Ha estallado de manera ruidosa y exuberante una parte de la problemática de la educación, tanto de Cataluña como de España. El colectivo de los maestros ha convocado varios días de huelga del sector, con duras movilizaciones que han comportado cortes de calles y vías de comunicación. Prometen muchas más. Ciertamente, los parones educativos crean cierta alarma social, más allá de los problemas prácticos que sortean las familias en consecuencia. El sector ya estaba cargado y, sumada la impericia con la que lo ha tratado la Administración, ha facilitado la explosión del malestar.

Las reivindicaciones educativas casi siempre resultan aceptables a gran parte de la ciudadanía. Se supone que son movilizaciones para mejorar las condiciones de su trabajo, y esto queda fuera de discusión, como pasa con los campesinos, que cuentan con un apoyo que no se cuestiona. La verdad es que, tanto la educación como la sanidad, hace muchos años que no reciben las dotaciones económicas y de personal necesarias, ni tampoco suficientes medios para continuar realizando el papel de pilares del Estado del bienestar. Han equipado las escuelas con una tecnología excesiva, pero no han dignificado la profesión ni la consideración de los maestros, del mismo modo que no se ha proporcionado tampoco la asignación de personal suficiente, los refuerzos de cara a asumir la realidad diversa y exigente de la multiculturalidad de los centros.

El hecho de que dos tercios de los participantes en la consulta sobre un acuerdo entre el sindicato dominante y la Administración se hayan manifestado en contra, indica hasta qué punto llega el doloroso sentimiento de desengaño de los docentes, y también, que cuando los temas cargados de problemáticas varias no se afrontan en el momento adecuado, las dinámicas pueden ser caóticas y de difícil resolución. Además de que los sindicatos, a veces, son menos representativos de lo que aparentan. Hay quien dirá que esta es solo una reivindicación de sueldos y de reducción de la carga horaria, pero aunque puede que haya algo de esto, el desánimo y la irritación tiene mucho más calado. Es una cuestión de dignidad, de consideración y de respeto.

Además, existe una falta de proyecto de futuro, de definir el propósito de un sistema educativo que hace aguas y no solo aquí; pero que sea problema de muchos no nos exime de enfrentarlo. Vienen tiempos de nuevas huelgas y movilizaciones, legítimas y comprensibles, pero que no resultarán provechosas para nadie, ni para los centros ni para las familias.

No se ha dignificado la profesión ni la consideración de los maestros, tampoco se ha proporcionado la asignación de refuerzos de cara a asumir la realidad diversa y exigente de la multiculturalidad de los centros.

Todo esto ha apartado el foco del tema educativo, como si el problema fuera solo una cuestión de dinero y de seguridad pública. Estos son los árboles de la primera fila, pero nos impiden ver el bosque. El debate debería centrarse en los problemas estructurales y sistémicos de la enseñanza, sobre un modelo que ha resultado, y no solo en Cataluña, totalmente fallido y que casi nadie parece tener ganas de abordar. El sistema educativo actual y sus metodologías alambicadas se fundamentan en una filosofía posmoderna que poco aporta a la formación de los jóvenes, a educarles como ciudadanos y a darles una formación para un futuro incierto.

 

PISA, la historia de un fracaso anunciado

Lo dicen los informes PISA y lo dice el sentido común. Nuestro patrón educativo ha resultado ser un fracaso, sea cual sea el nivel educativo que se mire. El abuso de pantallas tiene algo que ver, pero los problemas van mucho más allá; se alinean con la filosofía y el sistema. Los niveles de aprendizaje de matemáticas y de comprensión lectora son para echarse a llorar, y el déficit no deja de aumentar. No son resultados anecdóticos. Llevamos muchos años con estas flaquezas y otras que evidencian la caída de un modelo educativo estructurado a base de planteamientos psicopedagógicos que se consideran modernos y avanzados, pero que únicamente contribuyen a perpetuar la ignorancia. Se ha dado primacía a ocurrencias basadas en la psicología positiva, que hacen mucho ruido, pero que conducen al fracaso.

