Éste es un trabajo imprescindible que no todos sabemos ejercer con toda la inteligencia, el coraje y la honestidad que exige. Imprescindible para que los ciudadanos estén bien informados. Imprescindible para que funcione la democracia y los derechos de todos estén garantizados y protegidos. Esto lo sabía Sol Gallego mejor que nadie y supo vivirlo y ponerlo en práctica con todas las consecuencias, no siempre placenteras para ella, también mejor que nadie.

Lo decía el Libro de Estilo del diario, con su código de comportamiento periodístico incluido, el primero que se hizo en España, pero nadie estuvo tan atento a su cumplimiento como Sol, en los numerosos trabajos y responsabilidades que le correspondió desempeñar en el diario EL PAÍS. Hay que comprobar rigurosamente los hechos y contrastar las fuentes, sin hacerse trampas al solitario para que salga lo que demandan los propios deseos o exigen los poderosos. Las noticias que más reclaman su publicación son las que desmienten los propios prejuicios o las ideas recibidas. El mayor y fundamental compromiso del periodista es con la verdad, por dolorosa que sea.

No significa que el periodista no tenga ideas ni que tenga que ocultarlas. Menos aún que deba abstenerse de criticar a los gobiernos y a los poderosos. Al contrario. Pero hay que hacerlo siguiendo escrupulosamente las reglas del oficio: separar lo que es información de lo que es análisis u opinión, evitar las fuentes anónimas, solo publicar lo debidamente comprobado, esforzarse en titular sin sesgo. Esto es Sol. La Sol cronista parlamentaria y la Sol corresponsal en el extranjero, la Sol columnista y la Sol directora del diario: la primera, por cierto, en un país en el que hay muy pocas mujeres dirigiendo medios de comunicación.

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Sol era y sigue siendo, aunque ya no esté entre nosotros, el estilo del diario, que no se agota en el Libro de Estilo. El estilo es como decir el alma, el espíritu. Nada de lo que hacemos lo haremos bien si lo hacemos solos. Éste es un trabajo colectivo, de equipo. Como ocurre con la democracia, no hay buen periodismo sin deliberación, y como ocurre con la sociedad democrática, no hay periodismo sin una cierta amistad cívica. Debate, respeto, pluralidad de puntos de vista y fraternidad son las virtudes necesarias para una Redacción, que Sol practicó sobradamente, más que nadie.

La Redacción es el corazón y la conciencia de los medios, que ninguna inteligencia artificial podrá sustituir. El corresponsal más lejano no es nadie sin el apoyo de la Redacción, con la que sostiene un diálogo permanente, le hace encargos o acepta propuestas y sobre todo cuida y edita los artículos, redactados a veces a toda prisa. El corresponsal que acaba de llegar a su nuevo encargo en el extranjero es poca cosa si el corresponsal que se va no le pasa la agenda entera, todos los contactos y las noticias en marcha, como hizo Sol en cada uno de los lugares desde donde escribió: puedo decirlo aquí en primera persona porque lo he vivido.

 

Lección de vida y de oficio

Hay profesionales que creen lucir si los demás fracasan y otros profesionales que quieren ser superados por aquellos que les suceden en su puesto. Lo mismo ocurre a la hora de dirigir una sección informativa o el mismo diario: algunos se rodean de mediocres, temerosos de ser desbancados por quienes le rodean, y otros buscan a los mejor preparados para hacer equipos bien fuertes y facilitar su propio relevo. Y aún más difícil, en ese oficio tan individualista, donde abundan los pavos reales que prefieren lucir el plumaje del mérito personal en lugar de compartirlo y exhibirlo como mérito colectivo. De todo esto, Sol nos ha dado una magnífica lección de vida y de oficio.

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La horizontalidad es fundamental en una buena Redacción, pero al final, a la hora de hacer una primera página o una apuesta informativa es necesaria una decisión vertical. Esa es la labor de la jerarquía dentro del diario, que no todos saben ejercer con auctoritas, la virtud romana que Maruja Torres ha recordado en su necrológica dedicada a Sol, para oponerla a la potestas: hay quienes solo tienen la segunda, porque la han recibido de otro, y pocos tienen las dos, como las tenía Sol cada vez que le tocó mandar. El periodista debe ejercer el poder, cuando lo tiene, con el máximo sentido de la responsabilidad, como hizo siempre Sol, desmintiendo con los hechos la sentencia de un periodista famoso que reivindicaba y sobre todo practicaba el oficio como si fuera un poder sin responsabilidad.

Ésta es la prueba del nueve de la calidad de un periodista, que debe aplicarse a las relaciones de los profesionales con el poder empresarial y político y con el dinero. Ahí destacó Sol, hasta el punto de que algunas de sus decisiones vitales solo se explican por su negativa a someterse a ambos, al poder y al dinero. Convertirse en rico y poderoso en esta época que hemos vivido es perfectamente respetable, pero difícilmente compatible con la preservación de la independencia, la honestidad y la responsabilidad que se exigen al periodista. Puede valer para el mundo del espectáculo, para la degradación del periodismo de las fake news e incluso para la construcción de imperios mediáticos basados en verdades alternativas o en el mercantilismo del intercambio de información manipulada a cambio de favores, influencia, dinero o incluso posiciones de poder.

Todo esto es lo que el Sol no fue y lo que debemos entender como su legado. Muchos pensarán que este espíritu periodístico, el espíritu de Sol, es un anacronismo en una época como la nuestra, que no cree en la consistencia misma de la realidad, y pone los hechos en discusión y no la interpretación de los hechos, es decir, las opiniones. Si así fuera, si el legado de Sol no tuviera futuro, entonces nuestras sociedades democráticas y libres tampoco  tendrían futuro. No debemos permitirlo.