Todo está claro. Un año ha bastado para despejar cualquier duda. Ahí están sus 230 decretos presidenciales. La venganza contra quienes intentaron destituirle y le llevaron a los tribunales y el premio a quienes con él delinquieron. La brutalidad de su política contra la inmigración, xenófoba y racista. Las guerras arancelarias. Sus triunfales operaciones militares contra Irán y Venezuela. Los propósitos anexionistas respecto a Canadá y Groenlandia. Su apoyo incondicional a Netanyahu, su apaciguamiento de Putin y su desprecio hacia vecinos y aliados. Finalmente, el uso coercitivo del poder económico y de la fuerza militar para obtener ventajas y modelar a su gusto el orden internacional.

Estados Unidos está bajo la férula de un gobierno autoritario, con una auténtica contrarrevolución iliberal, extremista y antiigualitaria en marcha y la reivindicación orgullosa de la ley de la fuerza en la selva del mundo. No fueron pocos los que previeron tal degradación, algunos ya desde su primera victoria en 2017, pero ha sido necesario el despliegue entero de sus políticas y su grosera exhibición en el Foro de Davos, en burla y desafío a los europeos, para diluir las últimas ambigüedades sobre el carácter imperial y despótico de su poder.

Esta culminación, que es a la vez una escalada, viene facilitada por la publicación casi simultánea de dos documentos cruciales, como son la Estrategia Nacional de Seguridad, el pasado diciembre, y la Estrategia Nacional de Defensa este enero, donde se definen sin maquillajes respectivamente la política exterior y los medios militares para aplicarla. Son las cartas de presentación del trumpismo como nueva doctrina internacional, bajo el grotesco apelativo de Doctrina Donroe, síntesis de su errática y mercantilista concepción de las relaciones internacionales y de la Doctrina Monroe, en la que fundamenta su derecho a controlar el entero continente americano desde Tierra de Fuego hasta Groenlandia.

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Una necesidad psicológica

La prioridad por el continente americano conecta con la militarización de la política interior para combatir las migraciones, los carteles de la droga y las políticas woke o progresistas. Trump tiene una idea patrimonial y territorial del país y del Hemisferio Occidental bajo su control, de donde se deriva la «necesidad psicológica» de adquirir la propiedad de Groenlandia.

La Doctrina Donroe conecta con una idea patrimonial que se extiende por el entero continente americano hasta Groenlandia.

Queda claro que su desprecio hacia Europa, la Alianza Atlántica y sus países socios es propiamente estratégico. Entre todos los dirigentes mundiales, Xi Jinping es quien merece la máxima consideración, prácticamente como un rival deportivo en competición por encabezar la liga mundial. También merece respeto Putin por su poderío territorial y militar, aunque queda fuera del radar de los peligros para Estados Unidos. Ucrania y los europeos deberán apañarse. También deberá espabilarse Taiwán, que no merece consideración alguna en las reflexiones estratégicas.

El trumpismo es una regresión hacia formas autoritarias e imperiales. Sus valores, ideas e incluso sus formas, retroceden siglos en la historia, tal como han advertido algunos expertos con la denominación de neomonarquismo (neoroyalism), que remite a las desaparecidas monarquías absolutas europeas. Nacido en oposición radical al internacionalismo liberal hegemónico desde hace 80 años, es un cóctel que cuenta con unas pocas ideas aislacionistas, muchas nacionalistas y hegemonistas, y sobre todo las que brotan de sus ocurrencias y su vanidad, su narcisismo y su irrefrenable pulsión de poder y la mezcla explosiva de arrogancia e ignorancia que caracteriza sus reacciones temperamentales. ¿Alguien duda del papel de la personalidad individual en la historia?

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En consonancia, el presidente está por encima de la ley y concentra en sus manos todos los poderes. La personalización es extrema. Todo debe hacerse en su nombre y a su mayor gloria. El lucimiento personal de sus éxitos es regla indiscutible, hasta constituir un objetivo en sí mismo, por encima de estrategias e imperativos geopolíticos. Está institucionalizada la confusión entre intereses del Estado y negocios del monarca. Su política internacional es radicalmente nacionalista, en favor de los intereses del país del que se ha apropiado. Y toda relación es bilateral y transaccional, bajo ninguna otra regla que no sea la voluntad monárquica.

Nace de esta concepción neomonárquica el reparto del mundo en áreas de influencia entre emperadores de rango y poderío similar, mutuamente reconocidos y respetados en la defensa de los intereses propios de cada uno. Como un poder emanado de Dios, el monarca recibe un territorio a su cargo, con derecho a exigir el vasallaje, con las correspondientes contribuciones a las arcas imperiales propias de la monarquía feudal.

En ausencia de autoridad religiosa universal, como sucedía con los monarcas absolutos europeos, la autoridad moral reside en la conciencia y el criterio del presidente, tal como reconoció en una entrevista al Times de Nueva York. Hay una religión americana, una especie de cristianismo pervertido, definido como teología de la prosperidad, que tiene en el presidente a su pontífice, a modo de continuación transatlántica del anglicanismo. La salvación del país y el juicio de moralidad corren así a cargo del más inmoral de los políticos, inmune ante el alud de sospechas sobre sus relaciones con Jeffrey Epstein.

 

Referencias

  1. Harold Bloom. La religión americana. Taurus, 2009.
  2. Robert D. Blackwill. «America Revived: A Grand Strategy of Resolute Global Leadership». Council on Foreign Relations. Gener 2026
  3. Stacie E. Goddard y Abraham Newman. «Further Back to the Future: Neo-Royalism, the Trump Administration, and the Emerging International System». Cambridge University Press. 20 de novembre 2025
  4. Hal Brands. ‘«American Grand Strategy and the Liberal Order. Continuity, Change, and Options for the Future». Rand Corporation. 2016.