PUBLICIDAD
Advertisement

Como explicaba ya hace años uno de los mentores del exitoso sistema de enseñanza finlandés, «estudiar nunca ha sido divertido ni puede serlo, lo que es satisfactorio es haber aprendido»

Se parte del concepto según el cual la escuela y los centros educativos promocionar y garantizar de la felicidad de los escolares, más que dedicarse a enseñar. Solo se valoran las competencias y la practicidad y se menosprecia el saber. Y, con su desaparición, también ha desaparecido el método, la exigencia y la promoción de la capacidad de trabajo. El esfuerzo, que ha sido un valor y un hábito clave en todos los mejores momentos de nuestra sociedad, ya no se inculca. Más que enseñar, ahora se trata de crear «entornos de aprendizaje». Como explicaba ya hace años uno de los mentores del exitoso sistema de enseñanza finlandés, «estudiar nunca ha sido divertido ni puede serlo, lo que es satisfactorio es haber aprendido». Ciertamente, un sistema de enseñanza debe tener un largo recorrido y un amplio consenso político. Será imposible que nos repongamos de este fracaso si las bases educativas del futuro las construyen los mismos asesores que nos han llevado a la ruina educativa, cosa que significa un atraso que durará muchos años.

 

Mucha tecnología digital

Parece que nos hemos dado cuenta, finalmente, de que tenemos un sistema educativo que no funciona. Los resultados son demoledores para muchos países europeos, pero son especialmente negativos en Cataluña. Que el nivel tan bajo en matemáticas y comprensión lectora sea bastante generalizado nos puede hacer caer en la falsa idea de que esto tiene que ver con los tiempos del COVID, la falta de recursos materiales o un exceso de inmigración en las aulas. Todo sea para no enfrentar un problema que, para quien se mueve en el mundo educativo en el nivel que sea, es tema de conversación redundante, como mínimo, desde hace veinte años.

Comprobamos, día tras día, que el sistema de enseñanza ya no enseña. Si lo manifiestas, te conviertes en blanco de crítica de aquellos que se han autoproclamado expertos y que, nos dicen, no somos capaces de adaptarnos a las nuevas técnicas metodológicas que descansan en alambicadas teorías psicopedagógicas. La realidad es testaruda. Desde hace años una parte relativamente grande de los estudiantes que llegan a las universidades se ha equivocado de lugar, no tienen ni el bagaje, ni las bases de conocimiento ni la capacidad de esfuerzo y de trabajo para hacerlo. Paralelamente, la sociedad nos reclama que proporcionemos una enseñanza más funcional, aplicada y profesionalizadora. Se ve que los conocimientos, los contenidos y el saber ya no son relevantes a estas alturas y que lo que hay que hacer es facilitar competencias creando «entornos de aprendizaje» con mucha tecnología digital. Nos penalizan si nos atrevemos a «suspender».

El Departament de Ensenyament ha dicho que el fracaso educativo tiene un carácter multifactorial. Una obviedad. Que dediquemos a la educación un 4,1 % del PIB en vez del 6 %, alguna cosa tendrá que ver. Que falten profesores de apoyo, que no se mantengan las aulas de acogida y que todavía haya barracones, da coraje. Que educar en contexto de multiculturalidad es complejo resulta evidente, lo que exige son medios adicionales y formación de los docentes. Que la desigualdad económica creciente se refleja en las aulas y que la pobreza es una dificultad añadida también está claro, pero si queremos una sociedad cohesionada y donde la «igualdad de oportunidades» tenga sentido, podríamos hacer algo al respecto.

Las inversiones en los centros educativos se destinan solo a llenarlos de pantallas y chismes tecnológicos que no hacen más que distraer, impedir la concentración y el aprendizaje.

Que en la enseñanza secundaria obligatoria hacemos coincidir a niños y a jóvenes no parece muy adecuado, como tampoco que no hayamos dotado de medios para atender al fracaso escolar ni las disfunciones de neuroaprendizaje. Que no motivemos lo suficiente a los maestros ni a los profesores de bachillerato, obligados a trabajar en ambientes hostiles, sin apoyo de la Administración y a menudo de las familias con el burnout como una condena habitual, también explica cosas. Que las inversiones en los centros educativos se destinen solo a llenarlos de pantallas y chismes tecnológicos que no hacen más que distraer, impedir la concentración y el aprendizaje, también hace lo suyo. Que demos a los profesionales una formación deficiente y no otorguemos más prestigio social a los enseñantes, quizá también está relacionado.

 

Búnker pedagógico

Sin embargo, si vamos más allá, encontraremos que hay un problema de fundamentación que radica en el proyecto, en el modelo educativo que se instauró hace treinta años y en su pensamiento hegemónico. Sus resultados nunca han sido auditados por las diversas administraciones que lo han promovido y mantenido. Intocable. En estos momentos, únicamente forman parte de la comisión que debe evaluar su fracaso los mismos que lo diseñaron y que, de hecho, controlan el entramado educativo del país. Hay un búnker pedagógico, organizado en un par de fundaciones, que han dispuesto hasta ahora del monopolio filosófico de la enseñanza en Cataluña. Han creado una escuela y un sistema educativo donde el tema crucial no es el aprendizaje, sino el bienestar de los críos. Solo se valoran las competencias y la practicidad, que son importantes, pero se menosprecia el saber.

