Al margen de las evocaciones que Llorenç Villalonga realizó de la gran escritora coruñesa en las sugestivas Falses memòries de Salvador Orlan (1967) y en el relato El pollastre rostit (1974), donde recrea, en un ejercicio de memoria proustiana, pasajes de la infancia del protagonista a la vera de Emilia Pardo Bazán (1851-1921), «en tot l’esclat de la seva glòria literària», las letras catalanas cuentan con un retrato de la autora de Los pazos de Ulloa en el Madrid de 1917, cuando aún presidía la Sección de Literatura del Ateneo, y Josep María de Sagarra la conoce a través de la mediación de Enrique Díez-Canedo y Ramón Pérez de Ayala.

El perfil de la escritora ocupa un capitulillo de las poderosas Memòries (1954) de Josep Maria de Sagarra, que se había adelantado con modificaciones en la sección «Cola de gallo» del semanario Destino (11-11-1952). Corría el año 1917 y Sagarra recuerda: «La comtessa aleshores devia haver complert els seus seixanta-cinc anys, però a mi em semblava extremadament vella i devastada. Era petita, grasseta, molt vermella de cutis, amb uns ulls finets i punyents de ratolí aviciat i un ganyota al llavi, de voluntat, d’energia o de males puces». Sagarra enfatiza su conversación desenvuelta y su memoria deslumbrante, a la par que su voracidad por el chocolate. El final del retrato es espléndido: «va riure d’una manera entre cèltica i vandàlica, oblidant que era una glòria nacional, sacsejant impúdicament la seva abundor decrèpita i fent volar i llençant-me a la cara minúscols fragments de melindro que no podía contenir correctament aquella trepidant alegria de la seva boqueta de tortuga».

Esta mujer excepcional, intelectual sagaz y cosmopolita, narradora imprescindible del canon del gran realismo europeo decimonónico, crítica e historiadora de la literatura (la española y la francesa), viajera, periodista y traductora (La esclavitud de la mujer, de Stuart Mill, por ejemplo) tuvo contactos importantes con las letras y la cultura catalanas y disfrutó de dos estancias barcelonesas (1888 y 1895) de las que nos legó pormenorizadas impresiones, que completan el muy sintético perfil que de la que sería su amante, Galdós ofreció, como corresponsal de La Prensa de Buenos Aires (25-4-1887), tras asistir a sus conferencias sobre «La revolución y la novela rusa» en el Ateneo de Madrid: «Reside habitualmente en La Coruña, su patria, tiene una rica biblioteca, estudia y trabaja sin cesar, pasa en París todos los años una larga temporada, y en Madrid otra más corta».

Con fecha del 2 de mayo de 1888 y desde el madrileño Hotel Victoria, doña Emilia remite una carta a su amigo Narcís Oller en la que le adelanta que, aunque no se trate de la mejor época, está dispuesta a visitar Barcelona durante la segunda quincena del mes con motivo de la Exposición Universal. Sabedora de la dificultad de hallar alojamiento, si bien supone «que los catalanes industriosos habrán previsto el caso y no faltarán fondas», la escritora gallega le ruega que le busque habitación («con pocas escaleras») y le confirme de inmediato la posibilidad de emprender el viaje. El viaje y la estancia los va a hacer no como corresponsal encargada de dar cuenta de las actividades del certamen, sino «como dilettante, como viajera perezosa, a gozar un mes de libertad y de recreo estético y ensoñador».

Doña Emilia llega a Barcelona el 20 de mayo en el mismo tren en el que viene –por una semana escasa– Galdós, con quien ya sostiene una íntima y secreta relación sentimental. Narcís Oller se convierte en chevalier servant de la novelista, según le comunica a su gran amigo y excelente crítico literario, Felipe Benicio Navarro, quien, ante la minucia epistolar que Oller le ha deslizado (la Pardo Bazán iba vestida de blanco), le contesta que «me pareció la mayor hipérbole que de su caletre ha salido (lo de ir de blanco)». Oller la instala en «un hotel bastant decent que llavors s’improvisà la Riera de Sant Joan estrenant una de les cases que formaren per darrera l’ample passatge del Pont de la Parra», según escribe en sus Memòries literàries (redactadas durante la segunda década del siglo XX), en las que también informa del plantón que les da Yxart en la primera de las visitas y de lo excesivamente envestigada de la que llama, no sin alguna ironía, «la nostra George Sand».

