De todos los privilegios, el del Estado nación es seguramente el más importante, y, sin embargo, es con mucha diferencia el privilegio del que menos hablamos. La respuesta a la pregunta sobre dónde naciste y dónde resides es fundamental para que puedas acceder a la atención médica y los bienes de consumo, para la esperanza de vida y la movilidad. Todavía es mejor ser un residente medio musulmán, medio judío, negro, no heterosexual y discapacitado, de la ciudad de Tilburg, la capital de la lana de los Países Bajos, que un miembro de la clase media de, digamos, la provincia de Helmand, en Afganistán.

La amplitud de tu derecho de movilidad depende en gran parte de qué pasaporte poseas, en la mayoría de casos por nacimiento. ¿Tienes un pasaporte holandés? Puedes viajar a casi 170 países sin visado. Quienes han de viajar con un pasaporte pakistaní pueden hacerlo sin necesidad de visado a menos de diez países, en una lista que va de Haití a Gambia.

El sociólogo Steffen Mau explica que las fronteras tal como las conocemos solo existen desde hace pocos siglos. En nuestra época, observa, las fronteras funcionan cada vez más como máquinas de clasificación que separan a los seres humanos «deseables» de los «indeseables».

Quizá el Covid haya vuelto algo más difíciles los viajes para quienes gozan del privilegio del Estado nación, pero las aerolíneas ya predicen que pronto se volverán a alcanzar los 4.500 millones de pasajeros del año 2019, el de mayor actividad registrada; e incluso si se requieren para ello unos años, esas trabas para viajar serán temporales.

La conclusión es que el mundo puede dividirse en dos: los que tienen pasaportes para superhombres (digamos, un pasaporte de Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Canadá o la Unión Europea) y los que tienen pasaportes para condenados; las personas sin estado, por su parte, están condenadas a círculos de tormento aún peores.

Quien quiera entender algo acerca de la llamada «crisis migratoria» debe tener esto presente, porque pone de manifiesto que la distinción entre «auténticos refugiados», «refugiados económicos» y aquellos que los políticos holandeses de derechas han denominado «buscadores de fortuna» es casi insignificante. Cuando se trata de los motivos por los que la gente abandona su hogar y su país, la pobreza existencial apenas puede distinguirse de la amenaza de guerra y persecución.

Por mucho que nos remontemos atrás en la historia de la humanidad, siempre ha habido motivos imperiosos para abandonar la familia y la patria, aunque solo fuera porque Dios lo ordenaba. Por ejemplo, Dios parece haberle dicho a Abraham: «Abandona tu pueblo, tu gente y la casa de tu padre para ir a la tierra que yo te mostraré».

 

El término «crisis migratoria»

La migración no es una crisis a menos que estemos dispuestos a considerar como tal casi toda la historia de la humanidad. El hecho de que nosotros, en Europa, hayamos llegado a utilizar el término «crisis migratoria» se debe en parte a que mirar la migración bajo una luz hostil es todavía uno de los instrumentos de propaganda más eficaces de los partidos extremistas de derechas.

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No está del todo claro si la Willkommenskultur de Merkel (su actitud de «bienvenidos los refugiados») contribuyó sustancialmente al auge del grupo de extrema derecha Alternativa por Alemania (AfD), pero lo cierto es que Merkel comprendió que el problema de los refugiados e inmigrantes tal como lo utilizaban los partidos de extrema derecha podía contribuir a la desintegración de la UE. Los Estados miembros de Europa del Este, en especial, se aferran a la vieja noción de un pueblo homogéneo arraigado de un modo casi mítico en la tierra en la que vive.

Alexandr Lukashenko, dictador de Bielorrusia, vio que había un buen negocio que hacer con la UE a propósito de los refugiados.

La tarea más compleja de Merkel durante sus años de Canciller fue mantener la UE unida sin socavar su base de poder en la propia Alemania. El hecho de que tuviera que cerrar un acuerdo en nombre de la UE con un cuasi dictador como el presidente Erdogan de Turquía era algo secundario. Erdogan hacía el trabajo sucio para la UE; tenía que mantener a los refugiados (léase «migrantes») lejos de las fronteras europeas a cambio de dinero contante y sonante. A Merkel no le preocupaba demasiado la suerte de los refugiados en general; de los que estaban en la lejana Grecia, por ejemplo, como describe la excelente biografía de Ralph Bolmann.

Alexandr Lukashenko, dictador de Bielorrusia, vio que había un buen negocio que hacer con la UE a propósito de los refugiados. A diferencia de Turquía y Libia, lo que él quería para librar a Europa de un problema artificial no era dinero, sino más bien el levantamiento de las sanciones personales y nacionales que le habían impuesto después de que obligara a un vuelo de Ryanair a aterrizar en Minsk, en mayo de este año, para detener a un disidente bielorruso.

Que Lukashenko actuara bajo las órdenes de Putin, o que haya una relación entre los refugiados de Bielorrusia y la amenaza de que Rusia intensifique la guerra en y contra Ucrania, apenas tiene relevancia para comprender mejor la «crisis migratoria».