Como mínimo, se debería poder discutir a la luz de los resultados. Desaparece el método, la exigencia y el hábito de trabajar. El esfuerzo ya no es una virtud y aprender debe ser divertido. Terreno abierto a la experimentación, la ludificación y a una sobreprotección de los chicos que no los prepara para la vida y todavía menos para el fracaso que es inherente a ella. Creamos snowflakes de quienes no garantizamos su alfabetización. Que en Cataluña el naufragio sea más profundo que en el resto de España tiene que ver también con el hecho de que nos adelantamos tres años en convertir el estadounidense Diseño Universal de Aprendizaje (DUA) en doctrina oficial de nuestro sistema educativo.

En estos momentos, únicamente forman parte de la comisión que debe evaluar su derrota los mismos que lo diseñaron y que, de hecho, controlan el entramado educativo del país.

Básicamente, este diseño ha convertido a los profesionales en burócratas. Habría que abandonar las pedagogías deconstructivas e ir hacia sistemas curriculares basados en contenidos y aprendizajes y no solo competencias vacías. Pero eso no pasará. Se empeñarán en profundizar en un modelo que no funciona. Mientras tanto, los países con mejores resultados en las PISA basarán su sistema, no tan moderno pero eficaz, en más horas lectivas, más trabajo (también en casa), más exigencia y más esfuerzo.

 

Selectividad y comprensión lectora

Como cada curso, se han celebrado las pruebas de la selectividad para poder acceder a los grados universitarios. Grupos de jóvenes y adolescentes, excitados y nerviosos, han pisado las aulas universitarias para hacer un examen que decantará bastante su futuro y que, en cuyo resultado, recaen muchas expectativas. En realidad, sin embargo, la selectividad selecciona poco en relación con quién puede entrar o no en la universidad. Prácticamente todo el mundo aprueba. La función selectiva la hace solo respecto a los grados y facultades universitarias a los que se podrá acceder en función de la nota obtenida y de la nota de corte. Mil elucubraciones y estrategias de cara a hacer la próxima preinscripción.

PUBLICIDAD
Barcelona Districte 4.0. Anticipem el què, el com i l'on de la reinvenció

Casi todo el mundo se cree con el derecho de disponer de un grado universitario. Sin embargo, hay preguntas que nadie responde: ¿Los estudios postobligatorios deben de ser un derecho o solo una posibilidad? ¿Tiene que haber una auténtica selección para que solo accedan a ellos quienes tengan el talento y la capacidad de esfuerzo para llegar, o bien lo universalizamos de tal modo que igualamos a los estudiantes por la parte baja? Nuestro sistema universitario es intelectualmente accesible a todo el mundo, ¿es esto más justo o bien es una trampa que provoca una devaluación de la exigencia, el nivel y los títulos?

Si los grados universitarios ya no segmentan y segregan, una cosa aparentemente positiva, ¿no hemos desplazado esta función a unos másteres que en la gama alta solo son accesibles a los adinerados? ¿No hemos establecido un sistema falsamente democrático y meritocrático donde al final se recurre a la antiquísima segregación por recursos? Sin embargo, también nos podríamos formular preguntas más genéricas: ¿A qué deben responder las universidades? ¿Deben formar intelectualmente ciudadanos bien predispuestos, o bien su tarea debe ser profesionalizadora? La última pregunta es clave, y cada uno la interpreta como quiere.

Si los grados universitarios ya no segmentan y segregan, una cosa aparentemente positiva, ¿no hemos desplazado esta función a unos másteres que en la gama alta solo son accesibles a los adinerados?

