Una comida con unos jóvenes amigos, antiguos estudiantes míos, los tres por debajo de la treintena, y yo en la sesentena. Sale el tema —lo saco yo— de Autodefensa, la serie protagonizada y coescrita por Berta Prieto, Belén Barenys y Miguel Ángel Blanca. Me doy cuenta enseguida de que el tema no solo no interesa, sino que genera incomodidad. Uno de ellos dice que «ya nos hablaste una vez de la serie y, por lo que explicaste, decidí que no necesitaba verla». Los otros dos primero callan, se toman su tiempo. Es evidente que les extraña mucho que yo encuentre la serie interesante. Uno de ellos, el que más claramente expresa inquietudes políticas y hasta espirituales, dice que la serie, que ha visto, no le dice nada, porque «no aporta nada para cambiar el mundo».
No pienso que de algún modo no tenga razón, a pesar de que no sabemos nunca de qué manera los textos del arte y de la ficción —y Autodefensa, por muy rudimentaria, esquemática y mecánicamente provocativa que parezca, es arte y es fingimiento— pueden o no pueden cambiar el mundo. El tercer amigo calla algo más, hasta que al final dice que la serie no le gustó nada. Lo dice casi lamentando tenerlo que decir, no por la serie, sino por mí, como si se avergonzara de sorprender en mí este mal gusto que para él representa encontrar interesante Autodefensa. Su argumento principal es que el mundo en el que vive es demasiado parecido al de la serie como para no sentir una mezcla de aburrimiento, vergüenza y angustia al verla. Produce cringe. Exactamente esta es la expresión que emplea.
Autodefensa, y lo digo rápido, es la expresión más sarcástica, más cruda y a ratos muy inteligente —a ratos muy vulgarmente previsible— del nihilismo de una parte de la juventud de ahora, generación Z o centennial o como queramos llamarla. Y para quien no sepa de qué hablo, solo diré que si se quiere entender algo de una parte de los jóvenes de hoy entre los veintipocos y los treinta y pocos, la serie —está en Filmin— me parece de visión obligada. Ahora bien, en sus capítulos se reiteran cosas que quienes tuvieron veinte años después de las décadas prodigiosas de los 60 y 70 tienen por fuerza que reconocer: desubicación, angustia, escepticismo, hedonismo, cinismo, y en definitiva un rechazo existencial y moral del mundo en el que les ha tocado vivir. Este rechazo puede tomar diversas formas: indiferencia, hastío o rebelión.
Porque si este mundo lo consideran injusto y desgraciado, tampoco confían en ninguna alternativa fuerte y, por lo tanto, viven este rechazo de forma desorganizada, o como mucho dedicados a una guerrilla escapista, sospecho que más estética que ética. En resumen: nihilismo, hedonismo y fatalismo. De modo que si Autodefensa me ha interesado es por dos razones. Este nihilismo se plantea ya con fuertes dosis de autoparodia y autocompasión, y aparece una novedad en relación con los años 80, 90 y hasta diría que con la primera década del siglo XXI: el rol de las tías —y lo digo así, tías— es feroz. La autodefensa del título es evidentemente una cosa de tías ante el mundo y ante los tíos. Pero como las protagonistas se muestran en algunos capítulos como personajes paródicamente repulsivos, la exigencia interpretativa está servida.
El idioma generacional
En el almuerzo con mis jóvenes amigos también salió la visita del Papa, sobre la que se mostraron entre irónicos y displicentes, a pesar de que a uno de ellos un cura amigo ya le había regalado la enciclica Magnifica humanitas, y otro, por mero gusto del espectáculo, había sido invitado a un balcón de la calle Rosselló para verlo pasar. Estos jóvenes amigos son gente de letras con inquietudes políticas, sociales y sobre todo existenciales —entiendo la cosa existencial en su vertiente literaria, de compromiso vital con la escritura. Pero en aquella comida me di cuenta —y no los traiciono a ellos más que a mí mismo diciendo esto— de que a pesar de todo el afecto y la confianza, el idioma generacional era tan diferente, el mío del suyo, que había cosas que yo no podía plantear sin violentarlos o desconcertarlos —Autodefensa es el ejemplo—, igual que ellos a veces expresan entusiasmo por cosas que me dejan totalmente descolocado, si bien aguzo el oído para saber, para no perder el hilo, frágil e imaginario, de lo que ahora gusta o interesa, de lo que permite recoser una diferencia de edad de treinta y cinco años.
