Cuando en 1848 propusieron a Daniel Webster ir de número dos en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, su respuesta dejó claro la baja estima en que tenía el puesto: «No pretendo que me entierren hasta que esté muerto», respondió el exsecretario de Estado. Todo lo contrario de lo que Kamala Harris dijo a Joe Biden cuando le preguntó si quería ser su candidata a vicepresidenta: «Oh sí, estoy lista para ponerme a trabajar», respondió la exsenadora y exfiscal general de California, como siempre que se le ha presentado una oportunidad.

Para Harris, su elección como vicepresidenta —la primera mujer, negra y de origen asiático además— es todo lo contrario a un entierro político en vida. Aunque históricamente despreciado, el cargo ha evolucionado hasta convertirse en un apetitoso trampolín político. La nueva vice de EE. UU. representa la esperanza del Partido Demócrata. Pero, más allá de la relevancia histórica de su elección, Kamala Harris es el gran enigma de la política americana actual.

«Mi madre decía a menudo “No dejes que nadie te diga quién eres, tú eres quien les dice quién eres”» suele recordar para explicar que no se dejara limitar por las expectativas que pudiera haber para una hija de inmigrantes de piel oscura como ella, o simplemente para refugiarse en su propio relato cuando alguien lo cuestiona. Pero como candidata a las primarias presidenciales demócratas, Harris cabalgó siempre sobre la ambigüedad sin llegar nunca a definirse.

La nueva vicepresidenta de EE. UU. es hija de una pareja de inmigrantes llegados a finales de los 50 para estudiar en la universidad de Berkeley (California). Se conocieron «de una manera muy americana», cuenta Harris: durante las manifestaciones por los derechos civiles. Él, Donald Harris, un economista de Jamaica, hoy profesor emérito de Stanford y ella, Shyamala Gopalan, fallecida en el 2009, una bióloga india procedente de una familia de luchadores por la independencia.

En 1964 nació su primera hija, Kamala Devi Harris. Entre marchas y debates sobre el racismo en América o la descolonización, tres años después nació su hermana Maya. Al poco tiempo, la pareja se separó. La custodia fue para Gopalan, que se integró en la comunidad afroamericana de Oakland y crio a sus hijas como si fueran simplemente negras, porque es como sabía que las verían en su país de adopción, sin más matices.

«Sabía que siempre se nos juzgaría de forma diferente por nuestro aspecto», afirma Harris, que no ha olvidado las humillaciones que sufrió su madre, reputada investigadora del cáncer de mama, por su acento extranjero y color de piel. Ella se educó entre blancos. Entonces no lo sabía pero su trayecto diario en autobús hasta un barrio blanco de Oakland para ir al colegio formaba parte del plan para acabar con la segregación racial de las escuelas californianas. En uno de los debates de las primarias demócratas, Harris utilizó con Biden su incisivo estilo de fiscal para reprocharle que se hubiera opuesto a estas iniciativas en Delaware.

 

«Esa niña era yo»

La senadora consiguió así uno de esos momentos virales («Esa niña era yo») que desesperadamente buscaba su campaña para hacerla destacar entre tanto candidato, un instante de fama que podía haberse vuelto contra ella cuando meses después Biden dijo que buscaba a una mujer como número dos. «No soy rencoroso», tenía preparado decir este si le hubieran preguntado si consideraría a la senadora californiana.

En 1976, su madre encontró trabajo como investigadora en una universidad de Montreal y «Shyamala y las chicas», como las llamaban, se mudaron unos años a Canadá, donde estudiaron en un entorno multicultural. En 1982, llegado el momento de ir a la universidad, Harris quiso volver a EE. UU. y optó por Howard, el llamado «Harvard de los negros». Por sus aulas pasaron algunos de los gigantes de la lucha por los derechos civiles a los que Harris quería parecerse, como el juez Thurgood Marshall.

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Fueron años clave para consolidar su identidad racial y la seguridad de que podría hacer lo que se propusiera, como le había inculcado su madre, cuenta en The truths we hold, su biografía política. En Howard vio y sintió que «ser negro en EE. UU. no era un nicho», escribe. Estudiante brillante, fue allí donde se presentó a sus primeras elecciones. Durante los fines de semana iba a las manifestaciones contra el apartheid y otras causas. También hizo prácticas en el Senado.

Licenciada en Derecho por la universidad de Hastings, Harris sorprendió a su entorno con su vocación: quería ser fiscal, no abogada defensora. Tuvo que justificar sus argumentos «como si de una tesis doctoral se tratara». Pero de pequeña, cuando iba a las protestas con sus padres y veía a los manifestantes llamar a las puertas del poder, en lo que ella pensaba era en que «quería estar al otro lado para dejarles entrar».

Con 39 años, se convirtió en fiscal del distrito de San Francisco, la primera mujer y primera persona negra en ostentar el cargo.

Tras trabajar varios años en el área de Oakland y en la fiscalía del distrito de San Francisco, en el 2003 se presentó a las elecciones para dirigir este departamento. El sistema estaba tan roto que, decía, solo se podía arreglar desde arriba. Una eficaz campaña compensó que Harris fuera una absoluta desconocida. Con 39 años, se convirtió en fiscal del distrito de San Francisco, la primera mujer y primera persona negra en ostentar el cargo.

