No ha habido cien días de cortesía para el gobierno de Olaf Scholz: apenas un mes y medio después de tomar posesión, la nueva Administración alemana, formada por socialdemócratas (SPD), Verdes y liberales (FDP), ha tenido que afrontar, con la escalada del conflicto en la frontera ucraniana, su primera gran crisis internacional. Los primeros pasos del gobierno semáforo (en referencia a los colores por los que se representan los tres partidos) ofrecen dos pistas sobre lo que puede ser su agenda exterior durante los próximos años —en especial, en lo referente a Rusia y a China. Nos enseñan, por una parte, que un gobierno formado por partidos de ideologías muy diferentes deberá aprender a actuar con una sola voz en el ámbito internacional; por otra, nos sugieren que, más allá de una retórica más dura, la Administración Scholz podría ser eminentemente continuista con las políticas llevadas a cabo por Angela Merkel.

El Gobierno semáforo, investido el pasado 8 de diciembre, selló su pacto mediante un programa titulado «Atrévete a progresar más: por un país por la libertad, la justicia y la sostenibilidad». El acuerdo de gobierno contiene importantes medidas en clave doméstica, incluidas la revitalización del Estado de bienestar, la neutralidad energética o la digitalización de un país que la pide a gritos. También se muestra ambicioso en el tablero europeo: los de Scholz hablan de un «estado federal europeo», apoyan la revisión del Pacto de estabilidad y podrían liderar un nuevo eje socialdemócrata en el seno del Consejo Europeo.

 

Debilidad sistémica

Sin embargo, en lo referente a la política exterior, el cambio de gobierno parece no haber dejado atrás lo que Alexander Clarkson ha denominado la «debilidad sistémica» alemana. Según Clarkson, cuatro legislaturas sin alternancia en el gobierno y, por lo tanto sin un debate plural sobre política exterior, han dejado al establishment político alemán sin una clara narrativa sobre su papel en un mundo cambiante y, por ello, en una situación de debilidad hacia otras grandes potencias mundiales. Al contrario que Francia, añade Pablo del Amo, Alemania «carece de una sensibilidad geopolítica», guiándose ante todo por sus intereses comerciales y económicos. Y pese a que el acuerdo de coalición trata de remediarlo, posicionando a Alemania como un firme partidario de la integración europea, de los derechos humanos o del multilateralismo, corregir esta «debilidad sistémica» llevará tiempo: un tiempo del que el gobierno puede no disponer.

La primera prueba de fuego que está viviendo la Administración Scholz es la escalada diplomática entre Estados Unidos y Rusia en la frontera ucraniana. Si sus consecuencias son inciertas en el momento de redactar este artículo, la crisis ucraniana está resucitando viejos fantasmas de la política alemana: el principal, el polémico gasoducto Nord Stream 2, construido por el gigante ruso Gazprom con el objetivo de transportar gas natural desde Víborg (Rusia) hasta la ciudad hanseática de Greifswald.

La crisis ucraniana está resucitando viejos fantasmas de la política alemana: el principal, el polémico gasoducto Nord Stream 2.

La construcción de Nord Stream 2 llevaba años siendo un tema espinoso para Berlín, cuya tibieza hacia Rusia le había valido fuertes críticas tanto dentro como fuera de Alemania —ilustrando, para muchos, la incapacidad del Gobierno de jugar un papel decisivo en el tablero internacional. La toma de posesión de Olaf Scholz no ha hecho nada por aliviar este dolor de cabeza: por una parte, por el creciente belicismo ruso, que ha vuelto a poner sobre la mesa las implicaciones geopolíticas de la aprobación del gasoducto; por otra, por la «tormenta perfecta» en el mercado del gas, con Europa sufriendo una grave crisis energética y la certeza de que dar el visto bueno a Nord Stream 2 abarataría el precio de la energía a lo ancho del continente.

Cómo hacer frente a Rusia

A raíz de la creciente tensión en la frontera ucraniana, el Gobierno de Scholz ha endurecido su discurso hacia Rusia, volviendo a poner sobre la mesa la posible suspensión de Nord Stream 2. Esto ha sido posible, en gran medida, gracias a la entrada en el Gobierno de los Verdes, uno de los más firmes oponentes del gaseoducto. Y sin embargo, más allá de una retórica algo más dura, el debate sobre el gasoducto no solo sigue encasillado, con el Gobierno evitando mojarse pese a la presión de Washington: también ha puesto de relieve las numerosas contradicciones en el seno de la coalición, incapaz de fijar un objetivo geopolítico claro —autorizar o bloquear el gaseoducto— y de encontrar un punto de encuentro entre la tibieza del SPD, el rechazo de los Verdes y la ambigüedad del FDP.