Yo no sé si a los veintitantos puedes pensar históricamente, pero pasados los sesenta no tienes más remedio que hacerlo.
Y bien, lo que pensé que no podía decirles sin provocarles la risa u ofender sus inteligencias, es que la novedad de nuestra época, para uno que se esfuerza en pensar históricamente, es un Papa muy interesante en un contexto mundial dramáticamente incierto y peligroso. No les podía decir: leed esta encíclica del Papa León XIV, que es muy potente, muy oportuna. Si ya los había entre descolocado y avergonzado con mi interés por Autodefensa, no podía acabar de hundirme ahora diciéndoles que estaría bien que leyeran Magnifica humanitas. En juego estaba justamente esto del «pensar históricamente». Es un problema de perspectiva, de información acumulada y —que mis jóvenes amigos me perdonen— de experiencia. Yo no sé si a los veintitantos puedes pensar históricamente. Pero pasados los sesenta no tienes más remedio que hacerlo. Y por eso callé, para no liarla más y porque ya vi que esto del Papa se lo tomaban con sorna. Tengo que decir que después de la sobredosis de religiosidad popular en masse vivida con la visita papal —de la que yo solo salvo la sesión en la barcelonesa iglesia de San Agustín— reírse un poco del espectáculo ya me parecía bien.
Ahora, la cuestión que no osé plantear es esta: ¿cómo se tiene que leer esta encíclica y por qué se tiene que leer si no eres ni creyente ni practicante e incluso si ni tan siquiera estás bautizado? ¿Y qué interés puede tener una encíclica como Magnifica humanitas si la cuestión nihilista —la planteada por ejemplo en Autodefensa— no busca una superación religiosa? ¿O si sobre el tema de la inteligencia artificial hay mil libros que leer antes que una encíclica del Santo Padre? Yo sé que mis jóvenes amigos se enfrentan al nihilismo de su época con estrategias privadas y frágiles, pero valientes y sinceras. También sé, o me imagino, que la IA es un tema que los supera, pero si quieren pensar seriamente sobre él no acudirán a Magnifica humanitas. ¿Entonces, qué? Entonces yo —uno che non crede di credere, para emplear, invirtiéndola, la sofisticada fórmula del filósofo Gianni Vattimo, pero que está atento a la cosa y a su historia— diré cómo he leído, confieso que atrapado a ratos, y otros no tanto, la encíclica.
Después de la sobredosis de religiosidad popular ‘en masse’ vivida con la visita papal —de la que solo salvo la sesión en la barcelonesa iglesia de San Agustín— reírse un poco del espectáculo ya me parecía bien.
El texto tiene cinco capítulos, una introducción y un epílogo. Tiene unas partes de comentario de la época —de nuestra época—, otras doctrinarias, y otras esforzadas en poner de manifiesto una continuidad en el seno de la Iglesia al menos desde la encíclica Rerum novarum del papa León XIII (1891), que es la referencia, ya se ha dicho mucho, a partir de la cual se asume la capacidad y la obligación de la Iglesia de decir lo que crea que hay que decir sobre las transformaciones sociales, económicas y tecnológicas de los tiempos modernos. Es evidente que se puede hacer un trabajo histórico de comparación y análisis con encíclicas precedentes más allá del que la misma Magnifica humanitas hace a lo largo de su segundo capítulo. No lo haré aquí. Pero hay tres cosas que me parece importante destacar.
Desarmar la IA
Una, significativa, pero que no toca el meollo de la encíclica: no hay ninguna referencia a las posiciones doctrinarias del Vaticano sobre sexualidad y derechos reproductivos. La encíclica evita uno de los asuntos que más claramente separan a la Iglesia de muchas sensibilidades morales actuales. Y si habla de la familia, se limita a decir que es el fruto de la «unión entre un hombre y una mujer», sin complicarse más la vida. Me parece importante su vocación de ser escuchada fuera de la comunidad de los creyentes, por un «nosotros» que desborda el «nosotros cristianos» que aparece claramente al final de la encíclica, en el epílogo.
