Imaginemos por un momento que estamos en los Monegros, a principios del siglo XIII, y que estamos en un monasterio de la orden sanjuanista, en la sala capitular. La luz penetra libre y lo baña todo generosamente a través de las puertas y ventanas que comunican con el claustro, una generosidad lumínica que no es casual. A parte de que los cristianos ven en la luz un símbolo de Dios, aquella sala es uno de los aposentos más importantes de la casa, y no solo porque las monjas se reunen en ella para leer y escuchar, para hablar y deliberar, sino porque es un espacio de representación de la comunidad y, también, de la reina que había fundado el monasterio. Por eso, unos pintores llegados de muy lejos lo han decorado con unas pinturas murales excepcionales, y hay que hacer que la luz haga lucir esta fastuosa decoración que no es solo decoración: hay aquí una multiplicidad de mensajes religiosos y políticos que hay que iluminar y comunicar.

Es muy difícil evocar con palabras lo que debía de experimentar en la Edad Media cualquier persona que entrara a la sala capitular del monasterio de Santa Maria de Sijena y contemplara el espectáculo visual y cromático que le ofrecían aquellas pinturas hoy tristemente célebres por una disputa judicial. Estaban hechas de verdes, rojos y azules de tonalidad intensísima, con figuras de proporciones verosímiles y rostros que casi parecían retratos. Unas pinturas de una calidad nunca vista a este lado del Mediterráneo.

Pero hoy el esplendor de Sijena se ha desvanecido y queda muy poca cosa de él. Crisis continuadas y decadencia, olvido, pérdidas patrimoniales, una guerra civil y, para remacharlo, dos litigios judiciales recientes por las obras que decoraron el monasterio han hecho que la fulgencia de Sijena se haya convertido en poco más que un espejismo y muchas noticias de periódico. El monasterio hoy es un no-lugar sin monjas, que en pleno siglo XXI se han marchado asustadas porque han llegado unas obras de arte y, con ellas, el ruido y los turistas.

Temáticamente, las pinturas muestran escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento, además de una importantísima genealogía de Cristo, es decir, un conjunto de imágenes de los antepasados de Jesús que están entre los hitos artísticos más relevantes de todo el conjunto por su calidad y bizantinismo, y que son algo único en la pintura europea de su tiempo. Desde el punto de vista del mensaje religioso, presentan una completa historia de la salvación no solo con el objetivo de que las monjas reflexionaran sobre el carácter pecaminoso de la vida, sino también de estimular la mente de cuantos accedieran a aquel espacio.

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Tenues sombras

Las pinturas de Sijena se asocian al que se denomina «estilo 1200», el canto de cisne del románico en las artes plásticas, caracterizado por sus colores brillantes, cierto naturalismo y unas formas bizantinas pasadas por la criba de la Sicilia de los normandos y el mundo inglés. Destacan por una narratividad superior a la del románico tradicional, por el expresionismo de los rostros —que recuerda a los iconos bizantinos—, por el tratamiento de las composiciones, y por la gestualidad marcada de las figuras.

Las pinturas agonizan, son una especie de Frankenstein patrimonial que los conservadores del museo mantienen vivo con respiración asistida.

Pero todo aquello que las hacía lucir se amortiguó con el incendio que afectó al monasterio durante la Guerra Civil Española, que las destruyó casi por completo. Lo que se pudo salvar gracias a la acción heroica de Josep Gudiol y la Generalitat hoy se conserva en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, pero son solo tenues y marronosas sombras de los colores originales. Las pinturas agonizan, son una especie de Frankenstein patrimonial que los conservadores del museo mantienen vivo con respiración asistida. Pero unos jueces, unos políticos y una monja han decidido que el enfermo tiene que volver a casa. Con todo lo que comporta este retorno, esperemos que no le llegue la muerte definitiva.

