Sea quien sea el presidente de Estados Unidos el próximo 20 de enero, se puede afirmar que el trumpismo no fue un accidente de 2016 sino un estilo de hacer política desde la Casa Blanca, aceptado como mínimo por la mitad de los electores norteamericanos.

Donald Trump se retiró del liderazgo occidental en cuanto puso en marcha su eslogan America First, rompiendo conceptualmente las alianzas que todos los gobiernos americanos habían establecido en todo el mundo en cuestiones de seguridad, comercio, cambio climático y justicia internacional. Ha querido ir en solitario, sin que nadie le obligase a renunciar a la primacía que había heredado de todos sus antecesores, desde Woodrow Wilson justo ahora hace un siglo.

La seguridad colectiva que ha garantizado la estabilidad occidental en los momentos más convulsos de la historia reciente ha sido sustituida en la práctica por la hegemonía de la fuerza de la que, indudablemente, dispone la primera potencia militar del mundo. El «poder blando» ha resultado muy beneficioso para Estados Unidos y también para el resto de países occidentales que han aceptado el relato promovido por las élites académicas, políticas y culturales americanas.

El trumpismo ha dividido radicalmente a la sociedad americana exportando la confrontación a todo el mundo occidental como la forma más adecuada de hacer política. Ha utilizado la mentira de forma sistemática, ha ignorado las prevenciones de la ciencia para combatir el coronavirus y, hoy mismo, ha apelado al Tribunal Supremo por fraude electoral cuando todavía se estaban realizando escrutinios en muchos estados. De paso, se ha declarado vencedor de las elecciones cuando aún no se conocían los resultados de todos los recuentos.

La alta participación electoral ha hecho que los republicanos ganaran más de un millón de votos, aunque han quedado por detrás de los demócratas que, aun así, han conseguido más de tres millones más que los republicanos. Donald Trump ha conseguido la fidelidad de quienes le votaron y ha incrementado el número de seguidores que piensan que sus convicciones más profundas serán mejor atendidas por un hombre que se comporta de manera inesperada pero que conecta muy bien con los suyos.

Muchos votantes de Joe Biden le han dado apoyo más para cortar el paso a un segundo mandato de Donald Trump que por el carisma o el programa del candidato demócrata. Quedan días o semanas para saber quien será finalmente el próximo presidente. Lo que importa es que la corriente populista de los primeros cuatro años de Trump seguirá su curso y ensuciará la política norteamericana y occidental en un futuro inmediato. Enderezar esta orientación es una tarea a largo plazo que requerirá de nuevos liderazgos y de nuevos programas sociales en un mundo tan convulso y cambiante.