La participación en las elecciones municipales danesas fue baja, apenas un poco por encima del 50 %, y el ministro del Interior, Hanke Bruins Slot, anunció inmediatamente que llevaría a cabo una investigación para estudiar las causas. Un reflejo definitorio de la democracia liberal: sea cual sea el desastre, los comités de investigación elaboran sus recomendaciones, quizá sea posible identificar un culpable. La hipótesis que circulaba era que los votantes habían perdido la fe en los políticos. El periódico satírico De Speld escribió que los políticos habían perdido la fe en el votante, lo cual casi resultaba igualmente creíble. En NRC, Kristof Calvo, miembro del parlamento de los Verdes flamencos, y Simon Otjes, profesor universitario de política danesa, aconsejaban solucionar la baja participación haciendo obligatorio el voto en el futuro. Cuando el ciudadano no muestra voluntariamente el comportamiento deseable, hay que imponérselo con la ayuda del monopolio estatal de la violencia: todo en nombre de la democracia, desde luego.

También se apuntó que la baja participación podría tener algo que ver con la guerra en Ucrania, que había eclipsado las elecciones municipales. Una guerra que también tenía mucho que ver con la democracia y que, inesperadamente, situaba el nacionalismo y la democracia liberal en una misma batalla. La politóloga italiana Nathalie Tocci, directora del Istitituo Affari Internazionali, se lo resumió a la perfección al periodista del New York Times Steven Erlanger: Putin estaba librando una guerra contra la democracia liberal.

Esta democracia se ve amenazada por dos lados: desde el exterior, por imperios y pretendidos imperios como China y Rusia; desde el interior, por votantes desafectos que viran hacia partidos y políticos que consideran los principios básicos de la democracia liberal engorrosos o directamente aberrantes y que ofrecen a los ciudadanos una alternativa a los embrollos de la democracia a través del nacionalismo, el aislacionismo y diversas variantes del Blut und Boden (Sangre y Tierra).

No debería resultar una sorpresa que muchos de los políticos que consideran un estorbo los principios de la democracia liberal simpatizaran hasta hace poco con el enemigo exterior del año, Putin. Por diferentes que sean sus objetivos, ambos se oponen a la falta de homogeneidad y al carácter nada heroico de la democracia liberal. A los enemigos y oponentes de esa democracia les gusta usar la palabra «decadente» en este contexto para referirse al occidental reblandecido que, tras décadas de paz en su propio reducto de prosperidad, está listo para el desguace. La irrisión de la decadencia no es nueva, pero sigue siendo atractiva porque contiene una pizca de verdad. El ciudadano siente más pasión por los descuentos del supermercado que por el proceso político y ha degenerado hasta convertirse en un mero consumidor. Algo que en apariencia no puede controlar, el capitalismo, lo ha obligado a encajar en ese molde.

Ahora bien, la democracia liberal sin un libre mercado es imposible, y aunque el libre mercado y el capitalismo no son idénticos, históricamente no resulta fácil decir donde acaba lo uno y empieza lo otro. Y en el discurso crítico tales matices quedan totalmente relegados.

Por otro lado, en una conversación sobre esperanza y democracia que mantuve en el mes de enero con una filósofa, Alicja Gescinska, una académica de literatura, Warda El-Kaddouri, y un poeta, Dean Bowen, se apuntó que la participación política es, de hecho, un lujo y que aquellos que, incluso en los Países Bajos, se enfrentan a la pobreza o a graves problemas de salud, por ejemplo, raramente pueden permitirse participar. A lo sumo, podría decirse que la supervivencia es siempre, además, un acto de resistencia. Desde mi punto de vista, eso puede considerarse también «participación política», aunque sin tener conciencia de que la supervivencia a nivel individual raramente cambia el statu quo. Para cambiarlo hace falta organización política, la cual, en sí misma, no ofrece ninguna garantía de éxito.

Quizá sea útil preguntar qué es, en realidad, la democracia y qué significa la política en un sistema semejante. ¿Qué significa estrictamente decir que te adhieres a los principios democráticos? Saber quién es el enemigo contribuye a establecer tu propia identidad y tus principios; saber quién eres supone, sobre todo, comprender lo que no eres, pero con eso no basta.

