En mayo de 2020, mientras el mundo se veía sacudido por la pandemia de coronavirus, la oficina de Mark Rutte, entonces primer ministro de Países Bajos y ya en ese momento uno de los líderes europeos más veteranos, explicó que el jefe del Gobierno neerlandés no había visitado a su madre de 96 años, que acababa de morir.

Las reacciones a aquella noticia mostraron bien las emociones encontradas que durante catorce años ha provocado Rutte entre los votantes holandeses y entre muchos ciudadanos europeos: por supuesto, es innegable que de haberse sabido que Rutte se saltaba el confinamiento para poder visitar a su madre antes de su muerte habría sido un escándalo. Pero al mismo tiempo, ¿no había algo de frialdad inhumana, de inflexibilidad emocional, en la decisión de preferir cumplir las normas antes que despedirse de su madre, especialmente en un país con unas normas de confinamiento más flexibles que las de países como España o Italia?

El incidente es una muestra de esa inquietante normalidad que siempre ha caracterizado a Rutte. «Mr. Normal» ha sido uno de los apodos más utilizados. Un tipo normal, que ha vivido siempre en su sencillo apartamento de La Haya, comprándose su propio café mientras hace cola como todos los demás, pedaleando en su bici para ir a su oficina o, si tenía mucha prisa, conduciendo su viejo Saab. Su normalidad se convirtió en su propia marca política. Que nadie esperara grandes discursos políticos, grandes decisiones históricas. Rutte es puro pragmatismo, pura estabilidad. Más un gestor que un hombre de Estado.

Mismas rutinas, mismas costumbres, mismos pocos amigos que le rodean, mismas vacaciones anuales. La idea para transmitir, que el poder no le da ningún estatus ni ninguna emoción, con una vida personal casi desconocida, girando de manera permanente alrededor del trabajo. La muerte de su madre fue solamente un reflejo de esa personalidad, inflexible, moralmente vinculada a hacer el trabajo de manera discreta y efectiva.

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En una política tan cambiante como la holandesa, Rutte ha sido la figura hegemónica desde 2010 hasta que en 2023 sencillamente dejó de pelearlo. Hacía ya dos años que el primer ministro consideraba que ya era suficiente. Siguió al frente de su partido, el VVD, por la misma razón por la que Angela Merkel tuvo que seguir en su último mandato a las riendas de la CDU alemana: porque cuando hay una figura que ha dominado de una manera tan apabullante la política nacional a su partido le entran ataques de pánico con la sucesión. Y como a Merkel, a Rutte se le hacía largo y pesado ese tiempo de descuento, los minutos de la basura.

Rutte se adapta a las circunstancias. No tiene problema en explicar que lo único que ha hecho es cambiar de opinión porque las condiciones lo requieren.

Cuando en 2023 intentó endurecer la política migratoria del país una vez más y sus socios de Gobierno se resistieron apretó el gatillo. Dijo que había dedicado «cabeza, corazón y alma» a este trabajo y cerró la puerta de la política holandesa, abriendo la de la candidatura a suceder a Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, lo que hizo el 1 de octubre. Ya había sonado como el favorito de la administración americana en varias ocasiones. La Casa Blanca le habría consultado al menos dos veces antes de que finalmente se dieran las condiciones. De manera que a finales de octubre de 2023, cuando se supo que estaba abierto a ocupar el puesto de Stoltenberg, las fuentes aliadas dieron por hecho que la sucesión estaba hecha.

 

Mala memoria

Rutte es un superviviente con una flexibilidad política que ha fascinado a muchos durante sus años en la Torentje, la «torreta» en el complejo de Binnenhof en La Haya donde se encuentra la oficina del primer ministro holandés. En 2010 llegó al poder con el respaldo externo del PVV, el partido de extrema derecha liderado por el populista Geert Wilders. Cuando este retiró su apoyo y el Gobierno se desmoronó, Rutte pasó a convertir a Wilders en el máximo riesgo para el futuro de Países Bajos, al mismo tiempo que poco a poco endureció el discurso de su partido, el VVD, lo que muchos consideran que ha ido normalizando el discurso del PVV, que ahora, tras la salida del antiguo primer ministro, ha pasado a liderar el Ejecutivo holandés. Rutte sencillamente se adapta a las circunstancias. No tiene problema en explicar que lo único que ha hecho es cambiar de opinión porque las condiciones lo requieren.

Cuando la contradicción es demasiado evidente, Rutte tiene tendencia a explicar que se ha olvidado de aquello que provoca la contradicción. La mala memoria selectiva ha sido en varias ocasiones una herramienta política para él. En Países Bajos recientemente el politólogo Ariejan Korteweg señalaba que quizás era el momento de que Rutte escribiera sus memorias, aunque explicaba que había un contratiempo importante: para hacerlo debes tener memoria. La realidad, sin embargo, es que sí hay unas memorias de Mark Rutte que se pueden conseguir por internet. Memoires van Mark Rutte (Memorias de Mark Rutte), bajo el título «No recuerdo nada de eso», es una libreta de ochenta páginas en blanco con una cubierta en la que se distingue la silueta de Rutte en bicicleta.

Todo le resbala. Esa actitud le ha ayudado a sobrevivir a diversas crisis, lo que ha dado lugar a otro de sus apodos: «Teflon Mark», en referencia a las sartenes antiadherentes.

Para muchos esa actitud ha sido la clave que le ha ayudado a sobrevivir a diversas crisis, lo que le hizo ganarse otro de sus grandes apodos: «Teflon Mark», en referencia a las sartenes antiadherentes. Todo le resbala, nada deja marca. Un buen ejemplo fue la dimisión de su Gobierno en 2021 después de que se conociera el rol del Ejecutivo en un escándalo en el que las autoridades fiscales del país exigieron erróneamente la devolución de ayudas sociales a unas 26.000 familias, muchas de ellas de origen extranjero. Rutte pidió perdón y su partido mejoró sus resultados en las elecciones legislativas pocas semanas después. Es solamente un ejemplo más, porque a lo largo de sus años en el poder el primer ministro ha esquivado muchas crisis que se han cobrado un buen número de cadáveres políticos, pero nunca el de Mark Rutte.