Siete días después, y al acompañar a la autora de Los pazos de Ulloa a la Exposición de Pintura, se encuentra a su amigo Lázaro Galdiano, quien no sólo le pide que le presente a su admirada novelista sino que le dice que «si algun cop, agobiat de feina, necessitava suplent per acompanyar aquella senyora que tan simpàtica acabava de ser-li, podia disposar d’ell amb tota seguretat que no faria més que procurar-li un gran plaer». La primera ocasión se presenta al día siguiente: Lázaro y Emilia viajan a Arenys de Mar, de donde a juzgar por los recuerdos de Oller volvió encisada. Se abre así una estancia en la que disfrutó más de la compañía amorosa de Lázaro –luego reflejada en la novela Insolación-– que de la fraternal de sus amigos catalanes, Oller, Yxart, y Sardà.

Seguramente Oller enteró a Galdós del asunto y la aventura barcelonesa motivó una deliciosa carta en la que doña Emilia le confiesa a Galdós su infidelidad –«Mi infidelidad material no data de Oporto sino de Barcelona, en los últimos días del mes de mayo, tres después de tu marcha»– justificándola por un error momentáneo de los sentidos primero, y después por sentirse «apasionadamente querida y contagiada». Le pide perdón –«te he faltado y sin disculpa ni razón»– y le aconseja «haz por comer y no fumes mucho». Los embrujados días barceloneses fueron, en consecuencia, el principio de las relaciones entre la escritora gallega y el que habría de ser de inmediato el gran mecenas de la cultura española a través de la empresa de La España Moderna, fundada en 1889.

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El 2 de mayo de 1889, Emilia se encuentra en Burdeos –«inmensa capital de provincia»– camino de París. Lleva como viático el libro de Yxart, El año pasado (Letras y Artes en Barcelona) (1889), desde donde cataliza sus recuerdos de la Exposición de Barcelona, «que hoy acuden a mi memoria en tropel». En la crónica americana que cursa a La España Moderna cita a Yxart –«he transcrito algún trozo», le refiere epistolarmente el 3 de junio– a propósito del carácter cosmopolita y europeo de la ciudad: «Mientras nuestras viejas capitales de provincia están vueltas de espaldas al mundo, mirando a la corte, Barcelona se vuelve al Pirineo, y por encima de él atisba a Europa». Con este ademán, que la novelista gallega toma del gran crítico catalán, aflora en su memoria una Barcelona cordial y simpática, afín al trabajo y a la sana actividad, «emperatriz de la cultura moderna en España».

Los gratos recuerdos de las semanas barcelonesas se circunscriben a tres aspectos. La geografía física y el paisaje de la Cataluña mediterránea en una radiante primavera de cielos azul turquí, concitan en la memoria de doña Emilia el recuerdo de la Italia del Norte, de Recanati y de su poeta Leopardi: la ginesta catalana es la misma retama «que el egregio poeta cantó».

De Santa María del Mar evoca «la tenuidad de sus pilares, la altura de sus arcos, que me recuerdan una sonata de Chopin»

El segundo recordatorio gira en torno a Barcelona misma. «Esta ciudad es la más hermosa de España, y sin duda el día que consiga extenderse del Llobregat al Besós, podrá competir con las mejores de Europa y América». Las solemnidades de la Exposición no son obstáculo para que la pupila de la escritora más viajera de nuestro siglo XIX aprecie el espíritu comercial, más continental que peninsular, de la Barcelona fin de siècle, «con sus negras chimeneas de suburbio inglés, con sus restaurants y sus librerías de bulevar parisiense; con sus jarcias y velas sobre un mar de puerto italiano». En resumen, una ciudad mediterránea compendio y síntesis de la civilización y la modernidad europeas.