La encíclica parte de dos mitos bíblicos: el destructivo de la torre de Babel y el de la reconstrucción de los muros de Jerusalén en el libro de Nehemías.
Dos: sobre la IA (todo el capítulo tercero) no dice nada que no estemos en condiciones de decir muchos de nosotros desde hace tiempo habiendo leído cuatro cosas y habiendo seguido las noticias en los periódicos. Pero lo dice el Papa, qué caramba, y lo dice muy bien y con toda la claridad. Sí a la IA aplicada a la investigación biomédica, por ejemplo. No a la IA aplicada a la guerra —aunque ¿quién controla esto?; si tu enemigo la usa, ¿tú que harás?—, y no a la IA que pretende sustituir la inteligencia, la creatividad y el esfuerzo que son fuente de aprendizaje, maduración y sabiduría en los humanos. Desarmar la IA y desarmar el lenguaje de la política inmerso en una espiral de odio. La idea es potente… ¿y quimérica? Es indiscutiblemente potente que la formule el Santo Padre para los que tendrán que fingir que no la han podido escuchar cuando les devoren sus propias quimeras.
Y la tercera cuestión, para mí la más importante, la más exigente —la que me parece que hace la encíclica recomendable entre no-creyentes, se piense o no se piense históricamente—: hay una definición fuerte de humanidad, muy fuerte, centrada en la caridad y en el amor al otro. Esto, en un momento en que los humanos volvemos a cotizar a la baja —lo digo con toda la mala intención en el idioma del dinero—, me parece decisivo.
Hay una definición muy fuerte de humanidad centrada en la caridad y en el amor al otro. Esto, en un momento en que los humanos volvemos a cotizar a la baja —lo digo con toda la mala intención en el idioma del dinero—, me parece decisivo.
Un último detalle: la encíclica parte de dos mitos bíblicos: el destructivo de la torre de Babel y el de la reconstrucción de los muros de Jerusalén en el libro de Nehemías. Si el primero muestra la infatuación y la soberbia de una humanidad confundida acerca de sus límites, el segundo explica la capacidad colaborativa de una humanidad humilde, solidaria, empática y amorosa. Es el Pablo de la primera carta a los corintios (3, 10) invocado al final, perfecto para entender la referencia a Nehemías: «Que cada cual se fije bien en cómo construye.» Construir con amor, no destruir con soberbia. El mensaje es este.
Testosterona, altivez, arrogancia
No es fácil, en una lectura ceñida al texto, distinguir muchas de las cosas dichas en la introducción y en los capítulos cuarto y quinto de lo que puede decir hoy una izquierda o una socialdemocracia —posiciones retóricas e imaginarios aparte. Más que redescubrir el paternalismo a menudo autoritario y siempre conservador de la vieja democracia cristiana, aquí lo que parece querer ponerse en juego es un renovado diálogo con corrientes como Cristianos por el Socialismo, obviamente sin necesidad de exhibirlo. Porque el problema vuelve a ser este: hoy la Iglesia tiene un discurso poderosamente alternativo a los deseos capitalistas, de los que ni las izquierdas más combativas parecen haber sabido distinguirse: testosterona —es decir, machismo instintivo—, interés desmesurado por el dinero a título privado, rivalidad, competitividad, dominación, altivez, arrogancia, o un sindicalismo más adaptativo que resistente.
Mis tres jóvenes amigos de la comida no son así. Tampoco son santos, porque realmente on n’a pas le choix de la sainteté. Pero aquí es bueno de recordar que, si Dios existe, a Él le interesamos porque dudamos y porque nos sabemos débiles. Porque no nos cerramos a lo que la duda y la debilidad exigen. A ver si en el próximo almuerzo me atrevo a decirles algo así sin que me tiren los platos por la cabeza.




























































