Los escenarios de los que todo el mundo hablaba para las elecciones americanas eran una victoria inesperada del Presidente Trump o una derrota demoledora. Estos dos escenarios eran los más seductores e interesantes para los que escribimos narrativas y queremos dibujar el largo arco de la historia pero eran también los más improbables.

Estados Unidos es un país excepcionalmente dividido, con una política cada vez más polarizada. A pesar de la pandemia, a pesar del liderazgo errático del presidente, las divisiones sociales son las mismas que hace cuatro años. Las elecciones de 2016 se decidieron por unas decenas de miles de votos en tres estados clave. Era esperable que este año el resultado final fuera también ajustado.

Escribo este artículo poco antes de la una de la madrugada en la costa Este de los Estados Unidos. En estos momentos nadie se atreve a decir con certeza quien será elegido presidente, después de una primera ola de estados en los que las encuestas han equivocado dramáticamente sus predicciones de victoria demócrata. Es muy improbable que tengamos una respuesta oficial no el miércoles sino incluso el viernes o más tarde y eso contando con que ninguno de los candidatos intente ir a los tribunales. El mundo entero estará a la espera del lento recuento en Georgia, Pensilvania, Michigan y Wisconsin, la lenta, anticuada, maquinaria de la democracia americana haciendo su Trabajo.

Lo más probable, ahora mismo, que Joe Biden sea presidente. Tiene suficientes estados seguros y en aquellos en los que falta votos por contar es muy probable que acabe por delante. Será una victoria casi por la mínima, en el último minuto de un  partido, que incompresiblemente ha acabado en la prórroga. De penalty, con VAR y polémica pero puede ser suficiente.

El problema es que quizás Biden tenga suficientes votos y suficientes estados pero el presidente insista en que estos resultados no valen. En unas declaraciones impensables en un líder de cualquier democracia avanzada ha acusado a su oponente de fraude y ha pedido que algunos votos legalmente emitidos no cuenten.

Es muy difícil hablar sobre las ramificaciones de declaraciones como esta, especialmente en un país tan dividido. Legalmente, los republicanos llevan meses trasladando a los tribunales cualquier ley electoral que creen que les perjudica, siempre intentando que votar sea más difícil, más lento, más restrictivo.  En unas elecciones en las que el voto por correo ha favorecido a los demócratas, los más predispuestos a votar por correo durante la pandemia, el presidente quiere tomar medidas legales para invalidar parte de estos votos.

Es difícil saber si estas amenazas legales cambiarán los resultados. Es posible que Biden acabe ganando en suficientes lugares de modo que Trump no pueda litigar en todas partes para cambiar el resultado. También puede suceder que los tribunales, politizados pero independientes, no se dejen intimidar.

En un país tan dividido me temo que estas amenazas puedan tener consecuencias graves incluso si el presidente pierde el cargo. En Estados Unidos, la politización es tal que los republicanos han votado en persona en una proporción más alta porque “no tememos el COVID tanto como los demócratas”. Las palabras del presidente no son inofensivas porque muchos americanos se las creerán. Un país cada vez más inflamable y el presidente habla de prenderle fuego.

Será difícil que los demócratas recuperen el Senado. Si lo hacen será con una mayoría mínima y una oposición enfurecida. El país será todavía más ingobernable.

Lo que ha quedado claro es que el 2016 no fue una aberración o un accidente. El populismo, el nacionalismo, el racismo conservador tiene una base social clara y fuerte, tanto que cuatro años de gobierno grotesco de un presidente inútil no han hecho mucho por debilitar sus bases. El trumpismo seguirá sin Trump. Y Estados Unidos está más dividido, no menos.

El siglo americano, Estados Unidos como líder de un mundo democrático y globalizado se ha acabado, por ahora.