Doña Emilia aprovechó su estancia barcelonesa para viajar frecuentemente a las cercanías de la ciudad, siempre acompañada de Lázaro Galdiano. En las páginas de ese estupendo libro de crónicas que es Al pie de la Torre Eiffel (1889) lo más cuidadosamente rememorado y lo que dice haberla cautivado más son estas correrías por los alrededores de Barcelona. Alrededores que compiten en la belleza del paisaje con los de Florencia, Milán o París, y que Pardo Bazán recuerda sembrados de «quintas, torres, palacios, casitas, cottages, hoteles, merenderos, kioscos y hosterías». La memoria de la escritora gravita sobre «la poética abadía de Pedralbes» –tanto en la dimensión arquitectónica de edificio ojival como en la gastronómica de las hosterías que la circundan, donde saboreó el mató de monxa--, en la ascensión a Vallvidrera o en el delicioso paseo a Arenys de Mar, «cuyo recuerdo es para mí inseparable de un fortísimo perfume de azucenas», excelente clave impresionista de su disimulada pasión amorosa, cuya analogía vivió doña Emilia en el declinar de la primavera barcelonesa de 1888.

En las crónicas de viajes que doña Emilia dio a la luz en 1902 bajo el título de Por la Europa católica hay un último capítulo con el epígrafe «Cataluña» que recoge seis artículos (seis impresiones viajeras de las tierras catalanas). Estos artículos, alguno de los cuales se publicaron por primera vez en los periódicos madrileños La Época y El Imparcial durante el otoño del 95 y el invierno del 96, y que han pasado frecuentemente inadvertidos son el fruto del viaje que doña Emilia realizó a Barcelona y algunos lugares de Cataluña (Girona, Figueres…) en el verano de 1895.

Pardo Bazán llegó a Barcelona cuando aún no se habían cumplido dos meses del fallecimiento de José Yxart, de quien había lamentado siempre que no hiciese «crítica general y española, además de la catalana», y a quien había admirado con franqueza y generosidad. En la que sería su habitual página de La Vanguardia, «La semana en Barcelona», el crítico José Roca y Roca –quien desde su militancia en el posibilismo castelarino intentaba prolongar la tarea de Yxart– saludaba en su crónica del 28 de julio de 1895 la estancia de doña Emilia, a quien considera una de las firmas que «más alto se cotizan así en nuestro país como en el extranjero».

Añadía Roca y Roca que la finalidad del viaje era «recoger algunos datos respecto de la moderna literatura catalana, para tratar de ella y de la literatura gallega en una conferencia que ha de dar en breve ante una sociedad sabia de Burdeos, dedicada al estudio de las lenguas romanas». La conferencia debió celebrarse en el otoño siguiente, pero el viaje barcelonés en plena canícula del 95 tuvo otros objetivos que tanto Roca y Roca como una nota editorial de La Vanguardia del 23 de julio señalaban: «En compañía del señor Gobernador que se esfuerza por hacer agradable la residencia de la señora Pardo Bazán en Barcelona, no solamente ha visitado archivos, bibliotecas y centros de cultura intelectual, sino los establecimientos industriales y las manufacturas que, a la par de aquellos, forman parte integrante, esencialísima de la vida barcelonesa».

«No soy partidaria de Rosseau, no tengo pizca de ganas de que volvamos al estado primitivo, y sé reconocer el progreso hasta en una fábrica de géneros de punto».

Y, en efecto, en compañía de Sánchez de Toledo, gobernador civil de Barcelona y gran amigo de la escritora, ésta viajó a la colonia fundada por la familia Güell en los alrededores de la ciudad, sintetizando sus impresiones en el artículo «Colmena», que antes de componer Por la Europa católica apareció en El Imparcial (6-1-1896), y en el que compara a Juan Güell, egregio representante de la burguesía catalana, con el héroe de Carlyle, «ya que la forma en que aparezca el héroe cambia según las épocas históricas». Así mismo visitó la fábrica de géneros de punto de los señores Marfá en Mataró, de donde sale entusiasmada, afirmando: «No soy partidaria de Rosseau, no tengo pizca de ganas de que volvamos al estado primitivo, y sé reconocer el progreso hasta en una fábrica de géneros de punto».

