Una de las arquitectas más reconocidas

La arquitecta barcelonesa Carme Pinós, de 67 años, vive días de reconocimiento. El año pasado recibió el Premio Nacional de Arquitectura. En abril de este año ha obtenido el Premio Arnold W. Brunner que concede The American Academy of Arts and Letters a quien haya realizado «una contribución significativa a la arquitectura como arte». El año pasado protagonizó una exposición en el ICO de Madrid, en la que se revisaba toda su trayectoria, y fue objeto de otra exposición en San Sebastián. Pese a todo ello, tiene motivos de queja…

 

Su arquitectura es más bien rompedora. La Academia —por ejemplo, la de los Estados Unidos que la acaba de premiar— se relaciona con un modo de hacer más clásico. ¿Cómo encajan estas dos cosas?

El arte de verdad nunca está demostrado. Si lo que yo hiciera no naciera ahora, en nuestro presente, difícilmente sería arte. Creo que la Academia sabe que el arte auténtico no puede ser convencional.

 

¿Qué le aportan los premios?

Ahora mismo, tal como está todo, debo decir que poca cosa. Todo es cada día más difícil. Para entrar a competir en un concurso lo que ahora cuenta es la cantidad, no la calidad. Para entrar en el concurso de un museo, te piden haber construido antes cinco. Para hacer un centro de investigación, te piden haber hecho tres. ¿Qué significa esto? ¿Que uno bueno es peor que cinco malos? La mayoría de los que organizan concursos no te preguntan si tienes premios. Más bien te preguntan cuánto facturaste el año pasado. Lo cual favorece a los grandes despachos y perjudica a lo que tenemos despachos pequeños, de autor.

 

¿Y por qué les preguntan cuánto han facturado?

Porque no quieren correr ningún riesgo. Prefieren los despachos que les harán cosas estándar. A los despachos más pequeños o medianos, de autor, nos están arrinconando. A veces parece que solo sirvamos para ganar premios. Pero nos cuesta mucho entrar en concursos. Los pliegos de condiciones son una locura, difíciles de gestionar cuando tu equipo es reducido. Vuelvo a decirlo: el mundo se rige hoy en día más por la cantidad que por la calidad. Quieren rendimiento a corto plazo.

 

¿Hay algún premio que sea la excepción y realmente te cambie la vida?

Siempre agradeceré que la gente piense en mí y me premie. Es algo que me sorprende y que me halaga. Pero lo que quiero son encargos. Porque lo que más me gusta es trabajar. Sobre todo para el espacio público. Es muy emocionante.

 

¿Por qué lo es tanto?

Lo es. Ahora estoy haciendo bastantes casas. Para un particular. Y se venden. Lo cual está bien, y se gana un poco de dinero. Pero cuando haces un hospital, o una escuela, u otros equipamientos públicos, es mucha la gente que puede llegar a disfrutarlo. Cuando proyectas una obra de este tipo ya te imaginas cómo hablarán los niños en los pasillos, cómo harán amigos. Estos espacios generosos dan mucho de sí.

La arquitectura tiene que ser generosa, con capacidad para ofrecer muchas situaciones diferentes. Y es en el espacio público donde esto puede hacerse de modo más satisfactorio. Cuando la arquitectura está muy estandarizada, cuando es muy maquinal, malo, tendrá poca generosidad. Además, si el programa cambia, este tipo de edificios tendrán poca facilidad para readaptarse a su nueva función, se volverán obsoletos de golpe. En cambio, cuando vas a la esencia del espacio, es decir, al espacio que recibe luz, que te cobija, que fomenta la sociabilidad y la relación, el edificio resultante puede cambiar y transformarse en cualquier otra cosa cuando haga falta.

 

Los premios y las exposiciones del año pasado la deben convertir en una de las arquitectas vivas con más reconocimientos en nuestro país. ¿Eso tampoco cambia nada?

