A principios de los años setenta del pasado siglo, el ruido de sables en los cuarteles era un secreto a voces. La vida de Franco se estaba apagando y el ejército, monolíticamente franquista, fuertemente ideologizado, y cuyos altos mandos habían participado en la guerra civil, no estaba dispuesto a que su victoria de 1939 se les escapase de las manos. Percibían acertadamente que el régimen perdía bases sociales y que el ascenso de la tecnocracia de los años anteriores había disuelto parcialmente los principios del 18 de julio, lo que se reflejaba en un considerable aumento de las actividades opositoras. Por todo ello, en las distintas capitanías generales se habían estudiado planes para, llegado el momento de la muerte de Franco, tomar el poder y perpetuar el régimen. Indudablemente, el ejército era el gran obstáculo para una transición democrática y una seria amenaza para los opositores.
Sin embargo, en las Fuerzas Armadas había pequeñas grietas. Oficiales que, ya en los años sesenta y fruto de su honestidad intelectual e inquietudes religiosas, habían evolucionado desde su inicial adhesión al régimen propia de su juventud y sus familias, hacia posturas críticas. Las evidentes injusticias sociales y la corrupción que se daba bajo el franquismo les hizo virar hacia opciones claramente democráticas. Lejos de encerrarse en la monótona vida cuartelera, se habían abierto al mundo civil, estudiado carreras universitarias, participando en su docencia y entrado en contacto con sectores disidentes del régimen.
En agosto de 1974 nacía la Unión Militar Democrática en el piso del Paseo San Juan de Barcelona del capitán de artillería Guillermo Reinlein (hijo de voluntario de la División Azul).
El comandante de ingenieros y estado mayor Julio Busquets era el pionero de este pequeño sector y había publicado en 1967 la obra El militar de carrera en España, que supuso un aldabonazo en el mundo castrense lo que le llevó a sufrir sanciones y arrestos. En 1970 y raíz del juicio de Burgos contra terroristas de ETA, encabezó junto con otros diez oficiales destinados en Cataluña, una carta dirigida al jefe de estado mayor Luis Díez Alegría y al entonces príncipe Juan Carlos, apoyando al gobierno y apelando a la disciplina para tratar de contrarrestar el escrito de 150 mandos de caballería que pedían la pena de muerte contra todos los encausados y el fin de toda política de moderación. Los gritos de «ejército al poder» resonaban cada vez más en todos los cuarteles y eran jaleados en muchos medios de comunicación de la extrema derecha, sobre todo desde la muerte de Carrero Blanco a finales de 1973. A pesar de ello, estos militares demócratas eligieron luchar para que el ejército no fuese un freno para una transición democrática que tarde o temprano debía llegar.
Los colegas portugueses
Sus inquietudes se vieron catalizadas por la Revolución de los Claveles de Portugal de abril de 1974, que supuso el derrocamiento de la dictadura lusa y en donde sus fuerzas armadas fueron las principales protagonistas. En ese verano los comandantes Julio Busquets y Luis Otero viajaron a Lisboa para contactar con los colegas portugueses. Al mismo tiempo también lo hicieron con políticos de la oposición moderada como Ruiz Jiménez, Joan Raventos, Rafael Arias Salgado, Enrique Tierno Galván, Joaquín Satrústegui, etc. para informarles de la intención de organizarse. Poco después, el 30 de agosto de 1974, nacía la Unión Militar Democrática en el piso del Paseo San Juan de Barcelona, del capitán de artillería Guillermo Reinlein (hijo de voluntario de la División Azul).
