La democracia norteamericana ha resistido la propaganda, las mentiras y la tozudería de un presidente que todavía no ha reconocido haber perdido las elecciones del 3 de noviembre. Instalado en su cuenta de Twitter disparando contra todos y pasando por encima de los hechos acreditados, Donald Trump ha negado que su adversario demócrata, Joe Biden, pueda ser proclamado el 46º presidente de los Estados Unidos.

El Colegio Electoral tenía que confirmar una victoria que únicamente negaba Donald Trump y sus millones de votantes que aún rechazan haber perdido. Solo un 18 por ciento de los más de 70 millones de votantes de Trump creen que Biden es el presidente legítimo. Pero los hechos no mienten. El candidato demócrata ha recibido 6 millones más de votos que el todavía presidente Trump, ha conseguido 306 electores de los estados contra los 232 de Donald Trump, ha ganado todos los intentos judiciales para modificar el resultado de las urnas e, incluso, el Tribunal Supremo le ha dado la razón en las demandas para revertir el recuento en estados marginales como Pensilvania, Georgia y Wisconsin.

El Colegio Electoral, una institución anticuada que necesitaría una actualización a los tiempos modernos, ha reafirmado la noche del día 14 que todos los electores proclamados en los Estados serán válidos y, por lo tanto, las acusaciones de fraude electoral repetidamente proclamadas por Donald Trump y por  millones de sus partidarios no tenían valor alguno porque no estaban basadas en pruebas sino en declaraciones repetidas desde la misma noche electoral.

Un problema principal del mandato de Donald Trump es haber recurrido a la mentira sistemática, tanto en la campaña que lo llevó a la Casa Blanca en 2016 como durante todos los días de su presidencia. La democracia norteamericana se ha resentido del estilo de un presidente populista que ha dividido al país, se ha apartado voluntariamente de su liderazgo internacional y ha roto muchos puentes que Estados Unidos había contribuido a construir en el sistema de alianzas colectivas después de las dos guerras mundiales del pasado siglo.

El make America great again o el put America first han sido lemas con connotaciones negativas tanto para Estados Unidos como para el resto de las democracias liberales que aceptaban el liderazgo de Washington en cuestiones como la libertad, el libre comercio, la seguridad y el funcionamiento de las instituciones financieras internacionales.

Joe Biden, por lo tanto, jurará el cargo de presidente el próximo 20 de enero en la clásica ceremonia festiva en el Mall de Washington. Da igual si Donald Trump asiste o se queda en casa enviando tuits denunciando que ha sido víctima de una conspiración. Joe Biden deberá coser las heridas que están abiertas en un país que había renunciado a liderar el mundo libre parapetándose en un aislamiento que rompía la tradición de la democracia más poderosa y más consolidada de nuestros días.

Para muchos americanos la presidencia que termina ha sido una pesadilla. Y, para los demócratas de todo el mundo, los Estados Unidos volverán a ser el aliado con el que se deberá contar para hacer frente a los retos gigantescos que plantea la sociedad global, en la que actores como China, Rusia e India quieren decir la suya. Para Europa es una muy buena noticia la confirmación de que Joe Biden es, irrevocablemente, el nuevo presidente y Kamala Harris, la vicepresidenta.