No cambia nada. Yo estoy muy concentrada en lo que significa la arquitectura. Siempre estoy leyendo, para entender la sociedad. Y al entenderla veo mejor lo que reclama. Los premios dan una imagen de lo que la sociedad piensa de ti. Ya solo con eso alucinas. Y si además vienen de tan lejos como de los Estados Unidos… Pero los encargos son otra cosa.

 

¿Tiene el mismo concepto de la arquitectura que tenía cuando empezó a trabajar? ¿Cómo ha evolucionado?

Ha habido una continuidad. Si miras la época en la que trabajé con Enric Miralles y miras todos los años que he trabajado sola después, ves que hay una continuidad.

 

¿Cómo se manifiesta esta continuidad?

Hay conceptos claros, como por ejemplo un respeto absoluto al contexto, o no trabajar con ideas preconcebidas. Y procurar ir siempre muy directamente a los conceptos. Cuando hago un edificio, tengo muy claro, por ejemplo, si ese edificio es un juego de planos o si forma parte del territorio. Intento transmitir mensajes claros. Mi obra siempre ha sido un poco fraccionada, pero no por eso he dejado de seguir un concepto claro. A quienes trabajan conmigo, cuando algo no funciona en un proyecto, siempre les pregunto: «¿Dónde están los dónuts?» Les hago una broma relacionada con aquel viejo anuncio televisivo de la cartera y los dónuts. Y si no están los dónuts, retrocedemos y volvemos a empezar. Cuando no vas bien, no se trata de añadir o remendar, hay que volver a empezar.

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¿Eso le pasa a menudo?

Sí. Y no es una catástrofe. En el inicio del proyecto siempre hay un tiempo de introspección en el cual estoy sola, para encontrar el esquema de la obra. Cuando ya lo tengo, se lo doy a mi equipo, y se supone que el esquema debe funcionar hasta el final. Entonces empezamos a introducir el programa y, si no puede hacerse bien, volvemos atrás y hacemos otro proyecto. Los esquemas iniciales han de poder resumirse en cuatro líneas. Cada proyecto debe poder expresarse con un esquema muy simple.

 

¿Cómo ha cambiado el mercado a lo largo de los años que lleva trabajando? ¿Ha cambiado para bien o para mal?

Ha cambiado mucho, y creo que para muy mal. Sobre todo debido a la crisis del 2008, que dio un golpe muy fuerte a nuestra profesión. El neoliberalismo y la creciente competitividad están afectando mucho a las profesiones creativas. Cualquier profesión creativa tiene un riesgo, ya se sabe. Crear quiere decir hacer nacer algo nuevo. Pero hoy en día desearíamos construir una sociedad de riesgo cero. Todo se basa en hechos pautados que quieren venderse a un mercado que se lo crea.

 

¿Sufrió mucho la crisis?

La crisis la noté tarde, porque cuando llegó yo tenía mucho trabajo. Fui tirando durante un tiempo como si nada, pero más tarde empezó a no llegar trabajo nuevo. La administración dejó de hacer concursos. Y cuando volvió a hacerlo, pareció que las adjudicaciones a la baja eran lo más importante. El mercado se endureció mucho. Los promotores privados también empezaron a hacer concursos y se dieron cuenta de que de esta forma, por el precio de un proyecto, obtenían diez. A mí me parece que eso fue como empezar a extorsionar a los profesionales de la arquitectura. Entonces, además, se multiplicó el número de universidades y se triplicó el número de arquitectos. Ahora hay mucha gente. Todos compitiendo como locos.

 

¿La competencia no es un hecho natural?

Sí. Pero tengamos en cuenta las condiciones. Le explico un caso concreto. En Mallorca, un ayuntamiento hizo un concurso y nos puso a los concursantes unos honorarios de mínimos. Eso ya pasa. Pues vino un despacho de Valencia y ofreció un descuento del 40 % de entrada a partir de los honorarios mínimos. Y el ayuntamiento le adjudicó el trabajo, aduciendo que debía aceptar la oferta más baja. No la mínima, sino una más baja.