 

Tomarse en serio el sistema monárquico

El filósofo y politólogo francés Claude Lefort (1924-2010) trata de responder a estas preguntas en su obra. Una obra que surge en parte de su irritación y discrepancia frente a la ciega veneración al estalinismo —que también podríamos llamar comunismo— a la que se sumaron bastantes intelectuales tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente en Francia. Por lo demás, Lefort cree que la Revolución Francesa no supuso la sublevación radical y el comienzo absolutamente nuevo que con tanta frecuencia se le ha atribuido, sino que los ideales de esa revolución —y con ello, el tipo de democracia que se desarrolló posteriormente en Europa— no pueden entenderse sin tomarse en serio el sistema monárquico.

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El soberano media entre sus súbditos y la justicia, encarna la ley, pero también representa a sus súbditos, o al menos es el mandatario de esos súbditos a los cuales hemos subsumido bajo el apelativo de «el pueblo». Así como Cristo es la encarnación de Dios, y la iglesia es un cuerpo místico que simboliza y posee el poder espiritual, el monarca, el soberano, encarna el poder mundano. A esto, de forma sucinta, podemos llamarlo el esquema teológico político, y lo interesante de Lefort es que él —apoyándose, por cierto, en una serie de historiadores— sitúa la Revolución Francesa en el dominio de lo teologicopolítico y considera que esa revolución se entrelazaba con reflejos religiosos. «El ungido del Señor se convierte en el ungido de la Revolución.» En lugar del monarca como encarnación de la ley, vino la promesa de amor universal que la revolución había declarado, lo cual se inspiraba claramente en esa otra revolución sagrada, la de Jesús. Los sacrificios se hacían en el altar de «la justicia, la verdad y la razón eternas».

La democracia es, de hecho, una infraestructura que organiza el desacuerdo (político) de tal modo que evita masacres y permite que sean corregidos los errores.

El filósofo George Steiner (1929-2020) ha relacionado la Revolución Rusa, quizá incluso más explícitamente que Lefort en el caso de la Revolución Francesa, con el cristianismo y con el mensaje de la salvación (el sermón de la montaña) de Jesús. El paraíso donde los últimos serán los primeros no viene después de la muerte, sino que está previsto para el próximo lunes. Ni Lefort ni Steiner se hacían ilusiones sobre dónde acabaría esa promesa celestial, a saber, en un campo de concentración. Siempre que el amor alcanza el poder, las cosas salen rematadamente mal.

Y aunque el jacobinismo no puede compararse con el estalinismo (la diferencia de escala por sí sola lo hace imposible) a nadie se le puede escapar que cuanto más elevado sea el ideal, mayor es el riesgo de que se produzcan purgas espantosas.

La democracia liberal se mueve en la dirección opuesta, particularmente por no dar la espalda a sus propios defectos. La democracia es, de hecho, una infraestructura que organiza el desacuerdo (político) de tal modo que evita masacres y permite que sean corregidos los errores. El pueblo, como sea que lo definamos, ya no tiene un cuerpo, y no existe un acuerdo sobre lo que está bien y lo que está mal. Puede que no sea necesario llegar a un acuerdo sobre ello; como mucho, se pueden alcanzar compromisos sobre lo que se considera que está bien aquí y ahora. «El poder aparece como un espacio vacío, y aquellos que lo ejercen como simples mortales solo lo ocupan temporalmente», escribe Lefort.

Se ha dejado, por así decirlo, que lo teologicopolítico devenga un vacío. El pueblo intenta encontrar su cuerpo, pero no lo logra, y los intentos de sacralizar el estado, el pueblo y la humanidad solo han cristalizado en procedimientos y comisiones. Lo cual deja claro por sí solo que existen muchas contradicciones y debilidades internas en la democracia liberal. Dicho sea de paso, también puede deducirse de ello que la veneración a la democracia es esencialmente antidemocrática. No porque el pueblo decida lo que es sagrado, sino porque lo sagrado queda fuera del dominio de lo político. La revolución puede ser una iglesia, como señaló Lefort, pero la democracia no lo es sin la menor duda. La turba que irrumpió en el Capitolio el 6 de enero de 2021 pensaba que estaba irrumpiendo en un templo, pero no había óleos sagrados que pudieran profanarse de una vez por todas. Los procedimientos y los comités reanudaron aquella misma noche su actividad en el punto donde la habían dejado.

