Una decena de días antes de que el terremoto Zohran Mamdani, ––la victoria del candidato socialista en la liza por la alcaldía de Nueva York– acaparara portadas en la prensa internacional a principios de noviembre, otro seísmo político ya había sacudido a la República de Irlanda con la inédita elección como presidenta de un rostro de la izquierda radical. Catherine Connolly, candidata independiente, también supo tomar el pulso al electorado descontento, capitalizar el sentimiento contra el statu quo y arrastrar consigo el voto entusiasmado de los jóvenes. El resultado fue contundente: obtuvo el mayor mandato popular de cualquier aspirante a la presidencia desde la creación de este puesto en 1937.

A diferencia de su joven colega estadounidense, sin embargo, la tarea de Connolly no será la gestión que imprime un sello político, sino la de ejercer un mero rol representativo. ¿O quizá no sea así? Esa es la cuestión que se plantea en los medios políticos irlandeses desde que esta abogada de 68 años se impusiera en las urnas sin la aquiescencia del establishment y valiéndose, a su aire, del foro de las redes sociales.

Aunque sobre el papel se espera del ocupante de la jefatura del Estado que esté por encima del debate y la crispación política, sucesivos antecesores en el cargo se esforzaron en ensanchar esas costuras. Y Catherine Connolly parece querer seguir, si no expandir, esa senda, a tenor de sus palabras durante la toma de posesión: «La gente ha hablado y entregado a su presidenta un mandato para articular su visión de una nueva república…, Voy a asegurarme de que todas las voces sean escuchadas».

En aquel discurso en el castillo de Dublín defendió la diversidad, «el legado de la descolonización» o el acceso a la vivienda  como «un derecho humano fundamental» Y, en una sala repleta de figuras del gobierno, embajadores y otros dignatarios, quien será la representante del Estado irlandés en el exterior clamó contra «la normalización de la guerra y el genocidio.»

PUBLICIDAD
Advertisement

 

Ironías de la vida

Ese estilo sin filtros fue su marca durante la campaña para las elecciones presidenciales y ratificó a Connolly como una outsider de la política irlandesa. La séptima de los catorce hijos de una familia modesta, casada y con dos hijos, entró en política ya cumplidos los 40 años en su Galway natal. En esta ciudad del oeste irlandés ejerció de concejal durante más de tres lustros, y de alcalde un solo año. Se define como socialista y pacifista, y expresa su nacionalismo hablando regularmente en un fluido gaélico («Ningún país puede expresar sus deseos o valores si la lengua nativa hablada por los ancestros está extinguida»).

No está ligada a ningún partido desde que abandonó a los laboristas en 2007 porque se negaron a incluirla en un ticket electoral junto a Michael D. Higgins para las legislativas de aquel año. Ironías de la vida, ha sido ahora Higgins, en calidad de presidente saliente del país, el encargado de traspasarle la varita del cargo.

La séptima de los catorce hijos de una familia modesta, casada y con dos hijos, entró en política ya cumplidos los 40 años en su Galway natal.

Tras aquel fiasco, Connolly intentó sin éxito por dos veces entrar en el Parlamento nacional (Dáil) bajo bandera independiente. La tercera y vencida fue en el 2016, y no la desaprovechó al convertirse en la primera mujer elegida para presidir los debates en el Dáil. Su último éxito ha sido unir a los partidos de la oposición (incluidos el Sinn Fein y el Labour) en torno a su candidatura a la presidencia del país, para acabar derrotando a la aspirante del gobierno de centroderecha (con el 63,36 por ciento de los sufragios).

 

Un verdadero sobresalto

El triunfo de un personaje que está más a la izquierda que cualquiera que haya ocupado un puesto de responsabilidad en Irlanda –según la descripción que se hace de Connolly en los pasillos del poder– ha supuesto un verdadero sobresalto para la clase dirigente. El país ha estado décadas dominado por un establishment y dos partidos de centro, Fianna Fáil y Fine Gael, cuyas diferencias son sólo de raíz histórica. Ambos han venido alternándose en el gobierno o, como ocurre en la presente legislatura, compartiéndolo en una coalición. Ese bálsamo de moderación que conjuraba los agitados y violentos orígenes de la república ya no es tal.

El clamor por los desorbitados precios de la vivienda, el inasumible coste de la vida, las tensiones que entraña haber pasado de ser un país de emigrantes a otro muy diferente, donde más del 12 por ciento son inmigrantes, han dado alas a la izquierda, mientras empiezan a sentirse también puntuales coletazos de signo ultraderechista (en forma de disturbios contra aquellos que no han nacido en el país).

Irlanda ha cambiado mucho en los últimos años, con una ostensible pérdida de peso de la Iglesia católica, la legalización del divorcio, del aborto y de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Un signo de la profunda transformación social que no agrada a ciertos sectores y en un futuro no lejano podría dar alas a la derecha. Tensiones, por tanto, desde ambos extremos del espectro político.

Donde quizá tocó más la fibra de la ciudadanía fue en su apoyo sin ambages al drama que viven los civiles palestinos.