También la estancia barcelonesa le alcanzó para conocer de cerca, aunque únicamente alude a ellas, las espinosas cuestiones del «mar de fondo del regionalismo» desde su sentido profundo y reverencial del «lazo patriótico»; y revivir, en su deambular por la ciudad, momentos de la estancia anterior, sobre todo en lo que atañe a la visita a los templos. De Santa María del Mar evoca «la tenuidad de sus pilares, la altura de sus arcos (que) me recuerdan una sonata de Chopin»; de Santa María del Pino, iglesia gótica también, destaca el rosetón, «el predominio de la mirada, los grandes ojos soñadores»; y de San Pablo se encandila con el reducido claustro, donde se le ocurre que el apego al pasado puede ser excesivo «y asemejarse a una especie de enfermedad moral». El lirismo de estas líneas evocativas contrasta, a menudo, con el sesgo preciso y concluyente que toma su prosa para aquilatar el vigor, la actividad o la perseverancia de Cataluña como consuelo de cierta España («y me ha consolado precisamente porque también es España –al fin y al cabo y pese a los malos quereres de quien los tenga– ese pedazo del mundo, donde se dio cima a las empresas más románticas y gloriosas, y hoy se realizan otras adecuadas a nuestro estado actual»), o para desconfiar abiertamente de las querencias de lo que llama el «regionalismo intransigente».

No obstante, el aspecto más sobresaliente del viaje de 1895 es su interés por Sitges y el cenáculo modernista del Cau Ferrat. El último capitulillo de Por la Europa católica, inicialmente publicado en La Epoca (26-9-1895), bastaría para confirmarlo, pero la fascinación de doña Emilia la llevó a escribir otro artículo al compás de su visita, y que apareció en La Vanguardia del 23 de julio, con el título de «Sobre la blanca Sitges. Carta a Domenico Theotocopuli, llamado El Greco». Tanto el artículo del periódico barcelonés como el del madrileño arden en entusiasmo. La descripción de la geografía que rodea a Sitges se convierte en encendidas pausas líricas que cantan «la malvasía embriagadora», «el elegante candelabro de serpentina y oro» del aloes en flor, «la silueta africana» de la palmera, «el amoroso Mediterráneo pagano», etc. «Aquí –concluye en el artículo barcelonés– todo es claridad, todo aromas, todo júbilo de vivir».

El Cau Ferrat, «colgado sobre el mar como nido de alción» es minuciosamente evocado: su heterogeneidad y su irrealidad dan paso a notas sobre El Greco o sobre cualquier otro de los singulares tesoros reunidos en el cenáculo de Rusiñol, «afectuosamente tolerante». Doña Emilia, que se lamenta de las horas de infecundidad que vive España, se siente vivificada por el soplo de entusiasmo de Sitges: «No figuro entre los adeptos de la escuela modernista; no me faltan objeciones que oponer a sus teorías, ni censuras para sus prácticas, y, sin embargo, pocas corrientes de simpatía más verdadera, pocas impresiones de tal poesía habré recogido en mi viaje, como las del Cau Ferrat», visita en que la acompañaba su hijo Jaime.

A esta asidua viajera, a esta mujer sensible e inteligente, a su escritura, impagable en su curiosidad, no se le había olvidado apuntar, con sagacidad y penetración, el impulso barcelonés, y en particular del círculo de Sitges, hacia la modernidad: «En esta tierra de aspecto helénico, la corriente espiritualista y sentimental que va predominando en nuestro siglo, abre un surco que tal vez será mañana rastro luminoso». Un excelente complemento de las impresiones viajeras de doña Emilia en Sitges lo suministrarán las notas de Josep Pla en su libro Rusiñol y su tiempo (1942), si bien cito por la versión catalana de 1955. Con prosa aguda e hiriente Pla recuerda «els amors sense conseqüències i naturalment angèlics, de l’escriptora Pardo Bazán i Guimerà», durante su breve estancia en el Cau Ferrat que quedó reducida a la cena y a la habitual costumbre de esperar, sin acostarse, la salida del sol. Frente a frente, con una botella de anís del Mono y unas copitas, Pardo Bazán y Guimerá pasaron la noche. Cuenta Pla que hablaron más o menos: «Guimerà a la seva manera grisa i monòtona. La senyora, amb el natural abandó que les dones solen adoptar davant la naturalesa». A la salida del sol continuó la conversación hasta el retorno en el tren matutino que «fou una alliberació general».

Una huida en la que la condesa siguió dando muestras de su interés por Cataluña desde su enorme vitalidad, que Pla acierta a ejemplificar en su «verbosidad esplendorosa, ancha, monumental», que tiene como anverso una mirada y una escritura únicas por su agudeza y curiosidad en las postrimerías del siglo XIX.