 

El dinero parece ser lo más importante.

Antes el conocimiento era más importante que el dinero. Ahora ya no lo parece. La crisis del 2008 dejó muchas obras municipales empantanadas. Todo se fue al garete. Cuando llegó la recuperación, los concursos estaban dominados por las bajas. En esta situación, los grandes se lo comen todo. El componente industrial se impone al creativo. Hay despachos que tienen departamentos que se dedican exclusivamente al papeleo. No podemos competir con ellos.

 

¿Qué solución le ve a todo esto?

Ninguna. Que el mercado cambie, quizá. Que la valoración de los concursos siga otros criterios. Ahora casi no puedo participar en concursos. En la plaza de la Gardunya nos seleccionaron por invitación, y no tuve que hacer papeleo. Ahora casi no hay concursos por invitación. Casi todos son por currículum. Y poder entrar es complicadísimo.

 

¿Qué es lo más importante que ha aprendido en los 40 años largos que lleva de carrera, primero con Enric y después en solitario?

Que haciendo se aprende a hacer. En mi estudio, cada persona lleva un proyecto diferente. Yo paso de una mesa a otra y doy una respuesta a todas las preguntas. Ahora sé más cosas, ya conozco la filosofía de la arquitectura. Dudo menos. No es que me lo sepa todo de memoria, me gusta descubrir nuevas ideas. Pero tengo la cabeza más estructurada. Eso es lo que debo haber aprendido. Sé mejor a dónde voy.

 

¿Y a dónde va?

Voy hacia este concepto de que la arquitectura es un servicio público y un espacio público en el que la sociedad se relaciona y se construye. La sociedad necesita poética y generosidad. Y la arquitectura tiene que proporcionárselas. La diferencia entre el ser humano y el animal es la capacidad de generar poética. Todo aquello que te permite pensar con transcendencia, más allá de lo que tiene una utilidad inmediata. La arquitectura ha de estar al servicio de esto. Me entusiasma ser arquitecta. Cada cosa que hago me emociona.

 

¿Tiene la sensación, desde hace tiempo, de que usted es su principal maestra, de que los proyectos a los que se enfrenta son su mejor escuela?

Sí. Y se lo digo a menudo a mis alumnos: tu mejor maestro eres tú mismo. Les digo que si no saben lo que quieren en la vida no podrán ser buenos arquitectos. La arquitectura nace de tu filosofía de vida. Tú estás en el mundo y has de saber qué quieres hacer en él. Trabajar es un acto de generosidad. Es formar parte del mundo, participar en él. Debes saber qué posición quieres adoptar. Lo cual significa sentir el mundo que hay más allá de ti mismo. Y saber que tú solo no eres nadie, que somos parte de un engranaje. Has de saber cuál es tu parte. Eso te da solidez y te ayuda a saber cuál ha de ser el próximo paso. Soy arquitecta porque, siéndolo, formo parte del mundo.

 

¿Cuál es la importancia de la libertad en su trabajo?

Tiene toda la importancia. Una vez dije que la arquitectura se piensa con la cabeza y se hace con los pies.

 

¿Con los pies?

Sí. Me explico. La arquitectura la piensas y la estructuras con la cabeza, pero la tienes que dibujar con los pies, porque debes recorrer el espacio, caminarlo, experimentarlo. Luego ya lo dibujarás. Pero primero has de caminarlo y has de imaginar en qué se convertirá. Siempre trabajamos en 3-D.

 

Permítame volver a preguntarle por la importancia de la libertad.

Cuando eres consciente de tus responsabilidades, te mueves con más libertad. Los caminos son muchos. Y tú puedes estar segura de tu respuesta cuando sabes qué es lo que se te pide. Ser libre quiere decir no andar con prejuicios. Cuando sabes asumir las responsabilidades, te sientes con plena libertad.

«La arquitectura la piensas con la cabeza, pero la tienes que dibujar con los pies, porque debes recorrer el espacio, caminarlo y experimentarlo.»

