Las elecciones legislativas del pasado 30 de enero en Portugal han arrojado un resultado claro y contundente: el Partido Socialista de António Costa tendrá mayoría absoluta para poder gobernar sin cortapisas ni necesidad de acuerdos o transacciones. Esta victoria de la centroizquierda lusa sorprende porque parece ir a contracorriente de dos tendencias políticas que, prácticamente, están ya consolidadas en nuestro entorno europeo.

La primera se refiere a la dificultad extrema que encuentran los sistemas parlamentarios y de partidos para alcanzar mayorías estables de gobierno, a pesar de las preferencias constitucionales por las mismas. En efecto, las constituciones de posguerra en Europa diseñaron una serie de mecanismos institucionales para garantizar la estabilidad gubernamental y dificultar la fragmentación parlamentaria, como la necesidad de que las mociones de censura fueran constructivas (incorporar a un candidato alternativo) o los sesgos mayoritarios de los sistemas electorales, tendentes a reforzar a los grandes partidos o a favorecer, directamente, el bipartidismo.

Sin embargo, estos instrumentos son insuficientes para frenar hoy la proliferación de formaciones políticas, la fragmentación de las opciones electorales y la inestabilidad de los gobiernos, cuyos líderes se ven en la necesidad de articular coaliciones con otras fuerzas, a veces poco afines entre sí. El tiempo de las mayorías absolutas parece haber pasado, como en España.

La segunda tendencia política es la que viene constituida por el retroceso, evidente y constatable, que ha sufrido en los últimos años la socialdemocracia en Europa. Las causas son múltiples y complejas, pero podrían destacarse de entre ellas la difuminación de su viejo ideario económico y social en la hegemonía neoliberal; la pérdida de centralidad de la cuestión redistributiva y el ascenso de las llamadas «políticas de identidad» o la desaparición gradual de las bases materiales de apoyo que sustentaban el proyecto socialdemócrata de la segunda mitad de siglo.

Pero he aquí que, de repente, nos encontramos con la excepción portuguesa de un gobierno socialista, estable y con mayoría absoluta. ¿Cómo explicarla? En la tortuosa y conflictiva transición lusa se popularizó un cartel en el que aparecían filósofos y pensadores de todos los tiempos, mayoritariamente de izquierdas, interrogándose con cara de asombro sobre Portugal mientras observaban, incrédulos, el mapa del país vecino.

 

Un país tranquilo

Para los siempre irritados ojos españoles, la existencia de otro Estado al oeste de nuestras fronteras y en la misma península ibérica ha solido ser un motivo de extrañeza, cuando no directamente de ignorancia o pretendida arrogancia. Un país tranquilo, sin tensiones regionales, con un nacionalismo de Estado muy sólido y con una democracia hija de la última revolución europea, que parece vivir y existir de espaldas a una España que le rodea y agobia con sus fanfarrias y su crispación política.

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Aunque nos parezca mentira, en Portugal se respetan los turnos de palabra y no hay interrupciones entre los candidatos.

Aquí podemos rastrear, de hecho, la primera explicación del triunfo de Costa en las últimas elecciones: frente a la dialéctica amigo-enemigo que se ha instalado en la clase política española y en parte de la europea (miremos al Reino Unido o Francia, sin ir más lejos), los portugueses siguen encuadrados en el marco del debate democrático respetuoso con la palabra y con los adversarios, lo que fomenta un clima más favorable a la estabilidad y menos amistoso con la polarización. La tranquilidad lusa, que a veces raya el paroxismo de una forma de vida contemplativa, es el mejor antídoto contra el ruido político en el que nos hemos instalado de este lado de la frontera. Solo hay que comparar la última campaña electoral portuguesa con cualquiera española para constatarlo: aunque nos parezca mentira, en Portugal se respetan los turnos de palabra y no hay interrupciones entre los candidatos.

El siguiente motivo que explica la excepción lusa es más concreto y circunstancial, aunque opera sobre el telón de fondo que acabamos de desplegar. El anterior gobierno de Costa estaba sostenido por un pacto de apoyo con el Bloco de Esquerda y el Partido Comunista, formaciones ambas a la izquierda del Partido Socialista del Primer Ministro (la llamada geringonça). El sostén era, no obstante, simplemente parlamentario, puesto que ambos partidos no entraron en el Gobierno ni obtuvieron ningún puesto de responsabilidad gubernamental. Esto ha permitido que los conflictos en el seno de la coalición se exteriorizasen más y no fueran integrados en la acción política de un ejecutivo monocolor y subordinado plenamente al primer ministro.

El mejor ejemplo de esta disfuncionalidad ha sido el de los presupuestos, elaborados únicamente por los socialistas en el Gobierno y que no consiguieron, finalmente, el respaldo de los otros dos partidos. Estos, a su vez, se ven constreñidos por la paradoja de toda coalición parlamentaria para las formaciones pequeñas: si apoyan sin fisuras al partido mayoritario corren el riesgo de ser absorbidos y desaparecer, y si dejan de hacerlo, pueden ser castigados electoralmente.

 

Costa, «animal político»

En el reciente caso portugués ha ocurrido lo segundo, puesto que el electorado luso ha retirado una parte considerable de su respaldo al Bloco y al Partido Comunista al responsabilizarles del fracaso de los presupuestos y del consiguiente anticipo electoral. Ante la coyuntura de inestabilidad de estas dos últimas situaciones, los portugueses han apostado por reforzar al partido en el gobierno para consolidar la estabilidad de lo conocido en un tiempo de incertidumbre.

