluyo) no podamos votar en esas elecciones pues en buena medida nuestra suerte también depende de lo que ocurra el 3 de noviembre en los Estados Unidos.