 

El «susurrador de Trump»

Pero la realidad es que más allá de los chascarrillos políticos holandeses Rutte sí recuerda, y durante 14 años ha acumulado una larguísima experiencia como líder europeo y de la OTAN. Por eso, más allá de Viktor Orbán, primer ministro húngaro y el otro gran veterano de la política europea, con el que Rutte mantuvo pulsos muy tensos durante sus últimos años por la deriva autoritaria de Hungría, nadie puso problemas cuando la Casa Blanca apuntó que tenía un ungido para suceder a Stoltenberg como secretario general de la OTAN.

Flexible, pragmático, duro. Todo al mismo tiempo. Pocos tienen una mala imagen de Rutte. Y eso que su Gobierno fue la némesis de los Ejecutivos del sur de Europa durante la crisis del euro. Su ministro de Finanzas, Jeroen Dijsselbloem, que fue presidente del Eurogrupo –la reunión de ministros del ramo de la Eurozona y sala de máquinas de la gestión de la crisis del euro–, blandió, firme, el látigo de la austeridad. Aunque fuera Dijsselbloem y no Rutte el que sugirió que en los países del sur se gastaba el dinero en «alcohol y mujeres», aquella idea marcó para siempre la visión que la opinión pública de los países del sur de la Unión Europea tenía del primer ministro holandés. Y, sin embargo, en lo personal, Rutte seguía siendo agradable. Te podía estar haciendo la vida mucho más difícil, pero lo hacía con una sonrisa.

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La extensa experiencia en cumbres europeas que en ocasiones llegaron a ser muy tensas, y su personalidad, han sido claves en su elección. Otro elemento importante ha sido el hecho del país que ha liderado: un Estado miembro fundador de la UE y de la OTAN, con una enorme autoridad moral, con un peso muy relevante pero sin ser ni de los grandes países ni de los pequeños Estados. Rutte supo maximizar siempre ese peso relativo de Países Bajos, aprovechando para actuar desde segunda línea.

Un evento tuvo que ver mucho más que ningún otro en su reciente nombramiento, especialmente ante el fantasma del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca: la cumbre de la Alianza Atlántica de 2018 en Bruselas. Aquel día Trump provocó un terremoto en la OTAN amenazando con abandonar el club si el resto de los socios no aumentaban su gasto en defensa en línea con el compromiso de Gales, es decir, que los Estados miembros gasten al menos un 2% de su PIB en asuntos militares. El ataque de pánico fue general.

El simple hecho de que Estados Unidos considere abandonar la Alianza debilita al bloque, porque este se basa en el poder de disuasión que genera la presencia americana. Stoltenberg, Emmanuel Macron, presidente francés, y Angela Merkel, canciller alemana, tenían que decidir cómo actuar. Con ellos estaba también Mark Rutte. Quizás no debiera pertenecer a esa «sala de máquinas» de la OTAN por el peso de su país, pero sí por su personalidad. Y lo demostró poco después, cuando decidieron que fuera él el que tratara de calmar a Trump.

Si gana Trump el trabajo de Rutte puede convertirse en una repetición y prolongación de su maniobra en la cumbre de 2018.

Rutte hizo lo que mejor se le da: conseguir un acuerdo que parecía imposible. Sin orgullo, sin altanería, sin demasiada preocupación por la estética del movimiento. Se dedicó sencillamente a adular a Trump, a señalar que el magnate ya estaba consiguiendo que los socios aumentaran su gasto, a hacerle sentir el más listo, el más avanzado, el que lleva razón. Aquel día Rutte apagó un incendio que amenazaba con devorar a toda la OTAN, se ganó la confianza de Trump y su entorno, y pasó a ser identificado por todos los demás como un interlocutor óptimo con el presidente republicano al que nadie sabía tratar del todo. El hombre de los mil apodos recibió uno nuevo: «El susurrador de Trump».

 

Mediador y traductor

Ese sobrenombre le ha valido una secretaría general de la OTAN. Si gana Trump el trabajo de Rutte puede convertirse en una repetición y prolongación de su maniobra de aquella cumbre de 2018. Tranquilizar a Trump, suavizar los efectos más nocivos de su presidencia, y apretar a los socios europeos para que les ayuden a mantener a la Casa Blanca bajo control.

Para Rutte este nuevo trabajo representa un cambio importante. Ha tenido que dejar su ciudad natal, La Haya, donde ha desarrollado todo su trabajo, y con ella también su vida ascética y sencilla. Ahora vive en una calle con una enorme seguridad y con grandes mansiones en la Avenue Louise de Bruselas. Se acabó la normalidad, la bicicleta, su viejo Saab y su teléfono Nokia. Ya no se espera a alguien sencillo y cercano, se espera a un secretario general de la OTAN.

Esto no es política nacional: no hay margen para el error, ni para la improvisación ni para la creatividad puntual. No hay Teflon Mark que sirva. Hay que ajustarse a un discurso firme y claro, martilleante y repetitivo. Tu visión, tus ideas, o tus aspiraciones respecto a tu legado son totalmente secundarias: se busca más a un amable pero gris funcionario, ágil y capaz pero discreto, leal y flexible, que a un protagonista. Es un puesto que se parece más al de un soldado, preocupado especialmente por ejercer de conciliador con Estados Unidos, que al de un político. Un puesto que llevaba escrito el nombre de Mark Rutte.