Al final no hubo sorpresas. Los 538 compromisarios votaron tal y como se esperaba y Joe Biden ha sido oficialmente nombrado ganador de las elecciones del pasado 3 de noviembre. «Ahora sabemos que nada, ni una pandemia ni un abuso de poder, puede sofocar la llama de nuestra democracia», ha afirmado el que el próximo 20 de enero se convertirá en el 46º presidente de Estados Unidos. Pero, más allá de la retórica, ¿es esto cierto?

Al final, el escenario peor no se ha dado: el Tribunal Supremo –con una mayoría conservadora– ha rechazado todos los intentos de Trump para impugnar los resultados electorales y no ha habido transfuguismo entre los compromisarios. Se ha evitado, al menos de momento, el riesgo de una guerra civil de baja intensidad, más real de lo que se podía pensar.

Sin embargo, el presidente saliente que aún no ha reconocido la victoria de su adversario, presiona día sí y día también para romper las costuras democráticas y calienta los ánimos, de por sí ya muy inflamados, de casi la mitad de la población. Seguirá así como mínimo hasta el 5 de enero, cuando se celebrará la segunda vuelta para elegir los dos senadores de Georgia aún por asignar que determinarán quien tiene la mayoría en la cámara alta. Y posiblemente más allá, pensando ya en las cruciales elecciones de mid-term de 2022 y las presidenciales de 2024. Esto sienta un precedente. Muy grave.

El proceso electoral estadounidense, enrevesado o anticuado lo que se quiera, ha funcionado, pero el país está más que polarizado: está partido en dos. Alrededor del 80% de los electores de Trump sigue creyendo que las elecciones han sido amañadas y que Biden no es el legítimo ganador.

Aunque no han faltado en las últimas semanas las críticas y los distanciamientos de unos cuantos republicanos por el ultramontanismo de Trump, el Grand Old Party está ya definitivamente trumpizado. Por convicción, por los cambios sociológicos de la sociedad, porque la coalición trumpiana se ha confirmado el pasado mes de noviembre, porque los votos obtenidos por el tycoon neoyorquino –más de 74 millones– no los había logrado nadie antes, porque los representantes elegidos son mayoritariamente trumpistas o hijos del Tea Party.

En síntesis, Biden gobernará –y veremos si con el Senado en contra, escenario muy probable–, pero el trumpismo no ha muerto. Más bien, al contrario: se ha reforzado. Y radicalizado. Atención, el trumpismo no es una corriente política como otras: es el cáncer de la democracia.

En Arizona y Wisconsin los compromisarios se reunieron en un lugar secreto, en Michigan fueron escoltados al Capitolio por la policía. No, no se ha tratado de excesiva paranoia. Los ciudadanos armados, organizados en milicias, son una realidad en Estados Unidos. Y no se trata solo de los Proud Boys –a los cuales Trump les ha guiñado más de una vez el ojo– o del movimiento Boogaloo. Es algo que va mucho más allá de esto.

A finales de abril, manifestantes armados irrumpieron en el parlamento de Michigan mientras los congresistas debatían la propuesta de la gobernadora demócrata para prolongar el estado de alarma y las restricciones por la pandemia. No fue un caso aislado. Escenas que recuerdan a las acciones de las S.A. nazis en el ocaso de la República de Weimar. Y las guerras culturales aumentarán en los próximos tiempos, azuzadas por la pandemia y la crisis económica. Quizás la Alt-Right no esté en su momento de gloria como en 2016, pero las semillas se han sembrado hace tiempo y serán otros, se llamen como se llamen, las que las recogerán.

Joe Biden tiene ante sí una empresa prácticamente imposible: recoser un país profundamente dividido (campo/ciudad, costas/interior, etc.) en un contexto de crisis de identidad del proyecto imperial estadounidense. ¿Cómo lo podrá lograr? Además, deberá saber encontrar un difícil equilibrio entre las dos almas del Partido Demócrata, la izquierda sanderiana y los centristas, que él mismo representa. Una vez superada la coyuntura electoral, ¿cómo podrá conservar la increíble movilización popular que le ha permitido llegar a la Casa Blanca? ¿Sabrá y, sobre todo, podrá no defraudar las expectativas de millones de personas, sobre todo jóvenes, que más que por él han votado en contra de Trump? Para éste el trabajo es mucho más fácil: seguir hurgando en las heridas de la sociedad norteamericana, continuar ensanchando las grietas existentes. En la crispación y la polarización está su fuerza. ¿Cómo se puede construir –mejor dicho: reconstruir– algo si casi la mitad de la población no te reconoce, niega que exista una pandemia y cree en teorías de la conspiración, como el Pizzagate o QAnon?

Trump es obviamente un síntoma de la crisis de la democracia liberal. Si no se abordan y no se resuelven los problemas que han permitido su auge –el aumento de las desigualdades, la precarización del trabajo, la brecha educativa, el gender gap, las diferencias raciales, etc.–, todo seguirá igual. O, posiblemente, peor. Este es el reto, inmenso, que tiene por delante un hombre nacido a mitad de la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler aún controlaba toda Europa.