La materia prima de las universidades son precisamente estos estudiantes que llegan formados y filtrados por la secundaria, el bachillerato, los ciclos formativos y las pruebas de selectividad. Hay serias dudas sobre si tenemos la enseñanza secundaria y el sistema educativo que necesitamos y nos merecemos. Las flaquezas que se detectan, muchísimas, no son imputables a los profesores, sino al establecimiento de una cultura educativa ocupada por los cachivaches y recursos tecnológicos, así como por una sociedad que ha abandonado el valor del esfuerzo y del saber, y da prioridad a las «habilidades» y las «competencias», mientras que denigra el saber. Arrogancia tecnológica, ludificación del aprendizaje, pérdida de credibilidad y de respeto a los profesores…

Últimamente se habla mucho del bajo nivel de comprensión lectora de los estudiantes actuales, una característica bastante generalizada en los países de la OCDE, pero que en España y Cataluña resulta mucho más preocupante. El informe PIRLS que sirve de comparación, prácticamente nos pone al final de la lista de Europa, y en descenso. Más allá de cuatro artículos de prensa que han tratado el asunto, miramos hacia otro lado y, como a tantas cosas, le atribuimos la culpa a la pandemia. Ese es un inmenso error que nos condena a ser un país dominado por la ignorancia.

 

El alma a los pies

Suecia es el primer país que reduce la tecnología educativa, destierra la hegemonía de las pantallas y recupera los libros como base de los procesos de aprendizaje en todos los niveles educativos. La lógica de la pantalla es la de la superficialidad, la búsqueda de estímulos cambiantes, la sensación de que no hace falta fijar nada porque todo está al alcance de un clic… Si no se lee de manera atenta y pausada, cosa que solo permite el libro, no se fija ni la lengua ni el conocimiento. Cuando haces controles de cultura general en cualquier nivel educativo, se te cae el alma a los pies.

Hemos sustituido la transmisión y la adquisición de conocimiento por una dinámica lúdica e insustancial con la exclusiva pretensión de proporcionar habilidades profesionalizadoras.

La entrega educativa a la tecnología en las dos últimas décadas nos ha hecho confundir lo que es urgente con lo que es importante. No hemos usado las pantallas o internet como un complemento, una herramienta educativa o un recurso, sino que ha ocupado el centro de la formación. Hemos sustituido la transmisión y la adquisición de conocimiento, proceso largo que requiere concentración, esfuerzo y trabajo, por una dinámica lúdica e insustancial con la exclusiva pretensión de proporcionar habilidades profesionalizadoras.

No tiene que haber nada complicado y suspender se considera una anomalía de la cual el propio sistema educativo culpabiliza a quien se atreve a hacerlo. Frustración de los profesionales de la educación y apatía y desconexión por parte de los que deberían de aprender. Había un antiguo profesor que el primer día de clase decía a los estudiantes que los aprobaría a todos, ya que, en caso que se merecieran suspender, ya los suspendería la vida. El problema es que con esta filosofía que impregna la cultura educativa actual, la vida lo que hace es suspendernos a todos.

Flotaba la sensación, incluso la convicción, de que el tema de la enseñanza en Cataluña no se abordaría en profundidad en esta legislatura y que las prioridades eran otras. Los gobiernos saben que no pueden abordar todos los grandes temas de golpe, y procuran dosificarlos con el tiempo. Todo el mundo que conoce de cerca o de lejos el mundo educativo sabe que hay una crisis estructural del modelo educativo que tiene que ver con el enfoque, los resultados, pero también con las condiciones en las que trabajan los profesionales, tanto en el ámbito de la primaria como de la secundaria. Los malestares acumulados son evidentes para quien quiera verlos, igual que una situación de desconcierto sobre la escuela que queremos y necesitamos, mucho más grande y exasperante.

 

Un gran acuerdo político

La política establece sus prioridades, pero la realidad, a veces, es testaruda, y cuando los temas no se afrontan, acaban explotando y, en ese momento, resulta difícil volver a meter genio en la lámpara. La primera ola de huelgas se saldó con una mejora salarial para los docentes, así como con un compromiso de aportar más enseñantes a un sistema tensado, especialmente si se quieren impulsar fórmulas de integración y de cohesión social y cultural. Con este acuerdo con el sindicato mayoritario, la USTEC no se enfrentaba a ninguno de los problemas de fondo de nuestro sistema educativo, pero, al menos, parecía paliar el malestar de unos maestros que se sentían menospreciados; o bien eso se creía.

Cambiar la enseñanza, más que huelgas y movilizaciones en la calle, lo que exige es trabajos de expertos, interlocución, programas y directrices y, especialmente liderazgo para enfocarlo todo como un pacto de país, como un gran acuerdo político que nos proporcione un modelo escolar renovado y a la altura de las circunstancias, de superación de los fracasos acumulados por empeñarse en fórmulas fallidas y en ir tirando mientras se mira hacia otro lado. Aunque no se deseara, el melón educativo se ha abierto y no nos serviría de nada reducirlo a una mera demanda corporativa de mejoras salariales y cerrarlo en falso.