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Otro debate que muestra la compleja postura alemana hacia Rusia es aquel sobre la exportación de armas a Ucrania. Al contrario que con Nord Stream 2, el pacto de coalición es tajante al respecto: Alemania no exportará armas a zonas de conflicto. Esta medida, más allá de su supuesta dimensión práctica, tiene un trasfondo eminentemente histórico: las atrocidades cometidas por Alemania en Rusia a lo largo la Segunda Guerra Mundial pesan enormemente en el subconsciente alemán, explica el investigador Marcel Dirsus, y la exportación de armas alemanas que fuesen usadas para asesinar a ciudadanos rusos sería una política «muy difícil de digerir» para muchos ciudadanos.

La exportación de armas alemanas que fuesen usadas para asesinar a ciudadanos rusos sería «muy difícil de digerir» para muchos ciudadanos.

Por el momento, Olaf Scholz y Annalena Baerbock se han ceñido al acuerdo de gobierno, llegando incluso a vetar la exportación de armas alemanas por parte del Gobierno de Estonia. Y sin embargo, la posición del Gobierno no acaba de convencer a todos sus integrantes: el pasado 19 de enero, la presidenta de la Comisión de Defensa del Bundestag, la liberal Strack-Zimmermann, declaró que dicha exportación podía ser una política a tener en cuenta, aunque puntualizó que habría que «definir» su alcance con precisión. Para algunos, el debate podría estar en la semántica: ¿qué exportaciones engloba la prohibición?, ¿dónde está la frontera entre «armas letales» y «armas defensivas»? Para otros, es un nuevo ejemplo de la incapacidad alemana de liderar una respuesta europea frente a Putin. Sea cual sea su decisión final, la crisis ucraniana nos muestra un Gobierno alemán con serias dudas, tanto internas como estratégicas, sobre cómo hacer frente a Rusia.

 

El fin de ‘Wandel durch Handel’

Menos delicadas, pero no menos complejas, serán las relaciones del nuevo Gobierno con China. Desde hace décadas, apunta Noah Barkin, los distintos ejecutivos alemanes han optado por el Wandel durch Handel (cambio a través del comercio), una estrategia cuya idea era clara: una apertura económica hacia China propiciaría cambios políticos internos en el gigante asiático, cuyos vínculos económicos con Occidente lo arrastrarían hacia la democracia.

Sin embargo, la estrategia alemana comenzó a mostrar signos de agotamiento hace varios años. Por una parte, porque el crecimiento económico chino comenzó a suponer una amenaza directa para las empresas alemanas, como quedó claro tras la compra, por parte del chino Grupo Midea, de la empresa de robótica Kuka en 2017. Por otra, porque dicho crecimiento económico no vino acompañado de una evolución democrática, sino de la consolidación de un régimen cada vez más alejado de Occidente. Es por ello, prometieron los Verdes a lo largo de la campaña, que el nuevo Gobierno supondría el fin de esta política errática, marcando el inicio de una nueva etapa en las relaciones sinoalemanas.

En cierto modo, los de Baerbock han cumplido con su palabra. Si el acuerdo de coalición evita mencionar a Rusia, es tajante respecto a China: el Gobierno habla de «rivalidad sistémica», declara que hará valer sus «valores e intereses» en su competencia económica y política con los de Xi Jinping, y pide una estrategia comunitaria común para hacer frente al gigante asiático. El documento firmado por los tres partidos recoge un total de doce referencias a China, así como posicionamientos claros en distintos ámbitos: entre otras cosas, Berlín pide la participación de Taiwán en las organizaciones internacionales, habla de la necesidad de un Hong Kong democrático y condena las violaciones de derechos humanos en territorio chino —sobre todo, en la región de Xinjiang.

Pero una vez más, apunta Elena Sevillano, «escuchar a Scholz en estas […] primeras semanas de Gobierno recuerda mucho a Merkel: muestra el mismo énfasis en el diálogo y en la huida de la confrontación». En su primera llamada con Xi Jinping, de hecho, el canciller subrayó su voluntad de «profundizar» sus vínculos económicos con el gigante asiático, evitando, a su vez, mencionar sus violaciones de los derechos humanos. De nuevo, el Gobierno trata de jugar a dos bandas. Si, por una parte, busca un tono más duro, dando a entender que llevará la defensa de sus valores —derechos humanos, multilateralismo, democracia— hasta sus últimas consecuencias, trata de erguirse, por otra, como un gobierno continuista: un socio fiable que no dará volantazos inesperados en su agenda exterior.