 

¿Tiene la impresión de que la experiencia le da más libertad o menos?

Yo ahora me siento un poco desorientada. Hasta ahora sabía que todo dependía de mi esfuerzo. Ahora hay un mundo cambiante muy difícil. Me cuesta saber por dónde tirar y por dónde tirarán las cosas. Todo esto de la competitividad nos complica la vida. Los concursos nos han hecho perder la empatía con el cliente. Y, como decía, parece que todo se plantea a corto plazo. La arquitectura requiere tiempo para madurar. Y ahora todo va muy rápido. Nos dicen que el tiempo es limitado. Ahora bien, el diálogo con el cliente es esencial y se está perdiendo. Los arquitectos trabajamos con nuestra sensibilidad, pero construimos los sueños de otras personas. Con tu sensibilidad das respuesta, pero antes has de entender al cliente. Con los concursos no hay esta empatía, ni contexto, ni diálogo, ni respuesta. No hay feed-back. Lo que sí hay son espabilados que saben cómo ganarlos a base de cuatro imágenes y con unos planteamientos banales.

 

¿Este es el precio que se paga por no renunciar a una arquitectura de autor?

Yo no he cedido nunca ni un paso, y así me va. Pero tengo buen feed-back con los clientes. Los tengo contentos. Por ejemplo, los de México. Ya llevo dos torres construidas con ellos, y ahora les estoy haciendo dos casas. Trabajamos juntos desde hace veinte años. He podido hacerlo de forma muy estrecha con ellos. Con CaixaForum pasó algo parecido, y la obra de Zaragoza fue un éxito. Este tipo de clientes ahora no me llegan.

«Los arquitectos somos los primeros en notar la euforia y la crisis. De repente tenemos mucho trabajo. De repente todo decae.»

 

¿Cómo ha afectado la pandemia a su arquitectura y al mercado en general?

Gané dos concursos importantes antes de la pandemia. Están parados. De hecho, tengo tres esperando. A ver si a partir de ahora se reanima la economía. Tengo un cliente industrial importante en Limoges, pero cada vez que lo veo me dice que la economía todavía no se ha recuperado de la crisis. Ni de la pandemia. Ni de la guerra. Los materiales son más caros, las expectativas no son buenas, la gente no ve que sea el momento de arriesgarse. Los arquitectos son los primeros en notar la euforia y la crisis. De repente tenemos mucho trabajo. De repente todo decae.

 

Son como el canario de la mina.

Exacto.

 

¿Cree que habría que reformar o reequilibrar las relaciones entre la arquitectura, el mercado, los arquitectos, los clientes, las instituciones y sus normativas? ¿Por qué y de qué modo?

Se deberían reformar, sí. Yo entiendo que las leyes se hacen para controlar a los delincuentes, pero con frecuencia parece que nos traten como delincuentes a los que no lo somos. Lo cual es un error. Nosotros no lo somos. Y los delincuentes, los que sí lo son, se saltarán las normas igualmente. Es su profesión. Una ley como la de Contratos del Estado nos complica mucho la vida a todos. Para hacer una pequeña reforma de un edificio que construí yo misma me piden que haga otro concurso. Cuando el cliente es público, aunque la propia institución quiera que tú hagas la reforma, puede haber obstáculos. No tiene sentido.

 

Usted ha trabajado en México, en Austria, en Francia… ¿En todas partes hay problemas similares?

Sí, en la medida en que las leyes del mercado imperan en todas partes.

 

Le voy a pedir que me comente tres de las ochenta obras que ha proyectado usted y que son, creo, de mucha calidad: la torre Cube, CaixaForum y la Massana.

La Torre Cube, en Guadalajara, México, se expresa en su estructura; es como un árbol, muy singular. Y trata de aprovechar el clima de allá. El CaixaForum de Zaragoza también es un edificio singular. La idea inicial era que fuese como la puerta de un parque. Y otra idea principal era que al entrar ya tuvieras vistas hacia fuera, que al entrar ya salieras. La Escuela Massana, en Barcelona, forma parte de un conjunto de obras que hice en la plaza de la Gardunya. Dentro hay como un mundo, como un tejido de calles y pasajes, siempre en conexión, también, con el exterior, abocados hacia fuera.

