Nunca me ha interesado mucho el cine de Steven Spielberg. El de sus inicios —desde El diablo sobre ruedas (1971) hasta Encuentros en la tercera fase (1977), pasando por Loca evasión (1974) y Tiburón (1975)— me parece narrativamente osado, incluso altamente sofisticado en sus modos de abordar el relato posmoderno desde un lugar enérgico y apasionado, pero poco más. Y luego, cuando se dedica a reforzar su faceta más «autoral», no logro ver en él más que un sentimentalismo quizá excesivo al servicio de una visión del cine progresivamente limitada. En busca del arca perdida (1979) es la primera piedra de ese proyecto faraónico que encuentra su culminación provisional en E.T. (1982) y luego va subiendo de tono hasta abarcar prácticamente todos los ámbitos del cine de prestigio hollywoodiense.
Dramas raciales, intrigas políticas, proclamas pacifistas, reflexiones sobre la historia de su país, incluso blockbusters sobre el Holocausto cuya eficacia ideológica hoy se antoja más bien dudosa (me refiero, claro, a La lista de Schindler): cada película de Spielberg no solo pretende ser un gran éxito de taquilla, sino también la última palabra sobre el tema escogido para la ocasión. Uno de sus preferidos, el debate sobre la existencia de vida extraterrestre, recorre su filmografía de punta a cabo, desde las mencionadas Encuentros en la tercera fase y E.T. hasta El día de la revelación (2026), su último film hasta el momento y el que más me ha interesado de este último tramo de su carrera. ¿Por qué? Quizá porque, mientras en aquellos primaba el discurso y el mensaje, aquí lo que cuenta es simplemente el cine.
Me entenderán mejor si les confieso que el cine, para mí, es lo que se hace presente, de manera más o menos espontánea, mientras algunas películas intentan contar historias o hilvanar discursos. ¿Recuerdan aquello de que la vida es lo que nos sucede mientras hacemos otros planes? Pues algo parecido me ocurre a mí con el cine, que es distinto de las películas, pues las habita y atraviesa pero no se queda en ellas. Muchos cineastas están tan preocupados por conseguir tramas perfectas, o por comunicar mensajes tan trascendentes, que se olvidan del cine: de los actores y de las actrices, de los planos o del montaje, y de conseguir hacer, con todo ello, algo que se parece tanto a la vida que acaba alejándose radicalmente de ella, situándose en un punto ciego que le permite flotar en busca siempre de algo más.
Explicar el mundo contemporáneo
Las películas son limitadas; el cine no tiene fin, va de un film a otro en busca de un reencuentro infinito con nuestra mirada. Por eso, muchas veces, halla su lugar en los géneros menos prestigiosos, de la ciencia ficción al musical. Y por eso me siento tan incómodo con esas películas de terror recientes que pretenden nada más y nada menos que explicar el mundo contemporáneo, dar fe de cómo han cambiado las relaciones y los afectos, incluso explicarnos –a nosotros, que lo último que queremos ver en cine son explicaciones— cómo es el nuevo capitalismo hipertecnológico a través de artefactos y dispositivos fílmicos en apariencia muy sofisticados, en el fondo portadores de una sola idea, cuanto más simple mejor. En ese sentido, el hecho de que films como Backrooms (2026) u Obsession (2025) estén rompiendo taquillas –y también mentes de críticos y académicos— mientras escribo estas líneas, dice mucho acerca de nuestro tiempo. Aún no sé muy bien qué, pero lo dice.

Delaney Anne Cuthbert en El día de la revelación (Disclosure Day, 2026), último film de Steven Spielberg. Fotografía promocional de Universal Pictures
El día de la revelación actúa al revés, a contrapelo, y por eso me parece mucho más sugerente (algo que nunca creí que pudiera decir acerca de una película de Spielberg). Lo mejor de todo es cómo finge ser un film de tesis que se podría resumir de la siguiente manera: los extraterrestres no solo existen, sino que ya nos han visitado e incluso han intentado trasladarnos un sentido de la «empatía» como solución a todos los males del mundo, al que hemos respondido ignorándolos, torturándolos, asesinándolos. O dicho de otro modo: los extraterrestres existen, el ejército estadounidense lo sabía y lo ha ocultado, por lo que ha llegado el momento de la «revelación», de decírselo al mundo.
Durante buena parte del metraje de ‘El día de la revelación’, la vida extraterrestre y la maldad gubernamental solo existen en un discreto fuera de campo.