La historia de las pinturas empieza en 1188, cuando la reina Sancha, mujer de Alfonso el Casto, fundó el monasterio e instaló en él a una comunidad de monjas de la orden de San Juan de Jerusalén, creada para ayudar a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa y que se convirtió en un cuerpo armado que sobresalía en la lucha contra el Islam y en la protección de los lugares sagrados de la cristiandad oriental. La fundación de Sijena coincidía, además, con unos hechos históricos fundamentales, la Tercera y Cuarta Cruzadas y, sobre todo, con la caída de Jerusalén en 1187, que obligó a los sanjuanistas a recular. Esta pérdida fue el detonante de la fundación del monasterio aragonés y de la realización de las pinturas.

Sancha se instala de forma permanente en Sijena en 1196, después de la muerte del rey, y de aquí la necesidad de convertir el monasterio en un lugar en que el poder civil y religioso se manifestasen de la mano. La sala capitular era el lugar ideal para conseguirlo, y se decidió convertirla en un lugar difícil de olvidar para todo aquel que lo visitara. Se pretendía que fuera un aposento digno de una reina, un espacio suntuoso de representación donde pudiera atender a autoridades y, si convenía, tomar decisiones relacionadas con la corte.

 

 

Enaltecer el monasterio

Pero no solo esto. También se quería que se convirtiera en un lugar donde se manifestaran el prestigio de la orden sanjuanista y sus vínculos con Tierra Santa. Se necesitaba, por lo tanto, que el embellecimiento expresara una pluralidad de mensajes compleja. Y así se hizo, porque la decoración de la sala capitular se pensó como un lugar de encuentro entre culturas artísticas diferentes, de Oriente a Occidente, con los habituales contenidos religiosos, pero también con mensajes políticos y propagandísticos que tenían la misión de enaltecer el monasterio, la orden y la casa real, a la que había que presentar como una potencia mediterránea emergente.

Pero, ¿cómo conseguir todo esto a partir de unas pinturas murales? Bien, de hecho, no se logró solo a partir de las pinturas sino de una amalgama singular que fusionaba una arquitectura plenamente occidental con unas pinturas de apariencia bizantina y un techo de madera islámico. En primer lugar, la arquitectura, a partir de arcos diafragmáticos sobre los cuales se dispusieron las pinturas, era la propia de órdenes militares como la sanjuanista, pero también la utilizaron los cruzados en Tierra Santa y esto quiere decir que alguien que hubiera estado allà y visitara Sijena podía asociar aquel espacio a la arquitectura cristiana de Oriente.

Unos jueces, unos políticos y una monja han decidido que el enfermo tiene que volver a casa. Con todo lo que comporta este retorno, esperemos que no le llegue la muerte definitiva.

En la misma línea, las pinturas murales dispuestas sobre los arcos y los muros de la sala, con su bizantinismo, evocaban los mosaicos que decoraban iglesias como la de la Natividad de Belén, unas obras que formaban parte del imaginario visual de los europeos que habían viajado a Tierra Santa durante las cruzadas. Por lo tanto, la visita a Sijena y la contemplación de aquellas pinturas de colores tan vivos derivaba en una experiencia que transportaba al espectador a Jerusalén y le hacía recordar los establecimientos de la orden allá, perdidos en 1187.

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No es gratuito que Sijena fuera fundado justo el año siguiente al de la derrota, cuando había que buscar nuevas vías de conexión espiritual y mental con la Ciudad Santa porque el peregrinaje físico era imposible. Y las pinturas de Sijena lo permitían, porque eran la transposición a los Monegros de un estilo y de una manera muy concreta de pintar típica del Reino Latino de Jerusalén. Esto se hacía no solo para recordar con añoranza unas tierras lejanas y emblemáticas, sino para reivindicarlas con la voluntad política de recuperarlas de manos infieles. ¿Las pinturas de Sijena se pintaron a manera de manifiesto político de la causa de los cruzados? Se podría decir que sí. Un manifiesto, además, que se redactaba desde un monasterio vinculado a una monarquía que se quería posicionar e implicar en esta causa.

