Las vacilaciones del canciller Olaf Scholz a la hora de aprobar sanciones contra Rusia o enviar armas a Ucrania como han hecho otros países europeos, las reticencias de Angela Merkel en reconocer que a lo largo de sus sucesivos mandatos mantuvo una cierta condescendencia con las prácticas internacionales de Vladímir Putin, los encendidos debates en los foros y en los medios de comunicación alemanes sobre qué hacer ante el ataque de Rusia a Ucrania -durante semanas este ha sido el tema en la prestigiosa mesa redonda de Anne Will los domingos por la noche en la televisión pública ARD- cuestan de entender si no se tiene presente lo que representó la guerra de 1941-1945 entre Alemania (entonces el III Reich) y Rusia (entonces la Unión Soviética).

Bajo los uniformes de los nazis y de los soviéticos había alemanes y rusos. Y continúan en las respectivas memorias de aquel tiempo.

Si todas las guerras tienen en común muerte, destrucción y envilecimiento, la guerra germano-rusa fue todavía peor. Además de las muertes y destrucciones de una categoría apocalíptica, un atroz envilecimiento de los contendientes la hizo la guerra más deshumanizada del siglo XX.

El designio de los nazis era el exterminio de millones de rusos, considerados “Untermenschen”, infrahumanos, para “dejar vacío” un gran espacio ruso, el “Lebensraum”, que sería colonizado por millones de arios alemanes, la raza superior. Los rusos que sobrevivieran serían ilotas al servicio de los alemanes.

Los 27 millones de rusos muertos -comprendidos unos millones a cargo de la vesánica represión del estalinismo contra los propios rusos- y Rusia arrasada hasta la raíz, testifican la “seriedad” del objetivo nazi y prueban la “eficacia” en la ejecución parcial del objetivo.

La progresión del Ejército Rojo para liberar el territorio ruso y ocupar Alemania oriental hasta el Elba fue de una brutalidad extrema, que rebasó la necesidad de alcanzar los objetivos militares: más de 4,5 millones de muertos entre militares y civiles alemanes, más de 11 millones de civiles expulsados de tierras alemanas, más de 1,5 millones de mujeres alemanas violadas y lo que no habían destruido las bombas fue desmantelado y pillado hasta el último clavo, una venganza en toda regla por lo que los alemanes habían hecho en Rusia.

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Ni los alemanes ni los rusos pueden olvidar tanta tragedia provocada por los y los otros.

La memoria personal y colectiva de los rusos ha quedado marcada a fuego por aquellos hechos. No hay familia rusa que no tenga que lamentar uno o más muertos. La literatura rusa de posguerra da testimonio de ello. Vasili Grossman y Svetlana Aleksiévitx, conocidos en Occidente, lo relatan con una magistral y perturbadora intensidad. El aniversario de la victoria de la Unión Soviética, el 9 de mayo, cada año es la celebración más solemne del calendario ruso.

Norbert Elias en “Humana conditio” -consideraciones sobre el pasado alemán en el 40 aniversario del final de la guerra- escribía en 1985 que aún tendrán que sucederse unas cuantas generaciones de alemanes para que se olvide lo que hicieron antepasados que “mancharon la identidad alemana con actos inhumanos que no será fácil erradicar de la memoria de la Humanidad”. Han pasado 37 años y la reflexión de Elias sigue siendo pertinente.

Merkel y Scholz y los dirigentes que los precedieron mostraron en su relación con la Unión Soviética- Rusia que no habían erradicado aquellos actos de su memoria, y eso no es un demérito ni un hándicap político, al contrario, es el mérito de la consciencia de una deuda de contrición y reparación, algo que humaniza la política y que no es muy frecuente.

Que en términos de confrontación entre potencias o bloques esta actitud sea considerada un error, incluso una debilidad, y, en particular ahora ante la agresividad de la Rusia de Putin, pertenece a la frialdad de la Realpolitik.

En Rusia, el cambio de actitud de los dirigentes alemanes reavivará el resentimiento contra Alemania, nunca apagado del todo. Y Putin lo aprovechará para enardecer los ánimos.

No se puede pedir a los dirigentes alemanes que tengan la misma firmeza aséptica de que hace gala Boris Johnson, que ha sido el primero en apuntarse a las medidas contra Rusia. Moralmente no le cuesta demasiado, a pesar de que la Gran Bretaña debe mucho a los inmensos sacrificios de la Unión Soviética en los frentes de guerra, que, justo es decir, salvaron las Islas de una invasión alemana.

La política exterior de posguerra de la República Federal, tanto en la época de Bonn como en la de Berlín, se ha movido en torno a dos ejes: al oeste, la “reconciliación francoalemana” -todo un éxito, la Unión Europea es el resultado tangible-, al este, la “Gute Nachbarschaft”, la buena vecindad con Rusia, aunque no es física, puesto que no hay frontera compartida entre Alemania y Rusia.

La política exterior soviética de posguerra se centró en Europa en la división de Alemania, asegurada por la instalación (protegida) de la República Democrática de Alemania, fuerte en el terreno militar y altamente ideologizada frente a la Alemania Occidental, más el Pacto de Varsovia en respuesta a la OTAN.

La reunificación de Alemania, permitida por Gorbachov en 1990, que comportó la retirada de los efectivos soviéticos y el armamento del territorio alemán oriental, fue una decisión valiente, una apuesta decidida por la reconciliación ruso-alemana.

La decisión de Putin de atacar a Ucrania lo ha revuelto todo. En Alemania ha despertado miedos, que habían permanecido soterrados, y quizás liquidará el sentimiento de deuda histórica hacia Rusia. Empuja hacia la liquidación la proximidad geográfica del agresor que actúa como un acelerador de la inquietud. De Berlín a la frontera occidental de Ucrania hay poco más de 1.000 quilómetros, la distancia de Barcelona a Sevilla. Eso también explica que la guerra de Ucrania sea seguida desde Alemania con tanta pasión y preocupación.

En Rusia, el cambio de actitud de los dirigentes alemanes reavivará el resentimiento contra Alemania, nunca apagado del todo. Y Putin lo aprovechará para enardecerlos ánimos de la gente.

Frenar la reconciliación ruso-alemana y germano-rusa es una mala noticia para Europa.