«Entiendo que las leyes se hacen para controlar a los delincuentes, pero con frecuencia parece que nos traten como delincuentes a los que no lo somos.»

 

Escoja ahora una de las ocho obras que hizo junto con Enric Miralles.

La obra del centro cívico de Hostalets de Balenyà nació muy herida, pero es muy bonita, muy clara; son tres elementos estructurales, todo es rotación, tiene integración en el territorio. Aquella obra marcó muchas cosas que he hecho después. También el Cementerio de Igualada, claro; en este caso, sobre todo, por su integración en el territorio.

 

Compañeros de profesión suyos, pero de generaciones posteriores, priorizan de forma radical componentes como la sostenibilidad, la protección del medio ambiente y, a veces, pueden llegar a dejar en segundo plano otros aspectos más convencionales de la profesión. ¿Cree que es tan irrenunciable dar respuesta a los problemas contemporáneos a través de la arquitectura, como no renunciar a los atributos clásicos de la disciplina?

Todo esto a veces pueden ser modas más propias de políticos que de otras personas. Dan más subvenciones. No es que esté en contra. Es que antes que nada reivindico el sentido común. Está muy bien que exista esta conciencia de la sostenibilidad. El planeta se está yendo al agua. Y es lógico que haya esta conciencia. Pero también es cierto que eso tiene su reflejo en los concursos, donde prevalecen los coeficientes, y a veces son coeficientes manipulables. Hay mucha hipocresía. Yo reivindico antes que nada la responsabilidad, el sentido común, el ser personas. No hay que andar poniendo etiquetas y coeficientes. Todo son números y casillas. Y lo que hacen los jóvenes, y hacen bien, es intentar navegar.

«Es más importante un buen urbanismo que una buena arquitectura. No hay arquitectura que salve un mal urbanismo.»

 

Más allá de la arquitectura, ¿cuáles son sus principales preocupaciones como ciudadana, los problemas colectivos que considera más graves y de resolución más urgente?

Yo reivindico mucho la ciudad. Es más importante un buen urbanismo que una buena arquitectura. No hay arquitectura que salve un mal urbanismo. Al revés es diferente. El buen urbanismo soporta la arquitectura mediocre. La ciudad es el espacio público donde se relaciona la gente, lo que no es privado. Cuando creamos comunidad nos hacemos humanos. Necesitamos los espacios públicos para encontrarnos. Si solo hay espacios privados, con unas vías que los comunican, el resultado no es una ciudad. La ciudad son espacios que generan sociedad.

 

¿Cómo vive la degradación de las democracias, el avance de los regímenes iliberales, la consolidación de la mentira…? ¿Lo ve como un proceso degenerativo irreversible?

Da mucho miedo. Pero no podemos ser pesimistas. Si no tenemos esperanza, no nos levantaremos de la cama. Ahora bien, vivimos momentos extraños. Los jóvenes nos han de sacar de esto. Nosotros somos responsables de muchas cosas. Pero ellos han de reaccionar. Los depredadores que dirigen el mundo no están por la labor. Tiene que haber gente que reivindique un futuro. No se trata solo de ganarse los garbanzos, sino también de arreglar el planeta y la convivencia, de fomentar una sociedad sana.

 

¿Piensa en la jubilación o los arquitectos no se jubilan nunca?

Mi ilusión es hacer una fundación para fomentar el espíritu crítico. No quiero hacer una fundación que hable de arquitectura, sino que hable de todo, porque la arquitectura lo es todo. Y si puede ser, en Mallorca. Ese es mi sueño. Estoy luchando para conseguir el sitio. Pero actualmente, con el streaming, lo del lugar es menos importante. Igual que comparto los libros que leo, me gustaría intercambiar mis ideas con las de los demás.