Mucho más relevante es el hecho de que la UE pueda ser sometida a chantaje periódicamente mediante la amenaza de un flujo de refugiados, por el temor a que la extrema derecha gane más popularidad en cuanto los refugiados vuelvan a ocupar las portadas de los diarios europeos.

 

Gente acostumbrada a todo

Para aumentar la presión sobre la UE, Lukashenko invitó a migrantes iraquíes, entre otros, a volar a Minsk y a alojarse unos días en un hotel por una tarifa de 3.000 a 4.000 dólares, con la promesa implícita de que luego podrían colarse en la UE. Los ingresos medios en Irak son de unos 4.000 dólares al año. En el dominio de los condenados, son siempre los moderadamente privilegiados los que pueden cruzar al otro lado: disponen de los medios y de la energía física y mental para hacerlo. Para los que se quedan atrás, la esperanza de una vida mejor suele ser la de la otra vida.

La frontera entre Polonia y Bielorrusia, donde esos refugiados estaban atrapados, se encuentra en una región que el historiador Timothy Snyder ha descrito como «tierras de sangre»: lugares donde tanto Hitler como Stalin cometieron sus mayores masacres. Lugares que ya lo han visto todo.

Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, ha afirmado que la UE no invertirá en muros y alambre de espino para marcar y fortificar sus fronteras exteriores. Pero el parlamento polaco ya ha destinado 350 millones de euros para construir un muro: con o sin dinero de la UE. Un muro que, si llega a construirse, no será más que un obstáculo visual con un mero efecto simbólico. Cualquiera que tenga el ardiente deseo de una vida mejor siempre encontrará un agujero en el muro.

¿Se le puede pedir a la gente que comparta los privilegios del Estado nación con los menos privilegiados? En teoría, sí, claro, pero en la práctica me temo que la enorme mayoría de la gente no está dispuesta a hacer ningún sacrificio a cambio de más justicia.

Es cierto que el sacrificio puede imponerse, pero en las democracias existe el riesgo de que esta imposición sea castigada en las siguientes elecciones. Ya escribió Bertold Brecht que es una lástima que el gobierno pueda disolverse, pero el pueblo no. Puesto que nos las vemos con pueblos imperfectos, el idealista debe escoger: seguir siendo un idealista en teoría, convertirse en un dictador, o intentar convencer a la gente… aunque los resultados hasta ahora no son muy alentadores.

Paradójicamente, las maniobras de Lukashenko parecen haber reforzado la unidad de la UE. Merkel, antes de dejar el cargo, ya elogió a los miembros de la UE vecinos de Bielorrusia por su actitud. La UE, desde luego, es una comunidad de valores y normas, pero al este de Berlín y al sur de Palermo estos valores y normas han desaparecido, porque los valores y las normas, como el clima, son algo de ámbito relativamente local.

 

Un precio razonable

Los historiadores del futuro dirán si el sacrificio humano de los refugiados en el mediterráneo y a lo largo de la frontera entre Polonia y Bielorrusia, así como los frágiles acuerdos con Turquía y Libia, constituyeron un precio razonable para preservar a la UE. Lo cierto es que los abusos cometidos, por ejemplo, por Frontex, la policía fronteriza de la UE (como las expulsiones inmediatas y las violaciones de la ley internacional), sobre los que ha informado Der Spiegel, entre otros medios, nunca aparecen en los debates sobre temas esenciales. En ninguna parte.

Como no hay una fuerza policial en las fronteras para imponerla, la ley internacional no existe en la periferia de la comunidad de valores y normas de la UE.

La Unión Europea es una comunidad de valores y normas, pero al este de Berlín y al sur de Palermo han desaparecido.

Detener a números relativamente pequeños de refugiados y migrantes implica, de hecho, la expulsión preventiva del chivo expiatorio, antes de que pueda llegar al centro de la comunidad. En su siempre inspirador estudio El chivo expiatorio, el literato e historiador francés René Girard sostiene que el mito siempre oculta una «violencia colectiva» contra una «víctima real». La culpa de la crisis se proyecta sobre las víctimas de la persecución y, por tanto, deben ser expulsadas antes de que contaminen a la comunidad.

Poco ha cambiado en este sentido. Detrás del mito de la crisis migratoria se oculta una violencia contra víctimas reales. Los perpetradores de esa violencia, que en Alemania atacan periódicamente a los refugiados y solicitantes de asilo, y los que se aprovechan de la miseria de los refugiados, intentan redimirse mediante ese mito. Pero el humanismo internacional también tiene sus aspectos míticos y, en todo caso, es impotente sin una policía mundial, que por ahora no tiene visos de hacerse realidad.

La comunidad de valores y normas llamada UE, que pretendía delegar en Estados Unidos toda la actividad militar, hace pequeños sacrificios humanos para no poner demasiado en peligro su propia supervivencia. Esa es la verdad de la «crisis migratoria». Lo demás es mitología.

La democracia, el imperio de la ley y la comunidad internacional son lo que debería salvarnos. Pero son dioses en los que cada vez cree menos gente.