Junto a Luis Otero y Julio Busquets estaban los capitanes Jesús Martín Consuegra, Gabriel Cardona (hijo también de divisionista), Juan Diego, Julián Delgado, Arturo Gurriarán, José Julve, Santiago Perinat, Antonio Miralles y Enrique López Amor (hijo de oficial fusilado el 18 de julio por sublevarse). Eran doce oficiales representantes de las cuatro armas entre los que estaban cinco de los que habían firmado la carta de 1970. Durante tres días trabajaron en redactar un ideario basado en el objetivo de trabajar por una España democrática que las fuerzas armadas no pudiesen sabotear. De su programa quedó totalmente excluida cualquier acción conspiradora destinada a ejecutar un golpe de estado que pudiese provocar un enfrentamiento civil, así como la vinculación con ningún partido político.
Inmediatamente comenzaron su labor proselitista con camaradas y amigos, extendiendo su influencia a la Armada, la Aviación, la Policía Armada y a la Guardia Civil. En pocos meses llegaron a ser unos ciento cincuenta, aunque solo una tercera parte de ellos participaba de forma activa. Eran pocos, pero inmersos en una febril actividad. En diciembre se organizó, con grandes medidas de clandestinidad, una primera asamblea en Madrid de donde salió la petición a la oposición de que se uniese para formar un gobierno provisional de transición. En una segunda asamblea se decidió vigilar aquellas unidades militares que podían ser utilizadas por los «ultras» en un posible golpe de estado o en acciones sangrientas contra la oposición, para alertar a los medios de comunicación y tratar de abortarla.
Pero su intensa labor de captación hizo inevitable que los servicios de información se enterasen, aunque en medio de una total incredulidad. No concebían que dentro del más firme baluarte del régimen surgiese tal oposición y que los tradicionales demonios del régimen, la masonería y el comunismo, no estuviesen tras ello. Ante la evidencia de su existencia el generalato tuvo que reaccionar. En julio de 1975, en una reunión de generales, el capitán general de Valladolid propuso asesinar a la cúpula de la UMD que se reunía en casa del capitán Restituto Valero, alias «el niño del Alcázar» (había nacido en el Alcazar de Toledo durante su asedio), camuflándolo como una operación de la ETA.
Nueve oficiales detenidos
Afortunadamente la idea se desechó y la cúpula militar decidió proceder a las detenciones, lo que se hizo a espaldas del gobierno que prefería la discreción, para dejarle en evidencia la debilidad con la que este actuaba frente a la subversión. Fueron detenidos nueve oficiales con Otero a la cabeza, descabezando a la organización de Madrid. En respuesta, el resto de la dirección con Busquets a la cabeza (se había librado de la detención al estar arrestado en Ceuta), intensificó los contactos con la oposición, sectores del régimen como Fraga y el príncipe Juan Carlos para pedirles apoyo.
El capitán de aviación, José Ignacio Dominguez, presentó en París la UMD dando una importante repercusión internacional y exagerando las cifras de afiliados.
Pero con las detenciones la UMD salió a luz lo que provocó un gran desprestigio al régimen. El ejército ya no era un bloque monolítico y las ideas democráticas también habían penetrado en él. El capitán de aviación, José Ignacio Dominguez, presentó en París a la organización dando una importante repercusión internacional y exagerando las cifras de afiliados. La muerte de Franco no cambió nada y el ejército quiso vengarse, por lo que las condiciones de prisión de los detenidos fueron vejatorias y ante la proximidad del consejo de guerra se impidió que ningún militar actuara como defensor, lo que obligó a que pidieran abogados civiles, lo que también fue rechazado. Finalmente, se les designó oficiales de oficio pero que eran de los servicios de información, lo que convirtió al juicio en una pantomima.
Mientras tanto la UMD seguía advirtiendo a la oposición de los riesgos golpistas y les proponía una serie de reformas que debían implementarse urgentemente en las fuerzas armadas, para desterrar de ellas toda tentación y capacidad golpista. Sin embargo, los políticos de la oposición tenían pavor ante las posturas involucionistas del ejército y preferían ignorar sus propuestas para no enervarle más. Durante 1976 la persecución contra los militares demócratas aún se agudizó y en marzo tuvo lugar el consejo de guerra contra los detenidos. En él se dio todo tipo de irregularidades procesales contra los nueve detenidos que sufrieron todo tipo de insultos.