Uno de los mejores ejemplos de esta equivocidad es el boicot estadounidense hacia los JJOO de invierno, que se celebran en Pekín en el mes de febrero: pese a que Baerbock ha apoyado públicamente el boicot y no acudirá a los Juegos, la ministra no se ha adherido formalmente a él, pidiendo un posicionamiento conjunto de la Unión Europea; Olaf Scholz, por su parte, ha evitado pronunciarse.

 

Aplastante realidad económica

El caso de China, el principal socio comercial de Alemania, es el que mejor ilustra la naturaleza eminentemente mercantilista de la política exterior alemana, para la cual pesan más los intereses económicos del país que consideraciones políticas más abstractas. El propio Scholz, de hecho, es plenamente consciente de esta aplastante realidad económica: durante siete años, el ahora canciller fue alcalde de Hamburgo, el mayor puerto de Alemania, una ciudad que se define a sí misma como «el eje comercial de China en Europa» y una de las regiones que más perdería de enfriarse las relaciones sinoalemanas.

Esta dependencia económica pesa enormemente sobre un Gobierno federal que, si bien aspira a dejar atrás el ineficaz Wandel durch Handel, entiende que un deterioro de las relaciones comerciales con China conllevaría un gran coste económico para Alemania. A su vez, la coalición deberá saber poner de acuerdo a todos sus integrantes: al contrario que con Rusia, su nueva «China-Politik» implicará a Verdes (Economía y Exteriores), liberales (Educación y Digitalización) y socialistas (Defensa), quienes deberán trazar una estrategia que abarque temas tan diversos como la cooperación científica, la infraestructura del 5G o la protección de la industria alemana frente a sus competidores chinos.

Scholz fue durante siete años alcalde de Hamburgo, el mayor puerto de Alemania y  eje comercial de China en Europa.

Más allá de su tono más duro, es probable que Alemania se siga encontrando, a corto plazo, en la que Barkin ha denominado una «zona estratégica gris» frente a China: «consciente de que su principal socio comercial está convirtiéndose en una amenaza mayor y más clamorosa, pero incapaz de poner la relación a prueba de ninguna forma clara». Hasta que no logre vencer esta parálisis estratégica, su política continuará siendo errática, atrapada entre las certezas de su programa de coalición y las incertidumbres geopolíticas que rodean al gigante asiático.

 

¿Quo vadis, Berlín?

¿Podemos esperar cambios, por lo tanto, en la política exterior alemana? No es descartable: la letra del acuerdo de gobierno señala alguna ruptura clara con sus predecesores, tanto en el fondo como en las formas. Pero es probable que, si ello ocurre, no sea tanto por el propio Gobierno de Scholz, sino por el desarrollo de los acontecimientos geopolíticos que lo rodean: los movimientos comerciales de China y militares de Rusia; el eterno debate sobre la autonomía estratégica europea, o, incluso, una posible victoria electoral de Donald Trump en 2024.

Los primeros meses de la nueva administración están dando pistas sobre cuál podría ser su postura: eminentemente continuista, con un juego de equilibrios entre la dureza de Baerbock y la prudencia de Scholz. También están mostrando, sin embargo, cuáles serán sus debilidades. Por una parte, una coalición que aúna tres filosofías políticas distintas —en lo que Jeremy Cliffe ha denominado un «banco de pruebas para el progresismo»— deberá aprender a hablar con una sola voz en temas sobre los que SPD, Verdes y Liberales pueden tener desacuerdos profundos. Por otra, habrá de decidir si quiere superar la «debilidad sistémica» que denuncia Clarkson, liderando un debate político serio sobre el papel de Alemania más allá de sus fronteras, o si, por el contrario, prefiere dar continuidad al mercantilismo que caracterizó a Merkel.

Hasta que el Gobierno federal no resuelva estas tensiones internas, es poco probable que veamos cambios profundos en la política exterior alemana. La marcha de Merkel, por lo tanto, puede tener un efecto gatopardista sobre la agenda exterior del país: cambiará todo, pero, a la hora de la verdad, (casi) todo se mantendrá igual.