Siete años después, se postuló a fiscal general de California, responsable del segundo mayor Departamento de Justicia del país. La noche electoral la prensa local la dio por derrotada; a las tres semanas resultó que había ganado. Una vez más, fue la primera mujer y la primera persona de color en llegar al puesto.

Eran los años de la Gran Recesión y California, uno de los estados más golpeados por los desahucios, se había sumado a la demanda de 48 estados contra cinco grandes bancos por abusos en la concesión de hipotecas. Pretendían saldarlo con 4.000 millones de dólares. La Casa Blanca y muchos fiscales generales presionaban para cerrar un acuerdo pero la californiana se levantó de la mesa. Es una batalla de la que le gusta hablar. Al final, los bancos abonaron una indemnización de 20.000 millones.

Su perfil llamó la atención del establishment demócrata. En el 2014, el fiscal general de EE. UU., Eric Holder, la llamó para contarle que iba a dimitir y preguntarle si querría relevarle. Se lo pensó. Pero tras valorar los proyectos que tenía en marcha y lo poco que podría hacer antes de que Barack Obama dejara la Casa Blanca, lo rechazó.

Dos años después, uno de los dos escaños de California en el Senado de EE. UU. quedó vacante y no se lo pensó. La alegría de su victoria se vio enturbiada por el escalofrío que recorrió a los demócratas al ver que Donald Trump había ganado las elecciones. En enero del 2017 Harris tomó posesión como senadora. Una vez más, fue una pionera: era la primera mujer de raza negra en representar a California en la Cámara Alta del Congreso de EE. UU., la segunda de la historia del país.

La coincidencia de su elección con la era Trump le permitió explotar su bagaje como fiscal y destacar como una temible interrogadora en las audiencias a los candidatos de la Casa Blanca. En enero del 2019, dio un paso adelante y presentó su candidatura a las primarias demócratas. Al principio trató de ganarse al ala progresista del partido. Luego buscó el centro, un espacio claramente saturado.

La campaña puso bajo la lupa su historial como fiscal. En su hoja de servicios destacan programas pioneros de reinserción de presos en San Francisco y luego en toda California, o la protección de víctimas de delitos sexuales. Pero el sector más izquierdista del partido, dominante al inicio de las primarias, cuestionó seriamente su legado.

En su hoja de servicios destacan programas pioneros de reinserción de presos en San Francisco y luego en toda California.

Aunque se declara contraria a la pena de muerte, en su día la defendió en los tribunales, se le afeó. Relajó la persecución del delito de posesión de marihuana pero no propuso descriminalizarlo, como ahora defiende. Como fiscal, fue reacia a procesar a policías acusados de abusar de la fuerza. Su postura sobre la reforma sanitaria nunca estuvo clara.

A dos meses de los caucus de Iowa, Harris se retiró de la carrera. A su pesar, siempre había sonado como una posible buena vicepresidenta, en especial, como así ocurrió, si al final el candidato demócrata a la Casa Blanca era un hombre. Cumplidos los 78 años, Biden se ve como un presidente de transición, de ahí la expectación que rodeó a la elección de su número dos.

 

En todas las quinielas

Tras las protestas raciales del verano, muchos le aconsejaban proponer una vicepresidenta negra. Harris estaba en todas las quinielas pero algunos donantes cuestionaron su lealtad. «Demasiado ambiciosa», decían. El exsenador Harry Reid salió en su defensa: «¿Alguna vez hemos oído decir de un hombre que es demasiado ambicioso?», planteó. La campaña de Biden dejó claro que buscaba talento, y tener ambiciones no era un problema.

Según la Constitución, las únicas funciones del vicepresidente son presidir el Senado y relevar al presidente en caso de destitución, dimisión, incapacidad o fallecimiento. Pero el puesto se ha cargado de responsabilidades en las últimas décadas, en especial a raíz de la presidencia de Jimmy Carter. Nunca había trabajado en Washington y se sintió obligado a elegir a un número dos con experiencia y cederle tareas relevantes.

Cada presidente moldea la relación a su manera pero el vicepresidente de EE. UU. tiene acceso a la misma información que él, incluidos los briefings de los servicios de inteligencia. Si un día Harris, de 56 años, relevara a Biden por la vía de la sucesión, sería imposible que le ocurriera como a Harry Truman, que solo supo que EE. UU. fabricaba la bomba atómica cuando Franklin D. Roosevelt murió y de la noche a la mañana pasó de ser vicepresidente a presidente.

Por su edad y el deseo manifiesto de Biden de ser un puente entre generaciones, se presume que Harris tendrá un papel de peso en la nueva administración. Si en el 2024 se postula como candidata a la Casa Blanca, podrá apoyarse en los triunfos de su jefe y desmarcarse de sus fracasos porque al fin y al cabo no ha sido ella la presidenta. Los estadounidenses encontrarán en su gestión pistas sobre quién es realmente Kamala Harris. Su mejor carta de presentación será haber sido una buena vice.

 

Beatriz Navarro corresponsal de La Vanguardia en Washington delante de la librería Politics and Prose.

Beatriz Navarro, corresponsal de La Vanguardia en Washington, delante de la librería Politics and Prose.