La llegada del gobierno de Adolfo Suárez y su amnistía, permitió salir de prisión a todos los militares condenados, aunque no recuperar su condición militar.
Por si fuera poco, la acusación logró que tres ex miembros de la UMD traicionasen y acusasen a sus compañeros. Las sentencias les condenaron a penas de entre cuatro y ocho años de prisión y a la expulsión de la carrera militar. Como reacción, decenas de oficiales salieron, clandestinamente, en su defensa lo que provocó que desde las altas esferas militares se abriese una caza en toda regla contra todo militar sospechoso de demócrata.
La llegada del gobierno de Adolfo Suárez y su amnistía, permitió salir de prisión a todos los militares condenados, aunque no recuperar su condición militar. La transición era aún incierta y la UMD, con Busquets al frente, se entrevistó en secreto con el Rey y con Gutiérrez Mellado para apoyarles en el proceso democrático, pidiendo la reincorporación de sus compañeros expulsados e informándoles que se disolverían una vez instaurada la democracia.
Información a políticos y periodistas
El nuevo ambiente político impidió que se realizasen nuevas detenciones, pero la amenaza golpista persistía por lo que sus miembros siguieron conjurados en tratar de evitar por todos los medios que se materializase, informando de toda actividad sospechosa a políticos y a periodistas. Igualmente siguieron tratando de extender las ideas democráticas en el ejército, sugerir reformas, así como de proponer a compañeros de talante democrático para los futuros mandos que deberían asumir las jefaturas militares que no fueron atendidas.
No fue hasta el 2010, con Carme Chacón como ministra de Defensa, cuando se entregó a catorce miembros de la UMD la Cruz del Mérito Militar por su valor en la lucha por la democracia.
Tras los convulsos inicios del 1977 llegaron las primeras elecciones democráticas, ante lo cual la UMD decidió disolverse. Sin embargo, advertían que el conjunto del ejército seguía siendo golpista. Con su disolución confiaban en que sus compañeros expulsados pudiesen regresar al ejército. En ese momento Julio Busquets y el comandante jurídico de la Armada, Carlos San Juan, ya habían sido elegidos diputados socialistas y se esforzaron en conseguir infructuosamente la reincorporación ante el miedo de los políticos a «provocar» al ejército. Con la democracia instaurada los gobiernos olvidaron el sacrificio de los oficiales demócratas para no enemistarse con unas fuerzas armadas aún cargadas de tintes franquistas.
Cruz del Mérito Militar
No fue hasta 1986 bajo el mandato del PSOE, una vez silenciados definitivamente los ruidos golpistas, cuando se dictaba que los militares expulsados pudiesen reincorporarse, aunque a los que así lo pidieron se les negó destino manteniéndoles en el ostracismo cuartelero, lo que les obligó finalmente a pedir la baja de las Fuerzas Armadas. No fue hasta el 2010, con Carme Chacón como ministra de Defensa, cuando se entregó a catorce miembros de la UMD la Cruz del Mérito Militar en reconocimiento por su valor en la lucha por la democracia.
La importancia de la UMD fue más cualitativa que cuantitativa, rompió el monolitismo del ejército franquista, animó a la oposición democrática y los franquistas más duros dudaron de que en caso de dar un golpe la fuerza los oficiales demócratas pudiesen abortarlo, pensando en que, gracias a la abundante propaganda y actividad que impartió la organización, pudiese ser más fuerte de lo que era en realidad. La historia de la UMD refleja aquel dicho de que nunca tantos –el pueblo español– han debido tanto a un grupo tan pequeño de hombres que se la jugaron y que años atrás sin duda hubiesen sido fusilados. Es indudable que la culminación positiva de la transición democrática fue debida, en buen grado, a su existencia.




























































