A medida que nos hemos despertado conociendo que de nuevo Trump ha superado las expectativas de las encuestas, no se han hecho esperar comentarios que culpan a los que se han enfrentado a Trump de lo ocurrido. Trump todavía puede perder, hay que acabar de contar los votos. Si pierde, será porque millones de personas se habrán movilizado para que no ganara, y porque miles de ellas habrán dado la cara, se habrán mojado, mientras otros estaban en su casa esperando los acontecimientos.

Nadie tiene la fórmula mágica para derrotar al nacional-populismo plutocrático. En nuestro sistema social, se produce una acumulación real del poder económico en pocas manos, y una dispersión aparente del poder político gracias al voto. Pero si bien la democracia da peso a las preferencias y necesidades de las personas más vulnerables, impidiendo formas de explotación extremas de grandes sectores de la población, la concentración de poder económico permite a las élites, aunque sean minoría, delegar estratégicamente en personajes desacomplejados en su inmoralidad e ignorancia como Trump, para imponer discursos potentes (con tonalidades habitualmente etnicistas) que distraigan de las desigualdades y de problemas enormes como el cambio climático o la pandemia.

Nadie debe sorprenderse si Trump pretende que no se cuenten todos los votos. Sólo dejará que se cuenten si le son favorables. Él mismo lo ha dicho. El Partido Republicano lleva décadas practicando técnicas de supresión del voto, Trump sólo lo hace más descaradamente. Las oligarquías republicanas no han delegado en Trump en una sala de reuniones, sino que lo han hecho por ensayo y error, después de probar otras estirpes (los Bush) u otros movimientos (el Tea Party).

La alternativa, la resistencia al monstruo, también deberá seguir avanzando por ensayo y error, probando lo que haya disponible, en un contexto muy dinámico y de gran incertidumbre. Quien crea que tiene la solución segura, o es un farsante o es un ignorante. Hasta ahora, había un cierto consenso en que la gran virtud de la democracia era que permitía la alternancia pacífica de las personas que nos gobiernan. En Estados Unidos esto está en cuestión. Trump forma parte de una familia de gobernantes que está dispuesta a hacer saltar por los aires todas las reglas e instituciones, escritas y no escritas, para imponer su poder. Esta es la naturaleza del monstruo, en Estados Unidos y en otros lugares. Y esta es la medida del grado de inmoralidad de las personas que aún no han decidido enfrentarse a él cara a cara.