Costa realizó una campaña maratoniana en la que casi visitó los 308 municipios del país, respaldado por las buenas cifras de crecimiento económico.

Tercero, António Costa ha demostrado nuevamente ser un auténtico «animal político», dotado de una gran capacidad de diálogo y resistencia. Amigo de Rui Rio, el líder del PSD (centroderecha), y del presidente de la República, Rebelo de Sousa, también conservador, Costa va camino de convertirse en el jefe de gobierno más duradero y estable no solo de la actual democracia portuguesa, sino de toda la historia parlamentaria y republicana del país. Una vez más se constata la gran versatilidad de los políticos lusos, quienes a pesar de la insignificancia geoestratégica del país ocupan puestos de relevancia a nivel internacional (empezando por el Secretario General de las Naciones Unidas). Costa, bregado en la negociación a izquierda y derecha durante su etapa como alcalde de Lisboa, realizó además una campaña maratoniana en la que casi visitó los 308 municipios del país, alentado y respaldado por las buenas cifras de crecimiento económico que acompañan a la recuperación pospandemia.

Una élite política vive y actúa desde Lisboa y Porto, con escasa conexión con los problemas reales de la mayoría de la población.

En cuarto lugar, la extrema derecha de Chega, aunque ha pasado a ocupar la tercera posición en la Asamblea de la República, no ha llegado ni de lejos a los objetivos que se había planteado. Esta aventajada posición parlamentaria puede explicarse más por el desgaste del Partido Comunista y del Bloco que por el incremento de sufragios del partido que lidera André Ventura, comentarista deportivo y expolítico del PSD. No era difícil para él superar su anterior barrera, ya que solo contaba con un diputado en el parlamento. Sin embargo, el miedo a su ascenso, en un país cuyo relato democrático está imbuido del antifascismo y de la simbología rupturista del 25 de abril, sí ha ayudado para aquilatar aún más el reagrupamiento del voto moderado en torno a Costa y el Partido Socialista.

Chega se ha servido, para aumentar su peso político, tanto de una retórica abiertamente antipolítica y antibipartidista, denunciando la supuesta lejanía de la clase gobernante lusa con el pueblo llano, como de un discurso xenófobo y racista para con la población gitana. Y lamentablemente ambas problemáticas son ciertas y reales, puesto que en Portugal encontramos una élite política surgida del 25 de abril o de grandes familias y redes de amistad, que viven y actúan desde Lisboa y Porto, y que tienen escasa o muy débil conexión con los problemas reales de la mayoría de la población y de la mayor parte del territorio.

 

Discurso repleto de falsedades

El incremento de apoyos a Chega que se ha podido ver en los distritos con más población gitana también nos habla de la existencia de una marginalidad histórica de esta minoría, cuya falta de integración o inclusión es evidente. De la misma se sirve la extrema derecha para articular un discurso repleto de falsedades, temores infundados y datos erróneos que tiene por objeto soliviantar sobre todo a las clases humildes contra los que sufren aún más la desigualdad; esto es, un discurso orientado a enfrentar al penúltimo contra el último.

Asimismo, la configuración social de los portugueses sigue respondiendo a algunos parámetros que benefician potencialmente al Partido Socialista, como una desigualdad social muy acusada, el alto número de trabajadores del sector primario y secundario respecto a los países del entorno y los elevadísimos índices de desigualdad económica. Todo ello dificulta que los discursos y políticas de identidad o las cuestiones culturales ocupen un lugar central en el escenario electoral, que sigue estando presidido por las políticas económicas y redistributivas de la riqueza, en cuyo marco António Costa se siente más cómodo dada la reversión que su partido ha protagonizado de muchos de los recortes impulsados durante el gobierno del conservador Passos Coelho.

Rui Rio (centroderecha), de carácter abierto y conciliador, no ha dudado en apoyar al Gobierno en los momentos difíciles de la pandemia.

El rechazo a las políticas neoliberales o de «austeridad» que aplicó el PSD, impulsado y condicionado por la Unión Europea, sigue estando muy presente en la sociedad lusa, que además tiende a identificar aquel periodo, el de la troika, con una injerencia externa contraria a los intereses nacionales y a la soberanía del país. Este ha sido quizá el error principal de Rui Rio, el de no haber sabido alejarse de su predecesor, a pesar de su carácter más abierto y conciliador y de la imagen de Estado que ha ofrecido durante toda la pandemia, cuando no ha dudado en apoyar al Gobierno en los momentos difíciles.

 

Afrontar la desigualdad

Pero si el Partido Socialista se ha beneficiado de este contexto económico, se ha de tener en cuenta que, de cara a próximos comicios y al futuro mismo de Portugal, debería afrontar con eficacia la desigualdad y la precariedad a que están condenadas franjas muy numerosas y extensas de la ciudadanía portuguesa. Si no, los socialistas podrían llegar a correr el riesgo de compartir la profunda crisis de descrédito de muchos de sus homólogos europeos y de abrir la puerta a opciones extremistas que aprovecharían el desencanto social.

Es curioso, al respecto, que Chega (como Vox en España) no haya conseguido articular un discurso económico proteccionista, a la manera de Le Pen en Francia, y se haya mantenido en los estándares neoliberales de Passos Coelho, defendiendo la retirada de todo intervencionismo estatal o políticas fiscales regresivas. Si llegaran a cambiar de discurso al respecto y se diera también la circunstancia de que el Partido Socialista, con o sin apoyos a su izquierda, no lograra finalmente reducir con eficacia la desigualdad, el avance de la extrema derecha sí podría ser preocupante para el devenir mismo de la democracia portuguesa.