 

 

Impresionante techo islámico

El carácter oriental de la sala capitular se remachaba con el impresionante techo islámico de madera que la cubría, dorado y policromado con colores tan vivos como los de las pinturas, llevado a cabo por artesanos musulmanes aragoneses. No tiene que sorprender que en un monasterio hubiera un techo de apariencia orientalitzante hecho por manos infieles, puesto que esta combinación de formas artísticas fue habitual en determinados entornos, especialmente en las residencias reales. Era una mixtura que gustaba a los monarcas y detrás de la cual no faltaban discursos de apropiación estética o de reafirmación política e ideológica, por el hecho de que la combinación se interpretaba como la expresión de la grandeza de la Corona de Aragón en el contexto mediterráneo y de la interculturalidad de aquella sociedad.

Acceder en la sala capitular de Sijena era entrar en un espacio que deslumbraba a quien ponía los pies. La luz penetraba por las aperturas e interactuaba con las pinturas. Lo más sorprendente es que para reforzar el impacto visual se colgaron del techo esferas metálicas doradas que, al recibir la luz, proyectaban reflejos y generaban un efecto chispeante en todas direcciones, avanzándose, si se me permite la comparación, a lo que serían las bolas de discoteca de unos cuántos siglos más tarde. El efecto resplandeciente se incrementaba con las planchas metálicas que los pintores insertaron en los nimbos de algunos personajes y en otras zonas de la pintura, unos dispositivos todos desaparecidos que ayudan a entender cómo funcionaba aquel espacio en materia de percepción y que no se documentan en ningún otro conjunto de pintura románica en la península Ibérica.

Nos queda hablar de uno de los grandes misterios que todavía esconden las pinturas de la sala capitular de Sijena. ¿Quiénes fueron los artistas que las llevaron a cabo? Fueron unos maestros llegados de Inglaterra que previamente habían trabajado en la decoración de manuscritos como la Biblia de la catedral de Winchester, realizada alrededor de 1185. Uno de estos pintores, el denominado Maestro del Folio Morgan, junto con sus ayudantes, se desplazó a Sijena llamado por la reina Sancha, pero antes había pasado por la Sicilia de los normandos y por el Mediterráneo oriental, de aquí el estilo y las influencias de su arte.

Todos los museos del mundo tienen su Gioconda, y ninguno la quiere perder. ¿Qué perdería el museo si las pinturas acaban volviendo al monasterio? Perdería una de las obras de arte que mejor explican los orígenes de la Corona de Aragón y las relaciones que se establecieron entre los territorios que la integraban. Perdería unas pinturas que formaban parte de un programa decorativo excepcional a través del cual la casa real se proyectaba como una verdadera potencia multicultural que se implicaba en la causa de los cruzados. Perdería unas pinturas que tenían el poder de transportar mentalmente a quian las contemplara a Tierra Santa, una capacidad que ningún otro conjunto pictórico del románico hispano posee.

 

 

El incendio de 1936

Perdería, también, unas pinturas que se han convertido en la primera gran obra que pone de manifiesto la influencia del arte de las cruzadas en Occidente y que fue realizada por pintores que hay que contar entre los mejores de la Europa del momento. Y, finalmente, si hacemos caso de las palabras del medievalista Charles R. Dodwell, el museo perdería no solo las pinturas más relevantes del «estilo 1200» en Europa, sino las más importantes de toda la Edad Media.

El incendio de 1936 hizo desaparecer la viveza de los colores, la riqueza visual del conjunto y las esferas metálicas que reflejaban la luz y colgaban del techo de la sala capitular de Sijena. Las llamas eclipsaron las chispas con las cuales el sol regaba de vida las pinturas, y desde aquel día infame de 1936 todo se volvió gris y oscuro. Hoy, cuando vamos al MNAC y las admiramos, cuesta que nos transporten en Jerusalén. Y si vamos a Sixena y visitamos la sala capitular, nos será imposible imaginar cómo lucía aquel espacio a inicios del siglo XIII. La luz continúa penetrando por puertas y ventanales, pero las pinturas, las esferas doradas y el techo islámico ya no están. Solo quedan los arcos de piedra arenosa desintegrándose inexorablemente.