 

Llenar el vacío

Siguiendo a Hannah Arendt, Lefort sostiene que el totalitarismo, el fascismo y el comunismo han surgido de la democracia y son intentos de llenar el vacío. La democracia liberal se basa en su propia falibilidad; «el sitial del gran juez» permanece vacante. El pueblo no es realmente soberano, solo lo es simbólicamente, y así debe seguir siendo. Hay algo de insoportable en ello, y un sistema construido en torno al vacío del que emergió (la muerte del rey del absolutismo que se aferraba al Ancien Régime) todavía siente la tentación de querer ocupar ese vacío. Algo que veremos suceder una y otra vez.

Con los mismos matices, Lefort también defiende el humanismo, la ley internacional y las Naciones Unidas. Comprende que la humanidad no es una unidad y que, aunque todavía sigan existiendo pueblos y culturas —uno es básicamente francés o alemán, o probablemente parisino o berlinés—, la mutua dependencia no puede ser negada. Defiende el individualismo: el pueblo está dividido en individuos, pero ni siquiera esos individuos son islas, y tienen el derecho, o deberían tenerlo, de unirse para promover sus intereses, ya sea mediante partidos políticos o sindicatos. Admite que la ley internacional difícilmente (o en modo alguno) puede imponerse, pero subraya que también los países dependen unos de otros y que a todos les conviene tener normas con las que resolver las disputas.

Sin mucha fe en el Altar de la Razón, Lefort apela constantemente a la razón y se niega a perder la fe en esa racionalidad. Defiende el estado del bienestar y ve en el Estado no solo una maquinaria que garantiza los derechos de los ciudadanos, sino también una maquinaria que proporciona una red de seguridad a aquellos que llamaré aquí, de modo algo irreverente, «los desafortunados».

La discordia infinita —la dinámica política en una democracia— tendrá siempre que distinguir entre lo legítimo y lo ilegítimo; tendrá también que establecer siempre qué desacuerdos no están permitidos. Sabemos desde el siglo pasado que ninguna democracia puede permitirse abolir la democracia utilizando las normas de juego democráticas. Aunque solo sea porque entonces los errores ya no pueden corregirse o revertirse.

Allí donde haya gente, aparecerán siempre profetas que hagan sus proclamas. La cuestión es mantener a esos profetas y esos mensajes fuera del dominio de lo político.

Las esperanzas de Lefort son antimesiánicas. Así como la democracia liberal es antimesiánica, porque no promete una gran solución generalizada a los problemas humanos. Incluso el imperio de la ley, uno de sus pilares principales, tiene por objeto eliminar el dolor más que proporcionar realmente una cura.

Hay, por supuesto, deseos humanos fundamentales que no pueden satisfacerse mediante la democracia o la política. Por lo tanto, allí donde haya gente, aparecerán siempre profetas que hagan sus proclamas. La cuestión es mantener a esos profetas y esos mensajes fuera del dominio de lo político.

Ese es probablemente el verdadero mérito de la separación de la Iglesia y el Estado. Y aunque Lefort no deja de repetir que la historia de las instituciones políticas en Europa y América está plagada de símbolos y mitología tomados del acervo del cristianismo y de otras religiones, la encarnación de Dios, es decir, lo absoluto, debe tener lugar en otro ámbito, el de la Iglesia, por ejemplo.

 

La ausencia de grandes gestos

En democracia el centro del poder está vacante, el Altar permanece vacío. De hecho, no se espera ni más ni menos que eso del ciudadano adulto: que reconozca y respete ese vacío. Que aprenda a tolerarlo.

En tiempos de guerra y de otras crisis siempre se produce un llamamiento a la unidad; hay que cerrar filas para derrotar al enemigo, sea cual sea la forma que adopte. Pero esa unidad está reñida con la naturaleza de la democracia liberal, que se subdivide en individuos y ciudadanos con opiniones, ideologías y creencias diferentes. Quien defienda la democracia liberal está defendiendo sus debilidades, su falta de decisión, sus dudosas componendas, incluso sus intrigas políticas, su indolencia, su carácter insulso, resultado inevitable del antimesianismo y de la ausencia de los grandes gestos.

Es un tanto desagradable que en medio de una gran emergencia tengas que estar dispuesto a morir por un sistema tan herético. Y, sin embargo, eso es lo que la historia trata de decirnos. Aunque entiendo perfectamente a quien piense con los pies cuando se produce una emergencia, como lo expresó el escritor polaco americano Jerzy Kosinski, y decida huir.