A pesar de que los resultados prácticamente finales de las elecciones presidenciales norteamericanas del 2020 no admitían la menor duda -en un total cercano a los 155 millones de votos emitidos, unos siete millones separaron al ex vicepresidente Biden del presidente Trump, lo que se ha traducido en una cómoda victoria del primero en el Colegio Electoral-, la negativa del candidato a la reelección a aceptar el resultado de los comicios  propició una situación inédita.

En efecto, aunque los intentos de Trump por lograr en los tribunales lo que le negaron las urnas se ha saldado con una sucesión de derrotas, se ha estado aferrando a la posibilidad teórica de que los compromisarios estatales, en contra de una tradición histórica pero no de un mandato constitucional, ignorasen la voluntad democrática de la mayoría de los ciudadanos de su estado y apoyaran al que perdió, o a un tercer candidato. De estos faithless electors, un concepto que podría traducirse por electores infieles, suele haber algunos casos cada cuatro años, pero su número acostumbra a ser tan reducido que nunca ha alterado el resultado final. Hace cuatro años, cinco compromisarios teóricamente comprometidos con Hillary Clinton votaron por otros candidatos, y lo mismo sucedió con dos comprometidos con Donald Trump.

Pero en un país tan polarizado como el estadounidense, esa instancia es una auténtica bomba de relojería que convendría desactivar cuanto antes, suprimiendo esa antigualla tan poco equitativa en la que se ha convertido el Colegio Electoral. Tendría todo el sentido del mundo, aún respetando el fuerte carácter federal del sistema, introducir mayores dosis de proporcionalidad. No sería descabellado, por ejemplo, asignar los votos electorales de cada estado entre los dos candidatos en función del porcentaje de votos populares alcanzados. Sería un sistema más justo y que previsiblemente propiciaría una mayor participación.

Sin embargo, cualquier reforma de este tipo que precise de mayorías cualificadas en ambas cámaras del Congreso es, hoy por hoy, un sueño imposible, debido a la aludida polarización. Pero da la sensación de que seguir como hasta ahora abocará finalmente a la parálisis del sistema. Todo un reto para Joe Biden, 46º presidente del país a partir del 20 de enero de 2021.