El film de Spielberg sería así una película claramente a favor de una hipótesis polémica abordada desde una perspectiva pretendidamente humanista y progresista. Un alegato por la paz no solo mundial, sino también intergaláctica. Y una invectiva contra las instituciones, los políticos y los militares estadounidenses, siempre dispuestos a ocultar información, por trascendental que sea, con tal de salvaguardar sus propios intereses.
Reunir imágenes
Dejando aparte la ambigüedad de estas «denuncias» —sobre todo en una época en que el sistema se apropia del léxico de una izquierda agotada para disfrazarse de lo que no es—, lo que más me inquieta de las intenciones de Spielberg son esas otras palabras: alegato, invectiva, incluso revelación. Como si el cine las necesitara para justificarse. Como si el film de Spielberg las necesitara cuando, precisamente, sus mejores momentos transcurren al alejarse de ellas. Durante buena parte del metraje de El día de la revelación, la vida extraterrestre y la maldad gubernamental solo existen en un discreto fuera de campo, como si se tratara de un malicioso macguffin hitchcockiano. En su lugar, vemos a dos personajes que parecen buscarse pero no se encuentran, que deben enfrentarse a situaciones paroxísticas, incomprensibles hasta para ellos mismos, y superarlas con éxito para poder reunirse, que no otro es el objetivo del cine: reunir imágenes para compartirlas.

Emily Blunt y Josh O’Connor en El día de la revelación (Disclosure Day, 2026), último film de Steven Spielberg. Fotografía promocional de Universal Pictures
La película podría interpretarse como la historia de ese encuentro. Margaret Fairchild (Emily Blunt, seguramente la mejor actriz de su generación) es una mujer del tiempo que trabaja en una cadena de televisión local y empieza a sentir su mente invadida por pensamientos que no había experimentado nunca, por sensaciones inéditas para ella. Daniel Kellner (Josh O’Connor, también espléndido) es un científico que ha descubierto la trama conspiratoria en cuestión y está siendo perseguido por el gobierno, personificado a su vez en un personaje siniestro que acaba constituyendo el tercer lado de este peculiar triángulo (Colin Firth).
Steven Spielberg, casi octogenario, consigue llegar a la médula del asunto: toda película habla, sobre todo, del propio cine.
Lo que interesa a la película –no sé si a Spielberg, pero esa es otra historia— es el modo en que estas trayectorias se entrecruzan y dan lugar a intersecciones variables entre imágenes y sonidos cuyas texturas cambian a cada roce. ¿Y no es eso una historia de amor, entre cuerpos que se atraen, entre imágenes que se llaman unas a otras? ¿Y no es eso el cine? La escena del encuentro entre Margaret y Daniel, en una habitación mínima y rodeados de otros personajes, se resuelve en un par de miradas fulgurantes que se cruzan. He ahí la anagnórisis, el único sentido posible de esta película. El pomposo discurso final se queda en nada ante el poderío de ese instante que –esta vez sí— consigue que la empatía se haga imagen.
Nada más que una película
El día de la revelación termina con una secuencia a la vez apoteósica y ridícula, pero también emocionante. Margaret y Daniel consiguen que se emitan en directo las imágenes de los extraterrestres que hace décadas llegaron a la Tierra. Nosotros, como espectadores, las contemplamos a través de una gran instalación de monitores en un estudio televisivo. Sin embargo, lo que estamos viendo es una película y nada más que una película. Todos los demás formatos están en su interior. El cine, así, es capaz de cruzarse con esos otros lenguajes audiovisuales sin dejar de ser cine.
‘El día de la revelación’ termina con una secuencia a la vez apoteósica y ridícula, pero también emocionante.
Y he ahí cómo Steven Spielberg, casi octogenario, consigue llegar a la médula del asunto: toda película habla, sobre todo, del propio cine. Pese a sus torpezas, pese a ese discurso simplón y pegajoso, algunos fragmentos aislados de El día de la revelación –la persecución en el tren, Margaret mirando a un petirrojo junto a su ventana, Daniel intentando proteger a su novia (Eve Hewson) en una casa aislada— delatan que quizá haya sido siempre un cineasta mucho más moderno de lo que han demostrado sus películas.




























