El ocaso del peculiar y moderado bipartidismo irlandés empezó a vislumbrase en las elecciones generales de 2020, donde el Sinn Fein, antiguo brazo político del IRA y hoy referente de la izquierda, obtuvo la mayoría del voto popular. Una alianza de sus dos rivales del centroderecha le vetó entonces la llave del gobierno y, cuatro años más tarde, contuvo su ascenso por la mínima. Pero el estado de las cosas está mutando. Y el apoyo del Sinn Fein, junto al grueso de la izquierda, a la candidatura presidencial de Connolly ha demostrado que esa unidad es capaz de derrotar al centro político.

PUBLICIDAD
Barcelona Districte 4.0. Anticipem el què, el com i l'on de la reinvenció

 

Ceremonia de investidura de Catherine Connolly como presidenta de Irlanda, el 11 de noviembre de 2025 en el Castillo de Dublin. Office of the President of Ireland

Ceremonia de investidura de Catherine Connolly como presidenta de Irlanda, el 11 de noviembre de 2025 en el Castillo de Dublin. Office of the President of Ireland

 

Hábil en el uso de redes

«Se nos hizo creer que era un salto demasiado grande, que nuestras ideas eran demasiados excéntricas, demasiado izquierdistas, en desacuerdo con la narrativa predominante», ha proclamado una Connolly que a lo largo de la campaña se presentó como alternativa a la ortodoxia imperante. Además de acaparar el voto de protesta, la aspirante más atípica de todo el elenco se reveló lo largo de la campaña especialmente hábil en el uso de las redes sociales en las que, como botón de muestra de su tono, no dudó de exhibir sus habilidades con el balón de fútbol.

Sus oponentes la tildaron de populista y censuraron su intento de eludir el escrutinio de los medios tradicionales, favoreciendo entrevistas en podcasts presentados por afines a su candidatura. Pero ella supo conquistar a varios sectores del público, entre ellos la comunidad trans que, agradeciéndole su solidaridad, calificó a Connolly de «verdadera aliada».

Donde quizá tocó más la fibra de la ciudadanía fue en su apoyo sin ambages al drama que viven los civiles palestinos. En ese punto estuvo en línea con un gobierno que ha simpatizado públicamente con las víctimas de Gaza, criticado duramente a Benjamín Netanyahu y que en su día se unió a Sudáfrica en una demanda contra Israel en la Corte Internacional de Justicia (CIJ), lo que condujo al cierre de la embajada israelí en Dublín. Ha sido sin embargo el discurso apasionado de Connolly ante la catástrofe humanitaria en la Franja el que ha logrado engarzar mejor con la simpatía que tantos irlandeses profesan a la causa palestina, que caracterizan como una historia compartida de opresión colonial y de trauma ocasionado por un largo conflicto sectario.

 

Potencial fricción con el gobierno

En otros ámbitos muy relevantes de la esfera internacional, empero, la sintonía de la nueva presidenta con el ejecutivo es inexistente. Los comentarios de Connolly en el pasado sugieren que tiene el potencial de agitar el debate sobre la neutralidad irlandesa, a la que se aferra frente a lo que califica de «militarización europea». La coalición gobernante quiere cooperar con la UE en iniciativas de seguridad y está preparando una legislación que facilite el despliegue de tropas irlandesas en misiones de mantenimiento de la paz sin la necesidad de que la ONU lo apruebe. Recaerá en la presidenta la firma de esa ley o bien –tal y como advierten los analistas– podría remitirla al Tribunal Supremo si considerara que es anticonstitucional, en una potencial fricción con el gobierno.

También se recuerda que predecesores de Connolly presionaron contra los límites que impone el cargo, comenzando por Mary Robinson, la primera mujer en detentarlo (1990-97), quien estimuló el gasto en ayuda internacional protagonizando visitas de alto nivel a diversos países receptores. Más contundente fue el académico Michael D. Higgins (2011-2025), convirtiendo el puesto en una plataforma de preocupaciones domésticas como la escasez de vivienda, y colisionando en ocasiones con el gobierno en otras cuestiones económicas y de justicia social.

Una presidenta potencialmente crítica con Donald Trump podría impactar en las relaciones de Estados Unidos e Irlanda.

El foco está ahora puesto en si Connolly pretende forzar más la cuerda y el impacto que eso pudiera tener tanto a nivel doméstico como en las relaciones internacionales de Irlanda. El presidente no decide la política exterior pero representa a Irlanda en los grandes acontecimientos en el extranjero y visitas de Estado. Una presidenta potencialmente crítica con Donald Trump –tal y como lo ha sido en el pasado, denunciando «el genocidio permitido y financiado con dinero americano»– podría impactar en las relaciones de Estados Unidos e Irlanda, que es un destacado socio comercial e importante hub tecnológico para los titanes estadounidenses del sector.

Inquirida, durante la campaña, sobre un posible encontronazo con el presidente estadounidense, Catherine Connolly respondió: «Si se trata solamente de un encuentro y un saludo, pues nos encontraremos, saludaremos y ya está. Pero si la conversación versara sobre el genocidio (en Gaza), entonces sería completamente diferente. Pero dudo mucho de que esa conversación se produzca…»